Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

De 1900 a hoy en Colombia: sitio a la
"Atenas Suramericana"


            Helena Araújo

Refiriéndose a la investigación del cambio cultural en América Latina, Alejandro Losada propone estudiar el continente como un conjunto de regiones y subregiones analizadas históricamente dentro del contexto general de su sociedad. Con respecto a Colombia, se puede anotar que en los últimos decenios del siglo pasado y los primeros del actual, el modo de producción cultural muestra semejanzas con el de otros países andinos. Semejanzas que —sobra decir— se van acentuando ante "los efectos que trae consigo la penetración del capital internacional en sectores claves de la producción y la manifestación de la lucha de clases". Sin embargo, cabe añadir que comparándola con la peruana, por ejemplo, la intelectualidad colombiana se presenta "con un horizonte liberal tardío", demostrando una vez más que cada tipo de formación social tiene "sus propios espacios culturales donde se producen determinadas estructuras literarias que son ajenas a otras formaciones sociales" 1 , Esto no impide, claro está, que la persistencia de algunos modos de producción cultural abran en Colombia, como en otros países, ciertas perspectivas revolucionarias. Sobre todo a partir de la narrativa realista.

"Quienes fundan la novela latinoamericana echando mano de los recursos del naturalismo y el esteticismo finisecular —dice Angel Rama— son los realistas del siglo XX" 2 , Bien se sabe, además, que su narrativa está comprometida con un cambio social y refleja conflictos económicos o políticos. Hacia los años veinte, el paso del capitalismo de libre competencia al de los grandes monopolios tiene repercusiones en naciones cuyo atraso se debe sobre todo al avance imperialista. La constitución del mercado mundial, los empréstitos e inversiones, crean dependencias en la economía y fortalecen a las clases oligárquicas. Colombia no es excepción. Las primeras luchas obreras no sólo se suscitan en contra de dichas clases sino del capital foráneo. Desde el siglo XIX, el país se inicia en este proceso. Después de las guerras civiles, liquidadas en 1903 con la pérdida de Panamá, la indemnización estadounidense corresponde a necesidades de amplificación de la economía extranjera en detrimento de la nacional —con la complicidad, claro está, del Estado colombiano—. Estado favorecido por una hegemonía conservadora, centralista y clerical que considera la cultura diferencial y aristocratizante. Además, "uno de los mecanismos para ejercer el poder, diseñado a la perfección ideológica de la clase dominante, es la institución de la gramática y la retórica clásica, como modelos inquebrantables para el ejercicio de las letras. Esta forma represiva de delimitar el campo de acción, cuenta con el decisivo apoyo no sólo de las fuerzas gubernamentales sino de la Iglesia" 3 . Centralismo, clericalismo, elitismo, sentarán las bases de la famosa "Atenas Suramericana"... Bogotá, si, con sus estadistas poetas, presidentes plumíferos y literatos tribunos, apoyados en la vocación filológica de tantos legistas listos a defender con rigor inquisitorial la pureza de la lengua. Si más adelante la "bohemia maldita" de ciertos modernistas desafía la rigidez de la forma e intenta dar otro rumbo al contenido moralizante de los textos, éstos guardan demasiados elementos importados como para que sus autores no sigan siendo, ante el gran público, una elite. Desde entonces —o desde siempre— los renegados y rebeldes vienen de la provincia. Y la creación de una conciencia ficcional se vincula al hostigamiento de esa capital tradicionalista y conservadora. Adherir a las vanguardias es convertirse en prófugo. Los disidentes bogotanos prefieren desterrarse y denunciar de lejos la explotación y la miseria, el servilismo ante los yanquis, la falta de programas de educación, e ironizar en torno alas manías academicistas y pedantes de muchos miembros del gobierno.

