Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 23, Volumen XXVII, 1990

Sobre fanatismos


¡Libranos de todo mail! 
Fanny Buitrago
Carlos Valencia Editores, 1989, 116 págs.

En Colombia prácticamente no existen editoriales que publiquen a los escritores jóvenes. Ese papel durante mucho tiempo lo han cumplido la Fundación Simón y Lola Guberek, las Ediciones Puesto de Combate y las extensiones culturales de las bibliotecas públicas. Por supuesto, con resultados muy disparejos: en algunos casos porque la incompetencia del editor es tanta que arruina los libros y en otros —la mayoría— porque esos mismos editores no se resuelven a comercializar sus productos. Aunque son publicados, los autores rara vez son leídos. Cabe anotar, a este respecto, que la poesía está mucho mejor organizada que la narrativa en Colombia. No sólo porque es más fácil y más barato editar un libro de versos (menos páginas, menor tiraje, etc.), sino porque los poetas constituyen de muchas maneras su propio público. De ahí que resulte doblemente satisfactoria la aparición de una serie como Nueva Narrativa de Carlos Valencia Editores. Por una parte, libros muy buenos desde el punto de vista formal: la tipografía, los márgenes, la corrección de pruebas y las carátulas son espléndidos; por la otra, dado el prestigio y la tradición de Carlos Valencia, libros cuya distribución garantiza que por lo menos el autor vea la tapa de su obra en las vidrieras. (Lo cual, por supuesto, no es nada desdeñable en un país con el extraño fenómeno del editor que no comercializa lo que imprime).

Publicar autores jóvenes es ingresar en la tierra de los espejismos. ¿Cómo reconocer en la maraña de los que sólo tienen talento al que posee aquello indefinible, los dos, tres o más requisitos para elevarse sobre el nivel de la subliteratura? Con frecuencia, el editor no sólo se confunde sino que muchas veces no alcanza ni a verificar la certeza de sus instituciones: unos autores mueren jóvenes, otros cambian de oficio, otros se vuelven locos, otros se alcoholizan o les falta lo que en apariencia es insignificante —un amigo, la lectura de un libro— para cristalizar lo que ya ‘parece un hecho en ciernes 1 . Publicar a un autor desconocido no sólo es un problema de sensibilidad y conocimiento; en muchas ocasiones requiere de algo más intangible, menos mesurable que la inteligencia: el vaticinio, la suerte. Por eso, cabe aplaudir a los editores con suficiente coraje para equivocarse.

El primer paquete de Nueva Narrativa, lanzado en la Feria del Libro de 1989, incluía cuatro autores de sexo masculino; éste, además dedos narradores jóvenes, incluye un libro de cuentos y una novela escritos por mujeres: ¡Libranos de todo mal!, de Fanny Buitrago (Barranquilla, 19...) y ¿Recuerdas Juana? de Helena Iriarte (Bogotá, 1937).

Fanny Buitrago se inició como nadaísta en los ya lejanos —lejanísimos— años sesenta; después publicó relatos y novelas que ganaron premios en España y Colombia; un poco más tarde obras infantiles y ahora un libro de cuentos de titulo y epígrafe religioso.

Es posible que la designación de "cuentos" no convenga del todo a la obra: en primer lugar, porque si bien los nueve relatos son independientes, los personajes no lo son y se mezclan o se alude a ellos en diferentes ocasiones. Un ejemplo: Manlio Cellis, protagonista del primero, "iCuidado! Hay leones en la Avenida 19", reaparece en "Esperar al Rey" y, sobre todo, literalmente, en el mejor cuento del libro, "De condición mortal". Más aún: ¡Libranos de todo mal! puede leerme como una novela de ocho capítulos cuya primera parte crea un misterio —la desaparición de Manlio Cellis, alcalde menor de Las Aguas y futuro embajador volante en Francia— para resolverlo en la última. En segunda instancia, ocho de los nueve relatos comparten una misma geografía: la zona que va desde los puentes de la Calle 26, en el norte, hasta la Avenida Jiménez con Carrera Séptima, en el sur, y desde el barrio La Candelaria, en el oriente, hasta el Cementerio Central, en el occidente, es decir, lo que para los bogotanos constituye el centro de la ciudad. (En este sentido, resulta incomprensible la inclusión de un cuento como "Ventana al mar", pues no sólo su tema y escenario difieren de los del resto del volumen, sino que su anécdota es una triste parábola en términos infantiles o real maravillosos de un célebre cuento de Chejov).

