Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

García Márquez y la voz de Bolívar 1


Roberto González Echevarría
Department of Spanish and Portuguesa
Department of Comparative Literature
Yale University

A pesar de las declaraciones de los novelistas, y de cierta crítica que se hace eco de ellas, la principal razón por la que la historia es fuente predilecta de personajes y peripecias de la narrativa latinoamericana es que los textos históricos no son literarios. Sacada de documentos y crónicas, la historia da acceso a un conocimiento de la cultura latinoamericana que sería a la vez verdadero y legitimador de la escritura. Los textos coloniales poseen el hechizo del origen, de un principio que no ha cesado de serlo porque las cuestiones que engendró siguen todavía vigentes en América Latina. Re-escribir esos textos equivale a narrar tanto un presente cargado de urgencias como un pasado que no deja de ser actual. Al servir de vehículo a relatos verídicos, y de esa manera contagiarse del aura del origen que irradia de esos textos que dicen las primeras historias, la novela se reviste de legitimidad. En el sentido más amplio posible este retorno de la novela latinoamericana a documentos históricos, muchos de ellos de índole jurídica y relativos al descubrimiento y conquista, es lo que genera lo que he denominado ficciones del archivo. No todas esas novelas, desde luego, se desarrollan en el período colonial, aunque la tendencia principal es que así sea. En la primera parte de este ensayo haré una descripción somera de este tipo de novela, para luego pasar al comentario de la más reciente de ellas, El general en su laberinto (Bogotá: Editorial La Oveja Negra, 1989), de Gabriel García Márquez. Esta obra ha abandonado el periodo colonial para centrarse en la figura de Simón Bolívar, y narrar lo que vendría a ser una especie de segundo Big Bang histórico (si el Descubrimiento fue el primero): la fragmentación de América Latina, inmediatamente después de la independencia, en la constelación de naciones que hoy la componen. Mi teoría sobre las ficciones del archivo parte de un concepto de la novela basado en la picaresca, las crónicas de Indias y la obra de Cervantes, que paso ahora a esbozar.

Como no viene dotada de una forma propia, la novela con frecuencia asume o pretende asumir la de un tipo de texto al que la sociedad atribuye la capacidad de contener y transmitir el conocimiento y el poder en un momento histórico específico. La novela, o lo que se ha llamado novela en diversos momentos a lo largo de más o menos cuatro siglos, imita esos textos para poner de manifiesto sus convencionalismos, su dependencia en reglas de producción textual similares a las que rigen la literatura. Es mediante esta falsificación que la novela proclama, contradictoria y oblicuamente, su pertenencia a la literatura. El poder para dotar un texto de la aptitud para contener y comunicar la verdad se revela así como algo que está fuera del texto; se trata de un agente exógeno que reviste de autoridad un texto especifico en virtud a la estructura ideológica de un período, no de algo inherente al texto mismo o al propio agente externo.

La novela, por lo tanto, forma parte de la totalidad discursiva de una época, y se ubica en el lugar opuesto a su núcleo de autoridad ideológica. La propia concepción de la novela constituye un relato de fuga o escape, frecuentemente de la ley, las autoridades, o la prisión misma; éste aparece habitualmente como subargumento, pero también, en la picaresca por ejemplo, como argumento principal. De más está decir que esa fuga hacia una especie de libertad no es más que un simulacro de escape, reflejo del mimetismo falsificador inherente a la novela misma, aunque por su persistencia parece ser el relato primario, irreductible, subyacente en toda narración. Tal vez sea por ello que el derecho —la ley y sus representantes— figure tan prominentemente en La vida de Lazarillo de Tormes, las "novelas ejemplares" de Cervantes, y las crónicas de Indias. La novela retendrá de ese origen su obsesión con temas como el castigo, la acumulación de conocimiento, y el control social ejercido mediante el uso de la escritura, elementos que motivaron su propensión mimética desde el principio. Cuando la novelística moderna latinoamericana retorna a ese origen, lo hace a través de la figura del archivo, el depósito legal de información y poder del que surgió en el siglo XVI, y cuyos monumentos más visibles son los archivos estatales erigidos entonces en Simancas y El Escorial por la corona española.

