Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 26, Volumen XXVII, 1990

Ro manticolombiana


Estación desconocida
Matilde Espinosa
Trilce Editores, Bogotá, 1990, 204 págs.

Cuando leí este libro evoqué, ante tal desigualdad de selección en términos de calidad, un poema de Senghor, en el que el poeta se pregunta: “¿son éstas, lianas o serpientes, las que enredan mis pies?”. El camino de la creación se ve plagado, al recorrerlo, por acechanzas, entre ellas la de enamorarse de todos sus hijos imaginados: los poemas, y negarse a romper ese papel donde aparecen, eutanasia poética que muy bien le pudo venir al libro.

Lo que parece evidente a primera vista dentro de algunos poemas es la falta de rigor para eliminar fragmentos que asfixian composiciones cortas, tan cortas como un haiku y de una belleza muy especial: “De nadie, en nadie/ queda tu cuerpo regado/ como el vestido del árbol/ en paraje solitario” (Nadie, pág. 101).

Es clara la vocación intimista, de un lirismo muy “romanticolombiano” (hasta el tema de la violencia aparece...); leyendo el poemario se me antoja que la escritora pasa por momentos de disímil intensidad al escribir: habla de realidades muy planas que pudieron ser excelentes cuadros, pero de pintura; en cambio, a veces se sumerge en ese vértigo de donde se asciende con una joya en la frente.

Pero no puede uno hablar de fragmentos, de pedazos de esta geografía poética; en conjunto, el libro debió ser más meditado, incluso por el corrector de pruebas, pues da la impresión de que un fantasma devorador de letras se hubiera cebado en la prueba final (págs. 17, 33, 37, 61) de este tomo, cuaderno de la colección, 5.

Me parece un desacierto como diseño del libro el utilizar tan pobremente las hojas que llevan títulos.

En cambio, el título del libro y la portada guardan una agradable relación.

Sobrados elementos hay para afirmar que se trata de verdadera poesía y que la autora es genuinamente poeta. Así como que existen aguas envenenadas, debemos saber que no todo lo que brota de la pluma es bueno.

El poema Marzo produce la sensación de haber tenido una desgraciada digresión entre su inicio (“¡De dónde el rumor casi confidencial! de algo que nace o de algo que muere?”) y su final (“Es la noche de marzo sobre la piedra blanca! de la luna insurgente”) (pág. 5). Y así ocurre con el libro en general, en donde “interrogantes” imágenes de calidad con vocación hermética se aparejan a otras en las que el tono decae y la imagen pierde la eficacia. Cito: “Como rescatar la nave/ si era de niebla? como encender la palabra/ si hace tiempo/ se oscureció el camino?/ como escuchar el viento/ si el túnel encegueció/ la noche?/ como interrogr [sic] el silencio/ si el ruido del naufragio/ alcanzó las estrellas?”.

El libro está repleto de nostalgia, cruzan por él una noche persistente que a veces la luz rompe para inaugurar ciertos trazos bucólicos, pájaros y otros elementos que confirman ese romanticismo lleno de añoranzas que siega lo que pudo ser mejor. Al comienzo del poema, desde el fondo la escritora misma se cuestiona: “mirar desde el fondo/ de una gran distancia/ cuanto pudo ser el poema... (pág. 109).

RAFAEL PATIÑO GÓMEZ