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Boletín Cultural y
Bibliográfico, Número
27, Volumen XXVIII, 1991
Acto de
contrición y propósito de enmienda
Etica para periodistas
Maria Teresa Herrán y Javier Darío Restrepo
Tercer Mundo, Editores. Bogotá, 1991. 292p.
Artesanía de palabras
con que se intenta hacer la historia del presente, el periodismo debería ser ante todo un
trabajo del lenguaje. Allí, antes que en las primicias, este oficio podría encontrar un
nuevo sentido y una necesaria reformulación de sus deberes y derechos. A eso más o menos
apunta una frase de Roger Escarpit, columnista del diario Le Monde: "La libertad del
periodista es siempre una libertad condicional porque es siempre una libertad bajo
palabra".
La célebre boutade
de Escarpit ha sido citada en otro contexto y muy marginalmente en Ética para
periodistas, libro que es una puesta al día de antiguas preceptivas y empolvados
códigos. Pero al proponerse unos objetivos, los autores de este trabajo, María Teresa
Herrán y Javier Darío Restrepo, han visto certera y originalmente que ética y técnica
confluyen en el periodismo para formar un solo cauce: "En el periodismo, lo ético
urge lo técnico, y viceversa. La razón de esta unidad técnica y ética estriba en que
el objetivo de una y otra es único e indivisible [...] El ideal es hallar los temas y el
lenguaje (subrayado nuestro) que interpretan el interésy la utilidad de los
receptores de la información".
Así, pues, las únicas y
legítimas lealtades absolutas de un oficio asediado por mil demonios reales, señalado
por sus pecados de acción, omisión o aproximación, y ensalzado o condenado al vaivén
de cada noticia, serían con el lenguaje, que es sustrato y herramienta para expresar la
vida y que debería ser trasunto fidedigno del hecho cotidiano.
Pero la norma no es aquí
la constante, y los enunciados anteriores se pierden en un reino de la utopía formado por
la confluencia de preceptos como ética y técnica, o verdad y bien camón, o libertad y
responsabilidad, objetividad y buena fe, veracidad e independencia, para empezar a
formular el mundo binario de los supremos mandamientos informativos. Porque lo que se
observa lo que han visto Herrán y Restrepo, curtidos periodistas ellos mismos
es una peligrosa divisoria de aguas entre cada par de términos, cuando no una catarata de
desafueros que se precipita en el abismo de un medio social desbarajustado.
Ante la crisis general de
valores y el caos moral predominante, el periodismo que no es una excepción
hace aquí acto de contrición y propósito de enmienda. Por lo menos, Herrán y Restrepo
dicen intentar abrir el diálogo entre el gremio y otros sectores de la sociedad
colombiana para que "entre todos logremos devolverle a la profesión su necesaria
resonancia ética". Justificación suficiente para acometer la tarea de repasar el
basamento filosófico de una ética general, de revisar críticamente 68 códigos
internacionales, y de reformular el concepto moderno que deberla regir hoy como nuevas
tablas de la ley.
A tono con el tema y el
oficio, su método es mezcla de "catecismo" y entrevista. El libro ha sido
concebido como un largo cuestionario que propone preguntas categóricas, polémicas,
capciosas, maniqueas (del tipo "¿Que es prioritario, la lealtad hacia la fuente o la
lealtad hacia el público?, ¿Es la rectificación un deber ético o jurídico?"), y
las absuelve en forma agudamente analítica, con rigor metodológico y redaccional. Son
doce títulos bajo los cuales se revisan los dilemas éticas del periodista frente a la
empresa; se determinan las relaciones de doble vía entre las normas jurídicas y los
principios éticos; se recompone el concepto de "derecho a/de la información";
se le hace el quite a la disputa bizantina sobre verdad y objetividad absoluta; se
demuestra el vínculo indisoluble entre verdad y bien común; se condena al
sensacionalismo y se señalan sus secuelas de cretinización y trivialización; se
rechazan otros asaltos a la buena fe pública, como la tergiversación y la información
incompleta o negligente; se recalca el valor del sigilo profesional como gesto de
independencia; se muestra cómo rectificación oportuna es credibilidad asegurada; se
descubre la rúbrica del periodista genuino en su rabiosa soberanía; se arroja al quinto
circulo del infierno la execrable falla (y delito) del plagio y las sinuosidades del robo
intelectual disimulado; se discute la intromisión dañina del Estado como censor, y, por
fin, se establece cómo la responsabilidad es el andamiaje que rodea toda la estructura
deontológica de la profesión.
A este ágil cuestionado,
que tanto encara una crisis moral como esboza una "fisonomía espiritual"
del periodista honesto, los autores le agregan el útil recurso del análisis de casos
reales para cotejar teoría y praxis e ilustrar sobre el drama de este trabajo
de lenguaje donde hasta una coma puede representar a veces un parangón ético. El
periodismo sufre aquí un exorcismo, pero no se defiende de otras abominaciones injustas.
La crítica, muchas veces justificada, al manejo informativo indebido amenaza, por
ejemplo, con degenerar en un peligroso pretexto para quienes, con otras torvas
intenciones, buscan desvirtuar la validez del oficio. Así, una idea fascistoide ha
acabado por pelechar entre ciertos grupos diletantes que, en su ofuscada acusación,
rechazan la función social de la prensa como "instrumento del bien común".
Sobre este error, el libro no dice nada, pero ofrece tan capítulo que demuestra cómo el
derecho de la información está en la base misma del concepto de democracia y es
consustancial a la idea de libertad. Verdad y bien común definen el perfil del
periodista, pues ésta, explican los autores, "es una profesión que extrae su
aliento de la vida y las expresiones de la comunidad", y "el servicio del bien
común es la primera justificación de la libertad de prensa".
Otra crítica insidiosa
podría haber sido puesta en cuestión aquí: la de que la quimera de la objetividad
absoluta hace del periodismo una tarea deleznable. No obstante, se incluye el siguiente
argumento: "No la hay la objetividad absoluta, no la puede haber porque en la sola y
forzosa selección, de unos temas y el descarte también forzoso de otros, hay ya una
apreciación personal [...] [pero] la manera de sacarle el quite a esta discusión
estéril de actuar de buena fe en la búsqueda de los hechos materia de información
noticiosa y en la meta del ejercicio profesional".
El manual descarta la
querella sobre el sexo de los ángeles, que es más o menos en lo que se ha convenido el
absolutismo ético de la nueva intelligentsia, y detecta, en cambio, las fisuras
que muestran un dato estructural; por ejemplo, el virus del "síndrome de la
chiva", que se ha inoculado fatalmente en el organismo de los medios de prensa. Antes
que análisis, la empresa periodística parece vivir de la caza atropellada de primicias.
En el fondo de este problema subyace una causa: considerar la información un producto
comercial que se tasa en la bolsa de valores del inanediatismo y la espectacularidad, pero
no del bien común. En esta "carrera insensata" se improvisan como reporteros
reinas de belleza, personajes de la farándula, políticos, delfines, lagartos y otra
extensa fauna de espontáneos "debidamente" acreditada. Pero, sentencian Herrán
y Restrepo, "la tarea del periodista es indelegable y cada vez anís exigente e
implacable enrequerimicntos de idoneidad".
Por encima de compromisos
de empresa, el periodista debe saber mover sus propios hilos, pues en esa "radical
independencia" y en su esfuerzo por desentrañar cotidianamente la verdad puede
hallar la razón de ser de tan oficio que para terminar con otra frase lapidaria, de
Albert Camussigue siendo "el más bello del mundo".
RAUL JOSÉ DÍAZ
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