La forma que reviste la novela picaresca es la relación, porque esta especie de carta, confesión o informe dirigido a una autoridad superior era un vehículo retórico común de la vasta burocracia imperial que administraba el poder en España y sus posesiones. La temprana historia de América Latina, así como las primeras ficciones de y sobre ésta, se narran utilizando los moldes retóricos de las artes notariales, que determinaban la composición de textos como las relaciones, los memoriales y otros documentos de índole similar. Estas cartas de relación no eran simplemente epístolas, sino cartas de fundación, escrituras, constituciones o estatutos de los territorios ocupados. Tanto el que suscribía como el territorio mismo adquirían legalidad y derecho por virtud de estos documentos que, como el texto de Lazarillo, estaban dirigidos a una persona que ocupaba una posición de autoridad (en el caso del pícaro probablemente a un juez). Hernán Cortés escribió sus Cartas de relación al Emperador Carlos V. Resultaría imposible exagerar la preponderancia de la retórica legal o jurídica en la temprana historiografía de América. Por ejemplo, en el propio campo de la historia había historiadores nombrados por la Corona, con el titulo de Cronista Mayor de Indias, a los que se les daban instrucciones específicas de cómo incorporar los millares de relaciones a sus voluminosas obras. Estos macizos volúmenes son la contrapartida textual de Simancas, y son antecedentes remotos pero contundentes de las modernas ficciones del archivo. La obra más importante de este género fue la Historia general de los hechos de los castellanos en las islas i tierra firme del mar Océano (Madrid, 1601), redactada por el incansable Antonio de Herrera y Tordesillas, un contemporáneo de Mateo Alemán y Cervantes.

Las ficciones del archivo son novelas históricas, generalmente ubicadas en el periodo colonial. Su calidad archivista proviene de ser compendios de documentos de carácter histórico, muchas veces legal, que aparecen en contextos que no ocultan su origen o índole, sino al contrario. Son éstas obras erizadas de citas explicitas e implícitas, en las que el proceso de acumulación de conocimiento resulta evidente del acopio de textos que se distinguen, dado su origen, por su autenticidad. Un edificio, recámara, habitación, caja, arca, baúl, o cualquier otro tipo de receptáculo o depósito contiene y custodia estos documentos, como hipóstasis del Archivo —es decir, como materialización simbólica del mismo. La manera en que se disponen u ordenan estos documentos no arroja, por cierto, un relato completo o coherente, ni conduce al tipo de revelación que su prosapia prometía. El conjunto de documentos aparece frecuentemente en vías de ser procesado, copiado y salvaguardado por un archivista o historiador interno a la ficción, que a su vez está empeñado en la producción de un manuscrito que puede o no ser explícitamente el de la novela que leemos, pero que también pudiera ser sus prolegómenos o pretexto. Aunque hay ficciones del archivo precursoras o embriónicas, como el relato de Bor ges "Tlón, Uqbar, Orbis Tertius", la primera ficción del archivo en un sentido pleno fue Los pasos perdidos (1953), y la arquetípica Cien años de soledad(1967). Con todo el respeto y reconocimiento merecidos a Foucault, Derriday Bachtine, pienso que derivo de esas novelas mi teoría. Otras ficciones del archivo son Crónica de una muerte anunciada, Aura, Terra Nostra, Yo el Supremo, El arpa y la sombra, Noticias de imperio, La casa de los espíritus, El mar de las lentejas, y La noche oscura del Niño A vilés. Hay, además, otras novelas latinoamericanas destacadas que comparten rasgos importantes con las anteriores:

Tres tristes tigres, El libro de Manuel. y Los perros del paraíso. En breve, las ficciones del archivo son novelas sobre los orígenes del discurso narrativo latinoamericano (tanto novelístico como histórico), que también se remontan al origen mismo de la novela como género.

Las ficciones del archivo recuerdan (en el sentido arcaico de "despertar" también) el origen jurídico de la narrativa para cuestionar la legitimidad de los lazos entre el poder y el conocimiento, o, mejor dicho la entronización del conocimiento mediante la leguleya actividad de la escritura. Este proceso de análisis hace evidente la naturaleza arbitraria y violenta del acceso al poder, y el vínculo de la escritura con la prisión y el castigo en general. El poder no es conocimiento; en última instancia no es ni siquiera discursivo. En su más recóndito recinto el archivo no custodia secreto alguno, la violencia de la inscripción carece de voz. Esta se reviste de autoridad en el garbo militar de sus representantes más visibles—generales, comendadores, capitanes, dictadores, comandantes—. La narrativa, novelística o histórica, a menudo revela (es decir, muestra y oculta: revela, vuelve a velar) la violencia con el subargumento de fuga mencionado antes, como en la picaresca, o, más próximo a nuestros días, en Biografía de un cimarrón, de Miguel Barnet, o El mundo alucinante, de Reynaldo Arenas.

