Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 23, Volumen XXVII, 1990
 

Revista de la Universidad Nacional o la tradición de la ruptura

CLAUDIA CADENA SILVA
Trabajo fotográfico: Mario Rivera

LAS REVISTAS, UNA UTOPIA

LAS REVISTAS, AL IGUAL que el hombre, conjugan estrictamente los verbos nacer, crecer, reproducirse y morir; mejor: la revista reproduce, en un lapso temporal mucho más corto, aquel ciclo tajante y sintético que cumple el hombre irremediablemente.

Pero el origen de éstas no se corresponde, sin embargo, con el del hombre; habrán de constituirse en testigos fieles de sus épocas, sí, pero sólo cuando el hombre así lo exija y tan sólo, además, cuando el universo que puebla lo permita. Si las revistas logran originar una tradición, ésta no se da en un mundo distinto del regido por las pautas de la modernidad, y la característica inherente a la tradición que fundan no es otra que la que distingue lo moderno, la ruptura: "La modernidad es una tradición polémica y que desaloja a la tradición imperante, cualquiera que ésta sea; pero la desaloja sólo para, un instante después, ceder el sitio a otra tradición que, a su vez, es otra manifestación momentánea de la actualidad. La modernidad nunca es ella misma:   siempre es otra [...] La modernidad es una suerte de autodestrucción creadora" 1 .

El mundo comienza a fragmentarse, lo caracteriza la diversidad, la aparición de un infinito número de grupos humanos con tendencias ideológicas disímiles, con búsquedas y aspiraciones contrarias. El hombre ahora atestigua, con obvio temor, el destronamiento paulatino de lo que solía constituir su verdad única; ya no puede negar que el derecho de la realidad es también su revés; que sus construcciones son perennes en la medida en que contienen en si mismas la posibilidad de renovación, de negación, para luego afirmarse en algo distinto. La relación del hombre con la realidad deja de ser unívoca. Su historia ahora está marcada por la tradición de la ruptura: negar para afirmar, destruir para construir. El mundo donde esa tradición tiene lugar es el moderno, y su motor es la dialéctica.

El ser de las revistas contiene ese movimiento dialéctico: surgen siempre como respuesta a un estado de cosas del mundo y del hombre; y encarnan la tradición de la ruptura: al interior de ellas mismas, cuando logran cierta permanencia en el tiempo y se hacen expresión de más de una generación; al exterior, porque son gesto y respuesta frente al mundo.

Ruptura, dialéctica, heterogeneidad; lo efímero, lo fugaz, son las características inherentes al ser de las revistas y son también aquello que determina su relación y expresión del momento histórico. Las revistas se presentan, retrospectivamente y en conjunto, como una presencia múltiple de voces en las que entre ecos se escucha el diálogo que han establecido con su contexto y entre ellas mismas. Por lo demás, es siempre un diálogo corto, en ocasiones interrumpido abruptamente, en otras manipulado o confuso por encontrar en ellas el hombre público la manera perfecta de abrir paso a sus arengas en un momento en que no sólo la revista representa un medio eficaz de comunicación—no se accedía aún a la televisión—, sino en que el político y el intelectual conforman una sola presencia indivisible.

Además de las características anotadas, se insiste siempre en otra cada vez que se alude a la significación de una revista en su momento y durante, por lo general, su corta vida. A todas y cada una de ellas se les atribuyen las características de Prometeo, personaje de la mitología griega que ofrece a la humanidad la antorcha de fuego, la luz, la sabiduría, la civilización. Ninguna se salva de estos atributos. Este curioso fenómeno hace pensar en dos cosas:  primero, lo más obvio, en un lugar común; segundo, en la comprobación de que, en efecto, el surgimiento de las revistas son presagio de rasgos modernos de la época en que se inscriben: no todas podrían fundar los precedentes de una vanguardia y de manera simultánea, de no ser por la diversidad y complejidad del mundo que expresan.

