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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
24-25, Volumen XXVII, 1990
La mujer que llora en
el espanto y asusta a los vigilantes
Con la venia de los heliotropos
Eugenia Sánchez Nieto
Ulrika Editores, Bogotá, 1990, 84 págs.
Una cubierta
oníricamente cubista que nos evoca a Chagall preludia el mundo ensoñado que contiene.
Antes de entrar en materia, debo advertir que mi apreciación proviene de una mirada de
poeta más que de una visión de critico. Las influencias, aunque perceptibles, han sido
asimiladas; la autora posee una voz muy personal. Voy e invito a un viaje singular a
través de estos textos poéticos, ya desligados de su autora y ahora librados al azar de
nuestras múltiples lecturas.
Tras una primera
mirada lo que se evidencia es que éste es un libro de la noche, de la sombra, femenino y
lunar, donde el acontecimiento mágico se muestra como algo cotidiano y normal y en el que
la que escribe se apasiona al punto que entra en la piel de otros, sus otros yos. La que
habla en los poemas (y hago esta distinción, porque el poeta siempre dice más de lo que
cree decir) se identifica con la hechichera, con la bruja, desde el primer momento hace
uso de sus atributos, en fin, actúa como ella, desatando y usando las fuerzas naturales,
incluso para moverse: "El viento sopla, sopla fuerte,/ Me elevo..." (pág. 10),
o ejerce su amor lascivo: "a fuerza de fascinación fui tu bruja en noches
sabáticas" (pág. 13), ose encuentra con su doble, que en fin de cuentas no es más
que una ilusión: "a lo lejos una mujer pálida hace señas ¡7...] es un espejo, es
otra igual a mí" (pág. 9), pero ésta, su doble, "había sido víctima de la
inquisición" (pág. 10). El poder de volar y otros atributos que aparecen, a pesar
del modo manifiesto como son expresados,
tienen un carácter ambiguo que hay en la irrealidad del espejo, de la noche, de la
oscuridad, del sueño, obsesiones de la autora que atraviesan el libro, haciendo que los
poemas se den en atmósferas "irrealmente reales": "Yo en mi realidad fantasmagórica/ Vuelo
como bruja del siglo veinte" (pág. 13), pues "en el sueño cualquier cosa puede
suceder" (pág. 21), y por esa razón, quizá, por los poemas corren esos fantasmas
con nombre propio, presencias que ya se dieron en un primer libro: Que venga el tiempo
que nos prenda, de la misma editorial. Es así como: "sabe [ella] que hay una
oscuridad cruzada de voces"(pág. 11), o son "formas quiméricas... ciertas
apariciones.., ocasionadas por fiebre violenta" (pág. 13), y "un hombre... pero
no era un hombre, era un ser endemoniado... cuadros de donde se desprendían las más
sobrenaturales figuras... monstruos de piel viscosa" (pág. 23); incluso la presencia
más normal puede ser "un hombre de rostro misterioso" (pág. 23).
La autora
se manifiesta obsedida por sus presencias interiores, por esos extraños productos
mentales:
"Sólo el
pensamiento, esa pesadilla, me acompañará (pág. 29). En otra parte uno de esos
fantasmas es el deseo mismo: "Aquel invisible a los demás! A las horas más
inesperadas! Posee tu cuerpo... el deseo, ave de vuelo" (pág. 37). Este otro se
evidencia como una presencia vampiresca: "Deseo beber sangre... murmura febrilmente! Mientras acaricia el cuello de
la desconocida" (pág. 39), o simplemente: "tus fantasmas se entregan al
delirio" (pág. 43); en fin, la poeta cree ejercer un conjuro sobre sus obsesiones
haciéndose invisible: "Angeles extraviados le castigan, le increpan, ¡invisible,
huye" (pág. 47), o haciéndolas invisibles: "magos invisibles ocuparon el
lugar" (pág. 49), a pesar de lo cual, persisten: "Múltiples rostros en urnas
de cristal que ríen y/Le acosan.., rocas enormes que toman formas humanas... Mirarás el
espejo que refleja un rostro que no es el tuyo/Alguien que te aterra por la semejanza y
extrañeza" (pág. 51). Son, pues, tales presencias multiformes, parte del sistema
óseo que sostiene la anatomía, el cuerpo del libro,
lo que lo cohesiona, a pesar de la intención que
la autora haya tenido al escribir, y a pesar de los otros (múltiples) elementos que
aparecen a través del libro, pues, como lo apuntamos antes, la poeta se evidencia como
oficiante de lo oculto y dentro de ese trasmundo en donde vive: "Salen las brujas...
