Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

Vagones de carcajadas


De cómo divertirse sin reproducirse
Juan José Saavedra
Feriva Editores, Cali, 1989, 191 págs.

"Hay que resucitar las lenguas con sonoras risas, con vagones de carcajadas, con cortocircuitos en las frases y cataclismos en la gramática", dice don Vicente Huidobro.

Y sin cataclismos en la gramática, pero acaso con todo lo demás, Juan José Saavedra (JJS), ilustre mamagallista nacional, reincide en el tema de las relaciones de pareja. Antes fue De cómo ser feliz aun estando casado; ahora es De cómo dívertirse sin reproducirse. Dos quimeras. Pero JJS ofrece algunas recetas domésticas.

Todo gira aquí, como una noria, en torno al tema del sexo y sus variantes y sus asuntos afines y sus no siempre deseados productos (de nuevo, un certero titulo de lo que amenaza convertirle en una enciclopedia).

No obstante, el agua que alimenta esta rueda loca (agua que no has de beber, envenénala) es el humor, humor a rodos que atempera el morbo del más avieso lector. Sexo y humor se complementan magníficamente en la pluma traviesa de JJS.

Pero como la carga es pesada (191 páginas de incesantes retruécanos), JJS ha debido inventarse un chivo expiatorio: un estudiante nariñense que para optar al título de ginecólogo escribe una tesis intitulada "Sobre las posibles causas del embarazo

El genio de marras, llamado Abelardo, o Apeltardo, o Apetardo, o Abelfardo, o Abel, hace gala de una infinita erudición y navega con notable pericia por los meandros de la sexualidad humana.

La exploración de Abeltardo comprende diversas instancias de ese oscuro objeto del deseo y llega incluso a penetrar en el brumoso estrato de la psiquis colectiva.

Abelfardo, álter ego de JJS, se balancea sobre la cuerda floja de un tema siempre resbaladizo. Pero la red salvadora del ingenio lo libra de caer en esa olla de la chabacanería y del chiste resabido. André Breton decía que el verdadero humor no era el deliberado de los humoristas profesionales, sino el imprevisto, el casual, el que surgía espontáneamente al socaire de una situación absurda.

JJS, barman refinado, sabe preparar la pócima. Su atinada retórica, sus múltiples voces populares, sus dotes de eximio escribidor están aquí al servicio de una causa que quisiéramos llamar noble, como lo formula en esta frase central del libro en cuestión: "La porción sensata de la humanidad, una ínfima minoría, se ha rebelado contra el sufrimiento, y la superación de éste debe ser uno de los objetivos más urgentes de la humanidad. Tenemos la obligación de ser felices y las palmaditas nos pueden servir, como al recién nacido, para despertar".

El libro aborda todas las fases de ese ritual que ha propagado la especie humana: el juego del galanteo, los avances del Casanova y la vampiresa, la búsqueda frenética del tálamo (catre entre nosotros), el epitalamio propiamente dicho, los distintos métodos para divertirse sin reproducirse, la posible falla de estos métodos, la opción de un método infalible aplicado a los guardias del harén o a los tenores castratis del barroco temprano, la embarazosa preñez, la formación intrauterina del pequeño advenedizo que con el tiempo se convertirá en el burócrata de turno.

El jocundo ensayo de JJS aborda así mismo las fases del puerperio, la crianza, la adolescencia (ciertamente una dolencia), de la "insurgencia" del sexo, del ineluctable declive y del climaterio, edad dorada llena de posibilidades.

El futuro facultativo pastuso, mampara del altivo letrado payanés, toca también el tema del placer como causal suprema de las acciones humanas. Ya lo advertimos, se trata de una noria que gira y gira sobre el pozo de la dicha. El erotismo es aceptado aquí como vicio o compulsión, o como función humana, demasiado humana.

JJS y su carnal Abelardo escudriñan ese útero social llamado familia, sesudo tema en el que no nos detendremos para pasar al más problemático de los románticos fornicadores escindidos por el predicamento financiero: "los que viven en la miseria se llenan de hijos y como se llenan de hijos viven en la miseria", sentencia el docto pastuso.

Otro de los capítulos versa sobre la salud de la gestante y del retoño. Aquí ambos, los autores del libro, pontifican sobre los perniciosos efectos del tabaco, mortal para el pecho. A lo hecho, pecho; y pasemos al tema de la dulce lactancia, acápite en el que se les olvida insertar el viejo aforismo de que "el que no llora no succiona".

El desarrollo del pergenio o del pebete, como lo llama este pícaro escriba, ocupa la parte final del tratado, llena de discutibles pero interesantísimas interpretaciones psicoanalíticas.

Finalmente, arribamos al elusivo tema de la moral y del manejo de esa virtud suprema del homo erectus: la voluntad. Hace aquí irrupción la vena lírica de JJS. Dice: "Así como la noche, para transformarse en día, tiene que pasar por el crepúsculo—un momento ambiguo, pleno de tonalidades indecisas, en el que se mezclan como en un cuadro de Rembrandt las sombras y la luz—, el infante, para convertirse en hombre, ha de tramitar la adolescencia...".

La metáfora le costó a JJS un cartucho de Super Quink y terribles fatigas de medianoche. Pero la luz se hizo al final en un alba plena de arreboles, que, en realidad, son un instante del ocaso, cuando los vemos fugarse en los crepúsculos (laus Leo).

RAÚL JOSÉ DIAZ