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Revista de las Indias, un proyecto de
ampliación de fronteras
MANUEL RESTREPO
Profesor asociado, departamento de
sociología.
Universidad de Antioquia
Trabajo fotográfico: Mario Rivera
PARA QUE LA MEMORIA no
nos traicione o para evitar que se cumpla la implacable sentencia de que "todo va
desvaneciéndose en el olvido", ha llegado una invitación a contar una
"historia de historias" de la Revista de las Indias.
En el mes de julio de
1936 apareció el primer número de esta publicación colombiana que venía a sustituir a
la revista Senderos, dirigida por Daniel Samper Ortega, que funcionó como órgano de la
Biblioteca Nacional. "La aparición de esta revista de extensión cultural como
órgano del ministerio de Educación obedece a un plan premeditado de un programa de
difusión lo suficientemente extenso y elástico para permitir metodizadas realizaciones
que se van cumpliendo con calculada precisión". Corrían los tiempos del régimen de
la Revolución en Marcha, que pretendía sacar a Colombia de ese "letargo
señorial" que obstaculizaba el avance de las relaciones sociales hacia la
modernización. La reforma de la Universidad Nacional, la creación de la Escuela Normal
Superior y la llegada de un considerable grupo de intelectuales extranjeros formaban parte
del ambiente de transformación cultural impulsado por el presidente López Pumarejo,
ambiente del cual la revista era una muestra.
El escritor Arcadio
Dulcey fue su primer director. Otros hombres de letras, como Jorge Zalamea, Germán
Arciniegas, Abel Naranjo Villegas, José María Vivas Balcázar, Darío Achury Valenzuela
y Jaime Vélez Sáenz, figuraron posteriormente en su dirección.
Entre 1936 y 1938
transcurrió su primera etapa, adscrita al ministerio de Educación, pero a partir de 1938
en la revista se opera un cambio importantísimo: su internacionalización (1938-1951).
VISIONES DE AMERICA LATINA
Una América Latina
cambiante, convulsionada, difícil de percibir, fue el marco en el que se desenvolvió la
vida de la Revista de las Indias (1936-1950). Durante ese tiempo, gran variedad de
procesos políticos, matizados por diversas fuerzas sociales que los conducían, hicieron
de las naciones-estados de América Latina lugares en donde se conjugaron la diversidad y
el contraste.
Era una época de
rebeldía, de represión, de silencio y de gritos de libertad. Podría pensarse que los
cambios políticos y sociales, entre ellos la aparición
del populismo en América Latina, se reflejaron en
la revista, pero, en verdad, ésta siempre evitó comprometerse con aquellos procesos que
señalaban de mil maneras el "tránsito de fin de vida" a "tiempo de
historia", como ya lo habían propuesto dos grandes de América: Alfonso Reyes y
Pedro Henríquez Ureña.
En 1938, con motivo de la
celebración del cuarto centenario de la fundación de Bogotá, se celebró la reunión de
escritores españoles y americanos de la cual salió la reorganización de Revista de las
Indias, con un comité de dirección de lujo que reunía personalidades de la cultura
ibérica y latinoamericana; cambiando su carácter, pasó de ser una revista nacional
auspiciada por el ministerio de Educación a constituirse en órgano internacional de
escritores hispanoamericanos. Entre los fundadores de esta segunda etapa de la revista
están: Pablo Abril de Vivero (Perú), Eduardo Carranza (Colombia), Benjamín Carrión
(Ecuador), José Cuatrecasas (España), Alfredo Coester (Estados Unidos), Nicolás Delgado
(Ecuador), José Jiménez Borja (Perú), Curt Longe (Uruguay), Mariano Latorre (Chile),
Arturo Manasés (Uruguay), Gustavo Adolfo Otero (Bolivia), José María Ots Capdequí
(España), Daniel Samper Ortega (Colombia), Joaquín Tamayo (Colombia), Luis de Zulueta
(España), entre quienes se escogió su comité de redacción.
Con una extensa lista de
colaboradores internacionales, Revista de las Indias intentó mostrar variadas formas de
mirar a Latinoamérica a través de su poesía, su ficción, su crítica y su avance
científico; en fin, de ilustrar una América como "una y múltiple".
Lamentablemente, la otra cara de la moneda mostró que un equipo tan calificado como el
que tuvo la dirección de la revista no logró crear conciencia sobre esa "gran
utopía intelectual" que tiene como mira la preocupación por la expresión cultural
latinoamericana. Algunos de sus colaboradores trataron el tema desde un discurso oficial
que convertía en razón de Estado todo fenómeno cultural. Otros se plantearon el
problema de nuestra cultura en razón de un "modo de ser." que debía imitar el
pensamiento anglosajón del que se derivó el "American way of life". Véase,
por ejemplo, el ensayo del panameño Octavio Méndez Pereira, "Americanos del sur y
americanos del norte", publicado en la revista en 1939. Estos discursos no alcanzaron
eco en las comunidades literarias y científicas, pero tampoco lograron conformar un
proyecto sustitutivo.
