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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
24-25, Volumen XXVII, 1990
Privaciones y orgullos
Carlos Arturo
Torres
Rubén Sierra Mejía
Eduardo Castillo
Henry Luque Muñoz
Alvaro Mutis
J. G. Cobo Borda
Colección Clásicos Colombianos, Procultura,
Bogotá, 1989
Descartemos una lectura, la indiscutible
o diacrónica, de estas obras, pues la tradición incidirá en la "singularidad"
de cada una. Permitámonos entonces asociarlas a un sentimiento que de hecho
compartirían:
ansias
de autonomía, respecto de las formas de expresión de la época (la modernista, en
Torres; la cruzada por la vanguardia, en Castillo) como de los referentes de una
contemporaneidad vivida como aguda nostalgia (el Gaviero en la obra de Mutis).
El caballero de la
letra redonda
Para Carlos Arturo
Torres, el mundo de fin de siglo estaba despoblado de enigmas. Es más fácil encontrar en
un vanguardista algunas rodajas de la tradición que en un escritor como Torres una miga
de modernidad. Pero no seamos injustos (o sectarios). Idola fori (1909) es su obra
clave, pero el ejercicio antidogmático (que no cesa de recordarnos Rubén Sierra Mejía
en el prólogo) es una pasión machacada con una firmeza que a veces asusta. ¿Qué hay
detrás de esos muros del verbo pensamiento, idea en la obra de Torres?
Metido hasta el cogote en
el positivismo finisecular, le era poco menos que imposible compartir los malabares
fonético-semánticos del modernismo. Explica R. Sierra Mejía que Carlos Arturo Torres
"pertenece con mayor derecho a la historia de las ideas que a la de la
literatura" (pág. 20). No he de contradecirlo. Pero en el designio filosófico y
político de Torres llama la atención una contienda que sí entra en relación con la
literatura del momento. En sus conceptos de rotación de ideas (pág. 26) y
evolución vibra un deseo de empatía, como lo constata el prologuista:
"Pareciera que estuviese más
interesado en seducir que en convencer" (pág. 31). En buena cuenta el escritor
boyacense sabíase desfasado entre geografías y sistemas de especulación intelectual. De
ahí su necesidad de certezas, de aferrarse con frenesí a modelos que se le antojaban
inmarchitables. (Las flores de plástico aún no existían, pero dudo que, de haberlas
conocido, las hubiese comparado Torres con sus convicciones teóricas). Todo repertorio
mental era un intermediario entre la razón científica y la comunidad de obcecados seres
que adoraban la guerra. Su discurso de 1910 en la Academia Colombiana es un dechado de
profundos
desacuerdos: contra el
libertinaje de la lengua, contra los primerísimos futuristas italianos, contra el
"gusto del día". Torres aminora su furia a punta de repetirnos que la noble
literatura "consigna y fija, aquilata, depura y ennoblece" por medio de la forma
consagrada (págs. 37-41). Sólo allí anidaría el "soplo de eternidad". El
académico habría tocado las esferas con una obra que trasmitiera la misma robustez que
una bola de bowling. Sin embargo, no hay que ser muy escépticos para deducir que
cualquier proyecto literario esconde su propia fragilidad. Carlos Arturo Torres se puso de
espaldas a su convencimiento de que el imperio de las ideas variaba o viajaba con la
brisa, como Mary Poppins. A la manera de Carlos Estuardo, prefirió la muerte a la
abdicación. Por lo tanto, su escritura y sus temores van de la mano. El estudio de los
poemas filosóficos de Alfred de Vigny deja notar su íntimo anhelo de apartarse del
presente al perseguir el "doble ideal de belleza y de verdad" (pág. 49). Más
adelante, mientras comenta los poemas del francés, insiste en la imagen de los
"desterrados voluntarios", indiferentes al presente, en la "orilla
inaccesible del río del tiempo" (pág. 54). Dicotomía curiosa para quien ha
rechazado al mero "cincelador exquisito de sagrado vaso de la forma" (pág. 42).
Es decir, no puede haber escapatoria, pues de antemano se condena al olvido quien se
niegue a recoger la mínima chispa del "espíritu de su tiempo" (pág. 40). En
conclusión, únicamente el pensamiento (esa compota que no se azucararía jamás
de los jamases) le concedería vigencia a la forma (el vaso). No sorprende en un
positivista que la Razón adquiera el aspecto de un templo. En Torres se trata casi de una
autodefinición. Veamos cómo sitúa a Vigny:
En la falange de los grandes
poetas franceses del siglo XIX, tiene Vigny un puesto de excepción; no el más alto sino
el más aislado. Aparece en su generación solitario y severo como un templo gótico que
se levan tara en medio de un par que de los trópicos [pág. 47].
