Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
26, Volumen XXVII, 1990
EL ARTE DE HOY
Germán Vargas Cantillo
Dijo la
prensa que Germán Vargas murió en Barranquilla el 21 de mayo de 1991. A quienes no
aceptamos la evidencia del hecho, resulta imposible referirnos a él con nuestras propias
palabras. Por esto, el Boletín Cultural y Bibliográfico transcribe lo que otros dijeron.
D.J.A.
Germán Vargas se
llevó la risa
Se murió
Germán Vargas. Nuevamente sentimos el peso de lo irremediable que es siempre injusto.
Esas son partidas que nos dejan el más profundo vacio: no veremos ni oiremos más al ser
extraordinario. Alguien que se llevó intacta la mirada cristalina de la ecuanimidad.
Caminaba cargado de ligereza porque vivía en la sabiduría de las cosas postergadas pues
conocía la certeza de lo irrelevante. Y en cada una de esas sustracciones no postergaba
la vida sino que le daba más impulso a las que realmente tenían importancia. Para él
nada estaba disfrazado de pompa, ni presuntuosa arrogancia. La sencillez que lo hacía
cada vez más grande. Su manera aparentemente simple de explorar el mundo dejaba la
esencia de la síntesis. Indudablemente Germán Vargas fue el gran crítico literario de
nuestra época, el que le buscaba a las páginas el sentido del hombre. Siempre estuvo
escondido entre las líneas y los libros porque creyó desde joven que ya habían
demasiados escritores en el mundo y que él no quería ser otro más de una inmensa
multitud. Mantuvo la certeza de unos límites y su creación se la dedicó para que los
demás lo guiaran por sus caminos para traducir e interpretar rutas literarias, para
divulgar lo que consideraba fundamental, para seguir el rastro de su consecuente ruta
propia.
Era un ser
auténtico, sin pretensiones, que realmente extrañaremos siempre. Se llevó la voz
profunda que salía del alma, esa que hablaba pausado, que pronunciaba con precisión cada
frase. Que fue en su época la voz oficial de la radio en Barranquilla y la misma que
guió a Inravisión durante años. Se llevó el incansable entusiasmo, la devoción por la
lectura cargada de sentido: el gran rito del hombre y el refugio del espíritu. Se llevó
la calma de sus movimientos tranquilos, la paciencia maravillosa que no conoce la renuncia
sino la espera incondicional, se llevó la bondad desinteresada, se llevó la vida sin
prisa, se llevó la vida, se llevó la risa.
ANA MARÍA
ESCALLÓN
(Tomado de: El
Espectador; Bogotá, mayo 24 de 1991, pág. 3A). |