De cualquier modo, ya sea una novela o un libro de cuentos, lo que más define a ¡Líbranos de todo mal! es la mezcla de fanatismo, religión y política. Como se sabe
—o debería saberse—, en sociedades como la hispanoamericana, en donde la religión vértebra la totalidad de la vida, la esfera sagrada y la esfera pública tienden a confundirse. O dicho de otra forma: la actividad política (cuyo ejercicio, para ser eficaz, debe concebirse como un deber civil y no, como suele hacerse, en términos de cruzada ortodoxa) es pensada como la prolongación, por otros medios, de los fueros exclusivos de la piedad y la mística. Esa noción deísta del Estado no sólo se advierte en la iconografía política —Belisario Betancur o Misael Pastrana Borrero pintados como santos—
2 , en la facilidad con que ideas y convicciones son llevadas al fanatismo o en el hecho, más bien folclórico, de estar el país consagrado —incluso institucionalmente— al Sagrado Corazón de Jesús, sino sobre todo en los mesianismos de toda clase que surgen en vísperas de crisis.

En esa línea, los héroes de !Libranos de todo mal! son fanáticos de muy diversa índole. Políticos, como en "¡Cuidado! Hay leones en la Avenida 19"; religiosos, como en "Esperar al rey", castrenses, como en "Comerciales para caviar" o, incluso, fanáticos risibles, como es el caso de "El vengador errante contra el enemigo público numero uno". En todos ellos, sin embargo, por más que sus móviles sean distintos, existe una idea cuyo imprimatur es metafísico: la de que el mundo se ha degradado y hay, por tanto, que restituirlo a su unidad primigenia. Por razones que no viene al caso analizar, el fanático se siente predestinado para esa misión; igualmente, por razones que tampoco son del caso en una reseña, localiza el origen del Mal (con mayúsculas) en alguien o en algo: un político, un objeto, una institución.

A veces, sus acciones contra la Encarnación del Mal son humorísticas (por ejemplo, en "El vengador errante...", un bibliotecario, a raíz de una pena de amor, se ensaña contra el televisor como causa de la estupidez humana y la falta de lectura entre los jóvenes. Por consiguiente, decide destruir al "enemigo público número uno" en toda la ciudad, "lo mismo en grandes mansiones como en ranchos de invasión. Justo y equitativo" (pág. 91). En otras ocasiones, sin embargo, esa realidad asume dimensiones siniestras, como cuando el Mal es político y se identifica con personas que deben ser asesinadas. (El título, que es una versión irónica de la última frase del Padre Nuestro —en el original no lleva exclamaciones—, alude no sin humor a esa doble condición del fanatismo).

Los evidentes excesos del fanático le sirven a este libro para ironizar sobre diversas actividades y vicios de nuestra sociedad —la adicción al televisor, la fe ingenua en las propagandas (que aquí se presenta como una desviación negativa del sentido religioso de la fe), la tozudez, la banalidad—, pero, con demasiada frecuencia ese propósito deriva en un énfasis ajeno a la ironía.

Por una parte, Fanny Buitrago no ha podido eludir los peligros de lo que puede llamarse "costumbrismo contemporáneo" o, más exactamente, "costumbrismo ciudadano". Como lo sugería la ubicación geográfica de los cuentos hecha al comienzo de la reseña, una desaforada vocación de realismo atraviesa las páginas de ¡Libranos de todo mal! El lector que conozca la Avenida 19 y el Centro de Bogotá podrá constatar que, efectivamente, existen el restaurante La Fragata, los Estudios Gravi y las pizzerías que allí se mencionan 3. Esa familiaridad hace incurrir con frecuencia a Fanny Buitrago en los detalles pintorescos e incluso turísticos: "Viajaron casi dos horas, silenciosos, entre la barahúnda de los pasajeros que tomaban cerveza, kumis, aguardiente en cada estación, los tristes ladridos del perro en su guacal y cl lloriqueo intermitente de un nulo iracundo. En cada pueblo subían y descendían los campesinos cargando palomas y arrendajos enjaulados, gallinas amarradas, bultos con naranjas o habichuelas. Tuvieron por un rato un corderito que dormía beatíficamente, a pesar del niño iracundo. Nubes de mujeres zarrapastrosas se acercaban a vender miel perfumada, moras de estación, uvas negras empañadas por los insecticidas, manojos de flores que se marchitaban y corrompían visiblemente" (pág. 38) o también "El desorden resultaba ofensivo. Taxis, busetas y automóviles particulares copaban la doble vía, estorbándose unos a otros. Transeúntes y vendedores cruzaban por todos lados sin respetar las señales de tránsito. Habla un estrellón —dos busetas y un campero— bloqueando el semáforo de la 26. Gritos, palabrotas, sonar de claxones y motores, mezclándose en un caos auditivo. Al lado, entre cubetas y baldes plásticos, lirios acuáticos, gladiolos rojo sanguaza, dalias y siemprevivas, tres mujeres enlutadas discutían precios. La dueña de María María saludó a don Remberto efusivamente, la boca llena de arroz y un hueso de puerco entre las manos. Tenía las uñas sucias. Almorzaba sin moverse del banco, el portacomidas entre las piernas" (pág. 76).

