Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
24-25, Volumen XXVII, 1990
9 de abril: violencia y satanismo
Por el sendero de los ángeles caídos
Andrés Hoyos
Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1989,
297 págs.
De nuevo el asesinato del Caudillo es tema central de una
novela colombiana. A partir del recuento pormenorizado y recurrente de los hechos que
sacudieron al país el 9 de abril de 1948, Andrés Hoyos busca dibujar en forma
caricaturesca y fantástica la idiosincrasia nacional. El libro está dividido en dos
partes con una introducción (titulada "Fantamorgana"), y un
"interludio". En la Introducción, en un tiempo mítico e indeterminado, se
narra la violación por el pirata Morgan de una monjita rebelde de un antiguo convento.
Esta imagen de la virtud mancillada por la violencia prefigura la totalidad del relato, en
el que a modo de contrapunto juegan siempre parejas de oposiciones (bien-mal,
virtud-pecado, convento-prostíbulo, ángeles buenos-ángeles caídos).
En efecto, la primera parte gira alrededor de un burdel llamado
"el convento de la diosa caneana" regentado por la "madre Candelaria de la
Purificación". En forma alegórica y burlesca se traban los temas religiosos con
elementos del vicio. Los personajes principales de esta primera parte pertenecen a la
familia Arenales, vinculada al burdel, y cuyos orígenes verdaderos son inciertos o
desconocidos. Otro personaje, Alvaro, cliente asiduo del burdel, le da cierto toque
humorístico al relato, porque paga los servicios recibidos con la redacción de tarjetas
de publicidad ingeniosa: "Descrestamos capones finos. Técnica japonesa. Traiga el
suyo"; "Sondee lo insondable. Piérdase en el Triángulo de las Bermudas";
"Pintores: remojamos sus brochas".
La segunda parte se relaciona con fray Paulino de Altamira,
dominico, y con el convento de las Terciarias. La vecindad de este convento con el burdel
de Candelaria (ambos situados en la avenida del Arzobispo) y las relaciones de fray
Paulino con los personajes de la primera parte crean lazos que terminan uniendo los
destinos del prostíbulo y el convento. En esta forma, la violación al comienzo de la
historia, y luego los mundos paralelos o convergentes del bien y el mal, tipifican la
ciudad y por extenSión el país. La anterior caracterización se repuja con una inquietud
recurrente: la pregunta por la identidad nacional.
Las fechas de la historia patria, sumadas a ciertas expresiones
de "cachacos y costeños" y a menciones directas a los líderes políticos
("El Monstruo", Monseñor Builes, "los jefecillos históricos del partido
liberal") muestran una pertenencia indudable: Colombia en su época más aciaga. El
relato regresa una y otra vez a los mismos hechos y a los mismos personajes.
Otro tema central es el de los ángeles, en concordancia con el
titulo de la novela. Fray Paulino de Altamira es asiduo lector de la patrística medieval
y de la obra de Dionisio el Areopagita sobre las órdenes celestiales. Con frecuencia se
habla del arcángel Gabriel, del ángel de Extremadura, del ángel Temerario, o del de la
Guarda. Y como "ciertos ángeles devienen demonios", la cosmogonía subyacente
en la novela proyecta una visión maniquea de los seres y de la historia. Largas
disquisiciones sobre el "ombligo de Cristo" o el de los ángeles, sobre la
unidad y la divinidad, el espacio y el tiempo como temas metafísicos, la creación o las
sectas heresiarcas milenaristas, y el circo, como simbología omnipresente, le dan al
relato un tono mitológico. Aparecen además escenas grotescas de amor animal entre los
gatos del convento, sueños aberrantes y amores prohibidos entre los protagonistas, que
conllevan un ambiente de misa negra y satanismo. Al final, el resultado no puede ser más
dramático: el fraile, enloquecido por la visión macabra de la ciudad sumida en el
asesinato y el fuego del 9 de abril, termina incendiando y llenando de horror el convento
de las Terciarias.
Hoyos utiliza varías técnicas narrativas: diálogo teatral, voz
heterodiegética que se dirige en segunda persona y en presente al protagonista, voz
omnisciente que cuenta el pasado. La mezcla es abrumadora y produce dificultad en la
lectura. Hay también desbalance entre los personajes de la primera y la segunda parte, y
no se establece una línea argumental definida. El salto intempestivo del lenguaje
realista al alegórico, del tema histórico a la ficción maravillosa, a veces también
produce dificultades de verosimilitud. Se vislumbra un propósito ambicioso: el de
representar la ontología de la nación colombiana a partir de uno de sus momentos
fundadores; propósito que no parece logrado a cabalidad por la mezcla heterogénea de
técnicas narrativas. En todo caso, se trata de una novela que en muchos aspectos podemos
encajar en la posmodernidad, sendero cada vez más trajinado por los jóvenes narradores
colombianos.
ALVARO PINEDA-BOTERO |