|
Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
24-25, Volumen XXVII, 1990
Venturas y desventuras
de un frenáptero
Los placeres perdidos
Marco Tulio Aguikra Garramuño
Fundación Tierra de Promisión. Neiva. 1989,
254 págs.
La Primera
Bienal de Novela José Eustasio Rivera, convocada por la Fundación Tierra de Promisión,
con un jurado integrado por los escritores Néstor Madrid Malo (q.e.p.d.), Benhur Sánchez
y Gustavo Alvarez Gardeazábal, concedió el primer premio a la novela Venturas y
desventuras de un frenáptero, del escritor vallecaucano, radicado en Jalapa
(México), Marco Tulio Aguilera Garramuño.
Hasta aquí la fría
noticia. Ahora ese libro es publicado, con intenciones seguramente comerciales, como Los
placeres perdidos. ¿Desacierto? Tal vez. El hecho de que nadie sepa qué es un
frenáptero no invalida un título más acorde con la personalidad del autor (y de sus
personajes, todos frenápteros) y más acorde con sus ya conocidos libros anteriores,
entre ellos Breve historia de todas las cosas (1975), curiosa trama cuyo laberinto
se desenvuelve, imprevisiblemente, en Costa Rica, o los espléndidos Cuentos para
después de hacer el amor (1983), que constituyen, sin duda alguna, junto con La
nave de los locos de Pedro Gómez Valderrama, los mejores libros de cuentos de autores
colombianos publicados en la década de los ochenta.
¿Qué es, pues, un
frenáptero? Aventuro una hipótesis etimológica: la palabrita podría provenir del
griego y querría significar: inteligencia sin alas o espíritu sin
alas. Frenáptero: "cazador metafísico", dirá el autor, aludiendo al
protagonista. "Si alguna vez hubo en Cali ciudad que se precia de albergar
especímenes humanos en los que el esplendor es costumbre y espectáculo un mancebo
digno de ser amado por todos, todas, siempre
sin tacha ni pausa ni reposo, ese ser magnífico fue Adolfo Montañovivas".
La presentación no
otorga ni pide tregua. De ahí en adelante veremos que Adolfo, extraído de las alturas
del barrio San Fernando y de las aulas del San Luis Gonzaga, en "la ciudad más
depravada y gozona de Colombia", es el único y absoluto personaje, y hablar de un
solo personaje siempre ha sido ardid que da buenos resultados.
Como aproximación
a lo real, no hay problema hasta aquí. Pero basta una breve ojeada en la obra de Aguilera
para advertir que en ella conviven en perfecta armonía la cruda realidad de seres humanos
y otras bestias comunes con el mundo mágico del libro de los seres imaginarios. El
frenáptero debe ser, desde una nueva óptica, un primo de los cronopios o de las famas,
pues. son de una misma estirpe, o del rinoceróptero célebre de Amor contra natura, uno
de los Cuentos para después de hacer el amor en el que un ingenuo rinoceronte se
enamora de un desgarbado helicóptero, nuevo acuerdo entre esos dos mundos aparentemente
irreconciliables, o de los perratas que por aquí van y vienen, o de las tenyerinas,
criaturas que oscilan entre anfibio y ave, o dé los extraños bibbis, o de los
elefantes terrestres, marinos y volátiles, o de los toxitls muy aztecas, al menos
de nombre. Un toxitl puede ser cualquier cosa; desde una cruza entre un chontaduro y un axolotl,
criada en Jalapa o en Tetzaltenango, hasta el nombre propio de una de las mónadas de
Leibniz, si bien es cierto el autor adviene que las mujeres
seguramente son una forma evolucionada de toxitl,
lo que nos acerca a más atrevidas perspectivas.
lgualmente, en Los
placeres perdidos reaparecen los hermosos saúdes, esos "seres de ojos
inmensos y tiernos, como los de los antílopes, y que sufren si no son acariciados con
arte y paciencia". Y es que, como recalca más adelante Aguilera, "para saber a
ciencia cierta si una persona es hermosa o detestable, es necesario someterla a un largo
tratamiento de besos y caricias".
El inicio del recorrido
es un tanto arduo y se presenta, engañosamente a mi parecer, como un aparte más de esa
inmensa novela mediocre que se está escribiendo día a día en Colombia y que parece
provenir siempre de un mismo autor, aunque quizá, en este caso, un poco por encima del
nivel general por lo menos no es sórdida aunque por ahí afloran resentimientos,
acaso no injustificados, contra un conocido concurso literario, que oscilan entre lo
cotidiano y lo vulgar, con un ambiguo erótico que denuncia los mil años de tabúes que
llevamos encima, con un contundente violento y un aberrante sórdido, aditados con tal
cual metáfora que apane del lenguaje callejero lo suficiente como para ameritar la
imprenta.
