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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
24-25, Volumen XXVII, 1990
Historiadores amateurs
Sucesos del Magdalena en el siglo
XX
Jaime Viilareal Torres
y Jorge Díaz-Granados Villareal
Editorial Presencia, Bogotá, 1989, 363 págs.
En la segunda página de este libro y en
la esquina inferior de la misma, se
lee,
en letra pequeña, lo siguiente: "Guía Didáctica para la Juventud y parad Historiador del Futuro".
Estas once palabras podrían resumir el trabajo de Villareal y Díaz-Granados, sobre lo
que, a su juicio, constituyen los principales acontecimientos del departamento del
Magdalena en lo que va corrido del siglo XX. Y al hacer un rápido inventario de los
sucesos que han tenido lugar en esa parte del territorio colombiano, al igual que
registrar las personalidades que han nacido en su suelo, hay que reconocer, ciertamente,
que el departamento del Magdalena tiene una historia contemporánea muy singular y
valiosa.
Sucesos como la
culminación de la guerra de los Mil Días y la firma del Tratado de Neerlandia, la
presencia de la United Fruit Company y la creación del enclave bananero, la huelga de
1928, el fraude de Padilla, la Marcha del Hambre y otros hechos no menos importantes de la
historia de Colombia han tenido como escenario físico este departamento que en su
momento comprendió los actuales departamentos del Cesar y La Guajira. Una lista de
personajes encabezados por Gabriel García Márquez, Alvaro Cepeda Samudio, José Barros,
Rafael Escalona, Crescencio Salcedo, Alejandro Durán, Fidel Bassa, el Pibe Valderrama, el
general Maza Márquez, Jaime Bateman y otros, completan el interesante protagonismo del
Magdalena en este siglo.
El libro en sí mismo no
tiene más pretensión que la de una crónica de los principales eventos acaecidos en el
territorio magdalenense; no hay juicios críticos, no hay interpretaciones más allá de
los simples registros cronológicos, ni una visión de conjunto de todo lo que se
describe. Esta tarea le corresponde al lector, o le corresponderá al historiador del
futuro, porque los autores tan sólo se han limitado a dejar constancia de hechos, muchos
de los cuales tuvieron como protagonistas a ellos mismos. Y es en estos hechos donde la
intención de los autores parece no estar muy exenta de intereses subjetivos, ya que la
crónica se torna en una especie de autoapología que en cierta forma le resta seriedad a
la obra.
El estilo en general es
ameno, suelto, pero a veces demasiado ampuloso ("el certamen más sorprendente de
todos los tiempos", "aquello fue algo jamás visto en toda la historia del siglo
presente") para sucesos meramente parroquiales. En otros apartes se entra en detalles
que sólo cl tiempo dirá si fueron relevantes, como una descripción del menú que
ordenó el expresidente Turbay cuando brindó un banquete a los jefes de Estado
bolivarianos al cumplirse los 150 años de la muerte del Libertador, y que a
primera vista no demuestra más que el buen gusto y apetito de nuestro estadista.
Sobresalen en el
inventario de sucesos los políticos y los culturales, en detrimento de los económicos y
sociales;.y en el recuento de aquellos se cae muy fácilmente en la exaltación, ocultando
o pasando por alto otros hechos que, no menos "Grandiosos", también forman
parte de la historia del Magdalena. Una lectura desprevenida de un lector ajeno al
Magdalena le dejaría en la mente la imagen de una región próspera, en permanente
progreso, con gobernantes excelentes y con toda clase de adelantos materiales, cuando la
cruda realidad de las estadísticas muestra que el Magdalena es uno de los departamentos
de Colombia con los niveles más bajos de pobreza, con altos déficit en servicios
públicos y seguridad social y hoy por hoy uno de los territorios con mayores índices de
violencia e inseguridad. Este sesgo se explica porque buena parte del libro se concentra
en la capital, Santa Marta, y su innegable ambiente pacífico se predica con ligereza del
resto del departamento.
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Sirven las páginas de
este libro para hacer dos alegatos de interés para Santa Marta: el primero, para
reivindicar la propiedad del testamento de Bolívar, sustraído de la quinta de San Pedro
y hoy depositado en una urna en el Museo Nacional de Bogotá; y el segundo, para reclamar
la erección de Santa Marta en distrito turístico, cultural e histórico, estatus negado
en un principio por la Cámara de Representantes pero finalmente aprobado por el Congreso.
A pesar de las críticas
que se le pueden hacer a esta obra, su contenido es ciertamente valioso, y muchos de los
sucesos registrados en sus páginas, que hoy nos pueden parecer pueriles, para el
historiador del mañana serán oro en polvo, ya que describirán lo que fue la Macondo
real del siglo XX. En este sentido el libro de Villareal Torres y Díaz-Granados
Villareal tienen un buen antecedente en el de José Alarcón, Compendio de historia del
departamento del Magdalena, que es fuente obligada para el siglo XIX.
Para quienes vivimos en
el litoral caribe y compartimos nuestra vida comunitaria con el Magdalena, sería de mucha
utilidad el que se escribiera la historia de ese departamento a otro nivel, que fuera una
obra que consultara los criterios actuales de abordar la historia, porque la versión
novelada ya la tenemos con Cien años de soledad, y con este libro la crónica
también.
GUSTAVO
BELL LEMUS
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