Como resultado de ello,
la revista dio poca cuenta de los procesos políticos y sociales que obstaculizaban la
producción intelectual, y mucho menos promovió esa solidaridad que tanto predicó uno de
los grandes impulsores contemporáneos de la idea de "identidad", como fue el
mexicano Leopoldo Zea; otra razón para pensar que la revista reflejó durante su vida una
América Latina dividida. Lo lamentable del asunto fue que, frente a esa innegable y
vigorosa tarea de organizar una extensa red de colaboradores internacionales de gran
calidad, muy escasos fueron los frutos que se recogieron, en el sentido de dar respuesta a
las grandes preguntas sobre el destino de este continente, o al menos de crear corrientes
sobre ellas. Por ello hemos situado esta experiencia cultural como un momento de
transición hacia "un tiempo de historia" que ha tardado mucho en consolidarse
en América Latina.
Para 1938 la revista
contaba con un comité de redacción del que formaban parte Baldomero Sanín Cano
(Colombia), Luis de Zulueta (España), Tomás Rueda Vargas (Colombia), Benjamín Carrión
(Ecuador), Pablo Abril de Vivero (Perú), y como director actuó Germán Arciniegas. Este
último plantearía en la reunión de intelectuales latinoamericanos convocada por la
Comisión
Cubana de Cooperación
Intelectual en La Habana, en 1941, las tesis americanistas que inspiraban la revista:
libertad, democracia, justicia social y un ideal que cada día empezaba a ser más claro:
el sentimiento de universalidad en la producción intelectual latinoamericana. Con esos
principios se pensaba reunir en equipo a los intelectuales de las muchas Américas: la del
Atlántico y la del Pacífico, la indígena y la española, la del sur y la del norte.
De cualquier modo, este
esfuerzo por universalizar progresivamente la cultura latinoamericana hizo funcionar los
mecanismos más evidentes y próximos para lograrlos: traducciones de literatura
extranjera, corresponsalías en todos los países, reseñas informativas, trabajos
históricos, ensayos y organización de eventos conmemorativos.
La lectura de esta
publicación permite apreciar el liderazgo de un núcleo de la intelectualidad colombiana,
factor positivo en su intención, pero decididamente negativo en su resultado, porque
permitió permear la revista con los vicios seculares de una tolerancia equivocada, que a
nombre de un mal entendido "pensamiento liberalizante" no permitió
desenmascarar a los "figurones de una literatura del mimetismo y la imitación"
que conducían a los caminos de siempre, al historiador de "legajos canónicos y
jurídicos", al "ensayista florido" pero sin contenido, a los "poetas
de veladas escolares" y a los críticos que, en suma, seguían satisfaciendo las
"necesidades ornamentales del retroprogresismo". Por eso no sería exagerado
decir que de las cenizas de la Revista de las Indias nació otro proyecto que evitó toda
costa repetir estos errores y puso todo su empeño en mejorar sus aciertos: la revista
Mito.
En Mito colaborarían
muchos de los que en Revista de las Indias habían pasado la gran prueba de colocar
"el peso del pasado en la lejanía y abrir las puertas a la voluntad del
futuro". Porque es bueno recordar que Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus,
Eduardo Zalamea Borda, Hernando Téllez y Pedro Gómez Valderrama también transitaron el
camino "de las Indias".
DE LAS HUELLAS DEL EXILIO A OTRAS
MAS...
Revista de las
Indias contiene en las páginas de sus numerosos volúmenes (1936-1951) las huellas del
exilio de muchos refugiados republicanos españoles desplazados por la guerra civil y sus
secuelas represivas, como también las de los afectados por la cruenta persecución
fascista que tuvo como marco la segunda guerra mundial. Estas huellas del exilio quedaron
perpetuadas en hechos muy significativos para la historia cultural latinoamericana, en
especial la mexicana y la colombiana. Los gobiernos de Lázaro Cárdenas y Alfonso López
Pumarejo dieron albergue intelectual a profesionales de todas las ramas del saber,
académicos y artistas, que habían sido fustigados por la intolerancia y la barbarie.
