Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

Ajuste de cuentas con Maqroll el suertudo


Un bel morir
Alvaro Mutis
Editorial Oveja Negra. Bogotá. 1989

Esta es la tercera entrega "novelada" sobre los escondrijos biográficos de Maqroll el Gaviero. Si leyéramos a pie juntillas el titulo, convencidos estaríamos de asistir a los momentos finales del épico personaje, quien no ha cesado de repetirle a su autor que el hábitat verbal que prefiere es la poesía. Y Alvaro Mutis lo sabe de sobra:

El mundo de la narración y la novela (no me atrevo a llamar novela lo que he publicado, son narraciones, la estructura de una novela es algo mucho más complejó) es un mundo que me cuesta mucho trabajo, no domino bien, parece que lo domino a fuerza de trabajo, de elaboración manual muy dolorosa y cansada, agotadora 1.

Sin embargo, ni Maqroll entrega las herramientas prómetidas ni el autor se resigne a su lucha —desigual— con los arcanos de la novela. ¿Por qué—preguntamos los hinchas del Gaviero— Mutis no quiso darle el tiro de gracia en esta obra predispuesta al canto fúnebre? ¿Desearía quizá otorgarle esa muerte que —Rilke dixit— a cada quien le corresponde? En el caso del Gaviero habría de ser el poema, ni vuelta que darle; para ello se sirve el autor de singulares versiones que anticipan pero sólo a medías han consumado dicho acontecimiento 2.  Por esta orientación es que la obra que nos concierne se presta a una lectura mucho más amplia. De hecho, las márgenes del río ideológico-literario escasamente tratan de impedir que esos líquidos se desbanden a diestra y siniestra con insospechable vocación coercitiva. La metáfora fluvial es apropiada: la Plata es un puerto y de allí escapará el Gaviero por aguas de "aroma a lodo y a vegetales macerados por la siempre caprichosa e imprevisible corriente del río" (pág. 10). Es más: el Gaviero se dejará llevar por ese flujo de vida, dejando a sus espaldas un reguero de muerte.

Este relato sobre Maqroll —habrá que repetirlo— daría para un análisis extremadamente rico, por haber sobrepasado ciertas lindes no sólo del género literario sino de la ética. Decidámonos entonces a revisar algunas propuestas que este episodio descorre a medias o abiertamente. En primer lugar, la autorreferencialidad.

En el Apéndice son citadas tres fuentes de rigor: "Se hace un recuento de ciertas visiones memorables de maqroll. .."(de Summa de maqroll el Gaviero), Morada (de Reseña de los hospitales de ultramar) y En los esteros (de Caravansary). Esto significa que la conducta (y por ende la muerte) del Gaviero tendría que provenir de fuente fidedigna; vale decir, los libros de su creador. Pero también lo que se quiere indicar por medio de alusiones tales sería la autoridad que sobre la narrativa tiene la poesía. La autorreferencialidad sugiere precisamente que deberíamos —o, en todo caso, que nos convendría— leer las aventuras del Gaviero como ramificaciones de los poemas (en verso/en prosa) que a él se refieren. Entramos, pues, en el dilema entre el relato de atmósfera (aliado leal de la poesía de Mutis) y uno de acción propiamente dicho (que exigiría otra red de artimañas para capturar y mantener la atención de los lectores).

Me parece que uno de los problemas narrativos de esta obra se evidencia cuando destacamos las filiaciones y divorcios entre ambos tipos de engarce con la "realidad" así expuesta. Y no hay conciliación en ningún momento. Resumamos la anécdota. Todo empieza, nos dice el narrador, cuando el Gaviero llega al puerto de la Plata. Se hospeda en la pensión de doña Empera, versión femenina de Tiresias. Algún lector se preguntará más adelante por qué esta vieja que se las trae y que sabe lo inimaginable no tuvo el tino de decirle al Gaviero de una vez por todas y a su debido tiempo qué diablos ocurría en el pueblo. (Algún vivo dirá: "Sí lo hubiera hecho, no habría habido novela". Muy bien, señor. Pero, ¿por qué el narrador nos "oculta" una clave si a la quinta página nuestra desconfianza es la que prende todas las velas de un entierro ajeno?).

En el cuarto alquilado a la ciega entablará relaciones (vía ídem) el Gaviero con Amparo María, una campesina más bella que la reina de Saba y con título de terapista sexual, cuya misión en la novela consiste únicamente en hacer aquello que (honoris causa) Libertad Leblanc e Isabel Sarli hacían cada siete minutos en las películas argentinas de los años sesenta. No será bolero ni tango el acompañamiento, sino toques de Strauss con rumba flamenca 3 .

