Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 27, Volumen XXVIII, 1991

Aguachica y algodón: historias paralelas


Aguachica historia de un camino
Carlos Nicolás Hernández
y Alfredo Camelo Bogotá
Tres Culturas Editores, Bogotá, 1990, 251 págs.

85.jpg (8826 bytes)

A mediados del siglo XIX, cuando todavía era parte de la provincia de Ocaña, Aguachica tenía escasos 701 habitantes. "Era entonces un caserío surgido lentamente de la frecuencia centenaria de un camino, el camino del río". Hoy, tras otro siglo y medio de esfuerzos, unas 70.000 personas viven en Aguachica, el segundo municipio del Cesar y uno de los centros de desarrollo económico más dinámicos al sur de la costa atlántica colombiana.

Aguachica, historia de un camino es el tema del libro de Carlos Nicolás Hernández y Alfredo Camelo Bogotá, cuya publicación viene a enriquecer el abandonado campo de la historia local en Colombia. No es tarea fácil, debido a la escasez de fuentes. Sin embargo, los autores han hecho uso extensivo, aunque no muy sistemático, de documentos notariales y, sobre todo, de la historia oral para reconstruir el pasado de un municipio que, hasta hace poco, podía considerarse parte de la "frontera

Hernández y Camelo Bogotá remontan su relato a la época de la conquista. Y a ésta y a la colonia, durante la cual Aguachica era apenas aún una referencia geográfica, dedican quizá demasiado espacio donde, inevitablemente, tienen muy pocas oportunidades para contar algo novedoso Los textos escogidos de Pedro de Aguado, Juan de Castellanos y Pedro Simón, y los más tardíos de Francisco Silvestre y Antonio de Narváez, entre otros, sirven sí un propósito: ubicar Aguachica en la corriente de los principales eventos que fueron determinando la historia nacional. En particular, la historia de Aguachica se vería condicionada por el movimiento comercial de la región de Ocaña hacia la ruta del río Magdalena.

"Aguachica, municipio privilegiado. Dios ha puesto la mano aquí", expresé Charles Gail, funcionario de la Texas Oil Company, en 1964, con un entusiasmo que recuerda las erradas apreciaciones optimistas de Von Humboldt sobre las riquezas naturales de América Latina. Los cronistas de la conquista y algunos analistas de la colonia también dejaron impresiones similares sobre la aparente abundancia del trópico. Pocos prestaron atención a sus duras condiciones de vida, aquellas enormes barreras del progreso. A la vuelta de este siglo, "el azote de la peste" obligó a sus sobrevivientes a cambiar la localización de Aguachica. Al paludismo, "flagelo de los siglos", se sumaban los estragos que en la región causaban las inundaciones del río Magdalena. Y Aguachica sufría también con los desastres ocurridos en Las poblaciones vecinas. Más aún:  Aguachica se resentía del aislamiento, de la falta de comunicaciones, ese "antiguo enemigo" del desarrollo económico colombiano.

Como en tantos otros rincones del país, el ciclo de exportación del tabaco que siguió a la abolición de su monopolio a mediados del siglo XIX también benefició a Aguachica, donde los tabacales, en palabras de Agustín Codazzi, nada tenían que envidiar a los de Anibalema. A este impulso inicial sucedió una corriente casi ininterrumpida de inmigrantes. En 1890, el gobernador del Magdalena, Ramón Goenaga, destacaba "una gran inmigración de Santander [..], donde las autoridades les protegen para que se sitúen, y de ese modo ha crecido el pueblo de Aguachica". Según Hernández y Camelo Bogotá, Aguachica "es obra y espíritu de los colonizadores de la región en el último cuarto de siglo". Los nombres de sus calles —Santander, Tolima, Magdalena, Bolívar, entre otros— reflejan los más diversos orígenes regionales de los inmigrantes que hicieron de la historia de Aguachica "una historia de colonias".

Estos flujos migratorios siguieron llegando a Aguachica a comienzos del siglo XX atraídos por las nuevas oportunidades económicas que se abrieron a la región con la presencia del capital extranjero. Los efectos de las exploraciones petroleras y de las exportaciones de bananos al norte del Magdalena también se sentían en la lejana Aguachica. En el segundo decenio de este siglo, Pedro Ignacio Uribe y Abraham Bravo se destacaban entre quienes participaban en un dinamizado mercado de la tierra. Aunque en medio de todas las limitaciones, como bien lo observan Hernández y Camelo Bogotá, no toda la tierra en Aguachica había permanecido hasta entonces estática. El ejemplo de El Besote ilustra cómo, desde mediados del siglo XIX, la tierra cambiaba de manos con alguna frecuencia: en 1868, Rudecindo de la Osa, Domingo Ramos, Antonio Mesa, Juan Medalla y Bernardo Caraballo habían tomado posesión de este globo de tierra; en 1872, El Besote pasaba a manos del colono Juan de Dios Villarreal quien, tiempo después, transfería sus derechas a Bernardino Calderón; los herederos de Calderón, a su turno, vendieron El Besote a Eduardo Pallares, de quien lo adquiriría Abraham Bravo en 1918.

A pesar de estos movimientos, que de alguna manera eran indicio de un mejor porvenir, las posibilidades económicas de Aguachica siguieron limitadas por la falta de comunicaciones. Su vida económica dependía aún, en buena parte, del tránsito comercial entre Ocaña y los puertos del río Magdalena. La explotación de la tierra tenía pocas alternativas comerciales. Entre éstas, la cría de ganado vacuno sobresalía por su capacidad para adaptarse a las condiciones adversas de la región. Un reproductor normando, importado por la gobernación del Magdalena en 1938, contribuyó tanto al anecdotario local como al mejoramiento de la raza criolla. Esta se vio quizá más favorecida por la introducción de reproductores cebúes, como los importados por Dimas Sampayo y Antonio Romano. En la década de 1940, la mantequilla de Aguachica buscaba los mercados de Barranquilla, Plato y Calamar. Muchos ganaderos, como lo narran Hernández y Camelo Bogotá, invertirían recursos más tarde en los promisorios cultivos de algodón.