De igual manera empieza
el largo poema La Abadía de Westminster:
"...la histórica Abadía! Alzaba ante mis
ojos sus pardos torreones! Ornados de ojivales ventanas y florones;! Perdido entre las
brumas yo, peregrino exótico,! Miraba con asombro el monumento gótico..." (pág.
76). No me parece raro que aquí, cuando el objeto de su devoción pertenece a un ámbito
que el autor considera más "elevado", digamos, el sujeto poético se describa a
sí mismo como exótico. (Aparte la metonimia si hemos de analizar con pinzas
de los "torreones" de la abadía que va muy bien con el apellido del pensador).
Lo importante es la analogía entre el templo gótico en un parque tropical y el monumento
admirado por un visitante de comarca exótica (perdido, dicho sea de
paso, en las brumas)
1.
Los
nacionalismos que conoció
C.
A. Torres son prácticamente los mismos de hoy día, salvo por un detalle de gravedad:
aquellos eran prenucleares. Los contrastes afectivos del poema de la abadía (respecto a
las virtudes de Albión y a la seguridad de que los latinos tuvieron "más corazón,
más alma") habitan la teoría (la suya) de la tolerancia. Eso no está mal, sobre
todo en los días que corren a finales de nuestro siglo. ¿Cómo habría recibido C. A.
Torres, por ejemplo, esa película de Hugh Hudson, Chaniots of Fine (1981), sobre
atletas ingleses y la infaltable homogeneidad de la piel? Felizmente en otra olimpiada un
africano con la pata en el suelo (¡qué zapatillas Reebok ni qué ocho cuartos!) pondría
su candela en este asunto. Pero eso, claro está, pertenece a la dimensión que nosotros
conocemos y que Carlos Arturo Torres pese a la bondad de su idealismo no pudo
imaginar. Quizá sus palabras, sin proponérselo, sueñan.
El consentido del
esplín
Eduardo Castillo
ha sido el candidato ad hoc para ser el ejemplo de las tortuosas relaciones entre
biografía y obra literaria, entre persona poética y la siempre asfixiante realidad. El
estudio de Henry Luque Muñoz es apreciable no sólo por la forma en que dispone los datos
de su investigación, sino porque elude el estereotipo
2
, Es un recorrido por los tres primeros decenios de la
historia colombiana de nuestro siglo. Y con prudencia separa a Castillo de su maestro
Valencia desde el entorno que verdaderamente importa: los poemas. Además demarca los
bordes que apartan a esta obra de las corrientes "el surrealismo y la
vanguardia" pág. 12 que le habrían dado otro cariz. En la poesía de Castillo
se percibe que nada podía alejarlo de la compostura modernista. Su relación con la
lengua poética era de dominio heredó de Valencia el látigo pero al mismo
tiempo tenía ciertos componentes de neurosis e histeria, como veremos. Mientras tanto
cedo la palabra a Luque Muñoz, que fija esas orillas:
Logró él
perfeccionar una orfebrería verbal acorde con su búsqueda de armonía en el mundo. Pero
no fue un esclavo de las formas. Se mantuvo dentro de la versificación tradicional, con
la refrescante expansión que le dio el modernismo. Se ciñó a ritmos ajustados, que ya
se tensan, ya se tornan elásticos. Como buen modernista cultivó metros variados, como
buen romántico se dejó embestir por el ansia de libertad y de frenesí, como buen
parnasiano supo dibujar la línea precisa, como buen simbolista estimuló una corriente
llena de sugerencias, como buen lírico obedeció a las emanaciones interiores de un
subjetivismo que llega a hacerse turbulento y cuyo eje es el "yo engranaje de
su mundo [pág. 25].
