Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 26, Volumen XXVII, 1990

Verdes máquinas del tiempo


Parques arqueolóilcos 
Roberto Lleras. Alvaro Chdvez. Ana María
Groot

Colcultura-Instituto Colombiano de Antropología, 
Bogotá, 1990.

El peso de presentar los tres parques arqueológicos que son aquí analizados —San Agustín, Tierradentro y Tairona— descansa sobre los arqueólogos Roberto Lleras, Álvaro Chávez y Ana María Groot de Mahecha. Autores éstos que realizaron un gran esfuerzo por sintetizar un sinnúmero de artículos, ensayos y libros sobre cada una de las tres regiones arqueológicas enumeradas. Centraron su atención en el medio geográfico, el patrón de poblamiento, la organización social y política, la economía, la religión, la artesanía, los vestigios de poblamiento, y destacaron, tanto visual como descriptivamente, en cada uno de los parques el elemento cultural más representativo (la estatuaria de San Agustín, las tumbas y la estatuaria de Tierradentro, las terrazas de cultivo y las obras civiles de la Sierra Nevada de Santa Marta).

Entre los mencionados autores existen evidentes diferencias en la forma como redactaron sus artículos. Lleras y Groot están más apegados al tradicional informe arqueológico (descriptivo, lleno de cuadros comparativos, sin mucha prosa), aunque son muy rigurosos en los datos. En cambio, Chávez es mucho más suelto en su estilo; los años pasados en Tierradentro le permiten escribir fluidamente, sin dejar de ser científico.

Acompañan a los artículos sobre los parques cinco trabajos, menos largos que lÓs reseñados, de cuatro autores:   Marianne Cardale de Schrimpff, Leonor Herrera (dos ensayos), Gonzalo Correal Urrego y Carlos Alberto Uribe Tobón, que tienen como objeto complementar, explicar y ahondar en ciertos problemas relativos al oficio de arqueólogo, al papel que cumple un parque arqueológico, etc.

El primero de estos artículos se titula "Parques de hoy vivencias del pasado", de Marianne Cardale de Schrimpff, y es una presentación general de los seis ensayos que forman el libro, así como un somero balance de cómo la arqueología y otras disciplinas han podido determinar trascendentales hechos sobre el pasado no escrito del hombre: origen, proceso de evolución, adaptación al medio ambiente, etc. Termina con una advertencia sobre el peligro que corren los diferentes sitios arqueológicos del país, pues ya no sólo es el guaquero el gran enemigo de los vestigios arqueológicos: son los buldóceres, la dinamita, el concreto... En fin, el progreso y el desarrollo están acabando con la memoria cultural de nuestros antepasados y, por ende, con nuestro patrimonio. Para evitar que el proceso sea tan lesivo, porque irreversible sí es, Marianne Card ale sólo encuentra una solución: educar al colombiano sobre el respeto que merecen tales vestigios, para lo cual los parques arqueológicos cumplen una función didáctica esencial, puesto que en ellos el público puede apreciar reconstrucciones más o menos fieles de la forma como vivían los hombres del pasado.

"Erase una vez una espiga", de Leonor Herrera, es un texto fuera de lo común, ya que, sin dejar de lado la rigurosidad científica, la autora deja correr su pluma y nos da a conocer una hermosa pieza literaria, en la cual le explica sencillamente al lector algunos términos científicos de cierta complejidad y le cuenta, mediante un viaje relámpago a la historia social del maíz, cómo llegó hasta nosotros la mazorca del ajiaco dominguero. Efectivamente, el maíz, ese producto tan despreciado por ciertos sectores de nuestra sociedad y que en opinión de los europeos sólo sirve para alimentar cerdos, les permitió a los pueblos habitantes de San Agustín, Tierradentro y la Sierra Nevada, así como a otras culturas americanas, desarrollar, gracias al excedente que el maíz producía, no sólo su economía, su organización social y político-administrativa, sino también su arquitectura monumental, su simbología y su ideología, pues el maíz, a diferencia de otros productos, se podía conservar, y almacenar, y suministró unas proteínas que ayudaron significativamente a los consumidores a simplificar algunos procesos sociales y ambientales muy complicados.