Todo
huele, en las primeras páginas, a apuntes guardados en un baúl en espera del concurso
redimidor, pues se advierten en principio todas las características de novela de
aprendizaje, de ejercicio juvenil. Costumbre de nuestros escritores: enviar una novela a
un concurso viene a ser casi como comprar lotería; al fin y al cabo, cualquier día los
jurados pueden caer en la trampa...
Adolfo, el
frenáptero, es apenas un tipo chévere, uno de esos arquetipos que pueblan cuentos y
novelas colombianos. Resulta ser un personaje no tan atractivo como nos lo propone
Aguilera Garramuño. "Aedo de piano portátil ", intenta deslumbrarnos con su
exterior hermoso, con su inasible, insosegable alma de colibrí, con sus desplantes
pretendidamente pintorescos de hippie de los sesenta y revolucionario trasnochado,
nutrido en Lenin y en "las iluminadoras comilonas de hongos en los
valles aledaños a Cali", es
decir, en las "sendas escondidas de Pance". Adolfo es especialista en la
materia. El complemento es obvio: la suya es una filosofía no escrita en libros ni
estudiada en universidades. Está lejos de la introspección, lejos de la metafísica,
lejos de las profundidades de la conciencia. Sus ideas de horno ludens son puro
divertimiento, puro juego inocente o escapatoria de la realidad: "carpe diem"...
para Adolfo, "un perro que se muerde la cola no es un perro que se muerde la cola,
sino una trampa puesta en medio del camino para que nos detengamos a contemplar una imagen
viva del infinito", porque la realidad es "una obra de arte que está esperando
el ojo iluminado". Desde luego, el tema no lo agotó Fernando González, y el
frenáptero se muestra capaz de suscitar reflexiones en el lector, porque es preciso decir
que Aguilera Garra-muño maneja todo un lenguaje de símbolos que oscilan entre el
mamagallismo y la metafísica: Véase un ejemplo: "La postreridad: que otros se coman
el postre que uno prepara con tanto trabajo".
Cuando Adolfo sale, va a
ver y a que lo vean, a sentir envidia de los demás y a que los demás sientan envidia de
él. Es un peripatético, nutrido en calles y bailaderos, rebelde e iconoclasta que no se
acuesta con sus hermanas porque ya muchos lo han hecho con las suyas, aunque no tiene
inconveniente en noquear a su madre con un recto a la mandíbula. Lo triste es que aquello
ya no nos conmueve en demasía, salvo acaso porque la mano, como en la leyenda que han
propagado por siempre las madres precavidas, se le arruga al hijo agresor.
Su programa vital
comprende desde reformar el paisaje hasta abolir la televisión, ese demonio, pasando por
rascarle los testítulos al infinito, tutearse con las esencias, tomar el té con los
arquetipos platónicos, admirar amaneceres y crepúsculos a pesar de la presencia
inmediata de "los mastines del orden", pero, ante todo, escribir la ración
diaria de literatura sin la cual la vida es imposible: "¡Un cálamo, un papiro, una
corteza de maple, un cuero de cabra del Sinaí, rápido, lo
que sea, tengo que escribir una idea que se me
escapa!...".
Seductor a su pesar, su
figura es "una visión desquiciante". "Hombres, mujeres y bestias caen
abatidos fulminantemente por su encanto y sienten la necesidad angustiosa de hincar el
diente real o figuradamente en su carne de ave celestial... Los recursos para llegar hasta
Adolfo han sido tan diversos como los matices del verde en la selva amazónica al
amanecer".
Bisexual aunque
casi asexual, sus vicios sirven para símiles y metáforas atrevidos: "No he tenido
tiempo para decidir si me gustan más las mujeres que los hombres. Creo que prefiero a las
lombrices de tierra después de la lluvia". Oeste otro: "los ojos del profesor
se abatieron sobre los de Adolfo como garras en cuellos de gorriones y picas en nucas de
Flandes". El prefiere el amor a lo Dante y Beatrice, amor emocionante pero "sin
desagradables intercambios de secreciones", pese a que se topa a menudo con mujeres
con intenciones aviesas y "no ignora que tras los ojos de admiración mística hay
bestezuelas golosas que más vale no convocar", porque "todas quieren lo mismo,
cochinas, prosaicas. No me opongo al acto sino a la prisa... Al amor se debe llegar como a
la cima de la montaña más alta".
