Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

Una seducción bien lograda


Otras historias de Balandú
Manuel Mejía Vallejo
Intermedio Editores, Bogotá, 1990, 167 págs.

"La mentira era verdad en sus labios inclinados al recuerdo": ésta parece ser la frase que con mayor precisión describe la labor de Mejía Vallejo en Otras historias de Balandú. Mentiras contadas con el recurso mínimo de la evocación que no es sólo recuerdo, sino que, escudriñando en los fondos de la imaginación y de una memoria antigua, crea un mundo en el que lo ficticio parece más natural que lo verdadero.

Este libro, suma de narraciones cortas, encierra profundas verdades, las verdades simples de la creación, porque parte de un mundo inacabado en el que las cosas aún no han sido todas creadas. La labor de los hombres es ejercer su ingenuidad y la imaginación que les confiere este derecho para hacer realidad lo que les fue negado por un Dios cansado:   lo ficticio, única posibilidad de vivir en medio de tanta realidad apabullante. Así, en cada relato Mejía Vallejo nos transporta a la realidad de los sueños, a la vigencia de las leyendas de creación, en fin, a los orígenes míticos de las cosas elementales del mundo.

La naturaleza, como fuente principal de todo relato, es el camino para la soledad, estado predilecto de estos hombres unidos a su tierra por el extraño poder de la renovación constante de sus elementos. Unicamente en la solitaria comunicación con la tierra, la evocación y los sueños reavivan esa memoria secreta que conduce a las realidades verdaderas, interiores, que acuden como pilares de esa realidad externa inventada por todos, sostenida por las miradas de todos. Indudablemente esta comprensión y explicación del mundo no es posible sino con el espíritu lúdico de la infancia que actualiza en la narración el acto mismo narrado, porque la vida así entendida no es más que presente, suma de momentos que hace realidad el mito, verdad la mentira, y que es capaz de crear el mundo si es preciso. Por eso los personajes son siempre hombres con vida de niños, con ingenua mirada infantil, o niños propiamente dichos que crean el mundo a su antojo.

Claro ejemplo de esta creación es Fogata:

—Necesito el amarillo más fuerte— dijeron los cuatro años de Lucía, pincel y papel en sus manos.

—¿ Qué vas a hacer?

—Voy a pintar el sol.

—Cuidado te quemas.

Sacaba su lengua, la recorría de comisura a comisura mientras se iban secando el anaranjado, el rojo, el amarillo en llamas sobre la hoja de papel.

—Se enrosca la hoja —dijo retirando de ella su mirada.
Cuando todo fue fuego negro para con vertirse en ceniza plegada, una nube gruesa cubrió el sol, allá arriba.

—El sol quema las cosas —dijo Lucía, y tomó otra hoja para pintar con las cenizas una noche sin estrellas.

Y como éste, muchos otros relatos nos hacen pensar en el lúdico poder de creación que convoca las fuerzas de la naturaleza para transformar, aunque sólo sea por fugaces momentos, el mundo de la dispersión de los elementos y del cansancio de Dios.

Estas pequeñas prosas de Mejía Vallejo podrían inscribirse dentro de la tradición del mito en la literatura, del rescate del lenguaje, las leyendas y tradiciones de nuestro pueblo, una respetable labor que sigue su camino paralelamente al costumbrismo pero acerca de la cual cabe preguntarse si aún conserva su actualidad dentro de la literatura. Las corrientes y modas literarias en los últimos años han desplazado este género a la abominable denominación de "literaturas menores", y si bien es cierto que algún tipo de costumbrismo ha perdido su sentido como testimonio del ser de un pueblo, creo que lo que hace de Otras historias de Balandú un texto rescatable es su trabajo sobre el lenguaje de la narración. Expresiones, dichos y creencias populares se entretejen en cada relato para crear el espectro de la oralidad como principio fundamental de toda literatura; bien sabemos, sin embargo, que lo oral sin más, al trasladarse a la escritura, inicia su negación como actualización de realidades propias de un pueblo y que, ya elaborado como literatura, su función de conservación de mitos se esfuma. Este proceso de transformación, el paso del mito a la historia o, si se quiere, de la infancia a la edad adulta, pasa por una etapa de iniciación en la que se adquiere conciencia de individuo dominador de las fuerzas misteriosas de la naturaleza y de su poder imaginativo y creador. Primer viaje con el diablo plantea ya esta problemática, situándola en la iniciación de unos niños que comprueban que la realidad del mito existe en la medida en que se conserve su misterio, pero que una vez manoseado "en cosquillas y exclamaciones invocatorias", podríamos decir, escrito, muere sin dejar otro rastro que el que cada uno con su poder evocador quiera darle.

De cualquier forma, la escritura en estas historias no es el medio predilecto para plasmar lo narrado. La escritura debe ser fugaz, debe ser el paso sin rastro de una naturaleza que se renueva periódicamente como único testimonio de su existencia. La escritura, en fin, debe hacerse en el fuego, sin rasgaduras ni laboriosidades encubridoras; debe ser instante, crepitar de llamas y luego cenizas. Así queda dicho en el relato Escritura, uno de los que tratan este problema de la fugacidad como condición para la creación:

Para encender la chimenea —el fuego aleja un poco el frío de la montaña— utilicé unos lápices quebrados, puntas de lápices tirados al rincón, lápices en desuso, de colores amarillos, negros, violeta y azules y rojos, puntas agotadas de lápices que callaron por ausencia de una mano, de un matiz, y el humo empezó a decir su agonía, luego una pequeña llama de colores, después otras llamas desorientadas, y en ellas el crepitar del mejor poema que he heído en el aire móvil de la llamarada.
Nadie más recitará este poema de la última soledad. Las cenizas dirán que una noche existió.

Otras historias de Balandú es una colección de historias bien narradas, y esto es innegable aunque aún subsista la duda acerca de la funcionalidad y vigencia de este tipo de literatura; pero en fin, ante la duda, nada mejor que la reflexión, y Mejía Vallejo nos conduce a ella con la mejor arma jamás inventada para la seducción: la palabra.

ADRIANA SERRANO