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En el número
3 de septiembre de l936sepublica la poesía Miedo de Luis Tejada con una nota que dice:
Unicos versos conocidos del cronista
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En el número
6 de julio de 1937 esta ilustración abre el artículo de Guillermo Hernández de Alba
"La Universidad en la Colonia:
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No hay
duda de que, gracias a estos proyectos, se arraigó en México y en Colombia lo mejor de
la cultura española y en general de la cultura europea. Infortunadamente, hay que
admitirlo, el resultado en cada uno de estos países fue diferente. En México, la llegada
de los refugiados españoles estuvo enmarcada en un proyecto cultural pensado por Alfonso
Reyes y Daniel Cosio Villegas, al concentrar todos los esfuerzos para fundar la Casa de
España, institución que albergó a dichos intelectuales y que posteriormente, en 1940,
se transformó en el actual Colegio de México. En Colombia pudo haberse
repetido el mismo fenómeno con el florecimiento
intelectual que tuvo su asiento en la Escuela Normal Superior, que va desde la rectoría
del insigne maestro José Francisco Socarrás hasta la reforma que sufrió en 1955, época
en que por decreto presidencial este centro de enseñanza se fraccionó. Así, en
Colombia, se cerró el camino a un experimento pedagógico e investigativo tan importante
como el que se dio en la Casa de España, y que hasta la fecha sigue produciendo
excelentes reflexiones sobre el acontecer no sólo del país azteca, sino del continente.
Revista de las Indias
llamó a colaborar en sus páginas a varios de estos inmigrantes que formaron parte de la
Escuela Normal y de la Casa de España, entre los que se destacaron:
José María Ots Capdequí. Había sido
decano de la facultad de ciencias jurídicas, políticas y económicas de la Universidad
de Valencia y director del Centro de Estudios de la Historia de América de la Universidad
de Sevilla. Su labor investigativa en Colombia se centró en la revisión de archivos, y
de este trabajo se nutrieron muchos intelectuales que querían ser profesionales de la
historia.
Entre los principales
artículos que Ots Capdequí escribió para la Revista de las Indias están: "Sobre Los
comuneros de Germán Arciniegas" (1938); "Algunas consideraciones en torno a
la política económica y fiscal del Estado español en las Indias" (1939); "La
regulación jurídica del gobierno entre España y las Indias y los mercantilistas
españoles del siglo XVI"(1940); "Sobre las características que representó la
implantación del régimen virreinal en el Nuevo Reino de Granada" (1944).
Además de actuar como
colaborador, este ilustre personaje formó parte del comité editorial, función que
desempeñó en compañía de otro compatriota suyo, el pedagogo Luis de Zulueta, igualmente
profesor de la Escuela Normal y colaborador con la Casa de España. De Zulueta fue uno de
los primeros intelectuales en reflexionar sobre la guerra y el destino de Europa; basta
con
citar dos de sus artículos:
"América frente a Europa" (1939) y "1940, un año decisivo" (1940).
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"Betty"
de José Rodríguez Acevedo. reproducción de la revista núm. 4 de octubre a diciembre de
1936.
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Enrique Díez Canedo. Poeta,
crítico de teatro en el periódico El Sol, de Madrid, y colaborador de la revista Tierra
Firme. Entre sus colaboraciones para la Revista de las Indias podemos destacar: "De
Goya a Picasso" y "Goya, iniciador del arte moderno" (1939); "De los
espectáculos, el teatro y sus enemigos" (1940); su ensayo "Perfiles de sor
Juana Inés de la Cruz" se convirtió en una verdadera joya de crítica literaria.
José Cuatrecasas. Este famoso
botánico español fue también integrante del comité de redacción. Entre los artículos
que publicó en la revista está "Colectivismo e individualismo", en el cual el
científico incursiona en los campos de la filosofía política.
Joaquín Xirau. Filósofo, decano
de la facultad de filosofía y letras de la Universidad de Barcelona, ofreció varias
conferencias y escribió varios artículos para dicha publicación.
Entre las colaboraciones
del insigne escritor mexicano Alfonso Reyes para la revista se destacaron: Insomnios (poema
escrito en Rio de Janeiro en 1939); una serie de crónicas bajo el título de
"Crónicas anacrónicas", en que relata sus experiencias en París en 1924;
"El reverso de mi último libro", en el que hace una reflexión sobre su obra.
En 1944, antes de ganarse el premio que le otorgaría su patria, envió un curioso ensayo
titulado "Sobre la fundación de las ciudades", en el cual hace gala de una
profunda observación sociológica y filosófica que hoy envidiarían muchos urbanistas e
historiadores.
La presencia de Alfonso
Reyes en la revista sirvió para reafirmar algo que ese gran pensador consignó en su
correspondencia con otro de los grandes de América: "ĦQué intensa y rara ha de
aparecer nuestra vida a los que mañana se asomen a contemplarla con amor!".
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