Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

Una calle de la ciudad de Tolú, allí  nació el escritor en 1921
Casa en donde nació el escritor. totalmente restaurada. Esta fotografía fue tomada en 1985.
Fotografía del patio de la casa de su infancia, Tolú, tema de la obra (1985).

 

Hector Rojas Herazo: confesión o al de un patiero

JORGE GARCÍA USTA
Fotografías:
Fundación Rojas Herazo

HABLEMOS DE ese período fundamental de su vida y su arte: su infancia en Tolú. La casa y la familia.

La infancia, la casa y la familia son un todo. Niñez enduendada, henchida de pálpitos, suf riente y a la espera. Exactamente como la de cualquier hombre. Fui, por tanto, un niño enteramente normal. Creo que, de haber alguna diferencia, es la particularísima de toda vida humana. Y su aprovechamiento posterior. Ese periodo ha sido para mí un inagotable venero de recurrencias. No sólo he vuelto a él siempre que he necesitado elementos para expresarme sino que regreso, vivo en él, la mayor parte de mi tiempo. Muchas veces al día, por ejemplo.

El elemento primordial de su vida es su abuela, Mamá Buena, quien ha proporcionado el extraordinario sedimento de Celia. ¿ Cómo fue su relación con ella?

Mi abuela, como usted dice, ha sido el eje de mi vida. Ella es mi infancia. Lentamente se ha ido convirtiendo en una fuerza arquetípica, en algo trascendente que arropa y pretende explicar mis interrogantes centrales. Ha dejado de ser la abuela de un hombre particular para convertirse en la matriarca, en el símbolo mismo de la herencia y de la tierra. Su capacidad de sufrimiento, su elemental estoicismo, la energía de su corazón, me enseñaron y hormaron. Ella me nutre y justifica. Cuando decaigo en alguna forma, vuelvo a ella y en ella me reencuentro y adquiero renovadas energías. Anteo, no lo olvidemos, necesitaba ese contacto permanente con la tierra para seguir viviendo. Ella me enseñó, así mismo, el esplendor, la oculta riqueza de la ruina. Era el despojo por excelencia. Al comienzo, en mi juventud, no me explicaba bien esta relación. Mi abuela no tenía entonces la importancia simbólica que alcanzó después. Necesité meterme en mí mismo, tratar de alcanzar mis núcleos secretos, para ir descubriendo su irradiante significado.

 Un instante en la vida de Rojas Herazo.

¿Era Mamá Buena una gran conocedora de las historias del pueblo, una gran fabuladora?

Sí, Mamá Buena era una gran fabuladora. Una especie de tesorera del anecdotario del pueblo. Pero insisto en que es la posterior Mamá Buena, el símbolo en que se ha convertido, el que me ha obligado a un trabajo de alinderación. Como he contado alguna vez, ella trataba de absolver mis pueriles interrogantes sobre el entorno que se abría ante mi asombro. Y lo hacía con nombres propios, fijando situaciones; incrementando en mi la capacidad de alimentarme del recuerdo colectivo. Hasta el punto de que el cúmulo de esos episodios se convirtieron, a su vez, en símbolos guardianes de la totalidad del recuerdo. Ella, por ejemplo, me señalaba a alguien que había segado muchas vidas. Para mí, entonces, esa persona que atravesaba la plaza no era un fulano que había cometido determinados delitos. Era el crimen, el delito mismos. Y así con el robo, la traición o la calumnia. Por eso sostengo que el pueblo, o sea el círculo particular, es el mejor laboratorio para un aspirante a narrador.

Pero quiero insistirle en aquello que le dije al comienzo de mi respuesta. Que, más que fabuladora, mi abuela fue una ardida tesorera de la memoria comarcana. Era muy celosa, como todas las abuelas, de que no se perdiera esa tradición oral. En alguna forma se daba cuenta de que la historia no es otra cosa que compromiso votivo con el recuerdo. En la apretura de lo anecdótico está la totalidad de una comarca, de una nación y de una raza. De perderse el recuerdo, se perdería el afincamiento. Saber cómo envenena o purifica una planta tienen la misma jerarquía de saber quién cometió una felonía o un acto de grandeza en el entorno municipal. Todo, a la hora de una suma del conocimiento por la percepción, es naturaleza. Eso era mi abuela: naturaleza pura. Muchas veces no sabía si era ella la que me hablaba o me hablaban el mar o los almendros. A veces, también, parecía fundir sus confidencias con el susurro del viento. Esto explica que de ella, de su pausada rumia del acontecer en la costumbre, haya salido todo lo que soy.

Usted ha descrito a su padre como un retrato. Una especie de relación lejana pero tan espectral como las otras.

— En mi historia privada, el padre que no conocí habitaba el entrepaño de un escaparate. En la del personaje de mi novela, aparece en sitios diferentes. Una especie de asedio fantasmal, interminable.

Héctor Rojas Herazo con su esposa Rosaisabel Barboza, en una reunión de amigos, en septiembre 22 de 1956.

¿Qué era Tolú por entonces?

— Algo que podría ser la prefiguración del Cedrón de mis sueños.

En Celia se pudre, hay también una gran tristeza por los cambios de Cedrón con el arribo del progreso.

— El elemento saturador de Celia se pudre es la nostalgia. Un intento de fijar el pasado como vida que transcurre; de batallar para que algo de lo que contiene, mutado en elemento funcional, no sea presa de la muerte. Algo conmovedor, como puede usted apreciar. Algo que, por su propia índole, está condenado a la tristeza. 

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