En la cantina del pueblo conocerá el Gaviero a Van Branden, un embaucador en decadencia que no engañarla a ninguno de los Berverly ricos (mucho menos a la abuelita) y que sin embargo consigue que maqroll atraque a llevar ultra-super-hipermisteriosos bultos a la cuchilla del Tambo, donde el belga en cuestión "estaba a cargo de algunos aspectos técnicos relacionados con la construcción de la vía férrea" (pág. 19). El narrador hace todos los esfuerzos posibles para que los lectores deduzcan, con inusitada premura, que todo no pasa de ser un ardid en el que tarde o temprano se verá involucrado el ejército y patapúfete. Digamos que maqroll acepta la "invitación" del belga sólo y exclusivamente para darle gusto al narrador:

Pero hay un ángel de la guarda diabólico que me obliga a emprender necias empresas, a participar en las de mis semejantes, mezclarme con ellos y sentirme dueño de una exigua parcela de su destino. [...] Le confieso que, allá para mis adentros, nunca me tragué el cuento de la vía férrea y eso fue precisamente lo que me llevó a meterme en la intriga, tal vez con la secreta esperanza de satisfacer a mi siniestro ángel guardián y acabar como la mula de ayer. [pág. 74].

Pero la suerte del Gaviero no igualará a la de la mula, que se fue en picada por el precipicio. La convicción del personaje en esa tribulación de su destino es la otra cara de la persistencia del narrador en comunicárnosla 4 .

Para subir a la cuchilla del Tambo, maqroll se encamina previamente (consejos de doña Empera) al llano de los Alvarez. El propietario de la finca, don Aníbal, le proporcionaría un arriero (el Zuro) para que "le hiciera compañía, aunque .fuese en los primeros viajes" (pág. 28). El resto de la narración transcurre en esos tres puntos: la hacienda cafetalera, donde además (no hay caso: Maqroll nació parado) trabaja Amparo María; la cuchilla del Tambo, refugio de los contrabandistas; y el puerto de la Plata, destino crucial de "dos hidroaviones Catalina pintados de color gris, con las insignias de la Infantería de Marina" (pág. 113).

¿Qué cosa transportaba el Gaviero desde la Plata a la cuchilla del Tambo? (¿Alguna pista, adivinador?). El desenlace fatal acentúa —en contra del boato de la verosimilitud literaria, lamentablemente— la dramática separación entre los personajes que mueren asesinados y la suertuda existencia del Gaviero. La metáfora de este irremediable regalo de los dioses que sobre los hombros soporta el Gaviero, depara satisfacciones elegiacas. Alvaro Mutis ha escrito, rindiéndole culto a esa imagen, algunos de los más intensos poemas en lengua española. Pero en la narración actual, semejante estrella resulta insuficiente.

Al tener que lidiar cara a cara con la ideología (Un bel morir erige, quiera que no, un alegato político), el narrador en tercera persona se mete en camisa de once varas. Lo que en un poema (en prosa o en verso) pasaría más o menos inadvertido o quedaría (sea el ardid) entre símiles y oximorones a buen recaudo, en una narración obligada por definición a tener argumento y acciones (excepto que Joseph Conrad pida la palabra y punto y aparte) se nos ofrece a vista y picoteo como en melonar silvestre. Un bel morir tenía que tomar partido y éste, por pudor, habría consistido en sacrificar al Gaviero con los honores de su investidura lírica. Pero Maqroll emprende las de Villadiego después de haber vivido de lo más bien en una especie de pensión Soto (casa, comida y... lo otro, sobre todo lo otro) en la que todos se desviven por él: Tiresias/ Empera, que lo protege y le prepara la comida; Amparo María, que le plancha la ropa y le calienta la camita y hasta "aquella mata de café" (pág. 60); don Aníbal, que le brinda su amistad de ilustrado terrateniente; y el Zuro, que chambea y chambea. Hasta los milicos —para no referirnos a los contrabandistas— le son benignos: el capitán Segura morirá, no sin antes enviar el parte salvador que libra al Gaviero de polvo y paja 5 .

La autorreferencialidad se da también en la justificación de esa fuga (la embajada del Líbano "reclama" al Gaviero; después de todo, han muerto aquellos que lo atendían, así que no hay razón para permanecer en el lugar) y en la precipitación de juicio que le hace escolta. Después de comprobar que esa buena gente de la Plata ha sido un oasis en todo sentido —erótico, sapiencial—, las palabras que pronuncia para sí mismo el Gaviero son exageradas:

Yo, que todas las [ciudades] he conocido y que en muchas de ellas me he topado con los más sorprendentes quiebres de esquina de la vida, salgo ahora de este caserío de mierda, sin saber muy bien por qué fui a caer en el cepo más necio entre todos los que me ha deparado el destino. Sólo me resta ya el estuario, nada más que los esteros en el delta, Eso es lodo [pág. 134].

Atrás suyo deja a doña Empera (a merced de una violencia desencadenada), que —pobre alma del Señor— no se le ocurre cosa mejor que seguir preocupándose por el Gaviero: "Ella, que todo lo sabía, sintió que de sus brazos se alejaba un hombre que le estaba diciendo adiós a la vida" (pág. 137). En el muelle permanece Nachito, el mozalbete —huérfano— que sobre-

________________

. su imbatible escepticismo ante la terca vanidad de toda empresa de los hombres, esos desventurados ciegos que entran en ¡a muerte sin haber sospechado siquiera la maravilla del mundo [pág. 38].