Adolfo simplemente habla,
divaga. "Adolfo, las señoras y los elevadores tienen largas y tórridas historias
dignas de ser contadas". La novela es apenas una disculpa para perorar sobre lo que
se le ocurra al autor. Capítulos hay que, como éste, rezan en su encabezamiento:
"IV. Pequeña cuasitragedia, para mujer que puede ganarle discusión a Borges,
ambiente desolado y Gandul, con peligroso entremés del frenáptero entre las garras de
las perratas y las uñas pintadas de la Poeta Lujuriosa". Los recursos líricos no se
improvisan: "Consideremos ahora la gran diferencia que hay entre tu piel, tan suave y
disfrutable, bajo la cual hay músculos mullidos que parecen llenos de espíritu de alta
nube, y mi piel, erizada de vellos, que oculta músculos rígidos, protuberantes,
desagradables, como un vil sistema de correas y poleas carente de toda poesía". O
estos dos:
"y se miran divertidos los dos abrazados en el centro del espejo, en medio
del escándalo anticuado de sesenta bombillas de diez voltios" y "más insultado
que una hetaira romana en manos de la baja plebe o tan vapuleado como una mujer adúltera
en el Antiguo Testamento".
A veces son breves
sentencias o aforismos propios, espetados de repente:
"No hay como las largas antesalas
para la alimentación de la cultura
personal: en aquella ocasión leí 500
páginas de La guerra y la paz ".
"Si uno les dice
piropos a viejas secas como espartos, éstas reverdecen".
"La
sociedad se inventó para liberar al hombre solitario del peso de su propia conciencia y
para que se mantenga ocupado en imbecilidades".
"Soy más
inútil que una vaca, pero menos perjudicial que un policía".
"Cuando
uno es feliz más vale no hacer preguntas".
"Ahora me doy cuenta
de que relativamente es la palabra perfecta: quiere decir que sí sin conceder del
todo, y quiere decir que no, sin ser descortés".
"La palabra impúdicamente
me agrada: vamos a ponerla en práctica".
Es inevitable
aquí la referencia a la sombra de Swann, de sus muchachas en flor y de las magdalenas
mojadas en té, cuando Adolfo permanece cinco años sumergido en el primer volumen de
Proust, cuya obra espera rehacer "a la colombiana". También rondan los acentos
kafkianos: "Parece que su propósito era convertirse en un monstruo insecto ", o
"una mañana al despertar Adolfo descubrió que se había vuelto a transformar en un
monstruoso ser solitario". En todo caso, por doquier hay guiños de ojo a los buenos
lectores.
Hermosa es su vivencia
personal de los libros que dirige. "Con don Quijote anduvo quebrando vitrinas a
pedradas y liberando maniquíes fríos e indiferentes". Con Funes el memorioso le
entró un delirio nemotécnico que lo iba llevando al manicomio. La lectura de El
licenciado Vidriera estuvo a punto de mandarlo al hospital y con Dante recorrió los
círculos del infierno en un bailadero de salsa, donde "conoció fugazmente la cara
de la muerte cuando un moreno extraviado
entre el alcohol y una mujer maldiciente, lanzó un puñal al azar, que se clavó a tres
dedos de su carótida".
Su mundo es extraño,
sonoro; claro está que eso no basta para hacer una literatura; tener una boa constrictora
de mascota tampoco es literatura. Sin orden ni concierto desfilan por estas páginas
Mahoma, Heráclito, Descartes y su silla turca, refugio del alma, Bach, Ravel, Mastropiero
y su cuernófono dipituitario, Dick Tracy, Mandrake, Drácula, Nietzsche, Descartes,
Carnap y su "Demostración matemática de la inexistencia de Dios", refutación
a Spinoza, Lautréamont, el Filósofo de Envigado, Robbe-Grillet, Gramsci, Roberto conde
de Flandes, el más grande insultador de la historia, el poeta Antonio Llanos
languideciendo, en un manicomio atroz, un frailecillo extraído de las Memorias de
Casanova, un perdido fanático propulsor de las Cruzadas, un profeta de tercera línea que
apenas si es nombrado en la Biblia, junto con ángeles de mala calidad cuyas alas se
deshojan al menor golpe de viento y con lugares biensonantes como la Mongolia Central,
equivalente al éxtasis, al paraíso, Ratisbona, Fuenteclara del Ebro... (Sartre aseguraba
que los de nombre más hermoso eran Aranjuez y Canterbury).
Adolfo afirma, por
supuesto, que la gran literatura del siglo XX es la que se esconde en las tiras cómicas.
No ha acudido al suicidio por no haber conseguido dar forma definitiva a su carta de
despedida aunque sí a su epígrafe: "No pongan flores sobre mi tumba pues soy
alérgico", lo que no le impide elaborar un fino Manual del suicida doméstico.
El marco temporal de la
novela es irrelevante. Si la página 105 nos ubica en 1974, por la 196 estamos en 1978. En
la 241 estamos en 1982, aunque en la 195 ya ha muerto Juan Pablo II. En verdad, poco
importa.
