Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

Algo de gracia, poco de sustancia


Crónicas casi históricas
Ramón Ilión Bacca
Ediciones Uninorte, Barranquilla, 1990,
144 págs.

Los cronistas eran unos gigantes, escribió doña Kathleen Rommoli en su imprescindible biografía de Vasco Núñez de Balboa. Se refería, claro está, a los cronistas de Indias. Ellos produjeron una obra monumental, en la que combinaron la observación ligera sobre las debilidades de los españoles en el proceso de la conquista americana con notas densas, que envidiaría un etnólogo moderno, sobre la vida y costumbres de los naturales "destas tierras". Inclinados a dejarse sorprender por lo desconocido, redactaron páginas memorables —incluso en verso— sobre todos los aspectos de aquellos tiempos de aventura.

Pasados los tiempos y desarrollada la historiografía con todo su rigor académico, no pareció ocupación seria esa de escribir crónicas, a no ser que fueran piezas periodísticas de carácter volátil. Otros gigantes —Octavio Paz, Carlos Fuentes, García Márquez— han hecho esfuerzos, sin mucho éxito, por revivir el género. Podríamos mencionar también a Eduardo Galeano y a Germán Castro, como autores que luchan porque la crónica de corte histórico vuelva a tener un lugar sobre la tierra. Pero, ¿qué texto de hoy podría colocarse al lado de la Crónica del Perú? ¿Hay algo similar a las Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales? ¿Qué fue de aquellas plumas iluminadas?

Así que ante el libro de Ramón Illán, a quien conocíamos como un buen escritor de cuentos —Si no fuera por la zona caramba—, cuyo título evoca a los gigantes de mies Rommoli, nos pareció que se apuntaba alto y que, de repente, alguien había atinado.

Pero no, como de alguna manera lo acepta Germán Vargas en el prólogo, al situar este libro oscilando entre "lo barroco y lo chévere", otra forma de decir que el asunto ha quedado en el terreno de lo puramente anecdótico, así tenga gusto y color. Ramón Illán escribe con aquella extraña cualidad que los salseros llaman "sabor", pero ello no basta para convertir a sus crónicas en "casi históricas". Les da la gracia, pero no les otorga la sustancia. Hay en ellas la chispa de una inteligencia brillante —"Por un hotel"—, pero se nota la ausencia de la reflexión y del trabajo alrededor de una buena idea.

Aceptado el peso liviano de las crónicas de Illán Bacca, habrá que recomendar a doce de las treinta y nueve que componen el texto. Ellas son: "Los búcaros de Santa Marta", "El espía inglés" y "Una visita", del capítulo titulado "Historias con guiños"; "El nadaísmo en Barranquilla", "¿Un samario amigo de Proust?" y "Manía", del capítulo "Saltos y sobresaltos de un lector"; las cuatro del aparte "Arias, aires y desaires", osca:  "Una noche en la ópera", "Conciertos y desconciertos", "Una velada con Puyana" y "El oratorio de Zumaqué"; y, la primera y la última de "Y ahora con ustedes... ¡Tongolele!", es decir, la que lleva ese mismo título y "Por un hotel".

Dejo por fuera, a propósito, "La fiesta era en Berlín" y "¿Qué pasó en el 48?", porque son los dos relatos que más se acercan a lo que pudiera considerarse como "crónicas casi históricas". El primero es excelente y sitúa al lector en un mundo maravilloso y desesperanzado a la vez: el Berlín de entreguerras. El segundo es francamente malo, no pasando de ser una deficiente selección de noticias de prensa hilvanadas en forma apresurada y sin mucho criterio: "Los tres disparos que a la una y cinco hiciera Juan Roa Sierra sobre Gaitán, causaron la mayor insurrección popular que hayamos conocido en toda nuestra historia" (pág. 26). Nuestra historia es, por supuesto, mucho más antigua que nuestra propia existencia personal. ¿Olvidó Illán la historia del florero de Llorente acaecida en 1810? ¿O no le parece que la insurrección popular de entonces pueda ser—por sus alcances— "la mayor... de nuestra historia"? Hay otras historias de insurrecciones populares en diferentes regiones del país en los siglos XVIII (los comuneros, por ejemplo) y XIX que también podrían considerarse como especialmente significativas. ¿O no, mi estimado Ramón?

En "El espía inglés" resulta sugerente la mención de Robert Cunninghame Graham como autor de "Cartagena y las riberas del Sinú", una crónica que incluye motín a bordo, cuando este poco conocido escritor se hizo notorio por la publicación en 1910 de un libro de cuentos titulado Hope, del que no se conoce traducción al español. ¿Se identifica Ramón Illán —más cuentista que cronista— con Cunninghame Graham? En todo caso es una nota erudita que le resulta bien lograda, al igual que "Una visita", como también cuando maneja información esotérica en "¿Un samario amigo de Proust?" y "Marzia".

Por momentos, inmerso en experiencias personales "Por un hotel", "El nadaismo en Barranquilla", el libro adquiere una dimensión casi visual y un tono literario de gran factura: "...yo era juez en un pueblo de la Guajira, y solo venía los fines de mes a esta ciudad. Iba entonces a la Librería Nacional a encontrarme con la intelligentzia. cuyos miembros pasaban largas horas en la heladería, tomando té helado y hablando de libros..." (pág. 65).

Lo mejor de esta publicación de Uninorte es el aire festivo de los relatos —que no crónicas—, el sentido del humor que se sostiene a lo largo de sus 140 páginas y el alma crítica que manifiesta, sobre todo cuando aborda el tema musical. Hasta Zumaqué, ese ídolo de la costeñidad, cae simpáticamente abatido por la pluma paisana de Illán Bacca.

Crónicas casi históricas resulta una lectura agradable. Una selección de notas periodísticas, que por lo mismo no revela unidad temática y resulta con altibajos de calidad, sobresale sin embargo por lo fino del estilo, cierto exotismo del material y el espíritu burlón que la anima. Podría haber quedado en la hemeroteca, y allí estaba bien. Pero ya que hizo el tránsito a la biblioteca, ha de encontrársele un lugar, no al lado de Pedro Cieza de León, pero sí junto a Lucas Caballero, o tal vez codo a codo con Cepeda Zamudio.

GERMÁN PATIÑO