Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

Curioso, interesante, valioso


Teatro colombiano. Siglo XIX
Carlos Nicolds Hernández (comp.)
Tres Culturas Editores, Bogotá, 1989,
463 págs.

Una paradoja titula el presente comentario: en un país tan contradictorio como Colombia, lo viejo constituye novedad, descubrimiento, más aún si es propio del país. Hemos ignorado tanto el pasado que, cuando aparece, nos sorprende, nos cuesta trabajo reconocerlo. Nuestras gentes y costumbres, ignoradas ante la invasión irrefrenable de lo extranjero, en el teatro, en el cine, en la televisión, parecen ser ahora hallazgos verdaderamente vírgenes, inexplorados, tan olvidadas han permanecido nuestras ocultas y variadas tradiciones. Revalorizar esas antigüedades se presenta entonces como lo más moderno, lo más osado, lo más original; lo extranjero, realmente, ya no tiene mayor gracia virginal; lo autóctono, al contrario, es sorprendente, novedoso, quizás hasta moderno, porque se halla tan raramente que ni siquiera lo es en un dudoso "folclor" espectacular y telenovelesco, decididamente más populachero y comercial que realmente popular y estético.

Es así cómo, en el teatro, aún se oye a renombrados directores escénicos decir que en Colombia no existe tradición dramática, si no ha sido la de unos treinta años para acá, estimulando, en esta forma, la invasión casi absoluta de lo foráneo, que todavía no nos deja saber quiénes somos. Según ellos, antes no habla pasado nada, o, si había pasado, era tan insignificante que ni siquiera valía la pena tenerlo en cuenta: se trataba, en el mejor de los casos, de curiosidades simpáticas pero completamente irrelevantes en el mundo moderno; quien se atreve a hablar de tradición dramática es nuestro país, entonces, pasa por patriotero y provinciano.

La injusticia de tales criterios se hace evidente al tener en las manos una edición de obras teatrales colombianas como la que nos ocupa. Con estas publicaciones las gentes de teatro que tengan alguna seriedad y respeto por su propio país son las que deberán ruborizarse de negar la tradición dramática colombiana, por pobre que parezca; otra cosa es desconocerla o que se considere que carece de verdadero valor; pero que la hay, la hay, como las brujas.

Tres Culturas Editores, en efecto, después de haber publicado ya dos interesantes antologías de teatro colombiano contemporáneo para actores y para títeres, nos ofrece ahora una selección de obras que tiene gran interés, precisamente porque constituye el rescate de un pasado prácticamente desconocido y que sigue sorprendiéndonos: nueve piezas del siglo XIX, algunas de las cuales, para el autor de estas líneas, parecían, si no irremediablemente perdidas, sí, al menos, hallarse en lugares perfectamente inaccesibles, acumulando el polvo de los siglos y de la indiferencia. De manera que este volumen, pulcramente editado, aunque, lamentablemente, con algunas graves fallas de edición, se presenta como una indispensable fuente de deleites que por fin pone a disposición de aficionados, profesionales y estudiosos, una selección de teatro nacional que podemos calificar de curioso, interesante y aun a veces valioso, por lo insólito. Es posible, incluso, que algunas de estas obras sean recuperables en los escenarios de la actualidad, además de que, naturalmente, contribuyan a que la "literatura" dramática vaya recuperando, poco a poco, el puesto que de pronto se merece al lado de géneros más conocidos o apreciados en nuestro país, como lo han sido la poesía, la novela o el cuento.

