Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

Ni superficie ni fondo, sino todo lo contrario


El continente sumergido
José Libardo Porras
Editorial El Propio Bolsillo, Medellín, 1990

Si la memoria me juega limpio, esto sucedió en la Copa Libertadores de 1972. Un pundonoroso delantero del Universitario de Lima —Percy Vilchez, para más señas— halló en temprana hora eso que algunos personajes de Borges encuentran cuando ya es demasiado tarde. Una noche de primavera aquel atacante le encajonada menos que tres pepas a Manga, el arquerazo brasileño de Nacional de Montevideo. Así fue como la "U" pudo llegar a la final con Independiente de Avellaneda. Y bien, no me refiero aquí a la fama. Ni siquiera a la responsabilidad que para Vilchez significaría cargar en la espalda esos tres goles. Se trata de algo distinto: la súbita revelación de que el fútbol era ya otra cosa, de que a partir de ese momento empezaba la existencia. Lo ocurrido no constituía la meta sino que había que tomarlo como lo que era: un absoluto renacimiento.

Esta anécdota podría tener consecuencias —positivas, cómo no— para un escritor como José Libardo Porras (antioqueño, del 59) que ya entró en la base tres de la vida acompañado de un número similar de libros, marcados todos por una aureola de excelencia. Los dos primeros vinieron con sendos pases en profundidad:   Manuel Mejía Vallejo para Es tarde en San Bernardo (1984) y Jaime Jaramillo Escobar para Partes de guerra (1987).

Distinguir cuáles son los beneficios del arte poética de J. L. Porras implica conocer los peligros que ha eludido continuamente. Verso y prosa comunican una misma destreza que, a mi juicio, codicia la libertad. Digamos que los colchones de plumas de ganso —flor de exquisitez— pueden ocasionarle tortícolis a la literatura por ser demasiado blandos.

El continente sumergido es el antifaz del subconsciente; vale decir, la zona encubierta de una realidad convocada una y otra vez en estas prosas. Cuando En una taberna (pág. 11) asistimos a la narración de otra narración, al descubrimiento de un país dentro de otro (el "verdadero"), reconocemos de pronto que las palabras con que se obsequian esas ensoñaciones están constantemente fingiendo. Ese es el fundamento que nos es dado adivinar en el libro, pues cada criatura —"viviente o no"— de ese país

cumple una función no del todo 
distinta a la de los demás: ayudar 
a constituir una totalidad, algo así 
como un órgano dentro del cuerpo 
o una célula dentro del órgano, 
pero de naturaleza indefinida.
(págs. 11-12)

Me da la sensación de que J. L. Porras está en busca de esa otra cosa que es más que la nave de lo estilísticamente notable. Los dos primeros barcos fueron bautizados con champaña. Ahora le toca al propio escritor cantar su independencia, algo semejante al estribillo aquel de la piragua de Guillermo Cubillos: "¡Era la piragua! ¡Era la piragua!". Pero habrá que volver al astillero, ni modo. Claramente lo puso Manuel Mejía Vallejo:

Libardo Porras me entusiasma como 
narrador y como poeta. algún día se 
conocerán las cosas que todavía no 
ha hecho
[...] Es tarde en San Bernardo: 
no es un libro de cuentos, no es un libro 
de relatos, pero en él se cuenta y se 
relata con amor, dolor y poesía —lejano 
Azorín— mucha parte de los días del hombre
1

Los epígrafes de ese libro —de Ganivet y Unamuno— no sólo confirman la cercanía del 98 español, sino que refuerzan la readaptación de una lengua literaria para sacarle doble tajada: poética y episódica. El "barrio" como "universo" es una sinécdoque de Tolstói. Sabía, pues, el joven antio queño con qué afinaba la guitarra. Sólo hace falta releer Es tarde en San Bernardo deshilvanando ciertas premisas que serán resueltas de otra manera en El continente sumergido. Son cuatro los verbos que se enlazan armónicamente: inventar y cantar; inventariar y contar 2 . Es decir, en el supuesto andamiaje de la poética realista se oyen cuchicheos de otra índole:

                       En la noche le gustaba contar estrellas 
y ponerles nombre de muchacha
Teresa, 
Patricia, María— según su luz y su distancia, 
y hablaba con ellas como si estuviera soñando;
o nos narraba, con esa seriedad de los niños, 
alguna aventura, real o imaginaria, era lo mismo, 
vivida o escuchada en cualquier sitio. Sin saberlo, 
con sólo escucharlo éramos cómplices de sus 
historias y sus vuelos por dominios lejanos y 
fantásticos.
[Es tarde..., pág. 501.

