Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 26, Volumen XXVII, 1990

DON GERMAN


El veranillo de San Juan hace soportable el mediodía. Los “chorros d’oro” inundan de amarillo los antejardines del Prado. Las golondrinas veraneras invaden, al atardecer, los alrededores de la Biblioteca Departamental. Los voceadores de la suerte del paseo Bolívar claman a los cuatro vientos el número que cambiará su destino. Pero algo falta definitivamente en esta Barranquilla. De alguna manera la ciudad ya no es la misma. Falta Don Germán.

Muchas veces hablamos de esas relaciones silenciosas que se establecen entre las ciudades. Siempre estábamos preparando una charla “al alimón” sobre Medellín y Barranquilla. Cada encuentro era un nuevo aporte: el punto de unión entre los Panidas y el grupo de “Voces” fue Julio Enrique Blanco y uno de los permanentes colaboradores de la revista “Sábado” era don Ramón Vmyes, y la estadía de Barba en Barranquilla y la escultura de Tobón Mejía para la Plaza de la Bandera, y en la Secretaría de Educación del Atlántico de Javier Arango, la mítica estancia de “Figurita” en Medellín, y la similitud de la arquitectura de los barrios del Prado en ambas ciudades... en fin, tantos planes que se hacen sin saber que la muerte está al acecho.

Don Germán se había convertido en ese punto de unión entre la Costa y el interior. Por él, sabíamos qué estaba escribiendo Julio Olaciregui o Ramón Illán Bacca o leíamos los primeros poemas y cuentos de Joaquín Mattos o de Clinton Ramírez. Dedicaba la misma atención al último manuscrito de García Márquez que a la primera novela de un Maestro de Sahagún. Para cada uno tenta su comentario amable.

La soma barranquillera decía que vivía del cuento. Y algo de verdad había en el chiste, pues no hubo concurso nacional, regional, municipal y veredal en que no fuera jurado. Su nombre era prenda de garantía para el fallo. No solamente se leía todos los escritos, sino que calificaba y les hacía comentarios. Al morir, se encontró una pequeña libreta donde tenía analizadas todas las novelas de un concurso que se fallaría un mes después.

A veces los juicios estaban cargados de humor. “Después de escribir ese cuento, el Seguro Social le dio incapacidad permanente total”, decía alguna vez de una de nuestras glorias literarias. Luego de un concurso en el cual se presentaron más de 600 cuentos, decidimos hacer un “Manual para jurados de concursos de cuentos” que tenía instrucciones como éstas: Primero: “Evítese leer todo aquel cuento que empieza en una fría tarde de invierno. El final es igualmente previsible”. Segundo: “Los cuentos cuyos títulos a continuación se enuncian, ya fueron leídos, juzgados y rechazados en por lo menos diez concursos anteriores . Con este método se podía hacer una preselección, de manera que al final sólo se leerían conscientemente diez o veinte trabajos.

A propósito de esos cuentos que reiteradamente se encuentran en los concursos, don Germán escribió: “Hay inclusive cuentos muy malos a los que he llegado a tenerles un cierto afecto de tanto encontrarlos en todos los concursos, sin que nunca lleguen siquiera a ser mencionados. Se convierten en algo muy parecido a esos conocidos que nunca llegan a ser amigos, pero a quienes se ve con cordialidad porque parece que inspiran “ese cariño que uno le tiene a los zapatos viejos”.

Este mítico personaje de Cien años de soledad, envuelto siempre en una nube de humo de tabaco negro, había sido locutor de noticias, vendedor de libros, lector incansable, amigo total de los amigos, director de Inravisión, pero sobretodo, punto de contacto entre escritores y editores.

Desde que recorrió infructuosamente las editoriales bogotanas con el manuscrito de El coronel no tiene quien le escriba, hasta sus últimas actuaciones en los comités editoriales del Banco de la República, de la Fundación Simón y Lola Guberek, en Editorial Planeta o en Prolibros, su consejo a los editores era siempre atinado, siempre certero pues se había leído todo lo escrito en Colombia y su memoria era enciclopédica.

La muerte son pequeñas ausencias. ˇYa no llegan a todos los rincones de Colombia los sobres de El Heraldo con la nota amable y el recorte de prensa donde religiosamente daba noticia sobre todo lo publicado en el país. Ya no existe más la charla alegre y generosa. Ya no más el gesto de guardar el paquete de cigarrillos en el bolsillo derecho. Ya no más la búsqueda de cuentos para la nieta!

Al morir José Félix Fuenmayor, escribió estas palabras perfectamente autobiográficas: "Y, El periodista y escritor que murió en Barranquilla natal, era uno de esos hombres de quienes uno no llega a pensar nunca que han de morir un día. De una juventud espiritual inextinguible y una inquietud intelectual insobornable... era el típico barranquillero inte gral. De una inteligencia natural sin alharaca, discretamente alegre, generoso y cordial, tenía una sinceridad sin trastienda y una sencillez que desconcertaba a quienes no le habían tratado suficientemente”.

La última vez que vino a Bogotá, traía un pequeño tesoro envuelto en una bolsa de plástico. Eran las Ediciones Príncipe del Libro de las canciones de Federico García Lorca y de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda que le había dejado de recuerdo el Sabio Catalán antes de partir definitivamente a Barcelona. Ese viernes los entregó a María Mercedes Carranza para que reposaran en la Casa de Poesía Silva. Ni él mismo sabía que con ese gesto se estaba despidiendo. Misteriosas formas de cortesía tiene la muerte.

ˇAdiós, don Germán!

JUAN LUIS MEJIA

(Tomado de: Gaceta: Colcultura (Bogotá), sept./oct. de 1991, pág. 1).