Las ficciones del archivo también tratan de la acumulación de conocimiento, y la composición de ese conocimiento como concepto de cultura que concede derecho y poder políticos. Como depósitos de conocimientos e información, las ficciones del archivo son acumulaciones atávicas de lo dado, de la tradición en el sentido más fuerte y cabalístico de la palabra. Por eso son casi siempre históricas y se constituyen como una compleja red intertextual que absorbe las crónicas de la conquista, otras ficciones, documentos y personajes históricos, canciones, poemas, informes científicos, figuras literarias, y mitos—una amalgama de textos que tienen significado cultural. Pero el archivo, como resulta evidente en El arpa y la sombra, de Carpentier, también se constituye en base a la pérdida y a la negación, no solamente al acopio, representadas frecuentemente por la vejez o la muerte. En El arpa y la sombra se sugiere que los huesos de Colón, como los documentos que componen su corpus literario y legal, serán diseminados y confundidos con los de otros, que no configurarán, en fin, un cuerpo, una reliquia. Las ficciones del archivo son también criptas, mausoleos, como el Escorial en Terra Nostra, símbolo del libro mismo que leemos, depósitos monumentales de reliquias y documentos ya carentes de vigencia y sentido. Si el secreto del archivo es que no guarda secreto alguno, a no ser esta dialéctica de acumulación y pérdida, este secreto se devela mediante un desfile de personajes y tópicos que configuran la tipología del discurso novelístico latinoamericano actual.

El general en su laberinto exhibe una serie de rasgos que bien pudieran marcar un nuevo tipo de novelística histórica latinoamericana, específicamente un nuevo giro en las ficciones del archivo. Los cambios más aparentes son que la novela ya no está ubicada en el periodo colonial, y que el protagonista es una figura fundacional de la independencia americana. La novela contiene otras innovaciones, si bien más sutiles, no menos significativas, aunque su afinidad con previas ficciones del archivo es palmaria, hasta en el timbre borgeano de su título. En la novela Bolívar carga con sus archivos personales en su viaje de regreso a Venezuela. El Libertador aparece, además, decrépito y próximo a la muerte, y se le concede gran significación a su frenética actividad como escritor de cartas. Las diez mil que se dice ha escrito no sólo desempeñan un papel prominente en la novela, sino que en una especie de epílogo, García Márquez dice haber pasado dos largos años sumido en "las arenas movedizas de una documentación torrencial, contradictoria y muchas veces incierta" (pág. 270). Al centrarse en Bolívar García Márquez ha intentado penetrar hasta el centro del archivo, hasta el remoto recodo donde se aloja el secreto de secretos, el arcano de la voz y la escritura (con)fundidos en una plenitud que destila poder, principios y verdad. Bolívar no es sólo el héroe supremo de la independencia, el Libertador, sino además el redactor de constituciones, el engendrador del texto de fundación, del estatuto legitimador, la figura que encarna la hipóstasis de poder y escritura. La más famosa de esas constituciones es la que escribió para Bolivia, país que lleva como en una especie de pleonasmo o tal vez sublime prosopopeya, nada menos que su propio nombre. Como sabemos, Bolívar influyó o colaboró en la redacción de muchas otras constituciones, así como de incontables proclamas que tenían la misma intención fundadora. Bolívar es, por si poco fuera todo esto, autor de la más famosa carta en la historia de América Latina, la llamada "Carta Profética de Jamaica", de septiembre 6, de 1815. (Esta es una de varias cartas famosas en la historia latinoamericana, desde la de Colón a Luis de Santángel, las de Cortés a Carlos V, la de Aguirre a Felipe II, y la de Martí a Manuel Mercado, escrita el día antes de su muerte). La Carta de Jamaica ofrecía un boceto del proyecto político de Bolívar, notablemente su anhelo de fundar, en la Gran Colombia, un enorme país, o al menos, una especie de liga de naciones latinoamericanas, con una supracapital cuya sede seria Panamá.

