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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
26, Volumen XXVII, 1990
Una salida, una pausa, un jardín
Glimpses
Mario Jursich Durán
Fundación Simon y Lora Guberek, Bogotá,
1990, 55 págs.
A Germán Vargas C. in memoriam.
El saludable (higiénico) efecto de la influencia
angloamericana en las letras de España e Hispanoamérica parece un hecho que no admite
discusión. Casi perpetuamente entregadas a la retórica rancia, al sermón soso, al
rastrero realismo, a la gramatiquería gravosa o al exhibicionismo engolado, nuestras
literaturas, gracias al
ocasional encuentro (y a la conversación) con los autores de
lengua inglesa, han podido, por pequeños períodos, levantar el vuelo imaginativo,
detener el despilfarro verbal, tomarse menos en serio, sacudirse la solemnidad, liberarse
de las modas francesas, desenvarar y conferirle precisión y eficacia comunicativas al
lenguaje, y hasta reír con inteligencia.
Salomón de la Selva, Luis Cernuda, Jorge Luis Borges,
Alberto Girri, Octavio Paz, Jaime Gil de Biedma, Emir Rodríguez Monegal, Guillermo
Cabrera Infante y José Emilio Pacheco, constituyen, entre no muchos otros, ejemplos
efectivos de lo dicho. Y Colombia no es que haya sido del todo ajena al influjo de las
literaturas en inglés. Sólo que aquí el resultado ha sido benéfico en unos
cierto Silva, Aurelio Arturo, Hernando Valencia G., Alvaro Mutis, Alvaro Cepeda,
José M. Arango, Jaime Manrique y en otros francamente desastroso, comó es el caso
de la apabullante presencia del Eliot del primer Cuarteto
en Estoraques de Eduardo Cote Lamus, o del
Eliot del segundo Cuarteto en Jaime Tello, para
no mencionar la pobreza de palabras y pensamiento de nuestros poetas pop, lectores ligeros de los poetas estadounidenses
posteriores a Pound y a Eliot. A la escasa nómina inicial habría que agregar Glimpses de Mario Jursich Durán.
Escrito entre 1985 y 1988, bajo un epígrafe, levemente
alterado, de Héctor Rojas Herazo, Glimpses está
dividido en cuatro apartados Glimpses (Homenaje a William Carlos Williams y
Charles Tomlinson), Jardín, Dos ejercicios bíblicos y
Ripios
que dejan la impresión de un proceso de intetisa
indagación formal. Los dos primeros constituyen una entidad aparte, el tercero marca una
transición y el último señala, por su mundo de referencias, por su temple de ánimo,
por su visión del mundo, la toma de una dirección diferente, casi antagónica, del resto
de la obra. No obstante, las cuatro partes del libro aparecen sólidamente unidas por una
vigorosa búsqueda de exactitud verbal, ajena al énfasis, al ritmo oratorio, a la frase
lírica convencional, a la quejumbre julioflorezca o al ornato ocioso, tan puntuales en
nuestra tradición poética.
Glimpses y Jardín, los dos
apartados más interesantes (por su novedad entre nosotros, por el paciente oficio que
revelan, por la certeza espiritual que testimonian, por la inteligencia que rige el
comportamiento de las palabras), son, entre sí, complementarios. No se podría hablar
allí de un protagonista en el sentido habitual del término. Ni ladrón nocturno, ni
poetisa en celo, ni niñito terrible de la burguesía bogotana, ni fidneur en Guayaquil, ni profeta en su casa, el
hablante lírico de estos poemas no es tampoco un ser de pasiones comunes con sus
previsibles tormentas de livingroom y otras
escenas de la vida diaria, sino una especie de máquina de sentidos vigilantes y aguzados
que sostiene una intensa y extraña relación, a la vez sensorial e intelectual, con la
naturaleza.
Aunque los poemas de Jursich poco se prestan para la
paráfrasis, no sería exagerado afirmar que la biografía del anónimo, impersonal
hablante de los primeros poemas, se reduce a sus viajes al patio a ver, oír, tocar,
gustar las mínimas manifestaciones de la naturaleza. (Un sentido domina: la vista; otro
prácticamente no actúa, apenas se le menciona: el olfato). Pero no debemos olvidar lo
que Lezama Lima, viajero inmóvil, ya nos había esclarecido: Es que hay viajes más
espléndidos: los que un hombre puede inventar por los corredores de su casa, yéndose del
dormitorio al baño, desfilando entre parques y librerías... El viaje es apenas un
movimiento de la imaginación.
