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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
24-25, Volumen XXVII, 1990
"Fraude
tropical"
Gonzalo Ariza
Ana María E.Callón, Eduardo
Carranza, Germán Arciniegas,
Lionel Landry, Susana de Ariza, Hernando Téllez, Enrique
Caballero (textos); Oscar Montalve (reproducciones fotográficas)
Villegas Editores, Bogotá, 1989, 239 págs.
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Gonzalo Ariza es el
título original del libro publicado por Benjamín Villegas. Nuevamente se trata de una
reunión de textos que hablan del trabajo del artista. Dos artículos de Ana María
Escallón: el primero, "El biógrafo de la naturaleza", donde se retrata la
presencia del pintor, sus influencias fundamentales, sus tendencias pictóricas. Y el
último artículo del libro, una entrevista con pocos compromisos. Es una charla lejana,
en la cual las cosas salen sin grandes esfuerzos. "Glosa de reiteración", de
Eduardo Carranza, parte de esa versión contundente que el poeta tenía sobre la
obra de Ariza. "El extraño
caso de Gonzalo Ariza", de Germán Arciniegas, un texto cargado de debates en el que
le toca al lector sacar sus propias conclusiones. De Hernando Téllez, "El arte de
Ariza", "Nieblas de Ariza", de Enrique Caballero, y "Gonzalo
Ariza" por Lionel Landry. Pero las cosas no acaban ahí. Aparece un desliz, el texto
de su esposa, texto poco profesional que parece más un homenaje a los caprichos que un
trabajo. Explicar la presencia de un pintor cuyo oficio es pintar lo que tuvo vigencia en
el siglo pasado es difícil. Todo cabe dentro del arte. Ya la modernidad circula en todas
las esferas y su visión tradicionalista busca una identidad; ya no mira los valores de
vanguardia sino que guarda una sensación de continuidad.
Otro de los
aspectos que parecen tener importancia en el texto es la negación de la teoría, aceptada
durante mucho tiempo por sus promotores, de una influencia decidida y marcada del arte
japonés en la pintura de Ariza. Existe un comienzo donde se señala la posibilidad de que
los paisajes estén en algo intuidos bajo la sensibilidad nipona. Pero eso viene a ser,
según plantea el libro, una presencia tenue. La influencia del Japón en Ariza está
relacionad a más con una conducta filosófica que le permite mantener férreamente sus
principios y creencias. En cl campo pictórico la referencia alude a su inicial
preocupación por la Expedición Botánica, con la visión académica de Pizano, Ricardo
Borrero, Zamora, Páramo; la preocupación por las tendencias paisajistas que tuvieron eco
en el siglo pasado (żdiría Eduardo Serrano que es el último valuarte de "la
Escuela de la Sabana"?) Y eso parece ser una realidad, porque una de las
preocupaciones de un artista que resulta anacrónico tiene que ver con su búsqueda por
hallar en algo ese perdido sentido de la identidad. Por eso Ariza recorre determinadas
zonas del país. Por eso busca en cada una de ellas una específica relación, no sólo
con la vegetación sino con el ambiente, con el clima. En otras palabras, y se nota bien
en los cuadros bellamente reproducidos pero
mal elegidos, una conducta regional que se
relaciona con la naturaleza misma. Se nota esa historia lejana y auténtica de zonas del
silencio como lo son sus páramos, los frailejones. Son zonas austeras que forman parte de
una idea donde se cuela un viento frío. Ariza se preocupa por zonas que relatan un origen
lejano, donde los códigos son una presencia sorda.
Otra de las comarcas de
especial importancia en la obra de Gonzalo Ariza es la sabana, y en este mundo de amplias
zonas la visión pictórica de Ariza cambia. Parece que se le amplía el horizonte y que
dentro de él se arman una serie de líneas verticales que dan una visión armónica del
conjunto. El libro se detiene con especial cuidado en esa región. Seguramente Ariza se
identifica más con ella, es parte de su comportamiento.
Las "Nubo
selvas" (término con el que el maestro Carranza describe la bruma forestal en Ariza)
presenta varias connotaciones. Esas que le permiten hablar de diversas veladuras, de
diversos niveles atmosféricos, que tienen otro relato y otra preocupación pictórica.
También
está la zona cafetera, la tierra caliente donde se pierde esa posibilidad de encontrar
una manera de decir las cosas. El libro, inexplicablemente, dedica dos grandes páginas a
uno de sus peores cuadros:
Cafetal, un político de 1958. Pero también están las versiones cálidas
de unos cafetales con una carga más penetrante en el manejo del color. Pareciera tratarse
de otra conducta, que el clima cálido entrara a jugar un lugar especial en las formas, y
que acá ese mundo y esos horizontes amplios se cerraran en una reflexión más
"primitiva".
Termina el
libro con una bibliografía sobre el pintor y una cronología que registra los principales
acontecimientos de su vida artística.
Este hombre nacido
en 1912 recorre gran parte del siglo más violento de este país. Y pinta en 1989 un óleo
titulado El chorro de Padilla, donde las cristalinas aguas de una quebrada envuelta
en flores salpican la memoria de quien habitó la Santafé del siglo XIX y, al ver hoy la
cloaca que
corre el
mismo curso, entiende la delicadeza en los paisajes de Ariza.
Sin ser político se
puede decir que Ariza es un hombre "obnubilado" por una filosofía que jamás
entendió. La relación de calma entre la visión del paisaje y la realidad cotidiana en
el japonés son una cultura que queda impresa en un estilo pictórico. Tomar la técnica y
adecuarla a nuestro medio no es parte de un acercamiento a esa filosofía, como pretende
explicarlo el libro (pecando de modesto el artista). Simplemente existe la apropiación
técnica de un estilo ya inventado.
JORGE QUINTANA
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