Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 26, Volumen XXVII, 1990


Continuación - Un recuerdo norteamericano de German Vargas

¿Por qué hacía Germán tantos favores para tantos escritores? El mismo nunca ha ganado nada en términos económicos de la literatura colombiana. El lo hacía por una razón muy sencilla: porque le gustaba. Cuando un libro de un joven salía publicado, Germán gozaba de la misma alegría del autor mismo. Yo creo que para Germán los días más felices de su vida eran esos en que él veía a un joven escritor realizar su sueño —publicando un primer libro en la Fundación Guberek o recibiendo un Premio Nobel en Stockholm.

Germán era el hombre más sabio que yo he conocido. Conozco intelectuales de todas partes de las Américas. Pero no hablo de inteligencia, sino de sabiduría. Supongo que todo los que pasábamos por Los Laureles intuíamos que su sabiduría era excepcional y por eso insistíamos en verlo. Sé que otros sabios, como el profesor John Brashwood en los Estados Unidos, lo respetaban y lo adoraban.

Germán era un hombre de muy buen gusto. Al decirse, no me refiero al “buen gusto” formal (ropa fina, etc.), sino a su buen gusto como interpretador de textos y de personas.

Fue un acto de muy buen gusto, por ejemplo, cuando Germán mandó unos libros de Faulkner (toda una caja de Faulkner) al joven Gabito cuando éste, hace unos cuarenta años, estaba enfermo; pocas personas saben de esta anécdota, porque Germán fue una persona sumamente discreta.

La última visita con Germán fue la semana pasada. Con la excepción de la ausencia de Susie, todo fue como siempre. Vi a Germán más contento que nunca, charlando en su mecedora en Los Laureles. Tuvimos algunas cosas para celebrar y las celebramos bien en su apartamento, en el Devis, en la casa de Alfonso Fuenmayor y en El Calderito. Recuerdo mis últimas palabras cuando nos despedimos: “Mil gracias Germán, nos vemos en Ibagué”. (Ahora he decidido leer algo en homenaje a Germán en Ibagué en el Sexto Congreso de los Colombianistas Norteamericanos).

También hay vainas que simplemente no alcanzo a entender, y que probablemente no comprenderé nunca. Por ejemplo, el martes 21 de mayo yo intenté llamar a Germán por teléfono desde Bogotá para despedirme. Normalmente, no llamo a Germán para despedirme, pero esa vez se me ocurrió hacerlo, no sé por qué. Tampoco sé por qué me desperté a las 3:30 con insomnio. Llamé dos veces entre las 5:30 y las 6:00 (Germán es madrugador), pero no conseguía línea, volví a llamar dos veces entre las 11:30 y las 12:00.

Yo hubiera preferido estar con Susie y la familia durante estos días, pero el destino me llevó a los Andes del Sur y yo decidí seguirlo. Aquí en La Paz paseo por las calles, entro a librerías, pienso en Germán y escribo unas líneas más. No han sido días fáciles. De este viaje por Colombia, Perú y Bolivia, no obstante, saldrá algún día un libro que dedicaré “A la memoria del maestro Germán Vargas”.

Dentro de dos meses estaré de regreso en Colombia. Será la primera vez en muchos años que Germán y yo no haremos los ritos establecidos. Estaré en Barranquilla sólo una mañana —para dejar flores en la tumba de Germán. No seré capaz de ir ni a Los Laureles ni al Devis ni a ninguno de nuestros lugares. No podré volver a Barranquilla por muchos años.

El maestro Germán hizo que mucha gente soñara grandes cosas, y por eso estoy seguro que descansa en mucha paz.

RAYMOND WILLIAMS

La Paz, Bolivia, 23-26 mayo, 1991.  (Tomado de: El Heraldo: Revista Dominical (Barranquilla), junio30 de 1991, págs. 4 y 5).