Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 26, Volumen XXVII, 1990

EL OJO AJENO


Collage colombiano Un aún inconcluso viaje de iniciación
Edward Shaw

Colombia, para mí, es un viaje que empezó el 15 de diciembre de 1950 —a la tierna edad de catorce años— y que sigue fluyendo por los luminosos canales de mi memoria. Colombia cambió mi camino. Me convirtió en aventurero de la vida, en uno de los primeros pioneros posmodernos, en residente del globo grande, sin ataduras a una sola patria, sin las fronteras de tinta negra que aparecen en los mapas.

Descubrí mi propio Macondo antes que García Márquez lo tallara en palabras; conocí a los personajes de Botero antes que los adhiriera tan finamente a la tela; sentí mi Sudamérica antes que Arciniegas definiera la libertad y el miedo.

La Colombia de mis primeras impresiones: una época anterior a la droga; un período de paz entre luchas guernilleras, preludio de una aún más aguda; el Caribe de las primeras cumbias; los Llanos desiertos de cuerpo y alma; la Colombia de la bota bruta; la América emergente de la brocha de Diego Rivera.

Un adolescente de los suburbios de Nueva York, de un Manhattan pulcro y puritano, que apenas estaba probando las tentaciones de la posguerra, trasladado a un país andino. Variaciones climáticas, alturas que atacaban los corazones neófitos, sombras que amenazaban al desprevenido en aquellos años de Rojas Pinilla.

Mi primer recuerdo de Bogotá, él olor. La nafta dejaba sus residuos en la nariz; el Pielroja, su acre dulzura. La comida: frutas desconocidas, salsas extrañas, texturas no reconocibles, perfumes que impregnaban la ropa, el pelo, persiguiéndome hasta en la cama.

Las tinieblas generalizadas en las estrechas calles del Bogotá nocturno; los metros de tela gris oscura que envolvía a todos: sacos, sobretodos, ruanas, una monotonía de tonos grisáceos que reflejaba tantas veces el cielo opresivo. Las caras, con facciones nunca registradas por ojos curiosos pero inexpertos. Con cada ojeada devoré infinitas novedades.

Los ruidos de una ciudad en frenético movimiento, en contraste con el silencio impuesto, a sus espaldas, por las inmóviles montañas. La vida conducida en otra lengua, por palabras que apenas podía separar como tales. A veces, ametralladoras de sonidos que me aturdían. Mis pocos meses de castellano no me servían frente a tal avalancha de expresividad.

La sopa con sabor de especias desconocidas; el arequipe, dulzón, empalagoso; hasta la carne guardaba un gusto que me sorprendía. Los platos aparecían en el mismo orden, pero presentados en otro idioma. Tal vez lo que más rompía mis esquemas: la comida no tenía el sabor que esperaba de ella.

Me topé contra un mosaico de sensaciones que me costó trabajo asimilar. Había cambiado de mundo, de universo. Colombia parecía un planeta aparte, combinación de fantasías soñadas y realidades inesperadas. Colombia despertó en mis entrañas el reconocimiento de lo atractivo, de lo no experimentado: la seducción de lo primario, de lo esencial. Subía de su tierra una fuerza: en lo vegetal, tropical; en lo humano, primitiva. Me sentí en presencia de raíces profundas.

Como en cualquier relación, fui ahondando mis conocimientos a través del tiempo transcurrido y la distancia transitada.

Cronológicamente, fueron muchas las visitas y los viajes. Cada vez conocí otro rincón del país que me abrió las puertas al mundo.

El joven de Estados Unidos, en aquel entonces, generalmente iniciaba su salida al mundo exterior por algún puerto europeo, en camino a las capitales culturales, como Londres, París, Roma. Fue años más tarde cuando México y las islas del Caribe comenzaron a convertirse en polos de diversión para la juventud neoyorquina. Y Asia, Áfnica, hasta la Luna, fueron agregándose solamente con la creación del Cuerpo de Paz y la iniciación de los programas espaciales.

Colombia, en aquellos tiempos, se vestía con una gran dosis de exotismo. Juan Valdez todavía no había entrado en todos los hogares de la república norteamericana. Uno de los episodios que más recuerdo fue leer que un grupo de intolerantes, montados a caballo, habían irrumpido, cuando se celebraba un culto, en un templo protestante. Otra anomalía fue la llegada. ĦQué iba a imaginar que el avión no lograría llegar a su destino el mismo día de su salida! En aquel Constellation de Panagra, después de hacer escalas en Miami y Kingston, aterrizamos en Barranquilla para pernoctar, en espera de seguir a Bogotá cuando el sol se eleyana sobre el Caribe.

Así pasé mi primera noche fuera de mi patria, en el Hotel del Prado, comiendo un manjar de langostinos con salsa de coco, que todavía pro voca en mi paladar una feroz nostalgia. flogotá, aquella primera vez, no se mostró, embozada en su capa de nubes, y tan sólo pude saludarla al liberarme del aeropuerto, tras participar, fascinado, en esos trámites de adultos que requieren la presentación de pasaportes y demás documentos afines.

En la casa de mi amigo de infancia, Fernando Toro, encontré otra versión de la vida, aquella que acontece entre latinos. La expresividad, la abierta demostración de afectos, la interrelación con el servicio domés­tico. Esta calidez, agregada a lo exótico, me fue envolviendo en una telaraña de la cual jamás pude —ni quise— sustraerme, al punto tal que, casi cuarenta años después, me encuentro instalado en Buenos Aires, con mujer e hijos espléndidamente latinos.

Hay recuerdos que no ceden nunca su lugar privilegiado en mi memoria: observar la turbulenta tierra líquida, que es el río Magdalena, batida por la rueda lateral del vapor que nos llevaba río abajo desde La Dorada a Barranca, en el mejor estilo del río Misisipí de mis bisabuelos; o estar incómodamente posado en un árbol, a lo largo de una interminable noche, esperando que un jaguar se acercara para atacar la cabra que habíamos atado como cebo. Nunca apareció ninguna fiera, pero la frustrada aventura mancó un momento de iniciación en mi vida. Quise remontar en canoa un angostísimo arroyo, con la escopeta lista para bajar algún trofeo, cualquier trofeo que tontamente cruzara mi camino. Apareció un mono y tuve la agridulce sensación de haber dado en el blanco. Cuando la pobre y flaca presa se puso rígida ante mis ojos, me di cuenta de que mi carrera de cazador había concluido tan rápido como había comenzado.  

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