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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
24-25, Volumen XXVII, 1990
El mito de la sazón
masculina
Los hombres en la cocina
Varios autores
Excelsior, Bogotá, 1988, 235 págs.
Desde tiempos inmemorables, es decir:
desde que el hombre domina el fuego y transforma con éste el sabor
de los alimentos, la mano masculina siempre ha
estado inmiscuida en los fogones. La etnología y la arqueología permiten aseverar que el
hombre (léase varón) ha sido el responsable de los alimentos, tanto en la época de las
bandas cazadoras primitivas, como en los ejércitos de conquista romanos, los barcos de
expedición fenicios, los conventos religiosos de la Edad Media y todas aquellas otras
empresas que exigieron en su momento una gran concentración de mano de obra masculina,
con el fin de lograr la realización de aquellas obras de arquitectura e ingeniería que
aún hoy, por su magnitud, continúan siendo la admiración de todos los pueblos del
mundo.
Es a partir de finales
del siglo XVIII cuando la profesión de cocinero se consolida completamente, debido al
surgimiento comercial de los restaurantes en las principales capitales europeas.
Actualmente los más famosos chefs del mundo son varones. Lo anterior no significa
el triunfo de un sexo sobre el otro en asuntos culinarios, pues también hay famosas e
inigualables chefs sin bigote ni gorro pero, obviamente, con delantal y cofia.
Existen oficios netamente
masculinos y otros completamente femeninos. Sin embargo, el culinario definitivamente no
le pertenece a un sexo en particular. En los países donde el machismo campea,
principalmente en los sectores populares, la presencia del hombre en la cocina se
encuentra prohibida, debido al papel que desempeña la mujer en la organización familiar.
En nuestro país, madre,
hermana o
hija son las encargadas de picar cebolla, levantar ollas y hacer rendir el mercado; por lo
tanto, la tradición culinaria masculina es relativamente reciente.
A riesgo de ser vetados
por los historiadores en este asunto de la cocina, digamos que, desde la
época de la conquista hasta muy entrado el siglo XX, en Colombia solamente existían dos
oficios culinarios netamente masculinos: el ranchero y el sangrero. El primero lo hacia
para cuadrillas de minería, colonos, pescadores, vaqueros, y aún hoy así se le denomina
a quien se encarga de ollas en trabajos comunitarios donde prima la fuerza y el desgaste.
En cuanto al segundo, su función era similar, pero exclusiva de la profesión de la
arriería. Por otra parte, hasta finales del siglo XIX, en ninguna ciudad importante de
Colombia existían restaurantes ni hoteles de categoría, y por consiguiente,
tampoco existían cocineros. Los negocios de comida y hospedaje se reducían básicamente
a fondas de camino, comedores populares, chicherías, pulperías y residencias
particulares, en las cuales recibían a los viajeros de otras latitudes. Es a partir de la
primera guerra mundial, con la consecuente emigración de europeos hacia América, cuando
empieza a tener presencia en el país la mano de obra masculina en los avatares
culinarios. En los años 40 se consolida una auténtica y profesional oferta
gastronómica, y es a partir de hoteles, clubes y restaurantes como se logra hacer conocer
el aprecio que los europeos les tenían a los "rituales de la buena mesa".
Finalmente, para los años 70, proliferan los hombres delante de fogones, debido por una
parte, a los programas del Sena (Servicio Nacional de Aprendizaje) orientados a la
capacitación de meseros, maitres y chefs, y por otra, a la creciente
especialización en la oferta de servicios gastronómicos, consecuencia de la
profesionalización en sectores como el turismo, la hotelería y afines. Simultáneamente
es en este mismo decenio cuando la industria editorial culinaria (extranjera) invade las
librerías del país, e igualmente el tema de la gastronomía toma espacio en revistas y
secciones de periódicos tradicionalmente masculinos.
Actualmente ser gourmet
es requisito indispensable en el "bagaje cultural" del profesión al
colombiano. Saber confeccionar un buen plato ya no es exclusividad de madres y abuelas;
por el contrario, se ha convertido en asunto de prestigio.
Ejemplo sintetizador de
lo que hemos expuesto es el libro Los hombres en la cocina, en donde, de manera
impecable por su presentación y con lujo de ilustraciones, un amplio grupo de colombianos
(82). de todas las regiones del país y con la más variada gama de profesiones, se dieron
a la tarea de contribuir a este proyecto, facilitando sus recetas preferidas, con lo cual
se logró amalgamar un excelente recetario en donde paloma, pato, lengua, riñones,
conejo, pavo, etc., se presentan en suculentas preparaciones que permiten entrever que
estos señores, además de ser expresidentes del país, ministros, banqueros, arquitectos,
periodistas, diplomáticos, etc., son ante todo verdaderos profesionales del fogón.
Da gusto encontrar en
este libro recetas como el salpicón de tollo, la crema de chontaduro, el arroz de
tamarindo, la lengua al mango, la ensalada caliente de hinojo y el budín de guayaba y
almojábana, los cuales constituyen una minuta perfecta para deleitar el paladar del más
exigente profesional en cualquier banquete.
Por su calidad, por su
presentación, por su contenido, Los hombres en la cocinase convierte para
aficionados y profesionales en una joya de colección, que merece consultarse. La
fundación Niño Jesús concibió la idea de publicarlo y logró obtener con esta edición
la mejor receta para alimentar sus necesidades... Ħun libro de muy buen gusto!
JULIÁN
ESTRADA
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