El segundo texto de Leonor Herrera, "De por qué los arqueólogos se enloquecen con los tiestos", es muy distinto del anterior, pues, además de ser una presentación, constituye una defensa del oficio del arqueólogo, así como una legitimación pública de la "tiestología". Este ensayo, al igual que el de Marianne Cardale, trata de establecer ante el lector cierta coherencia con los demás ensayos que integran el libro, pero una y otra autoras se quedan cortas en alcanzar tan loable objetivo. En realidad, cada uno de los trabajos del libro que nos ocupa está escrito para ser leído unítariamente, y cuando se intenta conectar un artículo con otro el enlace es más bien ficticio. Sin embargo, éste no es un problema exclusivo de la obra Parques arqueológicos: muchas de las obras conjuntas que últimamente han aparecido en el mercado bibliográfico nacional tienen esa falta de coherencia. La falla radica más en la dirección o coordinación científica y en los asesores que en los autores.

"Los albores culturales en Colombia", de Gonzalo Correal Urrego, es el mejor artículo del libro, desde el punto de vista didáctico, de investigación científica y de presentación al lector. Objetivos que no le quedan difíciles al profesor Correal, pues posee un amplio conocimiento empírico, teórico y conceptual sobre los primitivos cazadores y recolectores que habitaron nuestro territorio. Es así como, basándose en investigaciones tanto propias como de algunos alumnos, Correal demuestra que los primeros habitantes del territorio patrio eran de origen asiático y llegaron por Panamá y la región noroccidental de Colombia, sobre el Darién chocoano y la costa pacífica, y por allí se difundieron a diferentes lugares del interior, especialmente, pero no exclusivamente, a la sabana de Bogotá y sus alrededores, en donde Correal ha estudiado el medio ambiente, la fauna y la cacería, los artefactos líticos, las prácticas rituales funerarias, las características de los cazadores y recolectores y las enfermedades que los aquejaron.

Empero, algunas de las prácticas culturales y de asentamiento fueron cambiando. Se destaca, muy especialmente, el paso de habitar en abrigos rocosos a terrazas y colinas bajas no inundables, pues de óazador nato el hombre primitivo se convirtió, a ratos, en recolector. Así, poco a poco, el hombre se hizo cada vez más estable y comenzó a evolucionar hacia particulares formas de organización social, pues del nomadismo de la banda pasó a vivir en poblados, aldeas y cacicazgos, período en el cual los habitantes de San Agustín, Tierradentro y Sierra Nevada crearon gran parte de su fastuosa cultura y que era el estadio en que los encontraron los españoles.

En fin, el téxto de Correal es una síntesis de largos y pacientes años de investigación.

El último texto del libro se titula "Nosotros, los hermanos mayores de la Sierra Nevada", cuyo autor, Carlos Alberto Uribe Tobón, no es arqueólogo sino antropólogo, pero aporta elementos muy importantes que deben ser tenidos en cuenta por los especialistas dentro del lenguaje de los vestigios arqueológicos del pasado: la mitología, el rito, la vivencia con la comunidad, etc.

