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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
26, Volumen XXVII, 1990
UN RECUERDO
NORTEAMERICANO DE
GERMÁN VARGAS
El maestro Germán Vargas fue un muy querido
amigo, pero era mucho más que un amigo: fue la persona más generosa que he conocido. Fue
el mentor de varias generaciones de intelectuales colombianos y extranjeros. Sin él,
Colombia sería mucho menos de lo que es; sin él, todos los que lo hemos conocido
seríamos menos de lo que somos.
Supe que lo perdimos el martes 21 de mayo a las
4:10 de la tarde en el apartamento del Dr. Alfonso López Michelsen. Tres horas después
yo tenía que estar en el aeropuerto de El Dorado para tomar un vuelo a Lima y después a
La Paz. Desde el momento que estuve en El Dorado, todavía sin poder aceptar esa noticia,
he querido escribir estas líneas, pero también no he querido escribirlas. He querido
reconocer de alguna forma lo que Germán representó para mí
(y para muchos norteamericanos), pero no he sido del todo capaz de aceptar nuestra
pérdida de él.
La última vez que vi a Germán fue a través de
la ventana de un taxi en el parqueadero de Los Laureles en Barranquilla el viernes 17 de
mayo a las 6:45 de la mañana. Yo me iba para Bogotá después de estar dos días con él.
Ya nos habíamos despedido allá en su apartamento del cuarto piso, pero como siempre,
también nos despedimos de lejos mientras el taxi salía, diciendo adiós con la mano. El
se vela bien y contento como siempre.
La primera vez que vi a
Germán fue cuando nos conocimos, en octubre de 1979 en el Hotel Tequendama. Nos sentamos
juntos alrededor de una mesa en una suite, junto con Virgilio Cuesta (en aquel entonces
gerente de Plaza & Janés) y otros miembros del jurado para decidir el gana
dor del Primer
Premio de Novela Plaza & Janés. Pasamos varias horas discutiendo novelas, tomando
tragos y comiendo. La primera imagen que tenía de Germán, entonces, era de un hombre
of class, de clase, un caballero completo. Su manera de actuar
en esas
discusiones largas y a veces tensas fue impresionante: fue bajo la dirección del maestro
Germán que llegamos al resultado unánime del premio para Plinio Apuleyo Mendoza. Es por
su forma de actuar
tan caballeresca, tan gentil, tan sensata que lo llamaban
tanto a servir en los jurados nacionales y regionales.
Después de ese premio, carteamos algo y nos vimos
la segunda vez en 1981, esta vez en Barranquilla a raíz de la publicación de un libro
mío. Así, en julio de 1981 Germán me invitó a hablar en La Tertulia de EL
HERALDO. Estar con Germán un par de días y hablar con él en La Tertulia en
aquel entonces una de las experiencias más recordadas de mis aventuras colombianistas.
Durante esos días me di cuenta de que Germán era
una persona muy especial, muy fuera de lo común. Hablamos y tomamos Ron Tres Esquinas
hasta las altas horas de la noche. Germán solía contar cosas fascinantes de Barranquilla
durante los años cuarenta y cincuenta, su tema favorito. Hablábamos no sólo de su
querido Grupo de Barranquilla, sino de toda la cultura nacional de los últimos cincuenta
años. El sabía muchísimo, pero nunca se tomaba muy en serio. Al contrario, resaltaba su
gran sentido de humor. Es decir, Germán distinguía muy bien entre la seriedad y
sobriedad, y eso le permitía mantener una actitud jocosa ante todo.
Del año 1981 en adelante,
Germán fue muchas cosas para mí, incluso un gran amigo y un gran mentor. Mis viajes
anuales a Colombia siempre incluían en el itinerario la llegada por Barranquilla y la
salida por la misma Barranquilla. Germán y Susie siempre me recibían con los brazos
abiertos, tal como recibían a todo intelectual colombiano y extranjero que pasaba por
Barranquilla. Establecimos unos muy agradables ritos que construimos alrededor de nuestras
largas conversaciones literarias, ritos repetidos cada año. Todo siempre partía de un
delicioso almuerzo costeño que Susie nos preparaba, siempre con arroz con coco. Después
venía mi
invitación al Restaurante Devis, casi siempre con Meira Delmar y Ramón Illán Bacca. Era
en el Devis, típicamente después de medianoche, que Germán echaba sus más divertidos
cuentos sobre los conocidos personajes de la literatura colombiana.
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Una vez hasta nos cantó tangos, que cantaba muy
bien (espectáculo que lo vi repetir una sola vez, después de tomar varios whiskies en
una comida con Alejandro Obregón, en Cartagena en junio de 1986). Un par de veces mis
visitas a Los Laureles coincidían con la presencia de García Márquez y entonces los
ritos normales cambiaban un poco; en vez del Devis comimos en El Calderito, por
preferencia de Gabito. A veces Germán y yo volvíamos a El Calderito, recordando a
Gabito.
Ahora que lo pienso, fue exactamente una década
que Germán y yo seguimos esos ritos tan preciosos en la Costa. Sería imposible explicar
del todo exactamente qué significaba esa amistad con Germán durante los diez años. Pero
hay ciertas cosas obvias, como por ejemplo, el hecho de ser Germán una de las personas
que más sabía de la literatura colombiana del siglo veinte y el hecho que Germán
compartiera sus conocimientos con todo el mundo.
Quizás los que no conocían a
Germán de cerca no se daban cuenta de su generosidad excepcional. Yo lo vi leer
centenares de manuscritos de autores jóvenes. Germán comentaba los libros a los jóvenes
autores, los estimulaba a escribir mejor, a soñar más. Si un manuscrito realmente
valía, Germán encontraba quien lo
publicara. De esta forma
casi invisible el maestro Germán ha sido una piedra angular de la literatura
colombiana del siglo veinte.
CONTINUAR
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