en busca del bebedizo de la vida y la muerte" (pág. 65). A través de todo el libro
es la mujer (la hechichera) la que tiene las riendas, ejerce la fascinación o el miedo,
penetra en los sueños de los hombres: "la mujer que llora en el espanto y asusta a
los vigilantes" (pág. 11): "A fuerza de fascinación... / Con el doble poder
sometía tu voluntad" (pág. 13) "la dulce y seductora, Irene/Quien con su
mirada propiciaba los más funestos encuentros" (pág. 27)... "Encontrarás una
virgen tocando la Cítara/ Tomará tu mano... / seguramente el miedo se hará dueño de
ti, desearás huir" (pág. 51)... "después de orar... ¡ salen las brujas a
convertir príncipes en sapos.../y cada vez hay un desfile más amplio de brujas...
¿quién podría resistirse?/ Los pocos hombres... se han encerrado en la iglesia"
(pág. 65), .aquella hermosa quien le apuntaba con un revólver/ ...herido... /
balbuceaba: es la loca, la poeta, la mujer que me inventa (pág. 79).
El buen
manejo del lenguaje se evidencia; hay soltura y cadencia y los términos son usados con
propiedad; poesía de imágenes fuertes y tono lírico que remite casi siempre a
atmósferas desdibujadas donde el acontecimiento referido está pronto a esfumarse dejando
al lector la sensación de espejismos sucesivos, situaciones fantasmales incluso en el
amor, en esos cuerpos febriles y ardorosos, productos del sueño, del recuerdo, de la
fiebre.
A través del
libro se consolida la idea de que la autora, a pesar de que ciertas obsesiones las
compartan muchos poetas, utilizan un lenguaje muy suyo, en el que se deja sentir la
influencia de muchas vertientes poéticas, de muchos poetas: Lautreamont y otros malditos;
la presencia continua de la bruja nos recuerda a Jules Michelet; fenómenos propios de
artilugios mágicos nos hacen recordar a los autores ocultistas, en particular
a Carlos Castañeda y a sus descripciones de los usos y actos brujeriles en cabeza de don
Juan, don Genaro y sus discípulos. También se puede hablar de influencias de los grandes
líricos modernos, lo mismo quede los románticos alemanes. Existen coincidencias con
poetas contemporáneos de nuestro país:
En el poema La rueda de la razón
se dice: "De mi oído escapan pequeños
hombrecitos/ Susurran una jerga ininteligible, soplan fuego...", lo que hace evocar
la definición que da Raúl Henao: "El poeta, ese hombrecito, sudoroso que sopla
fuego al oído...
y en El pálido
ebrio: "Era comedor de luna", que coincide en esta singular
"lunofagia" con "los comedores de luna" de un poema del libro Horas
verticales de Gabriel Jaime Arango T. Por encima de todo ello, la autora conquista su
sitio en la poesía actual de nuestro país, incluso en Latinoamérica, poesía en la que
con sus dos libros descuella, por la fuerza de su voz, por lo singular de su estilo
anfractuoso pero coherente, con esa coherencia que tiene la locura lúcida (el
"desatino controlado" de los brujos), la maravillosa locura de ser poeta.
Es
necesario recorrer varias veces este libro (cuyo tituló, solar, no guarda, a mi parecer,
relación con la nocturnidad, con el carácter lunar y femenino de sus poemas), puesto que
toda buena poesía es esquiva a una primera mirada y sólo devela sus múltiples sentidos,
sus gemas y tesoros, tras sucesivas lecturas.
No sólo por el
epígrafe inicial sino por el tono de coloquio, recordamos a Eliot; por la actitud
francamente feroz de algunos de esos personajes fantasmales se ha de hablar de influencias
de sueño, del recuerdo, de la fiebre, pero siempre rodeados por esas "otras
presencias". A propósito, cito aquí el poema Abismos: "Se amaron en
silencio/ Otros cuerpos soñaban a su lado,/ Casi sin aire se barrenan, se auscultan. /
Desean perdurar en el lugar del combate,/ Amanecer cada uno con el corazón del
otro".
RAFAEL
PATIÑ0 GÓEZ
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