En una dirección inversa, Fanny Buitrago intenta contrarrestar la univocidad cotidiana (cuyo rasgo más sobresaliente es la violencia) con situaciones de tipo fantástico o, más precisamente, milagroso. Un ejemplo: en el primer cuento, "¡Cuidado! Hay leones en la Avenida 19", una adivina rumana se instala con su espectáculo en el "patio colonial aledaño a la iglesia de las Aguas, Tercera arriba" (pág. 17). Esta "extraordinaria mentalista (...) doblaba cucharas; enloquecía relojes, barómetros, fotocopiadoras; hipnotizaba animales; retorcía el oro; interpretaba el violín y el piano a distancia. Clavos, tachuelas, remaches y adornos metálicos se desprendían ante el fuego de sus pupilas estrábicas" (pág. 16). Además, traía en su equipo a "quince bailarines que trabajaban desnudos, sin decorados, con sonido y luz pintados íntegramente en dorado. Dos caballos ajedrecistas, imitadores de Anatoli Karpov, Bobby Fisher, Oscar Castro. Nueve gallinas sabias, expertas en programación de computadoras, cálculo diferencial, complicados juegos de salón. Hasta un ballet ejecutado por delfines" (pág. 16).

Aunque estas situaciones se ubican en un contexto irónico —al final se descubre que Larissa Calinescu, la médium, no es rumana, sino una gringuita de Miami—, no dejan de acercarse peligrosamente a los recursos y a la imaginería de Gabriel García Márquez. (Quizás sobre decirlo, pero un libro incluido en una colección titulada Nueva Narrativa debería, por decoro personal y profesional, explorar territorios menos transitados por la literatura colombiana e hispanoamericana).

Este énfasis en las descripciones es la mayor insuficiencia del libro. En teoría literaria existe una figura conocida como "editorialización". Se refiere a los casos en que el narrador omnisciente de tercera persona des-plaza el foco narrativo y pierde la supuesta objetividad que lo caracteriza. Es decir, a los momentos en que el autor proyecta en el discurso opiniones que son suyas, no de la narración, y que favorecen a un personaje o a una ideología. La editorialización es muy frecuente en las novelas decimonónicas, pero en ese contexto su empleo se considera un rasgo primitivo de narración. Modernamente, ha vuelto a utilizarse mucho —Kundera en Europa y Monterroso en América Latina son ejemplos ilustres—. Con todo, su finalidad es muy distinta a la perseguida por los narradores del siglo XIX.

Con seguridad, Fanny Buitrago perseguía ese objetivo. No obstante, el sarcasmo que pretende realizar corresponde mucho más a lo que se ha descrito como editorialización, que a lo que se entiende por ironía. (Las verdaderas ironías son invisibles. Además, confinan al escritor en la soledad: si el lector las descubre, entonces no eran tan finas y, si la pasa por alto, entonces no cumplen su cometido). Veamos tres ejemplos, de los muchos que pueden hallarse en el libro: "Así el joven adquiriría el lustre europeo que los votantes del género femenino encuentran absolutamente irresistible" (pág. 13); "Se alejó entre la multitud hostilizada por el frío, esa multitud dueña de una agresividad totalitaria, levadura diaria en Bogotá" o "(...) el mundo es una película en tecnicolor a través de los comerciales. Allí se dominan innumerables sortilegios para obtener la auténtica felicidad, espantar la tristeza, encender el amor y eternizar la juventud. Definitivamente, la belleza es un artículo de fácil adquisición y Sunsilk, el shampoo de las estrellas de Hollywood" (pág. 57).

Lo inconveniente de este proceder es que no logra matices. A tal punto, que acaba precipitando al narrador en la misma polaridad obtusa del fanatismo que desea combatir. Creer, como narrador, que los medios de comunicación masiva son la etiología de la estupidez humana, significa sustentar opiniones inventadas hace 30 o más años —cuando el nadaísmo existía y en los happenings se destruían televisores—, pero que ya no son de ninguna manera reales. Un buen cuento como "Tiquete a la pasión", escrito con más reticencia, hubiera evadido esa polaridad y ganado en fuerza narrativa. Sus defectos, en cambio, son salvados con mucha destreza en el ya citado "De condición mortal". Sin duda, se trata del mejor cuento del libro, y lo es porque no incurre en costumbrismos innecesarios, porque el "milagro" se asocia sutilmente con las "chivas" de los telenoticieros y radiocadenas, y porque la crítica a los mass media surge como una reflexión que se hace el lector, no como un agregado editorial del autor. Si en los demás cuentos Fanny Buitrago hubiera consignado la misma economía, tal vez no sería éste uno de los muchos, infinitos libros que nuestra memoria debe olvidar.

 

MARIO JURSICH DURAN

1 Cfr. Julio Ramón Ribeyro, Prosas apátridas, Barcelona, Tusquets, 1986, pág. 25. (regresar1)

2 Ver al respecto las páginas 64 y 65 de La comunidad elige, Bogotá, Procomún, L988. (regresar2)

3 A propósito, en apoyo de lo dicho anteriormente: En ¡Libranos de todo mal! los lugares de referencia claves son siempre las iglesias —de San Diego, las Aguas, las Mercedes, etc.— (regresar3)