Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 26, Volumen XXVII, 1990

Versos de lince


Luis Carlos López
Germán Espinosa
Colección Clásicos Colombianos, Procultura,
Bogotá, 1989.

Luis Carlos López (1879-1950) pertenece, por caprichos de la cronología, a un grupo (variado e importante) de escritores de lengua española que pulen sus armas cuando la retórica modernista está viéndoselas color de hormiga. No se me escapa —como no creo que se le haya pasado a posteriori a Germán Espinosa— que el presente volumen es el número trece de la colección y que el pie de imprenta indica que el libro se terminó de imprimir el 28 de diciembre, Día de los Inocentes. (Mejor homenaje para el Tuerto, nones).

Ahora bien: cuando hablamos de retórica modernista solemos entender las princesas de Darío, los camélidos de Valencia, las garzas de Chocano. Esto es: caemos en el juego que inventamos para definir desde un solo campo una poética (cabe un manierismo). Cuando queremos encajonar a aquellos escritores que no son estrictamente modernistas, pero que tampoco engrosan las filas de una vanguardia que aún no ha soplado sus trompetas, entonces sacamos de la manga el rótulo de posmodernistas. Y, claro, no está mal como etiqueta. Pero ya el Divino Octavio, en Los hijos del limo (1974), señaló que lo que viene después del modernismo no pódría ser sino la guilbotina vanguardista (que en algunos casos perdió filo antes de cortar palabras). ¿En qué quedamos, entonces?

La fórmula y la época

Como ya lo pudimos comprobar en su estudio introductorio a la antología de Guillermo Valencia (Clásicos Colombianos, núm 5), Germán Espinosa empuña la pluma como D’Artagnan el florete 1 . Y no entra en vainas. Después de descartar dos motes (antimo­dernista y posmodernista), explica:

... yo preferiría cla sifi car a López 
dentro de un concepto prevan­
guardista o, como me lo dicta 
más mi descreimiento en las 
generaciones, dejarlo suelto 
de madrina, haciendo de las suyas 
en los confines —por demás libres— 
del vasto imperio de Rubén Darío.
[pág. 34].

El caso de López es el de una dicotomía, así como el de otros poetas de esa época que se negaban a sacarle el jugo pasivamente al baúl expresivo que Rubén legó (que sí que no) a los peones del movimiento que le tocó en gracia encabezar. Si no fuera por la vecindad de la vanguardia, nuestros juicios sobre muchos poetas del período cambiarían sustancialmente. Está claro que no se puede desconocer a la vanguardia. Pero lo que sí podemos intentar es hacernos los locos respecto de las fuentes que rotaban entre los poetas de la primera década del siglo. (Creo que la crítica no se ha liberado todavía de esa idea de que con un nuevo siglo debe uno cambiar de traje y de suegra). Ergo: todos fueron modernistas; sí, señor (ansiosos de un tipo de modernidad). Lo mismo ocurría hasta hace poco con la valoración de Martí (poetazo del ajo y prosista de mamey.con coco), al que se le tildaba de “precursor” del modernismo. (¡Ay, Catalina!) Entonces aceptemos que es dentro y no fuéra de ese modernismo de comienzos de siglo donde hallaremos las pistas y procedencias de varios “inclasificables”. Por ejemplo, la parodia del vademécum rubeniano ya la entonaba José Asunción a un lustro del final del XIX y veinte años antes del chao pescao de Darío. ¿Por qué otorgarle casi todas las palmas a Lugones? El autor de Lunario sentimental (1909) fue un poeta enorme, al margen de su antirromántico verbo. (Y si no que lo digan los jóvenes ultraístas argentinos, que tuvieron sentimientos ambiguos frente a su obra, ese clavo que Georgie se sacó hundiéndolo hasta el fondo).

Vemos, pues, que la ironía no podría definir completamente al llamado posmodernismo. Quizás en nuestras valoraciones perdure una jerarquía respecto no a géneros sino a intenciones del lenguaje Qsublimes/bajas?). Me explico: en ese lapso “posmodernista” se encuentran la nostalgia criolla o campestre (Evaristo Carriego, Valdebomar, Pezoa Véliz) que se revelará como maestría en la ‘provincia’ de Ramón López Velarde (1888-1921). Por otro lado, las japonerías que no son ya ni sedas ni patitos nacáreos, como en José Juan Tablada (1871-1945), ¿qué serán? Posmodernismo, y asunto arreglado.