La "seriedad de los niños", claro está, anticipa la inmersión del presente libro. En San Bernardo la posibilidad de exploración pedía estrellas; en El continente sumergido la densidad imaginativa menguará las resoluciones "tradicionales" del relato. Estas bífidas maniobras no le son extrañas a Partes de guerra, donde hallamos una épica del hogar junto a un lirismo de campo de batalla. Uno de los poemas (Ser) lo consolida: "Cual variaciones de un tema.//Formas en movimiento, luces, sombras./ En matices, resuelto un sueño ajeno.// Del polvo al polvo es el viaje" 3 . De ahí las palabras de Jaramillo Escobar sobre este escritor que

se construyó a sí mismo previamente, 
precaución que no tienen tantos jóvenes 
poetas que salen por ahí a tropezones. 
Después de que las furiosas vanguardias 
poéticas fatigaron teoría y experimento, 
y todo se hizo posible, se inicia el regreso 
a lo de siempre: que la literatura consiste 
en escribir bien.
[Partes de..., pág. 9].

Ciertamente, caballero. (Y conjuros sean los del nadaísta). Pero el problema no viene después sino simultáneamente: ¿pa’dónde va la perfección? En El continente sumergido, J. L. Porras esquiva el peligro de la macondización, pero se rinde a la calvinada. (Imposible no mentar Las ciudades invisibles). A un escritor como Porras esto tiene que haberlo atormentado con la debida y necesaria inquietud. No todo aquel que escriba pequeñas biografías imaginarias ha de ser un epígono de Marcel Schwob. (O un simple copión). De acuerdo, pero también se haría imprescindible la prueba de excelencia. Y una vez aprobada, ¿qué más? Allí empieza, seguramente, la literatura:  otra realidad.

Quiero leer El continente sumergido siguiendo esta guía, pues supongo que su autor asumió el riesgo de recorrer, por un lado, la poética realista y, luego, la fantástica. El libro habrá de ser no la llegada, sino el tiro de gracia del rito de aprendizaje. A la reunión acuden, de hecho, Kafka y Arreola, Mutis y García Márquez, Borges y Calvino. Así mismo cascabelean el cantar y cl contar, pero atados por el sueño y las siluetas de la parodia. Las versiones resultan ser el revés de algo (de "los cuentos de hadas", pág. 21) o la insinuación que reverencia el contraste. En este sentido hablé, al comenzar esta aproximación, de poética del fingimiento. El libro la delata:

Al traspasar la frontera hacia Batalia, 
hallarás una muchacha de cabellera 
negra o castaña o rubia, según la luz 
que haya en tus ojos, vestida de lino, tirada
en la grama con fingido descuido al lado 
de un corcel nervioso.
[Batalia, pág. 21]

Muchas parejas de hermanos o de amigos, 
reventados por tanta espera, han saltado 
al ruedo fingiendo ser los contendientes, 
y se han destrozado uno al otro.
[El duelo, págs. 23-24]

Cuanto oí al extranjero también lo oyó quien 
estaba a su derecha, y delante y detrás, 
pues algo se transformó en ellos. cuando él 
dijo: "apenas he llegado y ya esto empieza a 
cansarme ". Inútil fingir no haberlo oído.
[El espía, págs. 25-26]

Al poco rato entró una pareja de viajeros 
sacudiendo el agua de sus cabezas, y se 
pusieron a hablar con el hombre en un 
lenguaje formado más por señales y 
gestos que por palabras.
[La estación, pág. 76].

A la enunciación de los dioses en Es tarde en San Bernardo le corresponde la del Angel en El continente sumergido 4 . En ambos libros la opción apunta al giro inesperado que puede tomar la narración o responde a la calidad con que está organizado, mientras se lo juzga, el material mismo. En suma: el lenguaje como tal, tanto de la poética realista como de la fantástica. He aquí el reto de José Líbardo Porras. Su paso más drástico: a la soledad, sinónimo de transparencia.

EDGAR O’HARA

 

1 J. L. Porras, Es tarde en San Bernardo (prólogo de Manuel Mejía Vallejo), Medellín, Biblioteca Pública Piloto, 1984, págs. 11-12. (regresar1)

2 Para inventar, cf. págs. 21, 45, 57, 62, 90, 106; para inventariar, págs. 21, 45, 50, 57, 59, 101 (como "descontar"); para cantar. págs. 68, 100, 103, 110; para contar, págs. 68, 75, 79, 90, 92, 102, 103 (como "rosario de cuentas de cristal"), 107. (regresar2)

3 J. L. Porras, Partes de guerra (presentación de J. Jaramillo Escobar), Medellín, Biblioteca Pública Piloto, 1987, pág. 57. (regresar3)

4 Cf. Dioses en Es tarde en San Bernardo, págs. 23, 37, 39, 56, 89; el Angel en El continente sumergido, págs. 18, 44,79. En Partes de guerra encontramos sólo dioses debido a que la pugna, a la manera de Propercio y Catulo, se da entre los individuos y el Poder (del Amor). O tal vez dentro de una sola y gran familia humana. (regresar4)