Entre las obras editadas hay unas verdaderamente rarísimas, como es El espíritu del siglo de José María Vergara y Vergara, una joya que, en Colombia y en el mundo, antecede valientemente las técnicas teatrales más modernas, como el famoso "distanciamiento" brechtiano o el teatro del absurdo de mediados de nuestro siglo. Yo me complazco en llamar esta fábula teatral "Adán y Eva en el limbo", no sólo para tratar de expresar su carácter insólito y descabellado, sino para no confundirla con su homónima de José Manuel Lleras, tan distinta, también aquí editada. Aunque es posible que una vez puesta en escena esta obra de Vergara y Vergara manifieste ciertos defectos de construcción, particularmente al final, constituye una atrevida crítica de los estereotipos religiosos y sociales, imperantes tanto entonces como hoy. La pieza se escribió precisamente por los años en que el dictador Mosquera desterraba a los jesuitas y a su propio hermano el arzobispo, en que la sociedad sometía a dura crítica todos los privilegios eclesiásticos, tan inapropiados en un país como Colombia, que difícilmente trataba de acceder a la democracia. Por ello esta simpática pieza, que no tiene la intención de herir sino de hacer reír a inteligentes carcajadas, sigue siendo quizá la única que logra develar, en forma expresionista, el sentimiento, casi inconsciente, de los liberales radicales, a pesar de que, según entiendo, Vergara y Vergara era conservador; paradoja ésta que, como vemos, ya refleja entonces, como reflejaría ahora, la contradicción de conservadores que son más liberales que los que así se llaman a sí mismos, Vergara y Vergara fue también fervoroso católico, pero su obra demuestra que una cosa es la auténtica fe y otra los estereotipos puramente formales. Su actitud burlona hacia el teatro de la época, por lo demás, manifiesta también un espíritu crítico que sorprende todavía, y reconforta, en un país como Colombia: Vergara y Vergara no es un feligrés sumiso y conformista de ningún credo, ni eclesiástico ni teatral; culmina creando una especie de "antiteatro" auténticamente demoledor, literalmente iconoclasta, deliberadamente paradójico e incoherente, sorprendente en cualquier parte del mundo en ese entonces, pero, muy particularmente, en este país aparentemente tan sumiso.

Otra curiosa pieza, por la cual el autor de estas líneas se había interesado mucho al conocer sólo el excelente fragmento de un monólogo, es El médico pedante, del autor cartagenero José Manuel Royo, contemporáneo de nuestro mucho más conocido Luis Vargas Tejada, cuya obra Las convulsiones también se reedita aquí una vez más. Royo escribió, como su compatriota, comedias y tragedias. Indudablemente, El médico pedante comprueba todavía la influencia de la comedia del arte, de Moliere y de todos los clásicos franceses en nuestro teatro después de la fuerte influencia española en la colonia; es el documento que comprueba, también, que en este país era y sigue siendo muy difícil ser original y que Colombia nunca ha perdido el contacto con el teatro universal, aunque siempre, desgraciadamente, termina imitando servilmente lo que nos llega de las potencias que por turnos nos dominan. La obra decepciona, también, por su trama, excesivamente simple, sin mayores complicaciones u originalidad argumental; su valor radica, entonces, en el diálogo y los monólogos del médico pedante; quizás pretenda ser, incluso, el reflejo de ciertos estereotipos sociales de Cartagena; pretende tal vez ser un retrato de costumbres antes del costumbrismo, como en Vargas Tejada, pero su valor, si tal es el caso realmente, se disminuye ante la simpleza del argumento y la repetición del mismo chiste: el médico pedante no logra enamorar a la dama de sus sueños con sus incomprensibles discursos de galeno especializado, muy cómicos, por cierto, pero repetidos hasta el cansancio. La "moraleja", que no podía faltar en este género de teatro, consistiría en que quienes no son auténticos viven engañados, son incapaces de alcanzar sus objetivos más acariciados; los esnobistas terminan siendo no trágicos, sino ridículos, incapaces de protagonizar siquiera su propia vida, lo que, evidentemente, es muy cierto.

Sorprende favorablemente la pieza Secundino, el zapatero, del primer autor de raza negra que tuvimos en nuestro país, el momposino Candelario Obeso, de vida trágicamente terminada en suicidio. Como se le conoce más por su poesía costumbrista, en la cual, por primera vez, se atreve a transcribir el pintoresco lenguaje autóctono de los campesinos, bogas y pescadores del Magdalena medio, uno esperaría hallar una pieza de tipo folclórico sobre las costumbres de los negros. Pero no ocurre así, primera agradable sorpresa; la obra tiene decididas ambiciones cosmopolitas, de gran teatro, aunque sigue siendo, claro está, muy raizal. Constituye así una crítica bastante amarga de la superficialidad de nuestras clases políticas dirigentes en el siglo XIX —tema, pues, que sigue siendo actual—, una sátira a la importancia que la "alta" sociedad concede a la conservación de las apariencias, aun a costa de su irremediable deformación espiritual y de su ruina material. Este tema, incidentalmente, también fue muy bien abordado por otro notable dramaturgo colombiano del período, que permanece aún casi desconocido, Angel Cuervo, quien, precisamente, no aparece en la presente antología. Es necesario decir aquí que el movimiento llamado costumbrista, que en ese entonces se interesaba sobre todo en la crítica social, se había hecho muy vigoroso desde el advenimiento de la tertulia de El Mosaico, la cual conformó una escuela literaria que luchaba, precisamente, contra el predominio de una estética extranjerizante en detrimento de la auténtica creación. Hasta hace poco generalmente se creía que el costumbrismo se limitaba a los géneros de la novela y el cuento, quizás también, en ciertos casos como el del propio Obeso, a la poesía; pero ahora, conociendo ya las obras de este autor, de Samper, de Cuervo y otros, está comprobado que el costumbrismo no estuvo en absoluto ausente de los escenarios de la época.