El primero en la lista y el más célebre es José María Vargas Vila (1860-1933), quien se exilia desde muy joven y escribe con furia y desesperación durante interminables viajes. Panfletario itinerante, deja entre periodismo y narrativa cerca de un centenar de obras. Protestando contra un gobierno despótico y clerical, colabora en la prensa continental y se hace amigo de Martí, Darío, Vasconcelos, Mistral. En Colombia se leen clandestinamente sus novelas, dramas hiperbólicos y folletinescos que constituyen por su sensualismo lujurioso una tentación para un público habituado a lecturas más púdicas. Su mayor logro, sin embargo, está en el panfleto. Es entonces cuando su elocuencia se desata: escribe como hablando, o mejor dicho, insultando. Maestro del escarnio, de la injuria, del sarcasmo, "en una época de orgías verbales se convierte en el sumo sacerdote" 4 . Y gana progresivamente audiencia. En México, Venezuela, Chile, Argentina, se le aclama y se le publica. El mismo, con su excentricidad y megalomanía, contribuye a su propia leyenda. Aunque ostente gustos extravagantes y poco accesibles a las clases trabajadoras que con tanta pasión defiende, el pueblo colombiano lo lee con fervor. Célebre —entre muchas— es la anécdota de un boga del río Magdalena que mata a un congénere a machetazos porque se atreve a hablarle contra Vargas Vila.

A cierta distancia de Vargas Vila, por su currículum y profesión, está José Eustasio Rivera (1888-1928). Abogado conservador, rimador de sonetos impecables, protesta a su manera contra la injusticia social en una única, célebre novela. Aunque vive en Bogotá, sus expediciones de funcionario oficial por territorios distantes y salvajes suscitan en su conciencia ficcional desdoblamientos y proyecciones. En Lo vorágine el protagonista "juega su corazón al azar" entregándolo luego a la violencia. Violencia de pasiones, de climas, de sentimientos, en una naturaleza también violenta y devastadora. Su trayectoria en los llanos y las selvas amazónicas le enfrentará a la existencia ruda de los ganaderos y al régimen bestial de los caucheros para con los indígenas. Su experiencia, sin embargo, tiene cierta ambigüedad. Con razón se ha dicho que al narrador de La vorágine lo desvirtúa "la falta de un proyecto real en contra de la explotación, la incapacidad para combinar ideales abstractos sobre la dignidad del ser humano con la experiencia concreta y cotidiana, la imagen inflada que tiene de si mismo frente al resto del mundo, su compromiso y dependencia con una ideología dominante que transmite e impone agresivamente, a pesar de que quiere combatirla" 5 .

A estas debilidades de carácter han de agregarse derroches verbales ególatras o mesiánicos y otros tantos lastres romanticoides y modernistas. No se debe olvidar, sin embargo, que Rivera escribía en un país todavía adicto al costumbrismo pintoresco. Lo vorágine es, a pesar de todo, una obra innovadora. Su ritmo narrativo, su lenguaje connotativo y simbolizado, muestran lo que la novelística de principios de siglo debe a la poesía. Angel Rama la emparienta con Reinaldo Solar de Rómulo Gallegos. Doña Bárbara, publicada cinco años más tarde (la una en 1924, la otra en 1929), pretende ya otra visión del "infierno verde": si al protagonista de Rivera se lo "traga la selva’, el de Gallegos logra, aparentemente, civilizar su barbarie.

"No por condicionamiento geográfico sino por arrogante miopía, la ‘Atenas Suramericana’ ignoraba la existencia del resto de la república", dice Rafael Gutiérrez Girardot, refiriéndose al menosprecio de la intelectualidad capitalina para con una obra que intenta, más allá del costumbrismo, la revaloración social de la realidad antioqueña. Su autor, Tomás Carrasquilla (1858-1940), no sólo deja de lado las modas de exotismo, cosmopolitismo y mitología greco-francesa, sino que se atreve a decir: "en estas Américas democráticas, donde a Dios gracias no hay castas privilegiadas, todos, más o menos blancos, más o menos negros, somos pueblo, puro pueblo". Carrasquilla pertenece a una familia minera, arruinada en la guerra civil de 1876.

De temperamento liberal, tiende en sus textos a un discurso popular y regionalista. Sobra decir que su regionalismo se inspira en la emulación de la capital. Por desgracia, un lenguaje recargado de localismos le impide atravesar fronteras y mostrar que el proceso social descrito en su obra tiene contraparte en Europa, donde hay también "una historización narrativa del pasado rural y una nostalgia de la sociedad señorial" 6 , Carrasquilla es ante todo antioqueño y escribe como tal.