W. C. Williams pedía un decir no en ideas, sino en
cosas. La experiencia del mundo ha de transmitirse de manera concreta, sin
explicaciones ni comentarios, sin adornos ni sentimentalismos, en un lenguaje nada
declamatorio que, en vez de exhibirse, deje ver los procesos de la realidad. El poema como
una máquina verbal que suspende el tiempo para captar en un preciso momento la mecánica
del mundo, su vasto sistema de conexiones: ¡Gozosa! materia en relación/ [...]
trabazón de unos vehículos/que a cada instante acaban/de cerrar su esplendor dice
Jorge Guillén. Tal es la lección que sabe, y bien, Mario Jursich, como también la del
Octavio Paz de Ladera Este (Cf. Concorde), la cual le permite apreciar las
mínimas, lentas aventuras de la naturaleza; la caída de la fruta y el ávido placer del
polvo que en hombre se convertirá (pág. 14); El gemido agrio/ de hierro vencido
por el tiempo (pág. 29); la conversación del fruto con los pájaros (pág. 31); el
ser del árbol antes de convertirse en lecho o púlpito; o el estallido fugaz de la luz:
Lentamente
el pájaro posa
la pata izquierda
y luego la pata
derecha en la rama.
Una hoja cae,
cruza volando.
Y un estallido, fugaz
como la vida misma,
teje la luz clara
entre la rama
v
ibrante
por el salto del ave
y la mancha ciega
de su grito mortal. [pág. 15]
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El hablante lírico es, pues, un ser que contempla el
mundo como un espectáculo de continuas metamorfosis, como una densa red de secuencias
simultáneas: un espectador, uno de esos amigos del mirar (de los que hablaba
Platón) que inventan el mundo, es decir: lo descubren en su fluir y muerte sin fin.
Poesía de la mirada (Mirar es contarse una fábula, según Roberto Juarroz),
el acto de ver más allá de la apariencia (pág. 21), al
margen/ de la contemplación simple (pág. 28) es
lo central. Fiel al título, a lo largo de Glimpses asistimos
al despliegue de actividades del ojo que, con devoción minuciosa, acecha el continuo
hacerse y deshacerse de la naturaleza, su incesante ciclo de ruina y resurrección. La
virtud de Jursich, sin embargo, no radica en la simple percepción de ese tránsito
infinito de todas las cosas de la sombra a la luz, del mundo al poema, sino en algo más
complejo: su encarnación en el lenguaje mismo. En Glimpses y
Jardín, lo abstracto se objetiva: el minuto, del árbol pende
(pág. 13); la muerte es tajo en el corazón de la madera (pág. 33); lo
incorpóreo se humaniza: la sombra/ que da confianza al fruto (pág. 13); lo
concreto se vuelve abstracto: el pájaro imagen viva/ de los
pensamientos
(pág. 28). Las imágenes mismas se entrelazan, se interrelacionan; lo visual con lo
auditivo: el estallido de la luz, la mancha del grito; lo auditivo con lo
gustativo: el gemido agrio; lo visual con lo táctil: el azul
ardiente, etc.
Jardín se constituye en una especie de
complemento de Glimpses. En tanto que en éste se registran las apariencias
del ser árbol, fruto, jardín, pájaro, su luz y su sombra, sus saltos y
caídas, en Jardín la mirada alcanza la agitación del ser, su idea, su
dialéctica de dulzura, silencio y ceniza. Si en Glimpses el hombre ojo,
mano, lengua, oído es un elemento más en la naturaleza, en Jardín se
amplían las referencias, se llega más allá de la pintura mudadel mundo, aparece la
reflexión:
Bien visto,
un árbol no es opulento:
unas cuantas ramas
[...]
Pero contemplado
más allá de la apariencia,
de la mole
verdinegra y exacta,
se revela como un mundo:
[...]
Mas no se agota en esto.
Al margen
de la contemplación simple
[...]
el árbol detenta
otros privilegios:
el nombre,
cuya vasta riqueza
es tener también reflejo en la
vida,
[págs. 27-28]
Visión y pensamiento, tras un proceso de ardua,
reiterada contemplación, los elementos recurrentes que conforman el universo poético de
Jursich adquieren un significado más allá del literal, consiguen la consistencia del
símbolo:
Al comienzo,
me sorprendía que hubiese batallado tanto
para repetir la historia sencilla del árbol:
[...]
