Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 26, Volumen XXVII, 1990

"Las supersticiones son lo único que nos queda 
a los que no creemos en Dios"


Supersticiones y agüeros colombianos
Javier Ocampo López
El Ancora Editores, Bogotá, 1989, 310 págs.,
7 ilustraciones.

Javier Ocampo López ha publicado varios libros, entre ellos Las fiestas y elfolcloren Colombia(1984) y Mitos colombianos (1988), en los cuales, junto con el actual, se ha propuesto presentar y conocer la "mentalidad colectiva de los colombianos". 0pta así por esa corriente histórico-psicológica cuyo interés radica en hacer un estudio fenomenológico de la psicología de los pueblos encontrando sus inferencias interculturales, en este caso la influencia de los legados culturales europeos, africanos y asiáticos en su interrelación con la heredad cultural americana. Para ello escoge los conceptos que ha elaborado la disciplina antropológica en torno al cambio cultural, como son aculturación, endoculturación, transculturación, deculturación; sin embargo, el uso que el autor hace de ellos no es muy preciso. Por ejemplo, por endoculturación entiende "como el proceso educativo en que la sociedad dominada tiene que asimilar la cultura de la sociedad dominante" (pág. 57); esto sería más bien un proceso de exoculturación, puesto que el concepto de endoculturación hace referencia a los transcursos propios y autónomos de gestación de cultura en los cuales no se da en sentido estricto un "proceso educativo" o pedagógico. De igual manera considera, al igual que otros investigadores, que, a causa de la persistencia de supersticiones y agüeros ampliamente reseñados por él desde la época prehispánica, pasando por la colonia hasta la actualidad en las diferentes regiones de Colombia, es decisiva la lentitud de los procesos de cambio debida en gran parte "a la resistencia ejercida por las mentalidades tradicionales instaladas, que bloquean o suspenden las tomas de conciencia. En estas mentalidades colectivas tradicionales se presenta una estructura histórica de larga duraçión con existencia propia, la cual no permite un sincronismo con la evolución de las estructuras económicas y sociales" (pág. 256).

Para el autor las supersticiones y agüeros, que influyen en todos los espacios y temporizaciones del acontecer cotidiano de la vida cultural, no sólo de Colombia sino en general de América, son producto de la "mentalidad primitiva de los pueblos" (pág. 255, subrayado por el autor), la cual se encuentra "no solamente en los pueblos primitivos sino también en los grupos iletrados de los países civilizados y aun en las demás clases y grupos sociales" (pág. 255). Sin embargo, algo curioso acontece en su libro: él, que no es propiamente un "iletrado", realiza un giro intempestivo, al finalizar su libro, con el anexo titulado "Cartomancia. El arte de echar las cartas". Allí expone con propiedad erudita "una de las formas más utilizadas para adivinar el porvenir" (pág. 257), diferenciándola de otras, que sí considera como supersticiones o agüeros y que también adivinan el porvenir, como cl canto de las gallinas en el Chocó o la lectura de los fenómenos atmosféricos en otras regiones de Colombia. Es obvio que el canto de las gallinas no implica la conjunción sintáctica de posibilidades y probabilidades aleatorias de una "echada de cartas" en torno a las posibles lecturas combinatorias que se pueden dar como variantes estructuradas en las formas: "la cruz de San Andrés", "la gran pirámide" o "la gran estrella". El canto de las gallinas sólo da una lectura de certeza anunciando desgracia o la muerte de alguien cercano, con la posibilidad de anular ese augurio al matar de inmediato ala gallina; esto para el autor es un agüero y superstición, tal vez por no tener la característica de corresponder a una "pauta mundial", que si tiene la cartomancia, en particular la presentada por él en la lectura de la baraja española a partir del entrecruzamiento aleatorio y secuencial entre las figuras con valoración numérica de as a rey y su clasificación en oros, copas, espadas y bastos, y según su emergencia configurativa "al derecho" o "al revés" al tomar una de las cartas como punto de referencia. De acuerdo con su erudición, que nos hace pensar que el autor es un asiduo practicante de este arte, presenta un ejemplo de esta combinatoria en la que es posible pronosticar algo tan actual como el sida: si se toma como referencia la sota de oros en emergencia "al revés", su significación, según Javier Ocampo, es: "Un regalo excesivo, muy llamativo, crea incomodidad y no se sabe cómo retribuirlo. Predice inundaciones. También muestra enfermedad, adquirida en el abuso en los placeres del amor. Cerca del dos de copas indica escándalo. Cerca del ocho de espadas, indica enfermedad vergonzosa (sida u otras)" (pág. 263).

¿Será que las supersticiones son tan fuertes que afectan aun a quien en forma incrédula elabora un libro para hablar de ellas como producto de "mentalidades primitivas", volviéndolo crédulo de aquellas prácticas en las que se encuentra una "pauta mundial"’? ¿O es que, justamente contrario a la posibilidad semántica peyorativa, el sentido común, hablar de supersticiones y augurios no es más que una redundancia de sentidos, puesto que superstición no es más que aquello que indica algo que sobrevive de saberes ancestrales y milenarios en los cuales se inscriben los augurios (agüeros) y presagios que constituyen algo decible de lo visible, ya sea en el canto de una gallina y en la configuración azarosa de una "echada de cartas"? Respecto a esta última inquietud, es interesante recordar lo dicho por Gabriel García Márquez en su entrevista con Plinio Apuleyo Mendoza: "Creo que las supersticiones —o lo que llaman supersticiones— pueden corresponder a facultades naturales que un pensamiento racionalista, como el que domina en occidente, ha resuelto repudiar", después de afirmar que "las supersticiones son lo único que nos queda a los que no creemos en Dios" (El olor de la guayaba, Oveja Negra, Bogotá, 1982, pág. 119).

WILLIAM TORRES C.