Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

Ahora con ustedes... Tongolele


Crónicas casi históricas
Ramón Ilión Bacca
Ediciones Uninorte, Barranquilla, 1990,
140 págs.

Con prólogo de Germán Vargas, Crónicas casi históricas reúne 39 textos publicados por Ramón Illán Bacca en periódicos y revistas nacionales entre 1975 y 1990. El libro, dividido en cuatro partes por un criterio temático (aunque algunos textos son intercambiables), presenta, sin embargo, una evidente unidad fundada en una actitud común: el humor, la irreverencia frente a los grandes temas y la preferencia por aquellos motivos aparentemente triviales, intrascendentes. "El juego consistía en recobrar tan sólo lo insignificante, lo inostentoso, lo perecido", esta frase de Horacio Olivera en el primer capítulo de Rayuela bien podría servir como epígrafe (o arte poética) de esta obra llena de frases memorables.

La primera parte, "Historias con guiños", recoge nueve escritos cuyos vínculos más notorios son: la presencia de algunos personajes que se reiteran (grandes caudillos: Gaitán, Hitler, Perón; espías o visitantes extranjeros en Colombia); una época relativamente unitaria (la primera mitad del siglo) y cierta continuidad espacial (Europa y Colombia, con alguna excepción). Estas crónicas relatan o pintan el fin de la belle époque y el choque o encuentro desigual entre las culturas europea y americana. Una de las preocupaciones fundamentales del autor es la forma como nos ven y lo que dicen los europeos de nosotros (para Christopher Isherwood, por ejemplo, Gaitán es "un hombre de muchos dientes"), la inautenticidad de los criollos frente a las visitas foráneas (cuando el conde Fernando de Lesseps llegó a Barranquilla en 1879 se reemplazaron provisionalmente el gobernador y el alcalde, mulatos, no de buen ver, por otros, blancos) o la desadaptación de los que viajaron al exterior ("Prefiero estar muerto en París que vivo en Santa Marta, frase muy aplaudida entre las clases altas de los años 20").

"Saltos y sobresaltos de un lector" es, en apariencia, una parte dedicada a la literatura: en realidad al cronista le preocupa la vida literaria. Aunque de vez en cuando emite algún juicio (Amilkar U. fue un escritor "más importante que bueno"), lo que interesa son las anécdotas relacionadas con autores menores o marginales por su anacronismo, con frecuencia best-sellers: Henry R. Haggard, Hernando de Bengoechea, Juanita Sánchez L., David Sánchez J., J. M. Vargas Vila, Pierre Benoit, Gonzalo Arango y los nadaístas, entre otros. Al margen de estas notas está un homenaje agradecido, si bien nunca zalamero, al crítico Germán Vargas, con motivo de sus primeros setenta años: "El patriarca sin otoño".

"Arias, aires y desaires" relata las experiencias del cronista como melómano. Como en los "Saltos...", lo que concentra su atención, más que las presentaciones musicales en si, son los movimientos y comentarios anónimos que saltan de las butacas, aunque de vez en cuando emita alguna opinión desfavorable sobre los experimentos vanguardistas de Zumaqué.

"Y ahora con ustedes... ¡Tongolele!", la parte en que se mueve como a sus anchas el autor, cuenta y comenta sus relaciones con la cultura de masas, lo Kitsch y lo cursi, la música popular, los reinados de belleza, la vida cotidiana de los monarcas europeos, el turismo, el cine, el carnaval. Un texto un poco al margen es la crónica de la desolación del cronista por la pérdida de su gato "Fellino Fellini". Mediante estos textos, Ramón Illán Bacca entra de lleno, sin complejos de ninguna clase, en esa zona de la creación literaria que ha hecho famosos a Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Carlos Monsiváis y Manuel Puig.

Cuando el autor titula su libro Crónicas casi históricas, podría pensarse que el adverbio casi alude a esa voluntad de apartarse de los temas trascendentales, del rigor minucioso de los historiadores profesionales. Me parece que la razón es otra (aquí el rigor no falta): los saltos y sobresaltos de un autor que pasa sin transiciones del dato verídico a la invención pura, con lo que convierte estos textos en crónicas "casi" literarias, de no ser por la leve dependencia de las crónicas frente a la realidad. Quizá más apropiados hubieran sido títulos como "Diario de un escritor", "Agenda de trabajo" o "Bloc de Notas".

En efecto, si relacionamos estos textos con la novela Déborah Kruel, de aparición casi simultánea, caemos en la cuenta de que constituyen una obra subsidiaria. La fecha de la mayoría de las crónicas (1974-1986) coincide con el proceso creador de la novela cuyos primeros capítulos aparecieron como cuentos en 1976. "En la guerra no hay manzanas" y en 1979 "Si no fuera por la zona caramba" y "La apoteosis de Man Puspán", luego recogidos en el volumen misceláneo Marihuana para Goering. Muchas de las crónicas no son más que oportunidades o pretextos que aprovecha el autor para describir ambientes, objetos, personajes y espacios en los que quiere profundizar o para ensayar técnicas narrativas, afinar un lenguaje que va a emplear en las obras de ficción.

Hay entre las crónicas y la novela muchas afinidades tanto temáticas como estilísticas. Motivos, frases, anécdotas, temas de la novela aparecen aquí esbozados cuando no desarrollados de manera similar. La multiplicidad de puntos de vista frente a un suceso para llenarlo de significación o de ambigüedad es una constante de la novela que se mantiene aquí. Igual ocurre con la visión cinematográfica de la realidad: si para Mallarmé todo existía para pertenecer al libro, para Ramón Illán Bacca la plena realización de los hechos estaría en su proyección en una sala de cine. Así mismo, la preocupación por divertir, por ser agradable, sin pedanterías, de una manera casi oral, es otro vínculo entre la novela y las crónicas. Como la novela, estos textos, más que, crónica, serían anticrónica social, puesto que su meta, más que la invención del prestigio social del grupo en el poder, parece ser su ridiculización, su desenmascaramiento.

Por último, una muestra más de la imbricación entre los dos géneros lo constituye la progresiva creación de un personaje ficticio, a lo largo de la obra: al terminar la lectura, adquiere consistencia literaria un personaje, el cronista, profesor sin plata, enemigo de la seriedad y los convencionalismos oficiales, devoto de lo cursi, practicante de ese juego intelectual que consiste en burlarse, en ridiculizar a los intelectuales ("culturalosos"), alérgico al ruido, lector de letras inglesas, amigo de su gato, turista barato de mochila azul y zapatos cauchosol, cultor del chisme, para quien el tiempo no se mide por números, por fechas, sino por reinas de belleza o canciones de moda, el año de Marta o de "Tócame el Trigémino".

Quizá entre lo más destacable de este libro, además de su garantía de goce, de disfrute, esté la manifestación de un ideario estético, que no sólo nos revela la lucidez casi crónica de este autor heterodoxo, sino también las claves para la comprensión amplia del universo narrativo de este autor cuya producción apenas empieza y que, no obstante, ya constituye un aporte, no sólo dentro de la tradición de la costa, sino del país mismo.

ARIEL CASTILLO M.