(Pero la cosa no es así de sencilla). Algo similar ocurría con los seres brumosos de José María Eguren (1874-1942): la crítica se resistía a aceptar que Simbólicas (1911) y La canción de las figuras (1916) son libros más que explícitos respecto a su ubicación modernista. Germán Espinosa vuelve a recordarnos que en el modernismo existe una “carga simbólica” (pág. 33). Lo que pasó (¿o sigue pasando?) es que en el caso de la crítica peruana, por ejemplo, se hizo lo imposible para “sacar" a Eguren del modernismo, apartándolo de Cho­cano. Pero el autor de Los Reyes Rojos es tan modernista como Enrique Bustamante y Ballivián (1883-1937), autor de un libro de título intrigante: Antipoemas (Buenos Aires, Editorial El Inca, 1927). Sus versos darían para hablar más sobre intenciones y logros; pero evidentemente la “salida” no pasaba de poner las greguerías en quebrada prosa 2 .

El asunto del “costumbrismo” es peliagudo porque toca “lo popular” (superentrecomilladas tales palabras), es decir, aquello que pocos se atreven a emancipar porque tambalearía el edificio de la “cultura”. Se permite, a lo más, en el salón modernista oficial, la entrada de lo aldeano, lo urbano, lo irónico, lo nostálgico. ¿Pero qué pasa con lo festivo? Un bajtiniano se chuparía los dedos con la poesía hispanoamericana que está detrás de sí misma en plan de juego de manos, juego de villanós. Creo que por ahí se explicaría el “ninguneo” sufrido por la obra de Luis Carlos López 3 .

Persona y actitud poética

Germán Espinosa hace un buen deslinde entre sujeto biográfico y voz literaria en el caso de L. C. López. Claro que la pinta del poeta de Cartagena (medio bizcocho y con ñata aguileña) era una invitación a la tipobogía. Si le sumamos a estos rasgos el silencio enigmático del Tuerto en las reuniones de El Bodegón, el cálculo arroja el siguiente resultado: un mátalas callando de grueso calibre. Ensimismado pero no manco. Y la bohemia de El Bodegón cumpliría la función social de las radionovelas: ir al grano por veredas insólitas. Es decir, en términos de referentes poéticos el prosáísmo no revela un antilirismo, así como tampoco el anticlericalismo es el equipaje del ateo 4 . El corazón de López que se enciende y se refrena tiene mínima relación con la rosa y azucena del toledano inmortal; y no lo entusiasman los perfumes del libidinoso huerto de Lope de Vega. El volteriano que cosquillea en la poesía del Tuerto les daría la mano a los fabulistas moralizantes y libertinos del XVIII español. (Pienso en los relatos en verso de Samaniego: Jardín de Venus). Esta es una línea imaginaria. Pero estamos ante palabras de otros signos: poesía como ajetreo de escenas en las que no pasa nada extraordinario. Lo que en realidad sucede es que el movimiento social es reductible a unos cuantos compases. López no es monótono, pero las acciones en que se deleita sí lo son. Por eso es que la mentada anttpoesía (un concepto al que no debemos tenerle la tirria que a Germán Espinosa le genera), tal como la soltó Parra (una voz que no suene ni a Huidobro ni a Neruda ni a De Rokha) tiene —como dirían los gallegos— muchísimo o nada que ver con la poesía del Tuerto López. Si bien un poema como Y eres traidora... (pág. 74) podría Ieerse en compañía de La víbora de Nicanor, lo cierto es que más se aproxima a formas musicales hinchadas de modernismo 5.

Por otra parte, la crítica de López a la Iglesia consiste en jalarles a los curas las sotanas y mostrar sus pasiones y debilidades. El afecto que Juan del Valle y Caviedes sentía por los médicos limeños del XVII, ¿no cabría en la antipoesía? Estas analogías ofrecen la utilidad de los datos y corren el peligro de apolillarse rápidamente. Digamos que Luis C. López se resiste a bailar la rumba costumbrista de su época (glorificación patriótica! melancolía pueblerina) y pone la mira más en el dardo que en el blanco. Su poética, entonces, acepta el sarcasmo en un tira y afloja con una vida cotidiana que es amiga de la reiteración. Parece el amor al chancho, pero es a los chicharrones. La palabra es jocosa, pero no tanto. De ahí que en un momento en que los extremos privan (o se es moralista, o se es “artepurista”, o se vive en perpetuo carnaval) López condense, domestique, insinúe de otra manera. Su poesía me parece una magnífica fusión (no bien medida aún por la crítica) de esas tendencias a poner el dedo en la llaga (pienso en un poeta como Manuel González Prada, 1848-1918) y a burlarse del prójimo tarde, mañana y noche (pienso en Leonidas Yerovi, 1881-1917 y Germán Espinosa ha elegido símiles precisos:

Personalmente, pienso que lo 
triste no es, ni con mucho, lo 
contrario de lo humorístico. Al 
revés, nada suele haber más triste 
que el auténtico humor, patético 
a menudo como en Goya y en 
Chaplin y, en esa medida, diver
-
gente por completo de la sátira y 
más próximos al sentimiento, a lo lírico. 

