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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
24-25, Volumen XXVII, 1990
Angustia existencial
Bruna de otoño
Germán Uribe
Editorial Oveja Negra, Bogotá, 1990,
167 págs.
Bruna de otoño es
la última novela del escritor pereirano Germán Uribe. Como se anuncia desde su título,
es protagonizada por Bruna, "la hija única de una respetable pareja caleña,
aristócrata, millonaria y divorciada" (pág. 11).
En esta historia de doce
capítulos narrada en primera persona, Bruna lleva al lector al interior de su vida
familiar y afectiva llena de conflictos.
En Europa, a donde suele
viajar todos los octubres, Bruna Kuppel vive una de sus habituales aventuras amorosas,
esta vez en París junto al cucuteff o Marcel, "un romántico estudiante de Bellas
Artes, solitario y pobre inquilino de una mísera buhardilla atiborrada de bocetos y
pinturas sin remedio inconclusas" (pág. 12). Así como él, otros han ocupado su
lugar. Es el caso de Philip y Franz. Philip, un ecuatoriano amigo de los padres de Bruna,
con apartamento en Londres, quien durante la tercera visita de la protagonista la inició
en las artes del sexo y del descubrimiento del viejo continente; labor que luego continuó
Franz hasta cuando le tocó el turno a Marcel, quien, a pesar de las advertencias de sus
amigos "lo que ella quiere es dejar en ti un enclave amoroso con sede en
París", vive una relación amorosa durante la novela, que termina en
separación. En una de sus reflexiones sobre su relación con ella señala:
"pero de nuestro destino
comun, me río: una noche de orgía vacía de cualquier contenido sentimental que pueda
fundir un amor inmortalizado como al que yo aspiro" (pág. 70).
La verdad es que Bruna se
encontraba alejada del amor. Ella misma, en una de las cartas que escribe a su padre, se
refiere a su naturaleza: a su sed de venganza, a su odio sin fondo, a su mala conciencia y
a la derrota que arrastraba por dentro y con la que quería dañar a todo el mundo.
Para Bruna Kuppel todo
comenzó cuando era niña. Cuando sus padres la convirtieron en un objeto negociable
durante el proceso legal de separación, cuando no era más que una intrusa tolerada en su
casa. Por eso ella le dice a su padre: "La dolorosa verdad es que todos estos
momentos que he vivido desde que llegué a París, y ahora en Londres, son tantos y tan
bellos que sólo se me dañan cuando me acuerdo de ti, de mi madre y de Cali, tres
látigos de diferente color de los que no me puedo burlar" (pág. 43).
Dentro de esta vida sin
amor hay otro episodio que marcó la existencia de Bruna. Entonces tenía 17 años y era
su primera salida sola a una fiesta
y
estaba en compañía de Chucho Perea, quien terminó por seducirla. Desde aquella noche,
dicho episodio ha sido más que un recuerdo: "lo cierto es que aún convivo con una
secuela de aquella noche: desde entonces para mí, así como le ocurre a mi madre, todo es
normal en esta vida" (pág. 41).
Si existen ciertos
momentos que hayan marcado la vida de esta mujer son estos dos. Experiencias que la llevan
a preguntarse entre otras cosas:
"¿A qué crees tú que se pueda atribuir mi
complacencia en dañar, y por añadidura en robar a los demás esa anulación implícita
de lo normal que me acompaña?" (pág. 41).
Tal vez por querer
olvidar su propia vida es que Bruna Kuppel llega cada año en otoño a Europa para vivir
lo que sus compañeros ya quieren olvidar: "una vida de perros hundida en el
estiércol del alcohol, las drogas y el sexo". Pero mientras dura la historia son
estas tres las coordenadas bajo las cuales se mueven los personajes, aunque reconozcan su
sinsentido: "Parece que todos quisieran acabar, dar por terminado ese nuevo y
estéril intento por alcanzar desde la droga y el sexo aunque fuera una molécula de
infinito, una partícula de inmortalidad, un átomo estelar..." (pág. 145).