Situado en el nordeste del país, Antioquia es un departamento a la vez cerrado y fronterizo, que comunica con la costa y ha sido colonizado por españoles norteños y vascos. Productor de oro y plata, tiene además reservas de carbón, plomo y petróleo. Allí, de tiempo atrás, la explotación minera admite apenas una agricultura de subsistencia: son los comerciantes quienes poseen el poder económico. Más adelante, en el siglo XIX, el cultivo del café se adscribe a la corriente exportadora, ya instaurada por la burguesía. Entonces, enriquecidos por el oro o el café, los propietarios invierten capital en la ciudad, instalándose y fomentando el desarrollo de una clase media ávida y arribista. Medellín llega a ser pronto el segundo centro industrial del país. Si en novelas como Frutos de mi tierra (1896) Carrasquilla refleja este proceso, su obra más célebre, Lo marquesa de Yolombó (1927), indaga en un pasado ya lejano, describiendo los procesos de la economía colonial y los avatares del mestizaje. Su protagonista es una mujer amotinada contra los estereotipos "femeninos": inteligente y trabajadora, no conoce en su larga vida de empresaria más fracaso que el de unos amores desdichados. Después de acumular fortuna, su preocupación social la lleva a educar a los mineros y libertar a los esclavos. Ya anciana, cierta fama de "matriarca" la emparienta a las prohembras de García Márquez, pudiendo ser el Yolombó de sus últimos años una anticipación de Macondo 7 .

También antioqueño, aunque menos prolífico que Carrasquilla, César Uribe Piedrahita (1897-1951) deja dos novelas que reinciden en la variante terrígena de La vorágine, superándola en perspectivas políticas. Todo puede ser, en el género indianista, una historia paralela dedicada, además, a Rivera y con el subtítulo de "narración de caucherías"—. Sin embargo, allí las exuberancias verbales, desvaríos ególatras y paisajismos exagerados se castigan con un discurso sobrio de trasfondo documental. La trayectoria de un médico que se interna en las selvas del Caquetá y del Putumayo para rendir un informe, es también la descripción de su idilio con una indígena y la denuncia de la explotación y abuso contra los nativos. Afortunadamente, en el texto, la espontaneidad de los diálogos y el laconismo del narrador dejan por fuera cualquier tendencia panfletaria. Ya desmistificado, el trópico se convierte en escenario de hechos ineludibles: "el tono que impera es inalterablemente gris y pesado, y es el lenguaje recreado en la voz de los personajes lo que infunde vida al conjunto" 8 . Un lenguaje que se niega a ser retórico para adquirir eficacia y verosimilitud . Ahora bien:  si la denuncia en Toá es flagrante, lo será más en la segunda novela de Uribe Piedrahíta, Mancha de aceite. Calificado desde siempre como antiimperialista, este texto incurre de nuevo en lo autobiográfico, detallando el itinerario de un funcionario inconforme, que asume compulsoriamente el compromiso político. Además, los campos petroleros sirven de trasfondo a una intriga que pasa de Colombia a Venezuela, imbricando militares, parlamentarios, empresarios, peones e indígenas. Frente a ellos, claro, el todopoderoso gringo que termina ametrallando al rebelde sin dejarle formar sindicato. Su muerte, sin embargo, no lo convierte en héroe, sino en simple renegado de un sistema que prescribe el soborno y la venalidad. Escrita por un colombiano, Mancha de aceite se considera aún "la más vigorosa novela del petróleo en Venezuela hasta el presente" 9 .