La lucha de los dramaturgos, como vemos, se realizaba entonces ya desde esos tiempos y sigue haciéndose hoy en día: su objetivo podría quizá resumirse, como en la pieza de Obeso que tratamos, en la búsqueda de la autenticidad, de la verdad de nosotros mismos. Obeso, en efecto, nos presenta en su pieza el argumento de un zapatero empeñado en adquirir posición social entre los políticos, no queriendo admitir realmente quién es, avergonzándose de su propio ser, de su sencilla posición de zapatero.

Hermosa es la piececilla El culto de los recuerdos de Ricardo Silva, padre del mucho más célebre poeta José Asunción Silva. Esta obra corta, que en cierto modo podría calificarse de la. primera verdaderamente romántica de que haya noticia hasta ahora entre nosotros, hace pensar, sin embargo, en las técnicas realistas psicológicas del teatro, según se desarrolló en Europa con autores como Chéjov, Strindberg o Ibsen. Aunque es evidentemente sentimental, constituye un estudio de las emociones; nunca llega al melodrama, porque es verdadera y sencilla; no es en absoluto tremendista, como sí lo era el teatro contemporáneo de los sentimientos; es cierta y sigue conmoviéndonos en su gran sencillez. Ricardo Silva nos muestra, en forma realmente deliciosa, hasta dónde puede la imaginación deformar la realidad, por medio del común argumento de un joven platónicamente enamorado de la imagen de una muchacha de su adolescencia, a quien es incapaz de reconocer, ya adulta, cuando vuelve a presentársele en carne y hueso ante los ojos; el objeto de su pasión era, pues, su propia imaginación. El lector espera un desenlace feliz en el reconocimiento, pero éste, sintomáticamente, no ocurre; el autor es perfectamente coherente en el tratamiento de su personaje idealista: hermoso y sencillo tema, muy humano, que sin duda sigue vigente, aunque no, quizá, con la fuerza del romanticismo inicial. El propio Ionesco, en una de sus obras contemporáneas, nos presenta una situación algo semejante en aquel marido y aquella mujer que, a pesar de convivir, no se reconocen.

Pero, naturalmente, también se hallan en esta antología algunas piezas que hoy en día tendrían tal vez un interés exclusivamente documental. Tal es el caso, a mi modo de ver, de Los sobrinos de Tadeo o la española de Francisco de Paula Cortés, drama que se desarrolla en Cartagena en la época de la Independencia y que quizá fue tomado de la historia de esa ciudad. Esta obra, en efecto, es el documento que muestra todos los estereotipos teatrales más socorridos de la época, pues incluye "trucos" tan duramente satirizados por Vergara y Vergara como la infaltable tambora que subrayaba los momentos más melodramáticos, la muerte impresionante de un personaje a manos de su propio hermano, una escenografía deslumbrante que debía ser realizada por medio de espectaculares telones, enredos de la trama ocasionados por otro personaje con identidad falsa, los "malos" y los "buenos" del paseo divididos en dos bandos decididamente opuestos, incluso el pavoroso incendio que ocurre en el propio escenario. Es una obra, sin duda, que seguía lo más de cerca posible los patrones de las compañías comerciales españolas e italianas de ópera que por esos tiempos hacían las delicias del ingenuo público del teatro Maldonado, piezas en las cuales la trama —lo más complicada posible— era lo esencial, sin importar lo descabellado de la caracterización para someterla a un forzado argumento. La obra tiene interés, claro está, precisamente por esos aspectos negativos, porque hace resaltar los méritos de quienes no escribían así, de quienes no se dejaban deslumbrar por el ruidoso y monumental estilo en boga.