Las bondades del algodón de la región se habían reconocido desde tiempos coloniales. Sin embargo, sólo después de 1950 pudo despegar con empuje la explotación de la fibra en el Cesar. Hasta entonces, el cultivo algodonero se había concentrado en el departamento del Atlántico, en las riberas del río Magdalena cerca de Remolino y Sitionuevo, y en algunas zonas norteñas de Bolívar. Los incrementos en la demanda de la fibra habían motivado experimentos en la región del Sinú en la década de 1940. En los años siguientes, el cultivo tomaba auge en Codazzi, Becerril y Valledupar. El entusiasmo por el algodón motivó una expansión de dimensiones impresionantes: mientras en 1960 se cultivaban apenas unas 20.000 hectáreas en el Cesar, en 1970 más de 110.000 hectáreas se dedicaban a la fibra en el recién creado departamento.

Con esta bonanza del oro blanco se confunde la época moderna de Aguachica. Avances tecnológicos, como la introducción de pesticidas y nuevas semillas, la apertura de vías de comunicación, en particular la troncal oriental y la extensión del ferrocarril del Atlántico, pero por encima de todo la intensificación del movimiento migratorio que proveería mano de obra, capital y dinámica empresarial fueron las principales causas de esa "revolución agraria" que experimentó el sur del Cesar a partir de 1960.

Hernández y Camelo Bogotá describen cómo "un contingente de campesinos, recolectores, tractoristas y unos pocos cultivadores con experiencia emigran del Tolima hacia las tierras vírgenes del sur del Cesar". Los inmigrantes llegaron, en realidad, de los más variados rincones de Colombia y a ellos dedican Hernández y Camelo Bogotá varias secciones del libro en una serie de breves retratos biográficos que ilustran muy bien el origen social de estos empresarios del campo. Estos bocetos biográficos sirven también para contradecir la versión que tiende a identificar el cultivo de algodón casi exclusivamente con la existencia de grandes terratenientes.

92.jpg (10914 bytes)

Los algodoneros de Aguachica descritos por Hernández y Camelo Bogotá representan al colombiano del siglo XX en busca de mejores oportunidades de vida: campesinos del Espinal que llegaron al sur del Cesar como arrendatarios y, tras años de trabajo, compraron después en compañía algunas hectáreas para la siembra de la fibra; agricultores de Boyacá desplazados por la violencia que siguieron rutas similares de ascenso económico en el cultivo del algodón; leñadores de Simití que pasaron a ser trabajadores de la Andian, y que con sus nuevos ingresos pudieron más tarde adquirir tierra para criar ganado antes de unirsc a la bonanza algodonera; transportadores de San Vicente de Chucurí que, tras sus recorridos en la región, decidieron finalmente invertir en el campo. "El ideal del tractorista era convertirse en agricultor", expresan Hernández y Camelo Bogotá para referirse al creciente grupo de tolimenses que vieron en el sur del Cesar la tierra promisoria. Y simultáneamente con este extraordinario movimiento migratorio fueron llegando también empresarios con capital y técnicos agrícolas, quienes colaboraron estrechamente en las transformaciones tecnológicas del cultivo algodonero.

Las preocupaciones de estos empresarios del agro, frente a las circunstancias de la expansión del cultivo, motivaron en 1970 la fundación de la Cooperativa Algodonera del Cesar, (Coalcesar), a la que los autores dedican el último capítulo del libro. Fruto de una disputa interna del sector, Coalcesar aglutina buena parte de los algodoneros de Aguachica en una cooperativa donde predominan pequeños y medianos propietarios, cuyas plantaciones oscilan entre 20 y 400 hectáreas.

Aguachica, historia de un camino es un libro dedicado a la conmemoración de los 20 años de existencia de Coalcesar. Sus autores, sin embargo, no se limitaron a escribir la historia de esta institución y decidieron cubrir interesantes aspectos de la historia social y económica de la región. Tal vez inevitablemente, el trabajo sufre las desventajas de toda historia institucional, aunque goza también de sus ventajas:

una edición impecable, con atractivas ilustraciones en color. Los aspectos positivos de la "colonización algodonera" reciben mucha más atención que las dificultades que trajo consigo la apertura de una nueva frontera agrícola. Un análisis más profundo de las divergencias entre Federalgodón y Coalcesar podría haber enriquecido aun más el estudio del desarrollo del sector algodonero.

A pesar de estas limitaciones, Aguachica, historia de un camino es una importante contribución historiográfica, de particular interés para los estudiantes de la historia rural colombiana. Para los habitantes de Aguachica, este trabajo será punto de referencia obligatorio. Ubicada a 110 kilómetros de Bucaramanga y a 364 kilómetros de Valledupar y pronta a estrechar sus comunicaciones con Bogotá y Medellín tras la apertura de la Troncal de la Paz, el futuro de Aguachica como centro de desarrollo agroindustrial y de convergencia entre la costa atlántica y el interior andino tiene aún más promisorias perspectivas. Como observan Hernández y Camelo Bogotá, "Aguachica inicia la última década del siglo veinte con un reto: convertirse en una ciudad moderna, que satisfaga las expectativas del pujante sector agrícola y ganadero, y las aspiraciones de sus gentes sencillas y laboriosas".

 

EDUARDO POSADA CARBÓ