[pág. 36].

El yugo y el libre albedrío

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1 Pruebas al canto: “Yerran, pues, quienes, como el inefable doctor Estanislao Zuleta, piensan que López...” (pág. 1); “Ello no quiere decir, como algunos pretenden, que se tratase de una ciudad...” (pág. 2); «Su rebeldía de artista no provino, pues, como algunos creen, de esa alteración   (pág. 5); “No faltan, sin embargo, los analistas —especialmente extranjeros— que preten­den hallar, en el episodio...” (pág. 8); “Biógrafos estadounidenses del poeta exage­ran, con algo de candor, las vicisitudes...” (pág. II); “A dos errores ha inducido aquella edición...” (pág. 12); “Como Herrera (y contra lo que muchos. inexplicablemente, sostienen)   (pág. 31); “Quienes, a toda costa, desean hallar en Luis C. López a un antimodernista...” (pág. 33); “Otros críticos, llenos de arrestos vanguardistas y creyendo elogiarlo, han resuelto que López...” (pág. 35); “En este punto, vale la pena detenerse en dos juicios que el señor Héctor Rojas Herazo, con arrogancia y sufi­ciencia incapaces de condescender a una mínima demostración teórica...” (pág. 37); “A quien aún dude de ese espíritu que todø, absolutamente todo lo ponia en cuestión o en solfa, bastaría remitirlo a las innumerables ocasiones en que Luis C. López se mofa, imperturbablemente, de si mismo, que es lo último que un grave teórico de la ‘revolución social’ se animaría a hacer” (pág. 40); “Quienes desean Ile narse de argumentos, lo atribuyen a su ‘posición antiburguesa’, lo que equivale a decir que era un perseguido político (como se autodefinen, para justificar su anonimato, tan­tos deplorables autores)...” (pág. 42).
Como en cl caso de la introducción a la obra de Valencia, los presentes pasajes revelan que Germán Espinosa no acomete una empresa literaria de este tipo con la ligereza con que algunos esquivan el bulto en livianas cuartillas. La escritura, para G. E., como punching bag para el boxeo verbal. Eso es. (regresar1)

2 Dice Germán Espinosa: “Esa socorrida palabra [antipoesía] la usó por primera vez, que yo sepa, Vicente Huidobro, con intención meramente irónica, en su poema Altazor. Luego ha sido utilizada, con fines simuladores, por un sinnúmero de malos poetas” (pág. 35). El poema de Huidobro apareció en 1931 (aunque el vivazo de Vicente lo fechaba en 1919. con indudables referencias a su formidable antecesor: Ecuatorial, de 1918). Huidobro hablaba, si, de “poeta, antipoeta y mago”. Aunque el libro de Bustamante y Ballivián no levantará vuelo (no es corneta, menos seria un émulo de Altazor). el caso es que el limeño le puso ese título: Antipoemas. No vendría mal una lectura conjunta de éste con Suenan timbres (1926) de Vidales. Pañuelo lanzado, que conste. (regresar2)

3 G. Espinosa lo dice de Otro modo, con toque dubitativo: “Para mi, ese sospechoso silencio —si en verdad existió— se debió únicamente al corriente prejuicio que, en el resto de Colombia, existe Contra los hijos de la costa atlántica” (pág. 42). No quiero caer en los estereotipos (para refrán, el de un amigo: “Yo no creo en las brujas; pero que las hay, las hay”) pero sí que son cere­moniosos los cachacos, por Dios. (regresar3)

4 Bastan los datos que proporciona G. E. sobre la amistad de López con el dominico chileno (págs. 22-23) y el comentario al soneto dedicado a la madre de su fallecido amigo Rafael Mendoza Amarís (pág. 42). (regresar4)

5 El vals peruano y el pasillo ecuatoriano, para citar ejemplos pertinentes y al mismo tiempo ajenos al contexto colombiano. (regresar5)