Las tres piezas restantes de la antología, que son Un alcalde a la antigua y dos primos a la moderna de José María Samper, ya editada varias veces y puesta en escena no hace mucho por Carlos José Reyes, La disparidad de cultos de José Manuel Marroquín y El espíritu del siglo de José Manuel Lleras, son ya expresiones mucho más típicas de las formas que asumió el llamado costumbrismo en la segunda mitad del siglo, muy distintas de las de la precedente. Aunque Un alcalde... sigue expresando aún con mucho vigor la sátira a una sociedad pacata y provinciana, habría valido la pena, en mi opinión, editar alguna otra obra menos conocida de este autor, como Un día de pagos; El hijo del pueblo; Dios corrige, no mata o Percances de un empleo. En cuanto a las obras de Marroquin y de Lleras, pertenecen ya decididamente al costumbrismo de las haciendas sabaneras, mucho menos crítico y concreto, no tan ligado a la tierra, si se quiere. Este tipo de costumbrismo, en efecto, deja dezaherir a la sociedad, es teatro familiar; mucho más elitista, no está destinado a los teatros, sino a los salones; lo que, naturalmente, no demerita de por sí el género, pues ya se sabe que Moliere se perfeccionó en los salones del rey y que también en ellos nació el género teatral japonés denominado No.

Como quizás no existe una edición perfecta, señalemos ahora algunos defectos de la que nos ocupa, los cuales, desgraciadamente, demeritan mucho la calidad del libro. No hay, por ejemplo, una correspondencia exacta entre el índice y el número de la página en que figuran las obras, descuido indudable del corrector de pruebas, pero también del editor y del recopilador; hay errores graves de imprenta, que a veces son horrores, como cuando se edita un diálogo cual si fuera una acotación, en la pieza Los sobrinos de Tadeo (pág. 379); hay un exceso de faltas de ortografía, simplemente escolares, que resultan muy molestas (mal uso de las mayúsculas y las minúsculas; falta de acento en adverbios como mas; acentos donde no debe haberlos; falta de signos de apertura de interrogación y de exclamación; palabras mal escritas, como zoquete con s, etc., etc.). Todos estos errores, además de ser muy mal ejemplo en un libro, son decididamente lamentables, porque revelan no sólo una precipitación y falta de interés del editor, sino un irrespeto al lector, quien está convencido de adquirir calidad.

A la edición, igualmente, le hace falta un estudio mucho más detallado y actualizado del momento histórico en que se escribieron las obras que componen la antología. La información en este aspecto, en efecto, es sumamente escasa: no nos enteramos para nada de las circunstancias en que trabajaron los dramaturgos colombianos del siglo XIX, muy precarias, por lo demás; los datos biográficos son excesivamente parcos, en su mayoría están desactualizados, porque corresponden a notas hechas el siglo pasado; tampoco localizan las piezas dentro del contexto de la producción total del autor ni de la paralela producción nacional. Después de transcurrido un siglo, es indispensable hacer una valoración contemporánea.

Es de lamentar, igualmente, la falta de por lo menos dos autores más para tener una panorámica apropiada del casi desconocido teatro del siglo XIX colombiano: se necesita la presencia de Constancio Franco (autor acaso el más prolífico de la época) y de Angel Cuervo, aunque las obras de este último autor, afortunadamente, esperan pronta edición del Instituto Caro y Cuervo.

Pero tal vez lo que acabamos de decir nos presenta como demasiado pedigüeños para una edición que es, sin duda, muy original, y es, de todos modos, extraordinaria y estimulante. Ella nos ofrece, al fin, una visión de conjunto que hasta ahora nunca habíamos podido tener; estábamos necesitándola para gozar este teatro grandemente ignorado, para valorarlo y apreciarlo. Este volumen, por todo ello, sigue siendo, a pesar de sus defectos, un bienvenido aporte al conocimiento de nuestra sorprendente literatura dramática. Son, pues, dignos de los mayores elogios, de todas las felicitaciones y de nuestro decidido apoyo editorial, tanto el recopilador de las obras, Carlos Nicolás Hernández, como quienes valientemente aceptaron publicar estas obras tan raras, Tres Culturas Editores, que enriquece de este modo un patrimonio cultural importante.

 

FERNANDO GONZÁLEZ CAJIAO