Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 26, Volumen XXVII, 1990

EL HOMBRE DE LA CALLE


Germán Vargas

Si alguna vez existió rivalidad entre costeños y cachacos, de rectificar ese concepto se encargó una hermandad que todavía se prolonga, entre un sector extenso de gentes de las artes y la cultura que formaron un puente entre las playas del Caribe y las faldas de Monserrate.

El núcleo inicial fue el Grupo de Barranquilla, que además de cuna de celebridades y fogón intelectual costeño, era el sitio donde aterrizaban algunos cachacos dispuestos a descentralizar y oxigenar sus cerebros. Han avanzado así varias generaciones de cachacos costeñizados y de costeños cachaquizados, que han surtido las nóminas de las clases dirigentes y de un liderazgo cultural, prolongado por caminos internacionales.

Germán Vargas era ejemplo de esa hermandad. Por épocas vivió en Bogotá y nos contagió de su euforia costeña y de su capacidad como hombre de letras en todo el sentido de la palabra. Dominaba la letra rápida de un diario así como la letra reposada de un libro o la letra hecha voz en su garganta culta y pausada.

El lector

Hará mucha falta Germán Vargas allá en sus playas costeñas, aquí en la Sabana lluviosa y en todos los rincones, bibliotecas y auditorios a donde había llegado con su estampa de profesor de literatura que nunca abandonó cierta sonrisa de picardía.

Sitio especial deberá ocupar su obra, tan copiosa como dispersa. Tenía fama Germán de ser un lector tan completo, que debió leer todo lo que en este mundo merecía leerse. Y en la misma forma escribía con profusión pero sin preocuparse por legajar lo escrito. Miles de páginas de periódico, de grabaciones radiales, de transcripciones de foros, esperan quién las ordene y compendie.

Hará gran falta entre su familia y sus amigos, pero por fortuna deja en su esposa Sussie, y en sus hijos, que han ascendido a alturas que lo llenaron de satisfacciones, una prolongación de su personalidad y de áquella hermandad que surgió y se extendió desde un luminoso faro barranquillero.

Coletilla.— Sigue el lento e implacable desfile final de lo mejor de nuestra gente.

JOSÉ SALGAR

(Tomado de: El Espectador (Bogotá), mayo 23 de 1991, pág. 3A).