Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

Historia y lenguaje no comulgan


Camino de premios
Humberto Rodríguez Espinosa
Ediciones Puesto de Combate; Bogotá, 1989,
118 págs.

Sobre lo especifico y característico del cuento o del relato, como forma de escritura literaria, existen las apreciaciones de los teóricos y además las opiniones de los mismos creadores.

Aunque las ideas son distintas y se refieren a temas diferentes, casi todos ellos coinciden en ver en el cuento una forma exigente, con un alto grado de dificultad para su creación, dada la intensidad y perfección que requiere.

Uso los adjetivos intenso y perfecto no porque definan al cuento, sino para aludir al dinamismo inherente a su misma naturaleza, a la síntesis sutilmente lograda, al círculo o a la figura geométrica que lo contuviera, etc. Es muy difícil para quien escribe estas líneas concretar en pocas palabras los elementos que configuran un cuento, sus límites, y sus fines, y aún más: sus posibilidades, su libertad. ¿Qué decir entonces? Diría que en un cuento se conjugan muchos ingredientes: historia y estilo, tensión en la fluidez, efectos psicológicos, contenidos que son atmósferas, etc.

Leer cuentos es una experiencia fabulosa. De hecho esa lectura puede llegar a convertirse en un viaje de emociones que comience todos los días al abrir el libro y que dure el tiempo que dura un cuento.

Hay otra manera de acercarse a la idea de un cuento. Podríamos, basándonos sencillamente en la lectura, mirar las diferencias que existen, a primera vista, entre los llamados géneros del cuento y la novela.

Una novela permite trivialidades, permite al narrador detenerse en datos minuciosos o en descripciones detalladas. Y supone una lectura que se ajuste de igual manera a su extensión. Se entra paso a paso en el mundo de la novela de la mano de la voz del autor. (Umberto Eco dice:

"Escribir una novela es un asunto cosmológico", en revista Nexos 82, México, octubre de 1984). También es importante tener en cuenta, en este vistazo, lo que algunos novelistas nos sugieren cuando aseguran que no sabían para dónde iban; en sus novelas, por supuesto.

Un cuento, por su parte, es tejido perfecto, pensado, en el cual nada sobra, nada falta. Desde la primera frase hasta la última palabra no puede abandonarse su lectura. Esa es su ley de juego, su máximo poder.

Ahora bien: presiento que el lector de esta nota, a esta altura del asunto, se preguntará a qué viene todo esto, a qué apuntan estas observaciones. Simplemente a la idea de que escribir cuentos es una empresa que exige genio —como decía Poe— y por esto no es de aprendices o aficionados escribir uno solo que sea de ese nivel que los rige. Y además para tratar ahora de comentar un libro y sobre todo sus deficiencias. Debo aclarar que hago el comentario desde la perspectiva del cuento que el autor pretende llevar a cabo; es decir, de un cuento como el que antes se trató de ilustrar teóricamente.

Los cuentos que trae el libro Camino de premios de Humberto Rodríguez Espinosa (1943), es necesario decirlo, no poseen las características que le son inherentes al cuento como tal. Carecen, por ejemplo,, de un verdadero dinamismo; otra vez, es imposible para quien escribe estas líneas concretar en pocas palabras lo que significa ese dinamismo esencial; pero sí puedo decir que éste no depende de las palabras rebuscadas y sonoras, tampoco de una sintáxis apretada y recurrente. Un ejemplo quizá sea lo más indicado en esta difícil tarea. Veamos la parte inicial del cuento titulado Elfullero (pág. 25):

Tantas veces se le habían atravesado, en atajos, en breñas inaccesibles.

En los mediodías, hacían de los senderos ríos transparentes con
fugitivos galeones en el fondo. Se mostraban en parejas o distanciados entre sí por la zancada de un gigante. Y todos los rincones conocían su rastro, desde que las mismas canoas eran en los raudales grandes zapatos flotando. Zapatos que sabían achicarse y volverse de pronto barcas perdidas en las tempestades de los caminos.

Tantas veces los había encontrado que un día sintió el cosquilleo de minúsculas pisadas en su sangre. Entonces empezó a mirar, como nunca lo había hecho, y las hembras se asustaban y replegaban la frente. Creían notar en las entrañas las diminutas abarcas del fullerito.

La palabra fullero, en el Diccionario de la lengua española (Real Academia Española, Madrid, 1984), es el adjetivo o sustantivo, según el uso, de la fullería: "Trampa o engaño que se comete en el juego. Astucia, cautela y arte con que se pretende engañar". De antemano el lector puede suponer que en el cuento se trata de las aventuras de un célebre fullero, pero éste no es el caso. El narrador habla de un fullero particular en un tono evocador que supone que se trata de un recuerdo. Es notorio el uso acentuado del pretérito (imperfecto) de los verbos, lo que da al relato ese aire nebuloso, pues se habla de lo que otros (sean personas, hembras, zapatos) hacían, mostraban, sabían, y en ningún momento el recuerdo se hace presente como realidad. Este tono y tipo de construcción persiste en el relato hasta el final.

Ahora bien: esta evocación es plasmada usando palabras que inquietan al lector por su sonoridad o a lo que hacen referencia ("breñas inaccesibles", "se mostraban en parejas o distanciadas entre sí por la zancada de un gigante", etc.), pero si las revisamos no tienen una ilación de sentido que sea clara y más bien dan una sensación de exuberancia que no tienen.

La primera frase, que da inicio al cuento, se queda literalmente sola, ya que no está conectada con otras instancias del relato, y después de acabada la lectura de El fullero no se sabe a qué ‘atajos" se refería el autor. O acaso se recorre un itinerario que el mismo autor desconoce, lo que equivale a decir que no sabe hacia dónde va.

El maestro Horacio Quiroga, en su Decálogo del cuentista, numeral 5, dice: "No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra a dónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia que las tres últimas".

Hasta aquí se ha tomado sólo un ejemplo. En otros cuentos de este libro Camino de premios, hay una serie de imágenes que sorprenden por inverosímiles dentro del relato y otras que, supongo, pasan como asunto personal de los gustos del autor. Una de ellas, del primer cuento, titulado Vuelta a Colombia (pág. 7): "Por las tardes íbamos a mirar, a hundir las patas en esa tierra floja y negra como una morcilla reventada".

Lo que el comentarista de la contraportada (miembro de la Sociedad de la imaginación) denomina el "elemento poético" que hay en estos cuentos, debe de ser ese tumulto de imágenes que le resultan al autor en su acción evocadora a partir de palabras disonantes, como la que se ha citado, y que sin lugar a dudas abundan en el libro.

Hay una última crítica de tipo general, que puede ser más definitiva para los cuentos de este libro, que es imposible omitir porque salta a la vista. Una situación curiosa y lamentable: historia y lenguaje no comulgan. La historia de los personajes de provincia, en un mundo ciudadano o en el campo, hay que deducirla de un discurso pretensioso que no se ocupa de crear su atmósfera, de causar su efecto, la tensión no explicable.

Para finalizar me pregunto, una vez más, si es pertinente o no reseñar libros como éste y de esta manera; durante el tiempo que he ocupado en hacer esta reseña no he podido desechar las dudas. Además, si tengo en cuenta que en fecha reciente en un magazín dominical se hizo un elogioso comentario sobre este libro, de hecho escrito por un miembro de la ya tradicional, entre nosotros, Sociedad de la adulación.

MARIO DUARTE DE LA TORRE