Las obras de Uribe Piedrahita aparecen ya en los años treinta, cuando el liberalismo gana las elecciones gracias a la adhesión de una mayoría inconforme, constituida sobre todo por esa población emergente que en los primeros decenios del siglo duplica el número de habitantes en las ciudades. Es la mayoría marginada y pobre, que no se ha beneficiado con la indemnización por Panamá ni con las inversiones extranjeras. La mayoría despojada, que espera siempre y espera en vano. Sobre esta espera y esta decepción, escribirá un bogotano trashumante, de ideologías políticas imprecisas 1O. Las novelas de José Antonio Osorio Lizarazo (1900-1964) discurren en la Bogotá de los arrabales y los suburbios. El zapatero, el tendero, la sirvienta, el empleado de bajo sueldo, son sus protagonistas. Gentes anodinas, que se hacen sin embargo reales gracias a un discurso adaptado a su opaca cotidianidad. En La casa de la vecindad (1930), Hombres sin presente (1938), Garabato (1939), Osorio Lizarazo puede ser lóbrego y reiterativo, pero no por eso menos convincente. Al ambientar la trayectoria de personajes rechazados por la ciudad, llega a inculcarles el temor y la desesperanza de quienes siempre han de salir perdiendo. Quizá de haber sido menos retraído —o menos viajero— Osorio Lizarazo hubiera podido vincularse en su juventud al grupo de Los Nuevos, aglutinado en una época en que el surgimiento de una burguesía industrial inspiraba a los liberales la urgencia de cambios en la legislación y campañas para la toma del poder. Ya para entonces se había iniciado el proceso de sindicalización obrera con las primeras huelgas y concentraciones. En 1925 el Partido Socialista Revolucionario organizaría la Conferencia Obrera Nacional (Con), más tarde afiliada a la III Internacional Comunista. Y en ese mismo año saldría el primer número de una revista titulada Los Nuevos y dirigida sobre todo por militantes de izquierda. Que a éstos se agregaran intelectuales apenas reformistas, se debe a ciertas divisiones en el liberalismo, a veces aliado al movimiento obrero y a veces a corrientes burguesas y oligárquicas. El grupo sería sin remedio heterogéneo, aunque en su mayoría defendiera la Revolución de Octubre y proclamara "la bancarrota de la política de campanario" 11.

La "política de campanario", sobra decir, la mantenían los presidentes filólogos y estadistas plumíferos de siempre. Y estos eran conservadores, no sólo en su sistema de gobierno sino en las normas que imponían a todo proyecto estético-cultural. Por eso Los Nuevos querían "cambiarlo todo". Fernando Charry Lara, de una generación posterior, ha sugerido en varios textos críticos cómo esa urgencia de cambio era común a varios países latinoamericanos. Sólo que en Colombia se acentuaba la similitud entre lo político y lo cultural. Los Nuevos lo presentían y lo denunciaban. Luis Tejada, por ejemplo, hablaba de "torcerle el cuello a la música poética", en artículos que muchas veces eran diatribas contra el gobierno. Periodista, fallecido a los 26 años, Tejada repartió su corta vida entre la redacción de sus artículos y el adoctrinamiento de juventudes obreras. Marxista convencido, venía de una familia de educadores y periodistas comprometidos con el cambio social. Entre ellos la muy célebre Maria Cano, llamada Flor del Trabajo, dirigente del Partido Socialista Revolucionario y líder en las huelgas que precedieron la derrota electoral conservadora en 1930.

En las crónicas periodísticas de Tejada, tituladas Gotas de tinta, las convicciones revolucionarias alternaban con un humor y una ironía que, por lo demás, eran comunes a otros miembros del grupo. La sátira, la caricatura, la "toma de pelo" les permitían desafiar tanto a los académicos vetustos como a los promotores del nuevo capitalismo. Para irritarlos, Tejada se atrevía a escribir en defensa del "ocio creador", mientras Luis Vidales, su camarada, se dedicaba a poemas como La oración de los bostezadores, arriesgándose además a experimentos formales que escandalizaban a congéneres todavía sometidos a las rimas y consonancias. El primer libro de Vidales se tituló Suenan timbres y, más allá de la burla y la irreverencia, propuso un arte social y una "poesía de ideas". Como Tejada, Vidales pretendía reír de todo lo que no fuera militancia y compromiso político. Muerto aquél, participaría en la fundación del partido comunista y seguiría desde entonces en sus filas.

También miembro del grupo, León de Greiff comenzó a escribir en épocas de ideologías tan "subversivas" como la revaloración de lo indígena y lo afroantillano 12 . Juegos de palabras y antipoemas, le inspiraron versiones autobiográficas que alternaban el idioma nativo y popular con arcaísmos, galicismos, germanismos y neologismos; todo en tono epigramático y burlesco. Bohemio y ácrata, De Greiff llamaba a sus libros "mamotretos", los llevaba en los bolsillos y los anotaba en público. Por desgracia, sus simpatías hacia la izquierda no iban más allá de un humorismo muy diciente en cuanto a "la imposibilidad objetiva de su generación de dar a su rebeldía la eficacia suficiente para que la crítica de las ideas se encarnara políticamente" 13 .

