Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 23, Volumen XXVII, 1990

Subversión de la realidad


El río del tiempo, IV: Aloe de Indulgencie
Fernando Vallejo
Planeta, Bogotá, 1989, 120 págs.

Mi primer contacto con la obra de Fernando Vallejo tuvo lugar cuando un director de revista o periódico con pretensiones literarias me "sugirió" emprender un ataque, bajo mi firma, claro está, contra las costumbres depravadas del escritor antioqueño radicado en México. Como no encontré ni podía encontrar ninguna relación de causa a efecto entre la literatura y la vida íntima del personaje, me negué a hacerlo, con la previsible consecuencia de que aquellas páginas me fueran vedadas desde entonces para siempre. A ese azar venturoso debo grandes placeres. Azuzado por la curiosidad y por los consejos de buenos amigos lectores, tiempo después me enfrentaba con el que a mi parecer es el mejor libro colombiano de los años ochenta, y uno de los más conmovedores que jamás leí. Se trata, desde luego, de Barba Jacob, el mensajero. Tras el hallazgo de ese fascinante libro emprendí la persecución sistemática de una obra que con estos Años de lndulgencia alcanza ya la tetralogía y que puede prolongarse hasta el infinito si al autor le place.

En esa serie de cuatro entregas que es El río del tiempo, más allá del evidente juego con la sentencia de Heráclito, se vislumbra una "Comedia Humana" vista, como diría Oscar Wilde, desde el otro lado del jardín, desde el rincón de lo prohibido, de lo pecaminoso y de lo inmoral.

Pero es preciso advertir que, aunque no eludan del todo ni uno ni otro género, no se trata en definitiva ni de novelas ni de una autobiografía por entregas. Vallejo mismo se explica:  "Me inventé un nuevo género literario, la autobiografía, o vida de santo mamada en sus fuentes últimas".

El río del tiempo es una obra rabiosa, desafiante, en el mejor estilo de un Jean Genet o de un Antomn Artaud. Vagabundo irreverente e iconoclasta, Vallejo busca adrede la condena moral. La crítica superficial simplemente se limitada a desechar su obra por inmoral. Ya es casi un clisé más, un lugar común, querer enrolarse del lado de los malditos como Verlaine y Rimbaud o del mismo Barba Jacob, de quien el narrador ha venido a convertirse con el tiempo en un álter ego. Es acaso otra manera de escabullirse y de entrar al cielo, y de una vez a las listas de éxitos, por la puerta trasera. El desafío es enfático: "Violamos hasta la fuerza de gravedad y levitamos". Vallejo quiere mostrarse curtido en aquelarres, en misas negras, ducho en depravaciones sexuales, sin advertir que eso también pierde fuerza expresiva cuando se agota la riqueza de su contenido, sin que alcance a redimirlo el humor: "Todos los pecados los he cometido, mortales y veniales, y probado el gusto de todas las vilezas. De todas menos una, la burocracia". O bien: "A las once mil vírgenes las sodomizo y una a una, en fila india, las estupro".

El escándalo por el escándalo invita más bien a reflexionar acerca de un medio capaz de producir tales personajes tan surcados por todos los rechazos. Y de ahí a comenzar a comprender lo que ocurre en ciudades como el Medellín actual no hay sino un paso.

Una reflexión a la vez triste y afortunada se me ha impuesto tras esta lectura. Sus libros son viajes a los infiernos. Vallejo, un Milton moderno, no ha sido prohibido simplemente porque en Colombia la literatura no es importante sino un arte menor que no alcanza a ser oficialmente subversivo.

En Años de indulgencia el "canta, oh musa" se convierte por arte de birlibirloque en una invocación de bruja, no muy inesperada, y en un apretado catálogo de demonología que recuerda los espaciosos cortejos del diablo de Germán Espinosa, anunciando quizá desde el comienzo un burlesco culto satánico, aberración

que constituye hoy la última moda. Apelando al procedimiento preconizado por Albert Roussel, que consiste en contrastar palabras con sonidos similares pero con significados distintos, con algo de titiritero y mucho de culebrero, Vallejo no puede ser en modo alguno catalogado como un escritor de la línea "paisa", de esa que hoy encabeza un Manuel Mejía Vallejo y que sólo ha sido grande con un Tomás Carrasquilla, y que no es sino un eslabón más de esa nuestra literatura provinciana, así catalogada no porque trate temas de provincia sino por su falta absoluta de universalidad, de visión totalizadora de las cosas.

Aquí el pesimismo se ha hecho literatura, como en Céline: "Pobre nula ciega, Colombia, paloma. Ya tus ríos se secaron, tus montañas se desmoronaron, tus volcanes se apagaron y no queda a quien matar", dice por ahí, para agregar hacia el final: "Yo no soy el fracasado, la fracasada es Colombia. Yo no soy el asesino, la asesina es Colombia". żEs Vallejo un escritor subversivo? Su propia respuesta es simple y suficiente: "Subversiva es la realidad".

Pero en el fondo de todo este fárrago se descubre una impotencia latente: la imposibilidad esencial de captar la realidad, porque "todo es según la venda de los ojos que miran", como a menudo repite, desesperanzadamente. La vida, para Vallejo, es un viaje de ácido, y el hombre, fundamentalmente, un error chambón de quien lo haya hecho.

En esta obra, el personaje puede ser la Nueva York de Jackson Heights, esa Colombia exiliada y pervertida, la aniquilación del individuo, la termitera, en donde el metro es apenas un camino más a la alucinación, por donde transcurren escurridizas las manías y fobias del escritor, fobias contra los negros, "esos tizones susceptibles", contra los puertorriqueños, contra las cosas sagradas, contra Octávio Paz, compendio del éxito, de la aceptación social, del non plus ultra y de todos los odios reprimidos, hasta caer en los pozos sin fondo del denuesto vargasvilesco contra todos los políticos y personajes imaginables.

El Amazonas River Aquarium contempla a nuestro autor rumiando resentimiento de cineasta incomprendido y exiliado a fuer de censurado. El que hace cine en Colombia, en su opinión, es un sujeto "peor que un marido borracho y mujeriego y calavera", y el cine es un pretexto para hacer tangencialmente crónicas de la mendicidad bogotana, de una Bogotá de fines de los sesenta, con el papa Pablo VI a bordo.

Lo importante finalmente es que Vallejo es un espléndido narrador. Su escritura es pirotecnia verbal y a la vez maroma de la imaginación. Es un gran baúl donde hay de todo; todo lo pasa por una criba, lo convierte, lo desmenuza, lo revierte, lo fulmina, lo aniquila. A veces derrocha metáforas o símiles ingeniosos. En otras ocasiones es sardónico: "Escapado de la trampa de los fantasmas, respiro esta dulce mañana, por este parque, a pulmón pleno, el smog. ĦQué delicia! ĦQué delirio! ĦQué embriaguez!".

Hay, a lo largo de estas páginas mucha vida, plenitud de vida. Nos queda el sabor de que la vida en la calle algo enseña; así sea al odio. La orgía viene a ser el símbolo de esa búsqueda infinita, que ningún ser humano ha finalizado aún: "Y en pos de la belleza, la escurridiza belleza, ahí vamos, mi hermano y yo, al remolino, a buscarlos...", exiliados entre los exiliados, proscritos de los proscritos, parias de los parias, limpiadores de basura en edificios donde viven las lacras y basuras de la sociedad, estiércol humano que aún aspira a capturar la inasible belleza en donde sea, así sea en el infierno, no el del más allá, sino el del más acá.


LUIS H. ARISTIZABAL