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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
26, Volumen XXVII, 1990
GERMÁN VARGAS
A continuación reproducimos
las palabras que escribió y leyó su grande amigo, el periodista e intelectual Alfonso
Fuenmayor, durante el homenaje que la Emisora HJCK, de Bogotá, dirigida por Alvaro
Castafio Castillo, le hizo al inolvidable Germán Vargas, recientemente fallecido.
Germán Vargas, cuya muerte
tantos deploramos en estos días, alcanzó una importancia a la que le dan valor
perdurable sus escritos en el campo de la
investigación, de la divulgación, del enjuiciamiento de nuestra literatura.
A todos asombraba la capacidad de concentración
de que estaba dotado, la disposición de su mente para sumergirse, como en una especie de
ensimismamiento, en la lectura y, para de este modo, quedar aislado transitoriamente del
mundo, de las cosas que lo rodeaban y a las que estaba, sin embargo, hondamente vinculado.
Fue un gran lector que atravesaba sin fatiga hasta los más inhóspitos desiertos que, en
forma de libro, pueblan las bibliotecas.
De pronto, en algún momento de los días que
eslabonaron su existencia, sentado en aquella mecedora en la que vivió apasionantes
aventuras que siguen zarandeando a los hombres desde los tiempos de Homero, apartaba su
vista del libro que había estado bajo su mirada, se quitaba los anteojos y, como en un
rito, se estragaba suavemente los párpados, diríase que un poco a poco, se reincorporaba
al mundo del que había estado ausente, separado. Tranquilamente habían transcurrido
cuatro, cinco, seis horas de lectura. Como si nada.
Albert Thibaudet distingue dos clases de lectores:
el lecteur y el liseur, que en castellano, como quien dice, el
lector y el leído. Germán Vargas era una y otra cosa y en
señalar las diferencias entre una y otra que quizá sean obvias, no voy, por ahora, a
detenerme.
Estos días, muchos, para referirse a él, a
Germán Vargas, hablan del lector voraz que había sido. Con esta expresión
que lo señalaba como un devorador de libros se quería hacerle un elogio. No,
no es feliz, no es apropiada la citada expresión. Germán, por supuesto que sí, era un
lector permanente, un lector infatigable, pero era un lector que degustaba los autores
cuyas obras desentrañaba, que se deleitaba con los matices de las frases, que las
pensaba, que las meditaba, ya para aprobarlas, ya para rechazarlas, ya, simplemente para
pasarlas por alto, para ignorarlas. No, Germán Vargas no era un maniático engullidor de
libros.
Germán Vargas fue un crítico
de rara perspicacia, un genealogista de
la novela y del cuento y de
estos atributos a los que acompañan otros de sutiles manifestaciones surgen su preciosa
contribución para mejor entender y disfrutar, si es el caso, las obras de los creadores
literarios.
Ahora Germán Vargas ha muerto y todos nos
preguntamos qué vamos a ser sin él. Ahora que él no está ya más con nosotros, ¿a
quién acudirá el poeta nuevo y anhelante para mostrarle con humildad sus versos? ¿a
qué puertas llamará el novelista que se inicia y que a él, a Germán, le habría
llevado su manuscrito en busca de un consejo?
Y el pintor con sus trazos, con su urdimbre de
forma y color, ¿hacia dónde encaminará sus pasos en busca de orientación? Porque
Germán Vargas, sin proponérselo, se había convertido en un mentor y ejercía con una
bondad en la que nunca se puso el sol y en la que nunca estuvo ausente la ironía ni el
buen humor, era un consejero sin arrugas en la frente porque él disfrutó de las no
desmentidas virtudes desarrugadoras de ese buen humor que suele distinguir al hombre sabio
de quien no lo es.
Fue, por supuesto, un periodista completo que
ennobleció esta noble profesión y que supo cubrir con decoro y con talentos todos los
niveles del oficio, desde la crónica roja hasta la adustez del editorialista.
Encerrar, envasar en unas cuantas palabras cuanto
abarcaron los setenta y dos años que miden, en el tiempo, su vida eiemplar, no es posible
y sería necio intentarlo. A esta tarea hay que renunciar de antemano.
Y del amigo que ya dejó de
estar a nuestro lado, ¿qué decir? ¿qué vamos a
decir? ¿qué podría decirse? Dejemos que todo
esto transcurra en un silencioso drama interior que se inició desde el instante aciago en
que Germán dejó de ser uno de los nuestros, en que ya no fue más uno de nuestros
semejantes para convertirse en nuestro superior, con esa jerarquía invulnerable,
inviolable que da la muerte.
ALFONSO FUENMAYOR
(Tomado de: El Heraldo:
Revista Dominical (Barranquilla), junio 9 de 1991, pág. 4).
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