De Greiff, el mayor de Los Nuevos, venía de Medellín, donde había fundado en 1915 la revista Pan: De allí venía también Tejada, y si Vidales había nacido en Caldas, su familia era de Antioquia. No está por demás señalar el aporte antioqueño a lo que entonces se consideraba una intelectualidad disidente con respecto a la "Atenas Suramericana". Y recordar que en Medellín permanecía el más colérico y vociferante de todos: Fernando González. Pretendiendo "antioqueñizar al país", se improvisaba sociólogo, politólogo y novelista, en una serie de textos mesiánicos y doctrinarios. Textos desiguales, autobiográficos, que se hubieran salvado por la audacia del discurso y la experimentación formal, de no haberse adensado de megalomanía y culto a personalidades dictatoriales o totalitarias.

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1 Alejandro Losada, Bases para una estrategia de investigación del cambio cultural en América Latina. Trabajo presentado en un coloquio de la ADLAF, Berlín, 1977, y reproducido en la revista Eco, Bogotá, núm. 196, febrero de 1978, págs. 356-358. (regresar1)

2 Angel Rama, "La formación de la novela latinoamericana", en La novela latinoamericana, 1920-1980, Bogotá, Colcultura, 1982, pág. 23. (regresar2)

3 Armando Romero, "De los Mil Días a la Violencia: la novela colombiana de entre-guerras", en Manual de literatura colombiana, t. 1, Bogotá, Procultura-Planeta, 1988, pág. 399. (regresar3)

4 Aníbal Noguera Mendoza, "José María Vargas Vila", en Manual de literatura colombiana, t. 1, Bogotá, Procultura Planeta, 1988, pág. 325. (regresar4)

5 Monserrat Ordóñez, La vorágine: la voz rota de Arturo Coya", en Manual de literatura colombiana, t. 1, Bogotá, Procultura Planeta, 1988, pág. 476. (regresar5)

6 Rafael Gutiérrez Girardot, "La literatura colombiana en cl siglo XX", en Manual de historia de Colombia, t. III, Bogotá, Col-cultura, 1980, pág. 470. (regresar6)

7  Como lo sugiere Rafael H. Moreno-Durán en La marquesa de Yolombó’, en Manual de literatura colombiana, t. 1, Bogotá, Procultura-Planeta, 1988, pág. 552. (regresar7)

8  Juan Gustavo Cobo Borda, "Uribe Piedrahlta", en La tradición de la pobreza, Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1980, pág. 100. Cobo Borda cataloga con Uribe Piedrahíta a Eduardo Zalamea Borda, cuya novela Cuatro años a bordo de oil mismo (1934), relata un viaje a La Guajira, trayectoria existencial e iniciática. (regresar8)

9 Juan Gustavo Cobo Borda, op. cit., pág. 102. (Citando al ensayista venezolano Gustavo Luis Carrera). (regresar9)

1O J.G. Cobo Borda, "Osorio Lizarazo, el ciclo bogotano", en op. cit., págs. 83-96. Sobre la ideología política un tanto ambigua de Osorio Lizarazo, se anota que escribió una obra en que elogiaba al dictador Trujillo, dc República Dominicana, en 1946, y otra en ¡959 titulada El bacilo de Marx. Sin embargo, fue biógrafo de Jorge Eliécer Gaitán, el caudillo liberal. Y El día del odio, una de sus últimas novelas, elabora un recuento del "bogotazo" con referencia al movimiento gaitanista. Ya en esa fecha (1948) el conservatismo ha recuperado el poder. Es el despegue de la Gran Violencia en Colombia. (regresar10)

11 J.G. Cobo Borda, "Los Nuevos y Jorge Zalamea", en op. cit., pág. 73. (regresar11)

12 Cf. Fernando Charry Lara, "Los Nuevos", en Manual de literatura colombiana, t. II, Bogotá, Procultura-Planeta, 1987, pág. 55. También se refiere a esta generación poética en su libro Lector de poesía, Bogotá, Colcultura, 1975. (regresar12)

13 Jaime Mejía Duque, Literatura y realidad, Bogotá, La Oveja Negra, 1969, pág. 173. (regresar13)