Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 26, Volumen XXVII, 1990

Mamíferos colombianos


Mammais of the neotropics, the northern neotropics,
Vol 1: Panamá, Colombia, Venemzela,
Guyana, Suriname, Frencb Guiana.

John F. Eisenberg
The University of Chicago Press, Chicago y
Londres, 1989, 449 págs.

Acaba de ser publicado en los Estados Unidos este volumen que estudia la fauna mamífera de los países del norte de América del Sur más Panamá, responsabilidad del Profesor Eisenberg del Museo de Historia Natural de la Florida, una autoridad en la materia. El libro, que está dividido en 16 capítulos antecedidos por los agradecimientos y la introducción (págs. 1-5), incluye 21 láminas, 14 de ellas en color; una introducción a la biogeografía histórica y a los hábitats contemporáneos del norte de América del Sur (págs. 7-19) es el título del primer capítulo que analiza tanto la biogeografía como la estructura fisica, el clima y la vegetación del continente suramericano, y que concluye que en el área cubierta por el autor existen diez núcleos distintos de distribución de los animales.

En la porción taxonómica cada capitulo incluye tablas con claves y otra información sistemática, mapas con la distribución de la gran mayoría de las especies y figuras con esquemas filogenéticos e ilustraciones útiles para una correcta identificación de los animales. Para entrar directamente en materia, el segundo capítulo (Orden marsupialia, págs. 20-49) presenta información sobre las zarigüeyas, chuchas o zorrachuchas, de las cuales existen 25 especies en nuestro país, al menos cuatro más que en Venezuela, agrupadas en dos familias; el tercer capítulo (Orden xenarthra, págs. 50-67) cubre a las especies de osos hormigueros y perezosos, de las que se encuentran 13 en Colombia, una menos que en Venezuela, organizadas en cuatro familias. La cuarta sección (Orden insectívora, págs. 68-72) trata sobre las musarañas, animales provenientes de América del Norte, con cuatro especies en Colombia, una más que en Panamá, todas en una sola familia; los murciélagos (Orden chiroptera, págs. 73-232), el grupo más especiado de mamíferos neotropicales y objeto del quinto capítulo, incluyen 156 especies en Colombia, al menos doce más que en Venezuela, distribuidas en nueve familias. Nuestros más cercanos parientes, los micos (Orden primates, págs. 233-261), aparecen inmediatamente con 24 especies colombianas, el doble que en Venezuela, distribuidas en dos familias; el capítulo de los depredadores terrestres (Orden carnívora, 262-289) incluye 24 formas colombianas, tres más que en Venezuela, de las familias Canidae (zorros), Ursidae (osos), Procyonidae (mapaches) y Felidae (tigrillos). El Orden Pinnipedia, la octava sección (pág. 290-291), incluye dos especies para el área, conocidas únicamente de nuestro país, pero lamentablemente una de ellas, la foca caribeña, fue exterminada por el hombre en los comienzos del siglo XX. El capítulo nueve (Orden cetécea, págs. 292-3 10) da cabida a las ballenas y delfines, de las que sólo se registran cuatro especies para Colombia, ocho menos que para las islas situadas al frente de Venezuela; infortunadamente los registros de estos animales en nuestro país no han sido apropiadamente divulgados, de modo que no aparecen el cachalote pigmeo (Kogia), la orca ( Orcinus), el delfín manchado (Stenella), la ballena tropical (Balaenoptera), entre otros, que hacen que la cetofauna de Colombia sea al menos tan importante como la de otras regiones neotropicales. Los manatíes (Orden sirenia, págs. 31 1-313) son el tema del décimo capítulo e incluyen dos especies, la del Caribe y la del Amazonas, ambas conocidas de Colombia y Venezuela; la sección siguiente (Orden perissodactyla, págs. 314-317) trata sobre los tapires (familia tapiridae), de los que en nuestro país se conocen tres especies contra dos de Venezuela. El Orden artiodactyla (págs. 3 18-328) es el duodécimo capítulo que cubre a pecaríes y venados, de los que existen siete especies en dos familias en Colombia, mientras de Venezuela se hallan citadas sólo seis; del grupo de ratones y sus parientes (Orden Rodentia, págs. 329-418), el protagonista de la siguiente sección, hay 98 especies colombianas contra 65 venezolanas, siendo de ese modo uno de los órdenes más explosivamente especiados en nuestro país. El último capítulo taxonómico (Orden lagomorpha, págs. 419-422) trata de los conejos (familia Leporidae), de los que se conocen dos especies tanto en Colombia como en Venezuela.

La siguiente sección: Especiación y afinidades faunísticas de los mamíferos en el neotrópico septentrional (págs. 423-430), discute la evidencia para los eventos de especiación neo-tropicales y la información derivada del conocimiento de la fauna de las islas y de las altas montañas. Ecología de las comunidades de mamíferos (págs. 431-440) es el nombre del capítulo final que analiza la estructura de las comunidades de mamíferos tanto en los bosques lluviosos de las tierras bajas de Panamá, como en los bosques premontanos y en el hábitat llanero venezolano; también se incluyen comentarios sobre los sistemas de depredación, las interacciones plantas-mamíferos y la depredación de semillas en el neotrópico. El volumen termina con un índice de nombres científicos y otro de nombres vulgares.

Esta apasionante obra es una de las que imperiosamente debe ser traducida a nuestra lengua y distribuida a todo lo largo y ancho del país, ya que el repaso que hace a través de la fauna mamífera neotropical es especialmente significativo para nosotros los colombianos, ya que se nos presenta la enorme riqueza de nuestra naturaleza; 363 especies son conocidas en Colombia, contra 295 de Venezuela y menos de 230 de Panamá, las Guayanas o las islas antillanas sureñas.

Es indudable que el destino nos ha fijado una apabullante responsabilidad, pues si no se realizan los esfuerzos urgentes que se necesitan, esta megadiversidad desaparecerá y quedaremos expuestos aljuicio de la historia; lo que estremece es viajar a nuestros campos y montañas y ver a los campesinos armados de escopetas salir consuetudinariamente de cacería, para regresar con cualquier animal que se coloque a distancia de tiro. Y, obviamente, observar la complicidad de todas las autoridades ambientales en cualquier actividad que implique el saqueo y la explotación desmedida de nuestros recursos. Es lamentable, pero no se puede ser optimista.


ARTURO ACERO P.