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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
24-25, Volumen XXVII, 1990
Ni bueno ni malo
sino todo lo contrario
Entre dos mundos
Juan Zapata Olivella
Editorial Plaza y Janés, Bogotá, 204 págs.
Entre las
novelas que he leído nunca había tenido la oportunidad de observar una con más
epígrafes y acotaciones como ésta, titulada Entre dos mundos, por Juan Zapata
Olivella.
Como no es nada común
esta particularidad dentro de la historia de la literatura, y como nada dentro de lo que
conforma una novela es gratuito, debemos detener nuestra atención de lector en este punto
para tratar de desentrañar lo que su autor quiso expresar de esta manera tan sui
géneris.
La novela está dividida
en dos grandes partes. La primera se llama La Infranovela, mientras la segunda es llamada
La Supranovela. Y aunque los nombres de las divisiones del libro no son propiamente ni
epígrafes ni acotaciones, éstos, en el caso de
Entre dos mundos, cumplen este papel, puesto que lo
que está por debajo o por encima de la novela, como lo sugieren los prefijos infra y
supra, no es ningún acontecimiento, ni objeto, ni persona que se encuentre en las partes
mencionadas, como tampoco algo que simbolice determinada condición vital desarrollada
dentro de cada parte. Tampoco se ve una relación inmediata con el nombre del libro, ya
que éste pretende hacer referencia directa al mundo del desarrollo (Estados Unidos) y al
del subdesarrollo representado en un pueblito llamado Calandria.
Lo cierto es que en la
parte titulada La Infranovela se desenvuelven la vida de Germán Gallardo en la provincia,
y en La Supranovela su experiencia en la gran ciudad. Es decir, aquello que está por
debajo de la novela es tercermundista y lo que está por encima es de primer orden. De
esta extraña manera, Entre dos mundos seria algo entre el desarrollo y el
subdesarrollo, algo entre la infra-novela y la supranovela. Ese algo vendría a ser lo que
nos narra acerca de Germán Gallardo, aquel joven provincial que conquista el éxito y la
fama en el exterior, a tal punto que es escogido para operar al Santo Padre, víctima de
un atentado terrorista (cualquier semejanza con personajes de la vida real no es pura
casualidad), después de lo cual el amor por su provincia y el recuerdo de su platónico
primer amor lo hacen regresar para entregarse al servicio de su comunidad.
Esta historia narrada
vergonzosamente al estilo de Cien años de soledad desde su primer párrafo, en
donde lamentablemente se pretende imitar la dimensión que del manejo del tiempo logra
García Márquez desde el comienzo hasta el final de su libro (no como en este caso, donde
se usa descaradamente a manera de gancho: "Esa noche apacible, concluida su magistral
conferencia sobre embriología cerebral, Germán Gallardo haría memoria de la
calenturienta mañana de junio en que se introdujera a escondidas en el anfiteatro del
hospital regional"), no cuestiona para nada los problemas que existen entre los
países desarrollados y los subdesarrollados. Tampoco da pie esta historia tan simple como
para poner jactanciosamente en la cuerda floja las ideas que se tienen acerca de la
novela, titulando las dos partes del libro como ya se ha dicho. Y menos aún cuando se
plagia una novela mundialmente reconocida como es Cien años de soledad. Porque
este plagio no solo se nota en el primer párrafo, sino en la conformación de los
personajes, la descripción de los pueblos y ciudades, la vinculación entre ciencia y
magia, etc.
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Retomando el hilo del
comienzo, son dos epígrafes acerca de lo que debe ser la novela y donde el nombre del
autor de estos pensamientos ha sido callado irrespetuosamente por Zapata. Tres acotaciones
históricas y tres criterios contemporáneos sin mención de la fuente de donde han sido
tomados. Finalmente hay cuatro acotaciones más de personajes muy conocidos.
Los epígrafes parecen
formar parte de algún libro de teoría literaria; en
uno se habla de la importancia del mito en la
novela, en el otro se relaciona generosamente la novela con la historia de los pueblos. El
epígrafe normalmente da una idea de lo que se leerá a continuación. También establece
vínculos entre el escritor que hace la cita y otros que han enriquecido su mundo. Por
esto se menciona al autor de los epígrafes. En el caso de esta novela no ocurre lo mismo,
no sólo por irrespeto, sino porque los epígrafes realmente no tienen nada que ver con lo
que les sigue, ya que, siendo más bien lugares comunes dentro de las teorías de la
novela que apuntan a desentrañar lo que en esencia lo conforma, nos encontramos adelante
con una supuesta novela que no tiene nada de esencial. Estos epígrafes son como un
intento indigno e imperfecto de subsanar en teoría lo que en la práctica es un desastre
literario.
Las acotaciones
históricas nos dejan ver tres imágenes del Nuevo Mundo. En el descubrimiento, cuando era
un escape romántico hacia el exotismo (siglo XV), después cuando era un medio de
enriquecimiento de los países conquistadores (siglo XVII), luego la imagen del
subdesarrollo (siglo XX). Ninguna de estas ideas se trabaja seriamente en el libro.
¿Será para hacerlo ver más interesante?
En los criterios
contemporáneos se habla acerca de la raza desde el punto de vista del mundo desarrollado,
que determina a los pobladores del tercer mundo de acuerdo con el nivel de vida que
tengan. También se habla de que conviven en el subdesarrollo los frutos del progreso y lo
más primigenio de las civilizaciones. También de la resignación religiosa del
tercermundista. Estas ideas, que actualmente están en vías de extinción, ya que
obedecen a un sistema de pensamiento bipolar en el que la gente cada vez cree menos, no se
problematizan ni se desarrollan en el libro.
Un médico provincial que
alcanza fama y dinero en Estados Unidos, el país más desarrollado del mundo, y vuelve a
su pueblo natal es admirable, pero es tan admirable aquí como en Estados Unidos o en
España o en Francia o en Egipto. Pretender demostrar que los países subdesarrollados
pueden ser como los desarrollados porque
también sus miembros pueden llegar a tener fama y dinero, es vivir con la mentalidad del
subdesarrollo en el cerebro, es la mentalidad del que de hecho se siente inferior al otro
sólo por no tener lo que el otro tiene. Es medirse con la medida del otro, lo cual ya es
un error.
Las cuatro acotaciones
finales son de Simón Bolívar, Walt Whitman, Mark Twain y Martin Luther King. Bolívar
habla del fenómeno político que en su momento representó el país del norte; Whitman,
del impulso norteamericano; Twain, del sueño norteamericano, y King, de un país sin
racismo. En el libro realmente no se profundiza en estas imágenes, que son ya tan
convencionales, de los Estados Unidos. Los personajes del libro viven en Chicago y parece
que no hubieran salido de Calandria, Ibagué o Medellín, ya que no se presenta ninguno de
los problemas que un latinoamericano tiene en una gran ciudad estadounidense. Si ni
siquiera se sienten los conflictos propios de una gran ciudad, así sea Chicago o Buenos
Aires, mucho menos se observan características especialmente norteamericanas. Las cuatro
acotaciones ya referidas le evitan al autor del libro preguntarse por esto y se limita a
reconocer que Estados Unidos es un gran país, como lo dicen Bolívar, Whitman y Twain,
pero con un problema que empaña su gran virtud: el racismo, como lo manifiesta Martin
Luther King.
La incoherencia en todos
los niveles de este libro es tal, que Entre dos mundos adquiere un significado tan
ambiguo como cuando alguien dijo, acerca de algo, que no era ni bueno ni malo sino todo lo
contrario.
DIEGO CERÓN
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