Me
parece una certera demarcación. Ahora bien: en la poesía de Castillo cohabitan la sed
mística (cuyo gozo no es la luz, sino la herida), una satánica pasión (atormentadora
más que liberadora) y una evocación que se quiebra con el peso de lo añorado (paisaje o
flor, recuerdos infantiles o un presente que caduca). ¿No servirían estos desencuentros
para explicar el árido tuteo con las musas? Esta flama antitética vía
Baudelaire es atizada por el poeta de El árbol que canta sin suministrarle
una resolución formal. Es decir, no hay desfogue. Por eso la dualidad ("Al par
ramera y virgen, tú posees la llave..." pág. 72) se multiplica como la escobita del
Aprendiz de Brujo: "aunque sólo el dolor de las estrellas! se puede comparar al de
las rosas" (pág. 73). En tales circunstancias, la búsqueda de una
"totalidad" se hace interminable porque la perfección formal, paradójicamente,
no satisface. Surge, en consecuencia, una relación histérico-neurótica con la palabra.
Y se ofrece límpidamente en los tercetos de Ultima página (II, pág. 78):
"Dejo vibrar la música secreta! de ritmos ondulantes y dispersos! que escucho con el
alma suspendida;!! mas si logra fijarlos el poeta! en el signo exterior, pierden los
versos! su encanto de mujer imposeída". Se comprenderá que lo que estoy proponiendo
tiene poco que ver con una valoración exclusivamente estética. (No por escribir desde
el modernismo "desfasado", es menos poeta Eduardo Castillo). Pero asumo como
encaminada la sospecha de que es esta pugna interna (y no la que podría revelarse
entre la realidad socioeconómica y un cuerpo flagelado por los paraísos de la morfina)
la que muestra el privilegio de una digna derrota. Henry Luque Muñoz no cae en esa fácil
correspondencia, aunque al referirse a la "técnica del éxtasis" llega a decir
que es "inevitable leer en su desesperanza una crítica del entorno" (pág. 55).
No quiero ponerme en el plan del sabihondo marxista, pero debemos recordar que la
realidad socioeconómica es el azote de los desposeídos. Eduardo Castillo jamás
perteneció a ese rango social. (¿O es que la morfina estaba al alcance de las clases
populares?). En cambio es interesantísima la anotación que el prologuista menciona
al pasar sobre la numerología en Castillo, que al propio Luque Muñoz le juega una broma
3
.
Ni
angélica ni demoniaca: esta poesía comparte el trono de sus dudas.
El bucanero de la
sentimentalidad
"Quien mucho
abarca, etcétera". Tal principio parece haber animado a J. G. Cobo Borda a
seleccionar, de la vasta producción de Alvaro Mutis, aquellos "textos referidos al
ciclo de Maqroll: muestran ellos las virtudes de su poesía y a la vez sugieren al lector
los desarrollos futuros de sus novelas" (pág. 43). Esta no es una casualidad. Cobo
Borda fue el autor de la introducción a la primera reunión poética de Mutis
4
. Conoce, pues, la obra de don
Alvaro como las arañas. Y elige la figura del personaje que es por antonomasia una
entidad poética, "que encuentra en su prolongación narrativa el desciframiento de
varias de sus claves" (pág. 23).
En esta
opción veo un reclamo que, como lector, también compartiría. Cobo Borda no escatima
elogios ante los cimientos poéticos de Mutis, que incluyen en su vertiente
narrativa un "rechazo de toda idea de progreso" (pág. 30). Pero al pasar
por las cuatro estaciones novelescas, instala sus objeciones de lector del género. Esta
actitud, amén de la salubridad crítica, responde a una preocupación por los alcances de
una destreza a la que no siempre logra rescatar el ingenio. Ilona llega con la
lluvia (1987), por ejemplo, lo lleva a concluir:
Lo que era válido en los
fragmentos poéticos que componían el ciclo de Maqroll no resulta igual de persuasivo en
la no vela. Por más ambigua que ésta sea, debe terminar por revelarnos en alguna medida,
opaca o transparente, el elenco de quienes la integran. En este caso no sucede [pág.
34].
En Un bel morir (¡988),
en cambio, señala algo con lo que estoy de acuerdo sólo a medias, no más. El Gaviero,
dice Cobo Borda, finge "no saber muy bien en lo que se había metido" (pág.