García Márquez se ha atrevido, si no a vulnerar, por lo menos a desacralizar uno de los ídolos de la retórica patriótica latinoamericana. La narrativa hispanoamericana ha presentado con no poca frecuencia figuras históricas, como el Dr. Francia, la Emperadora Carlota, Juan Manuel Rosas, y toda una galería de dictadores, para no hablar de descubridores y conquistadores desde Colón hasta Lope de Aguirre. Pero no recuerdo ninguna novela que se ocupara directamente y con tanto desenfado de uno de los ídolos intocables del panteón latinoamericano: Benito Juárez, José Martí, Simón Bolívar, San Martín... García Márquez no ha dejado de pagar por tamaño atrevimiento, provocando la ira de bolivarianos en todo el Continente, que han escrito airadas cartas denunciando los errores históricos de la novela, y desacatos como el de presentar al Libertador valiéndose de un lenguaje grosero de grueso calibre. García Márquez, por su parte, asevera haber. presentado a un Bolívar más verídico, más cercano a sus auténticas raíces caribeñas, sin excluir sus rasgos negroides, que habían sido eliminados progresivamente de bustos, medallas, y sellos, donde figura con el afilado perfil aguileño de un senador romano. No cabe duda de que García Márquez ha cometido una profanación. Pero el desafío de El general en su laberinto no es tanto a la retórica patriotera, o a la iconografía oficial, sino a la narrativa histórica latinoamericana, inclusive a la suya propia.

Como ya he sugerido, una de las diferencias más significativas entre El general en su laberinto y otras ficciones del archivo es la magnitud y calidad de su héroe protagonista. Colón y Aguirre son figuras de fundación, pero su gloria ha sido enturbiada por la controversia. Así, por ejemplo, parte de El arpa y la sombra es un juicio, donde se debate y deniega la canonización del Descubridor, tanto por haber traído la esclavitud al Nuevo Mundo, como por su vida un tanto licenciosa. En Daimón, el demencial Aguirre hace el primer esfuerzo por crear un estado independiente en América, pero su predilección por la violencia, a veces ejercida contra sus propios adeptos, y hasta contra su propia hija, lo marcan como un héroe en extremo problemático. En Noticias del imperio Carlota aparece como una anciana senil y lunática. Lo mismo puede decirse del Dr. Francia en Yo el supremo. No importa cuánto podamos admirar hoy su postura antimpenalista, el estricto control que Francia ejerció sobre el Paraguay, y su irascibilidad paranoide lindaban con la demencia, algo que Roa Bastos manipula con gran pericia. Poco habría que decir sobre los más evidentemente criminales dictadores que han dejado su estampa, a veces clara, otras borrosa, en El otoño del patriarca, El recurso del método, y otras novelas latinoamericanas de dictador, todas herederas de Facundo, que ya era de por sí el retrato de una figura más bien controvertida, si bien indiscutiblemente inaugural. Quiroga comparte con otras figuras mencionadas una inclinación a la violencia y un voluntarismo desmedido. Tal vez la figura arquetípica entre todas estas y, con el Colón de Carpentier la más próxima al Bolívar de García Márquez, sea el Felipe II de Terra Nostra, otro arrebatado redactor de leyes y cartas. Pero su cerrado dogmatismo religioso, su despiadada persecusión de todo sospechoso de heterodoxia o "dudoso" linaje, no le permiten, ni con mucho, ser héroe en la tradición latinoamericana. El nicho de Felipe en el Archivo está ensombrecido por su aura de demencia mística, y su necrofilia. Bolívar, por otra parte, es un héroe moderno, exento de aspiraciones fanáticas de trascendencia, y sin propensión a la violencia indiscriminada. Su nicho en el Archivo podría revelar el secreto racional de lo que sea que vincula el poder con la ley, la ley de leyes, el discurso del método. Curiosamente, en la Carta de Jamaica, Bolívar se refiere a sus proyectos utilizando un oxímoron:   "Me atrevo aventurar algunas conjeturas que desde luego caracterizo de arbitrarias, dictadas por un deseo racional, y no por un raciocinio probable". "Deseo racional" es una combinación que augura más el recurso que el discurso del método.

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1 El presente trabajo resume ideas que desarrollo más ampliamente en mi libro de próxima aparición, Myth and Archive: A Theory of Latin American Narrative (Cambridge: Cambridge University Press, 1990). (regresar1)