Pero el ambiente
en que se mueven y su condición de extranjeros los llevan a relacionarse con una colonia
de forasteros formada por "Donna y Diter, ella celestina y vividora, refinada y rica;
él, vago, bastardo, músico y gigolo; Whitáker y Maggi, un par de meseros
desprejuiciados y a reventar de hermosos; Amin y María, una preciosa muestra de la altiva
raza azteca, cantadora noctámbula de rancheras redondas; Philip y Gray, una tontilona
enajenada por su trasero y cuyo alcoholismo galopante le hacía más llevadero su
ordinario papel de golfa" (pág. 64), y junto a ellos, como señala Bruna,
"Franz, Marcel y yo, los trotamundos de París, los invitados de honor, los chivos
expiatorios
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En medio de este ambiente
y del viaje de estos tres personajes a Londres, Bruna reflexiona sobre esta aventura, a
veces absurda: "renegué y me arrepentí de esta loca aventura, de venir a Europa, de
andar desprotegida en medio de dos audaces vividores, de estar expuesta a sus manoseos
físicos y metafísicos, y de ser tan bochornosamente débil frente a la tentación de los
grandes placeres" (pág. 29). Y mientras se cuenta la historia de estos amigos en
Londres, se intercalan dentro del texto las cartas que Bruna envía a su padre. Es
precisamente a través de esta correspondencia como el lector conoce la vida pasada de la
protagonista y la oye reflexionar sobre el destino, la vejez, etc. Por eso, si hay algo
que cambie el tono de esta novela de personajes extraviados, son estas cartas.
Bruna es tal vez
el único personaje que a lo largo de la novela experimenta cierta transformación. Así
es como, después de un momento crucial en donde sus acciones llevan a los personajes a
vivir una situación de inusitada tensión, cuando pretende sacrificar a la gata Gina de
su amigo Philip, la Bruna que siempre hablaba del placer que experimentaba en sus
aventuras amorosas y con su naturaleza manipuladora, le da paso a otra que en los últimos
capítulos se pregunta: "¿Para que seguir elaborando culpabilidades imaginarias,
arruinando con ello tu vida en un ejercicio tan inútil como agotador y vano? Suelto a
Gina, coloco el cuchillo sobre la mesita y enciendo la lámpara. Pero todos aquellos
gestos y acciones, todo lo hierático de mis emociones alrededor del sacrificio de la
gatica no era gratuito. Se originaba en el odio, en la necesidad de venganza, en el
refinamiento alcanzado para preparar golpes que me devolvieran el derecho a una conciencia
resignada, como la de los ateos, como la de los cristianos, como la de cualquier creyente
en lo que sea" (pág. 150).
Sus reflexiones al
finalizar el libro muestran a otra Bruna Kuppel que pretende llevar su vida por otro
camino: "he sido una tonta pensando que sólo conseguiría salvarme en este mundo
destruyéndome mientras destruía a los demás, y la verdad es que en este mundo no nos
salvamos sino con amor, con amor, con mucho amor" (pág. 154).
Después de tantos
viajes a Europa, Bruna reconoce que no puede seguir huyendo de su vida; por eso decide
regresar a Cali, de donde nunca debió salir: "a mi Cali, al implacable y lacerante
Auschwitz de los remordimientos ligeramente envuelta en una desafiante minifalda en busca
del tiempo que me tomaría el arrepentirme y obtener la serenidad y el reintegro a ese
absurdo mundo del que no debí haber salido nunca y menos con aquellos arrestos por
colonizar con mis principios depredadores de lo normal y civilizado a un universo que
todavía mantiene ciertos reductos morales para su supervivencia y que no quiere verse
contagiado más" (pág. 164).
Durante la lectura de las
167 páginas de Bruna de otoño no hay sosiego para el lector. Sólo al finalizar
el libro la protagonista encuentra un camino y recuerda a Marcel como uno de aquellos
compañeros de viaje que encontró su destino: "el más talentoso de mis amores
perdidos y el único ser de mi contorno existencial que sí supo elegirse y por lo tanto
merecer un destino feliz y preciso" (pág. 167).
En esta novela del mismo
autor de Vitola (1980), Literatura y política (1982), El ajusticiamiento
(1986), Detrás del silencio (apuntes y reflexiones) (1988), entre otras obras,
se manifiestan las preocupaciones de quien estudió filosofía y letras en la Sorbona y ha
sido siempre un gran admirador de Sartre. Así lo expresan las preguntas existenciales de
los personajes de esta historia y su actitud de cuestionamiento ante la vida.
PATRICIA RUAN
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