Con el tiempo he llegado
a
comprender
que su vida
es un magisterio de amor y no un ciclo de leyes.
[...]
es tiempo estático
y no naturaleza.
Este árbol, mujer, está bajo el dominio del silencio,
pero canta como un ruiseñor en
el desierto.
De algún modo es un ave
[...]
de alguna forma se alza y ya es hombre, símbolo,
es tan sólo su nombre
y, no obstante,
contiene toda la verdad del
Universo
[The giving tree, págs.
3
3-34]
Al margen (o en medio) de la significación múltiple que adquieren los
elementos, es factible ver en ese desnudamiento concreto
del proceso intelectual (no en ideas, sino en cosas"). una reflexión acerca de
la poesía, el poema y sus posibilidades. Naturaleza, hombre, vida, el árbol,
imagen viva/ de los pensamientos, fuerza superior a todo destino,
magisterio de amor y no un ciclo de leyes, sombra/ para el descanso y no
para la muerte, viva lección de coraje y esperanza llega a ser también
el árbol de la poesía y, consecuentemente, su fruta, uno de los viejos metros del
pensamiento (pág. 31), puro, sabroso deleite (pág. 35), el poema,
estallido fugaz que, inagotable en sí mismo, sobrevive a la negra cosecha del tiempo.
Los textos que integran Dos ejercicios
bíblicos constituyen una especie de pausa entre el comienzo y el final del libro.
Hay aquí el acercamiento a una lírica convencional tanto por sus temas (el amor, el
olvido, el deseo, la muerte), como por el tratamiento formal (cierta musiquita lograda
gracias a la anáfora y otras repeticiones, algunas comparaciones tradicionales, añejas)
y el temple de ánimo (cierto sentimentalismo que las máscaras poéticas pese a su
lejanía en el tiempo y en el espacio: la Galilea de cuando Jesucristo no logran del
todo disimular). Canción del israelita y su
esclava, pese a su calidad intrínseca, a su forma decorosa, nada aporta frente a los Lieder y Sonatas
de Alvaro Mutis, las canciones de Aurelio Arturo o Giovanni Quessep. Pero podría
tratarse, de acuerdo con el título, de una especie de divertimetito, de búsqueda de un tono, de ensayo
de otra máscara poética.
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Ripios representa,
pues, un cambio casi radical, la otra cara; el reverso de Glimpses y
Jardín: del asombro, de la sorpresa ante un mundo principalmente vegetal,
luminoso, de mágicas presencias (pág. 23), pasamos al sabor de ceniza
y responso de la ciudad vacía en la noche, con sus anuncios quemantes,
y a la indolencia de la naturaleza ante la fragilidad y la angustia del hombre. Cárcel,
cristal, el cuarto callado que rodea al hablante lírico es ahora el espacio del caído,
del desengañado para quien el amor ya más nunca/ la esperanzada cabeza/
vuelve (pág. 52), del enfermo exhausto que, no obstante, todavía contempla la
plaza, el puente, el parque, pero ya no acierta a ver nada, sino a formularle,
a la vida perdedora (pág. 51), meras preguntas acerca del sinsentido, el
¿para qué? de todo, pétalo, hoja, cuerpo, amor.
Glimpses marca, en sus momentos más
altos, una salida, una pausa, un jardín, un cambio en relación con las características
definitorias de la poesía colombiana de los dos últimos decenios, exceptuando unos
cuantos nombres. Las mentadas de madre al país, el sentirse perdidos en una realidad
problemática más cercana a las pesadillas que a los sueños, la manida y manoseada moda
de los poemas de amor a lo Cavafis, los chistes a lo Parra, la antipatía hacia lo
trascendente, la quejumbre porque a la Atenas sudamericana no le tocó la tragedia griega
sino el lloroso melodrama, la histeria, el golpe de pecho, la nostalgia del bolero y los
poetas coronados con laureles puestos diplomáticos, las epístolas en los apartados del
viento, el sarcasmo, en fin, la ironía como principio rector del poema, ceden su lugar a
una poesía cuya lucidez le permite adoptar una actitud constructiva frente al mundo, una
invitación a la reconquista de la realidad, al uso de la razón y al dominio de la
palabra para hacerla producir frutos, para ampliar el ámbito en que respiramos y vivimos,
y hacer mucho más hospitalario nuestro universo.
ARIEL CASTILLO MIER
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