. había sido la única mujer que habla percibido su tendencia a meterse en vagas empresas. siempre fastidiosas y siempre en la frontera con lo ilegal [pág. 45].

. le torturaba la maligna condición de la empresa en que se estaba embarcando [pag. 49].

. un monótono cansancio que lo invitaba a darse por vencido, a detener ¡a carrera de sus días, marcados todos por esa clase de empresas en las que siempre los Otros sacaban provecho... [pág. 70].

. No había tal ferrocarril. Detrás de éste se escondía una empresa en cuyos engranajes podía, en cualquier instante, perderla vida [pág 71 ].

. cargaba consigo la porción de sueltos truncos, tercas esperanzas, empresas descabelladas y promisorias... [pág. 101].

. no entendió muy bien por qué razón su huésped, ya su amigo, se embarcaba en semejante empresa. [pág. 25].

 

vive de milagro a la carnicería del monte. (¿Algún lector se preguntaría por qué maqroll no lo invita a subir al lanchón?).

Dadas, pues, las circunstancias y esclarecidos los tejemanejes de una providencia excelsa en su ingratitud, sencillo es comprobar que maqroll nunca será ni la imagen borrosa de. Micifuf, el felino que a la mitad de la séptima silva de Lagatomaquia (1634) de Lope de Vega lanza una antiarenga:

...aunque era gato, Cicerón hablaba:

"Generosos amigos, de mis afrentas y dolor testigos:
la honra, que los ánimos produce, a tan ilustre empresa me conduce; esta sola me anima; quien no sabe qué es honra, no la estima.
Miente el que dijo, y miente el que lo estampa, que
un bel fugir tutta la vita scampa;
pues mejor viene agora, que un bel morir tutta la vita onora" 6

La situación del Gaviero no es patética. Se queda a este lado de un impasible cinismo. Y por eso es que tampoco la obra podría leerse como parodia cervantina, digamos como una antinovela ejemplar. Al bendito manco se le nombra en dos oportunidades, vía Sancho Panza (págs. 31-32) y El Caballero del Verde Gabán (pág. 112). La sugerencia de genealogías "aristocráticas" de muchos personajes (Amparo María, principalmente) queda en el aire y se trataría de un reflejo condicionado del narrador, como cuando compara un gesto de Van Branden con una "actitud de oligarca del Simplicissimus" (pág. 31). De esta manera, el narrador comparte las ambigüedades anímicas del Gaviero (ostracismo y euforia sensorial, un maniacodepresivo del ajo), pues sus puntos de apoyo oscilan entre lo culto y lo popular. Los ejemplos del primer tipo tienen que ver con referencias de mitología clásica o de simple exotismo:

. Recostado contra la barra del timón, tenía el aspecto de un cansado Caronte vencido por el peso de sus recuerdos...
[pág. 138].

. En la cocina lo recibió una mujer con rostro de momia china... [pág. 70].

. parejas de grandes aves que se alejaban en un vuelo majestuoso dando al ambiente un aire délfico... [pág. 68].

. esa ternura cálida, felina y joven que lo acompañaba como una parca... [pág. 34].

. Escuchó con paciencia benedictina... [pág. 19].

Los ejemplos del segundo tipo comparten espacios cinematográficos y deportivos:

. Este era un hombre moreno, retacón, con bigotito de galán del cine mexicano de los años cuarenta [pág. 117].

. Su rostro de galán del cine mexicano no tenía expresión alguna [pág. 123].

. Al rato entró un mayor con uniforme de campaña [...] El traje era verde olivo lo mismo que la gorra, semejan te a las que usan los jugadores de pelota. Era un hombre corpulento [...] Parecía un clubman disfrazado de militar [pág. 128].

CONTINUAR

1 Ana María Jaramillo, "Las mujeres del Gaviero", entrevista con Alvaro Mutis, en Semanal de La Jornada, nueva época, México, núm. 1O, 20 de agosto de 1989, págs. 18-19. (regresar1)

2 Cf. Apéndice, págs. 139-144. (regresar2)

3. Aunque de vez en cuando en la cantina de la Plata "una victrola rompía la callada tiniebla con cl chillón y casi irreconocible lamento de un tango de los años treinta o una gangosa canción del Dr. Ortiz Tirado que hablaba del amor con la unción melodramática de un fatal pecado de utilería"
(pág. 13). (regresar3)

4. Al respecto, esas innumerables letanías de corte empresarial: 
algunas de sus miríficas empresas [pág. 9].  Embarcarse en empresas que descansaban en el aire, justificadas con palabras, zalameras unas veces, altaneras otras [pág. 23]. (regresar4)

5 Cf. pág. 133, el diálogo entre el capitán. Ariza y el Gaviero. (regresar5)

6 Lope de Vega, Obras escogidas. t. II, Madrid, Aguilar, 1973, pág. 1043. (regresar6)