Comienza Uribe su artículo con una divertida anécdota de su trabajo en la comunidad cogui de la Sierra Nevada de Santa Marta para, a continuación, plantear una sugestiva idea: a partir del siglo XVI comenzó un contacto cultural entre lo indígena y lo europeo que ha llevado a que lo considerado como tradicional entre los indios no lo es tanto, en el sentido de que la tradición siempre tiene que ser recreada para que tenga vigencia social, o mejor, para que tenga algún poder sobre la imaginación de quienes la profesan. Es así como, a partir de su propia experiencia, Carlos Alberto Uribe considera que en un ritual, en el que supuestamente las costumbres y creencias tradicionales se muestran con todo su vigor, los mencionados indígenas, descendientes directos de los taironas, se embriagan con chirrinche (ron) y chicha extraídos de la caña de azúcar —planta no autóctona— y gran parte del ritual era "rezarle" o "hablarle" en coguian y castellano a una estatua de yeso que representa a san Luis Beltrán. De forma que los hermanos mayores de la humanidad, que dentro de la división del trabajo cósmico tiene la obligación de ser los guardianes del universo y de la Sierra Nevada de Santa Marta (que es su centro), durante sus fiestas de junio deben limpiar su pueblo, tanto física como moralmente, para alcanzar una armonía total, un equilibrio de las fuerzas.

Uribe hace una breve narración extractada de la mitología cogui y nos muestra cómo el dios Andahuiku es el mismísimo san Luis Beltrán (el más importante de los misioneros que actuaron durante la época colonial en la Sierra Nevada de Santa Marta), pues dicho santo es uno de los cuatro fundadores de los principales linajes coguis. Esta doble personalidad se debe a que, según la comunidad, el venerable sacerdote es por un lado un extranjero, un europeo, y por el otro un cogui, gente. Pero también es el intermediario, la persona vínculo entre la sociedad cogui y el resto de la sociedad. San Luis Beltrán es el dueño de cultivos foráneos, como el plátano y la caña, sin los cuales no habría fiestas y el mundo se acabaría.

El texto de Uribe puede generar varias lecturas distintas. Una, la del etnocentrismo propio de los coguis. Otra, la del sincretismo criticado por el autor. Una más, la de la contracultura. Pero, lo importante es que nos presenta una visión bastante dinámica de una cultura que desde la conquista española ha sabido "sobrevivir" ante las arremetidas de una sociedad mal llamada "mayor".

Así, el libro Parques arqueológicos de Colombia viene a consolidar un trabajo silencioso de dos instituciones: por un lado, el Instituto Colombiano de Antropología (Ican), que en sus últimas administraciones —las de Roberto Pineda Giraldo, Ana María Groot y Myriam Jimeno— ha puesto particular empeño en dar a conocer el inmenso caudal de las culturas indígenas colombianas tanto del presente como del pasado.

Efectivamente, a partir de la publicación del libro Introducción a la Colombia amerindia (1987), al cual siguió Colombia prehispánica (1989) y que continuó con el libro que hoy nos ocupa, así como con un buen número de trabajos intermedios: informes antropológicos, estudios de seminarios, etc., y con la tradicional aunque irregular Revista Colombiana de Antropología, el Instituto Colombiano de Antropología ha ido sacando a la luz pública, de forma cada vez más creciente, el resultado de pacientes y concienzudas investigaciones de antropólogos y arqueólogos. Por otro lado, y ya en el campo específico de la arqueología, cabe señalar la labor adelantada por la Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales (Fian) del Banco de la República, que además de financiar un buen número de investigaciones de carácter arqueológico ha realizado una importante labor divulgativa de tales pesquisas mediante una colección especializada. Ciertamente, buena parte de la bibliografía utilizada por los siete autores de Parques arqueológicos es producto de dichas publicaciones.

El libro que nos ocupa tiene una gran virtud: su lujosa edición le permite ser un texto que divinamente puede competir con otros del mismo formato y factura. Es, pues, conveniente felicitar a la directora del Instituto Colombiano de Antropología, antropóloga Myriam Jimeno, a las directivas del Banco del Comercio, en especial a su presidente Hugo Díaz Baez, que en buena hora acogieron la idea de celebrar sus 40 años de existencia con el apoyo financiero a tan hermoso libro, y a las personas encargadas de la parte editorial por tan cuidadoso y exitoso trabajo.

JOSE EDUARDO RUEDA ENCISO