Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 23, Volumen XXVII, 1990
 

El segundo nace del primero


Machado: reflexión y poesía
Rafael Gutiérrez Girardot
Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1989

La disyuntiva entre la reflexión o la poetización fue propuesta por la escuela romántica y hecha conjunción por la modernidad, entendiendo por ésta ese "romanticismo desromantizado", como la calificara Baudelaire, y Antonio Machado formó parte no ya de la escuela sino de la categoría de romántico. Allí está para decirlo su definición del verso:

 

Ni mármol duro y eterno, 
Ni música ni pintura, 
Sino palabra en el tiempo.

Con el primer verso descalifica la escuela parnasiana, con el segundo la simbolista y con el tercero adhiere a la romántica. Pero con lo romántico, el pensamiento es uno de los imperativos a los que se enfrenta la mente del poeta (ya del poeta moderno), siendo, además, el pensamiento sobre la poesía parte de la emoción poética. Aunque se trata, más bien, del pensar como actividad del poeta, problema que quiere abordar en el caso del poeta español el libro Machado: reflexión y poesía, del profesor Rafael Gutiérrez Girardot.

Sería el Machado meditador en horas de ocio poético, en primer término, y luego el pensador que hay o debe haber detrás de cada quien que es o quiere ser poeta. Y en una primera conclusión de los dos términos que como enunciado hacen el título de este libro, el segundo nace del primero, siendo la posibilidad de reflexión la que genera cualquier capacidad de emoción o de ser transmutada en creación poética. No obstante, es tradición (de la cual se aparta el autor del libro), en los intérpretes de la obra de Machado, afirmar que el poeta se acerca a los temas de la filosofía y al ejercicio de la reflexión en la segunda parte de su vida, justamente cuando le ha abandonado la facultad poética. El mismo Machado, tras la invención de Juan de Mairena, así lo creyó y dijo:

Poeta ayer, hoy pobre 
filósofo trasnochado, 
tengo en monedas de cobre, 
el oro de ayer cambiado.

El personaje, entonces, es Juan de Mairena, por cuya virtud tiene el libro dos partes; una primera: "La poesía de Antonio Machado" y la segunda: "Juan de Mairena". Una tercera parte consta de dos ensayos ajenos al tema. Si de definir se tratara esas primeras dos partes, diríamos que son un registro, una puntual anotación de alusiones, giros con peculiar connotación reflexiva, asociación de pasajes y aun una paráfrasis de los dichos (mejor sería "decires") de don Antonio y don Juan. ¿Pero qué dijo o pensó Machado?

Hay, inicialmente, en la Introducción que haría las veces también de conclusiones, una alusión en cita a la "tentación metafísica" del poeta de Campos de Castilla, a la cual es llevado su sistema de símbolos. Está la idea de que la aproximación a lo conceptual implica una depuración sentimental, haciendo a un lado la intención primera de Machado de hacer residir la tensión lírica o cualquier posible contagio en los "universales del sentimiento", tras dejar sentado que el intelecto no ha cantado jamás. Aunque no se trataría de esto sino del poeta fuera de horas de oficina, esto es, cuando no canta y piensa, o cuando piensa antes de cantar. Lo que don Antonio dice es: “Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu; lo que pone el alma, si es que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice, con voz propia, en respuesta animada al contacto del mundo”. Digamos que esta respuesta animada es lo contrario a cualquier acto reflexivo.

El censo de los tópicos machadianos sirve al autor de este libro para preguntarse por los presupuestos del lenguaje del poeta, tras abordarlo como especialmente cargado de significación y haber anotado que su evolución va del verso a la prosa. Delante del intelecto del hombre que es el poeta se lanzaría las cuestiones del Tartarín de Koenigsberg, que deberían imponerse, creemos, si no fuera por el imperio de lo íntimo: “Si miramos hacia afuera y procuramos penetrar en las cosas, nuestro mundo externo pierde en solidez y acaba por dispersársenos cuando llegamos a creer que no existe por sí mismo, sino por nosotros. Pero si, convencidos de la íntima realidad, miramos adentro, entonces todo nos parece venir de fuera, y es nuestro mundo interior, nosotros mismos, lo que se desvanece”. También sabemos que la inteligencia analiza y disuelve.