36); y añade que "esto es
secundario" (pág. 36), pues, en fin de cuentas, las lecturas de autores
europeos que hace Maqroll, "como los espejos cóncavos de Valle Inclán, le
permitirán medir con exactitud el esperpento americano" (pág. 37). No es que el
problema sea estrictamente de géneros que no lo es sino que hay que reconocer
en el antiideologismo del Gaviero una ideología. Maqroll se niega a aceptarlo, o por lo
menos "evade" las situaciones que le generarían directamente un conflicto más
agudo. Para no pecar de sibilino, diré que el Gaviero no necesita pasaportes para andar
por el mundo porque es un cuaderno de bitácora que surca las excepciones, nunca las
reglas. Su ideología se entiende de maravillas con la "informalidad" (ahora sí
desde el punto de vista de lo que esperaríamos por "novela") de los mundos
narrativos en que sobrevive con la maña de un pájaro carpintero en un bosque de metal.
Sus pertenencias más gratas son recuerdos de una felicidad que él acostumbra situar en
distintos tiempos y mapas. Esto le causa angustia, sobre todo porque el presente le
renovaría satisfacciones intensas, pero a
costa de compelerlo a tomar decisiones por otras personas. El día y la hora
constantemente hieren al Gaviero porque le repiten que él también es capaz de causar
daño. Esto hace que el personaje de Mutis sea extraordinariamente simpático y que
vuelque sobre sí un dolor asociado con la carne marcesible. El gordo Cobo lo dice
mejor: "Sólo que las ruinas ya no son externas: están dentro. Maqroll [...]
contempla su propio cuerpo y advierte allí encarnada la derrota que ha sido su vida"
(pág. 37).
Por eso es
que las novelas de Mutis, que dicen una y otra vez lo mismo, no terminan de
"redondear la figura del Gaviero, por definición inconclusa" (pág. 38). Ojo
diestro el de Juan Gustavo, que percibe en Maqroll a un trujamán, un traductor,
intérprete o el que aconseja a otras personas en ciertos tratos. Sin embargo es, en
definitiva, el gran desconocido. Y por ello la poesía lo reivindica como suyo.
La historia más o menos
verídica del Gaviero es la de su resistencia a ser leído por nosotros. Ni los fantasmas
que lo visitan consiguen traspasar las páginas de ese cuerpo acongojado: pergamino
escrito en la clave de un apetito de muerte.
EDGAR OHARA
1
Me parece decisiva la forma como se refiere, en ambos casos, a la construcción.
Utiliza el adjetivo severo para Vigny (es decir, el
templo), calificativo que en el poema sobre la abadía será reiterado:
"En piedra transfundían su espíritu severo..." (pág. 76).
"Los que en brillantes páginas, de espléndido atavío La rigidez ornaron de
la severa Clío" (pág. 80).
Severa la alta frente (pág. 80, sobre Darwin).
"Y cuál confluye en torno de tu severo túmulo..." (pág. 81, sobre
Darwin). (regresar1)
2
Aunque en algunas ocasiones el biografísmo tiña un territorio que debería serle ajeno:
Por eso el animal que más honda y realmente totalizaría, como imagen, dos
actitudes de la obra del poeta seria una construcción mitológica: mitad rata, mitad
paloma. No en vano Castillo tenía cara de pájaro y capa de diablo" (pág. 58).
"Una mascarilla de cera fue tomada de su rostro, por una dama llamada Hena
una mujer, por supuesto, símbolo de su
poesía, la mascarilla que enfatiza su nariz de cumbre que declina hacia la
nada" (pág. 63). (regresar2)
3 En la
pág. 53 leemos: "Tenía entonces el poeta cuarenta y dos años (le quedaban cuatro
de vida)". Pero la pág. 62 confirma la verdadera edad: "Al dejarnos el autor de
El árbol que canta, tenía cuarenta y nueve años de edad". Lo que significa
que a H.L.M. se le chispotearon tres años en el primer Conteo.
Un dato que no podemos dejar pasar es el siguiente: "Eduardo Castillo murió el 21 de
junio de 1938, a las 8 y 30 pm., en la Clínica de Peña, en Bogotá. (El diccionario
Pequeño Larousse Ilustrado, equivoca el año de su muerte)", Si señor, el Larousse
(edic. 1984, pág. 1195) pone 1939. Pero no vale la pena afligirse, querido Henry. Acudir
a la sección biobibliográfica del Pequeño Larousse Ilustrado en busca de luz para
nuestra ignorancia, es como querer volverse uno experto en cocina europea leyendo Asteríx...
(regresar3)
4 Alvaro
Mutis, Sunima de Maqrollel Gaviero (poesía IP48-H-7O), prólogo de J. O. Cobo
Borda, Barcelona, Barral, 1973. (regresar4)
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