Los personajes
secundarios apenas sí son dignos de mención: Polibio de Megalópolis, líder
universitario; Gandulín, cuya madre "le ganaría en discutir a Duns Scotto, a Erasmo
de Rotterdam, incluso a Borges" (¿no será esta una mala interpretación de
las capacidades intelectuales del argentino,
más dado a "sugerir" que a "vencer"?); Mariño, poeta que, como todos
los poetas colombianos, "está estudiando francés en la Alianza y sueña con
ahorcarse colgándose de un poste de luz en París". Los niños, Lorena y Tato, son
depravados: "Yo sólo espero que los niños no cambien, dice Adolfo, que conserven
íntegras sus capacidades perversas". Lorena, sobra decirlo, a los siete años sueña
con hacer el amor con su tío Adolfo: "-Por favor, tiíto, no te rasures que me gusta
tu piel rasposa le dice y por la noche, cuando no estés, el ardor en mi
carita me traerá hermosos recuerdos ". La presencia final de Albamarina, con su
figura de princesa de Alfa Centauro, da relumbre a la novela. Su papel es perturbar a los
adeptos de Adolfo, llevándolos a crisis terribles. Pero lleva a Adolfo al amor (hoy hace
amor, dice al despertar), en escenas de una ternura infinita: "Luego nos acostamos a
descansar y a darnos besos. Unos 700". Son el doncel y la doncella de oro. Más aún:
son felices. Lo que consiste simplemente en "alternarse la flauta dulce, cantar
dúos, hablar de instrumentos musicales, admirarse mutuamente y darse muchos besos La
metáfora pertinente y atinada da a las escenas eróticas cierta frescura y aun majestad:
"El pelo se desparramaba sobre la sábana blanca y era como si allí mismo estuviera
estallando una supernova... Me dediqué a besarla hasta que mis labios tropezaron con el
más fresco rincón de su existencia". O esta bella comparación donde parecen
agotados todos los recursos: "Sus dos pechos eran como las narices de dos ardillas
dormidas. Su sexo parecía el dorso de un delfín hundiéndose en el agua cristalina de
sus muslos ".
Y es que
la novela, con el correr de las páginas, va adquiriendo cuerpo, majestad, se va
poetizando. No solamente asoma la literatura sino que empieza a rondar lo magistral, para
acercarse y rematar al final con fanfarria triunfal.
El frenáptero propugna
la aparición de un nuevo superhombre: "Para que surja el nuevo hombre es necesario
que asuma el sentido de su propia
irresponsabilidad ". "El poder para los imbéciles. La libertad y la
irresponsabilidad para los frenápteros". De ahí acaso la dispersión del relato. No
se divisa un hilo conductor. Con el mayor cinismo Aguilera termina una aventura por
aburrición, o simplemente no la termina. Adolfo soluciona todo acudiendo a expedientes
demasiado sencillos, deus ex machina que descienden para suprimir los problemas.
Paradójicamente es entonces cuando brilla la literatura, bendita musa irracional. Es
especialmente notoria en el viaje a Grecia, con su "bello desastre de las islas
dispersas", en una cubierta de buque olorosa a camellero egipcio, a aguador armenio,
a puta parisiense o a pisaverde de Turín, donde advierte Adolfo que su verdadera
vocación siempre había sido la de cuidador de cabras en Hipogasto.
Al final
de cuentas, vemos que la novela no está lejos creo personalmente que la supera con
creces de aquella muy mentada y sin duda sobrevalorada lo que hacen el
prestigio del suicidio y de la juventud Que viva la música de Andrés
Caicedo.
Quiero finalizar con una
reflexión, ojalá provechosa. Aguilera Garramuño demuestra, una vez más, que nuestra
riqueza expresiva hablo no sé si de la del latinoamericano, del hombre del trópico
o del tercermundista, que no los he conseguido ubicar porque no soy sociólogo se
esconde en nuestro sistemático repudio a los sistemas y a las academias y florece en el
caos inteligente. La lectura de una obra como ésta invita ¡oh desgracia! al
análisis socio-político (¡qué horrible!). Un personaje se impone hoy en las letras: el
desadaptado urbano, incoherente, soñador, mamagallista y, sobre todo, intrascendente. Su
historia a lo más nos hace reír o nos pone los pelos de punta y puede ser el
pretexto para una bella novela. Creo descubrir en la literatura más actual un nuevo
rumbo. Se trasluce en ella el anhelo, la esperanza de una vida mejor, más justa. No ya el
llanto y la ira que propagó una desesperanzada Latinoamérica antes y durante el boom.
En este caso, en
particular, encuentro patente la influencia de la narra
tiva mexicana actual (¡Dios tenga en su seno a Jorge
Ibargüengoitia!), tan lúdica y gozona. Ya no habla la voz de Onetti ni la de Rulfo. Ya
hay una capacidad para reír, así sea a costa de nuestras insensateces, dentro de un
nivel de vida soportable. Es, lo entreveo, el despunte de una nueva generación, ávida de
paz y de progreso.
LUIS H.
ARISTIZÁBAL
|