Casi el libro quisiera hacernos ver a un poeta que lo fue por no haber alcanzado la especulación filosófica. Hay un punto de partida y llegada, enunciado en las dos primeras líneas del capítulo inicial: “La poesía de Machado está dominada por un tema único: la soledad". Bajémosle el volumen a la frase y digamos que toda lírica auténtica tiene como único tema la soledad, y que ella apela al centro irreductible que hay en cada uno. Pero el tema de la soledad se ha unido al de la reflexión, pues el pensamiento es pensamiento que se genera en soledad, incluido o en ella el sentido y el sentimiento del "otro" y del mundo, que es —no las ideas— donde está la vida.

No se ha de tratar, pues, de aislar químicamente la "tentación metafísica" del canto ni de encontrar el manantial de éste en ella, no ha de tratarse aún de cotejarlos o de depositar el mérito del uno en la certeza de la otra, ni de decir: puesto que ha pensado, vamos a sus poemas para ver qué ha pensado, ello dentro del equívoco del título del libro (mejor habría sido: la reflexión en Antonio Machado). Y hay una convicción en Machado que puede desconcertar (de hecho lo hace), según la cual toda obra poética implica una metafísica por parte del poeta, que sería anterior a los poemas. Lo que hay que ver aquí es la esencial diferencia entre el hombre que sufre y el poeta que crea; el hombre que sufre es el mismo que piensa y no el yo creador, ante cuya aparición afloran facultades como la imaginación y la intuición; pero no es la distancia entre uno y otro ser (que hace o lleva a Machado a inventar a Mairena) sino la diferencia en cualidad en los actos de uno y otro:

Hay dos modos de conciencia:
una es luz, y otra, paciencia. 
Una estriba en alumbrar
un poquito el hondo mar; 
otra, en hacer penitencia 
con caña o red, y esperar 
el pez, como pescador.

En esta iluminación entra en juego la intuición, e intuir es ver; así, dirá Machado: "Para el poeta sólo hay ver y cegar, un ver que se ve, pura evidencia, que es el ser mismo, y un acto creador, necesariamente negativo, que es la misma nada". En vano es que se nos diga, por ejemplo, que Machado leía a Kant y a Bergson, pues al cabo el mismo Machado sugirió que formaban parte de su fantasía, o que en su caso fueron lecturas puestas al servicio del instante —como conciencia en que se hace el poema, aun de la tensión lírica interior —que también es mental— anterior al poema. Existe un pensamiento poético que cobra vida en el instante de la composición y al cual sin duda hay que enmarcar en el pensamiento general sobre la vida, pero que, aun en el caso de la metafísica privada, no es reflexión: "El pensamiento poético —dice Machado—, que quiere ser creador, no realiza ecuaciones, sino diferencias esenciales, irreductibles; sólo en contacto con lo otro, real o aparente, puede ser fecundo. Al pensamiento lógico o matemático, que es pensamiento homogeneizador [...] se opone el pensamiento poético, esencialmente heterogeneizador". Hay que decir que si bien acertó Machado en la invención de Mairena (las palabras transcritas son de éste), no llegó a convertirlo en la figura auténticamente moderna del heterón i mo con voz distinta, como en el caso del portugués Pessoa.

Estudios como el clásico de Ramón de Zubiría sitúan más coherentemente el problema: "Poesía y filosofía se mueven, pues, en direcciones contrarias y sus instrumentos operatorios tienen que ser, por consiguiente, opuestos e irreconciliables. El filósofo opera por medio del pensamiento lógico; el poeta por el pensamiento poético". Y a lo que Mairena llega con la ayuda de la reflexión no es a la certeza o la fe sino a la duda; hay sí, allí, una tabla de consejos y sentencias para ejercer el oficio de vivir y aceptar el ser, no para hacer claridad sobre él. Los términos reflexión y poesía parecerían traducirse en una fórmula personal según el planteamiento del libro aquí glosado: Machado y Mairena o al contrario, cruzándose cada uno en la senda del otro.

JAIME GARCÍA MAFFLA