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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
26, Volumen XXVII, 1990
VENTANA AL MUNDO
Germán Vargas
Nos presentó Gabo en Barranquilla hace casi
cuarenta años. Yo creo que fue en el año 52. Tal vez alcancé a estar luego con Germán
Vargas, con Cepeda y con Fuenmayor, con Vilá y con Obregón, un par de veces en La Cueva, pero esto ya cuando García Márquez se
había ido a Europa. Eran tan amigos entre ellos, los del grupo, que una presentación por
uno cualquiera equivalía a una iniciación.
Así trabé amistad con Germán y con los otros
del Grupo de Barranquilla. Y la trabazón debió de ser fuerte porque a pesar de no vernos
sino de vez en cuando, la amistad ha estado ahí, firme y clara. Zumbona también; a esa
gente le zumba la inteligencia, y la guasona alegría les ayuda al pudor de los
sentimientos profundos.
Fue en el viaje a Estocolmo
cuando, al cabo de los años, tuve un tramo de días algo más duradero con Germán
Vargas, con Sussie, su esposa, y con su hijo Mauricio. Quedamos aloja
dos en el hotel
Amaranten, mi hijo y yo con ellos, y con Alfonso Fuenmayor; con Hernán y Ana Vieco; con
Eligio y Miriam García.
Andábamos contentos como escolares. A poca gente
en el mundo se le da la carta de ir a ver cómo le entregan un premio Nobel al compañero
de banca en la universidad o de mesa en el café. Alfonso Fuenmayor nos pastoreaba a
todos. Recuerdo, la noche del arribo, cómo lo seguimos con una confianza implícita en su
no desmentida sabiduría, en la búsqueda de un bar de ambiente bohemio nórdico.
Fuenmayor no presumía de conocimiento turístico de la ciudad, seguía su instinto. Sólo
que estábamos en el sector bancario de Estocolmo en una noche de invierno. Fue Germán el
que lo persuadió de que regresáramos al hotel, en el cual el bar resultó luego muy
simpático.
En esa ocasión poco más de una semana y
con los amigos que digo desayunamos, almorzamos y comimos juntos con la predecible
frecuencia, e hicimos una especie de sumario de quién sabe cuántas conversaciones
dispersas en los decenios. Las afinidades vitales y de lecturas permiten ahorrar mucho
tiempo. Con un hombre como Germán Vargas se discurre sin temor por los atajos y los
precipicios.
Gabo me había hablado de la confianza que tenía
en el juicio de Germán Vargas. Era evidente que, como Fuenmayor, había leído y
discutido todo lo importante por lo menos cuatro veces. Al modo que digo, el de quitarle
solemnidad a la expresión, traducía una extensa pasión por las letras. Sabía juzgar la
gran literatura con la libertad y la perspectiva del lector maduro, y sabía apreciar la
que se hacía en nuestro tiempo y nuestra atmósfera.
Leyó y comentó durante su
vida de escritor una enorme proporción de lo que se estaba produciendo en el cuento, la
novela, el teatro y el ensayo, en el mundo y en Colombia. Superó esa tendencia del
conocedor consumado a encerrarse con lo mejor. No perdió ni la curiosidad, ni la
generosidad. Las notas suyas que relievan
los h..allazgos de los jóvenes,
por ejemplo, harían un buen volumen.
Me sorprendió saber que
tenía 72 años, al morir. Daba una idea tan ágil dejuventud. Ahora que se ha ido se me
agudiza esa dolorosa impresión de que no tenemos sino instantes con quienes compartimos
el mundo ideal. Como decía iomi García Ascot
otro amigo que se fue
temprano lo único mejor que oír música es hablar de música con los amigos. Igual
pasa con los libros.
Cuando pienso en la pena de Sussie, Darío y
Mauricio Vargas, pienso también en la de quienes los están acompañando más de cerca,
Alfonso Fuenmayor, Gabriel García Márquez y Alejandro Obregón. El roll
cali, la llamada a lista del personaje proustiano. Ese grupo con el cual uno
compartió la fiebre y la alegría de los libros no sólo estaba hecho de artistas y
escritores completos. Es un grupo de amigos verdaderos.
GONZALO MALLARINO
(Tomado de: El Espectador
(Bogotá), junio 1o. de 1991, pág. 2A).
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