Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 23, Volumen XXVII, 1990
 

Tres de la colección infantil


Cuentos de Pombo pintados por Lorenzo Jaramillo
Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1989, s. p.

Historia en cuentos
Eduardo Caballero Calderón
Carlos Valencia Editores. Bogotá, 1989, 74 y 84 págs.

Las vacas comen espaguetis
Laura Restrepo/ Carmen Restrepo
Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1989, 64 págs.

Carlos Valencia Editores, en su colección infantil, publica Cuentos de Pombo pintados por Lorenzo Jaramillo, Historia en cuentos
(4 vols.) de Eduardo Caballero Calderón y Las vacas comen espaguetis de Laura y Carmen Restrepo.

Rin-Rin Renacuajo definitivamente no volverá a tener la ocurrencia de volver a salir de su casa, si haciéndolo corre el riesgo de verse de nuevo vestido con esas formas y cubierto de esos colores que lo hacen ver tan ridículo. La pobre viejecita, ahora más pobre, más pobre que nunca, y Simón el bobito, jamás tan bobito como ahora. La idea de esperpentizar los personajes al enfatizar sus aspectos más grotescos le funcionó bastante bien a Valle-Inclán pero a Lorenzo Jaramillo le resulta no tan bien: es poco probable que Rafael Pombo haya encontrado tan mala compañía para su obra como ahora, en la edición de Carlos Valencia Editores que aparece con el nombre de Cuentos de Pombo pintados por Lorenzo Jaramillo. O quizá resulte más exacto decir: las palabras de Pombo nunca han acompañado —porque al parecer éstas son el pretexto para presentar la obra de un ilustrador— una diagramación tan mal lograda como ésta. Es como sise tratara de un caso de emergencia y se hiciera imperativo ilustrar la obra de Pombo como si nunca antes lo hubiera sido; pero no, son varias las ediciones que gozan de muy bien logradas, cuando no de excelentes, ilustraciones, Y es todavía más extraño si se piensa en la importancia que aquí se le quiere dar a la ilustración: el texto de Pombo se pierde en la confusión de trazos y en la mezcla desabrida de colores.

En Las vacas comen espaguetis hay un trabajo a cuatro manos: Pedro, de 9 años, percibe y define el mundo; María, su prima, de 5 años, lo ilustra, y Laura y Carmen Restrepo, sus mamás, recogen y organizan lo que Pedro ha dicho y María ha dibujado para ofrecer, como resultado, Las vacas comen espaguetis. Para Pedro el arco iris deja de ser un fenómeno físico para convertirse en un alma de colores, y el huracán es capaz de arrancar los caballos y hacerlos galopar en el cielo; la guerra es el dragón de la triste vida y los caballos alados se vuelven más chiquitos hasta enredarse en las redes de los hombres y desaparecer. Pero en Las vacas comen espaguetis los niños también mueren, sí, pero de insultamiento, es decir, de una especie de mal extraño provocado por las mamás excesivamente autoritarias y que produce en ciertos niños la firme decisión de matarse para no escuchar más el odioso mandato de sus madres. Esos niños susceptibles de morir de insultamiento piensan en las montañas como en "dinosaurios gigantes que han hundido la cabeza debajo de la tierra y están cubiertos de semilla de pasto" (pág. 13), y en la oscuridad como en dos personas sentadas en la mitad de la noche y un búho que se acerca y sólo deja ver dos ojitos muy brillantes y en la imposibilidad de crear un número porque cualquiera ya está en la fila de la
numena.

A Las vacas comen espaguetis se le puede preguntar por el origen de todas las cosas, y no es extraño que como respuesta afirme que Cristo sale del agua en forma de vapor y ordena la creación; y al preguntarle acerca de la religión, habla de una religión mezclada, es decir, una religión con muchos dioses y de un cielo con demasiadas leyes en el cual Pedro sólo aceptaría vivir si él mismo fuera Dios. Pedro encuentra la encarnación de la maldad en un robot que, al saberse creación de un hombre y al saberse además incapaz de crear un hombre así como ese hombre lo ha creado a él, decide vengarse y destruir a su científico creador. "Mamina, [...] cuando los hombres mataron a Dios, żlos ángeles invadieron la tierra?" (pág. 45). Suponemos que Mamina no tuvo alternativa distinta de guardar silencio al verse sorprendida por semejante pregunta, o al encontrarse con afirmaciones como "monrse quiere decir [...] que, no puedes hablar ni siquiera con otros muertos porque también son mudos" (pág. 46).

Las vacas comen espaguetis es eso:   la capacidad que tiene el niño de sorprender con su visión del mundo al adulto, y es también el encuentro del adulto con la sorpresa y la magia; es el encuentro del hombre, históricamente viejo, con una expresión primigenia que ha perdido irremediablemente.

Pero, así como hay libros de niños para niños que encuentran público también entre adultos, hay libros de grandes para niños que no lo encuentran ni con los niños ni con los grandes; es el caso de Historia en cuentos (vols. 3 y 4) de Eduardo Caballero Calderón, y su historia es la siguiente:   un niño de aproximadamente diez o doce años se viste con las ropas de la historia y protagoniza, al lado de personajes como Bolívar y Colón, episodios fundamentales. Muchos, muchos años más tarde, vuelve para narrarles a niños lectores esos momentos, de tal forma que los oigan como si se tratara de cuentos infantiles especialmente construidos para ellos. ti supone que, dada la similitud de características entre el público al que se dirige y él, la empresa que se propone no tendría un sólo obstáculo: llevar de la mano con oídos atentos a los niños por la historia. Eso supuso y, sin embargo, algo no resultó: para sorpresa suya se encontró él solo como único auditorio de sus historias.

Esta es la historia que a Historia en cuentos le ocurre una vez sale a hablarle al público. El personaje de diez o doce años que Eduardo Caballero crea, quizá con la intención de que sea él el puente que una a los niños y la historia, va perdiendo lectores a medida que la lectura avanza. De nada le sirvió haber sido el hijo de Colón ni haber obtenido el título de almirante del mar océano y virrey de las islas y costas de la Tierra Firme, como tampoco el haber presenciado el histórico día del altercado por el florero de Llorente, ni haber sido el dueño del caballo en el que Bolívar realizara parte de su campaña libertadora. Quizá la distancia que la existencia de este personaje pretendía anular entre el niño y el libro no logra hacerse real, al existir una voz que cobija sus actos, que los describe y contiene, una voz que narra desde lejos las aventuras en las que supuestamente este personaje participa. Esto, la presencia de un narrador en tercera persona, significa tal vez el primer problema; por otro lado, el lenguaje que el narrador utiliza acentúa aún más la distancia, sobre todo si se piensa en el vocabulario. Pero lo más grave es que los relatos de Eduardo Caballero Calderón están lejos de cumplir con una de las características fundamentales del cuento: la concreción, la síntesis y contención. Historia en cuentos le da demasiada importancia a las descripciones y, por lo tanto, el objeto de la narración, que en este caso es un episodio concreto de la historia, se pierde y las referencias históricas aparecen tan sólo de un modo marginal; los personajes, además, no son suficientemente configurados y la tensión narrativa es prácticamente nula.

La historia que a Historia en cuentos le espera es abrir sus páginas para verlas cerrarse casi que simultáneamente.

CLAUDIA CADENA SILVA