Hago referencia a las revistas de carácter cultural y a una etapa específica de su tradición: la que va del primer decenio del siglo a los años setenta; la que inicia la revista Voces, dirigida por Ramón Vinyes (1917-1920), y termina con Mito (Jorge Gaitán Durán, 1955-1962) y Eco (1960-1984). Entre una y otra, aparecen una gran cantidad de revistas que conjugan el sentir, las creaciones y el espíritu de esa época que, además de ser oscura, retardataria y todo lo demás, posibilita de una u otra forma la existencia y producción de un número bastante significativo de ellas; basta enumerar unas cuantas: ya en el último decenio del siglo pasado, surgen El Montañés, Miscelánea y Alfa y, con ellas, Tomás Carrasquilla. Se anuncia la aparición de Panida. Aparecen revistas que surgen de las tertulias, como El Bodegón (1920) y Los Nuevos (1925), acusada de cosmopolita, afrancesada, y que prefigura lo que habría de ser Mito. Desde 1933, Plinio Mendoza Neira, hombre público y periodista, emprende la creación de Acción Liberal, Unión Liberal, Diario Nacional y El Mes Financiero y Económico, donde colaboran Jorge Eliécer Gaitán, Carlos Lleras, Octavio Paz, Vicente Huidobro, Hernando Téllez, Gerardo Molina y muchos otros. Esta serie de publicaciones dan cuenta de la característica fundamental del momento: las manifestaciones del hombre tienen un doble carácter, literario y político.

 UNA LECTURA

La historia de la Revista de la Universidad Nacional propone una lectura que consiste en atender a ciertas presencias que aparecen, prefiguran una tendencia y propósitos claros y, de pronto, se silencian. Atender a esos silencios que en la larga y diversa historia de la revista se constituyen en testimonio contundente de la situación que vive el país; atender al proceso de construcción y destrucción, de afirmación y negación que en el recinto de la revista ella misma protagoniza; seguir los indicios que fija: es esta la clase de lectura que se pretende aquí.

Las revistas pueden constituirse en espacios de creación, asimilando, no obstante, las producciones del pasado y fijando los precedentes para un futuro; pueden, por otro lado, asumir la posición de receptoras de todo aquello que se crea fuera de ellas y limitarse a su reproducción; pueden ser un medio de compilación o de creación y producción; pueden constituirse en expresión del mundo o en ignorancia del mismo. Algunas manifiestan el producto de una interrelación profunda con su momento, o sugieren evocación y nostalgia.

La Revista de la Universidad Nacional es todo lo anterior: es ruptura con ella misma y sus propósitos en alguna de sus etapas; es negación de la historia o afirmación del cambio; es política de cambio pero también política de vuelta. Avanza y se paraliza. Su ritmo está marcado por el del país del que es expresión, no sólo por lo que dice sino, sobre todo, por lo que deja de decir.

 GERARDO MOLINA, LA PRIMERA VOZ Y EL SILENCIO ELOCUENTE

La presencia de Gerardo Molina aparece, a lo largo de la historia de la Revista de la Universidad Nacional, cada vez que se pretende instaurar una tradición nueva caracterizada por la voluntad de cambio y de proyección al futuro. Tanto su presencia como aquellos momentos en que se silencia y en los que vuelve a hablar, constituyen un hito en el seguimiento del transcurrir de la revista. Sus silencios evidencian, con respecto a las etapas en que se producen, el carácter retardatario de éstas. Su presencia o ausencia metaforizan la relación de la revista con los cambios a que se somete el país. La aparición y las transformaciones radicales o paulatinas que sufre la Revista de la Universidad Nacional responden o encuentran correspondencia inequívoca con el espíritu que rige el momento.

Existen términos que es imposible obviar cuando se trata de configurar las tendencias que marcan, al menos, la primera etapa de la revista: ciencia, tecnología, investigación y modernización. La hegemonía conservadora, ejercida desde 1890 hasta 1930, había dejado como herencia un país sumido en una especie de aletargamiento. Pero la situación comienza a cambiar con el ascenso al poder, en 1934, de Alfonso López Pumarejo; el país se adentra en un proceso acelerado de modernización e industrialización que, sin embargo, no deja de crear reservas en muchos sectores que ven en la voluntad de cambio inspirada por López Pumarejo una amenaza a sus intereses.

Para cumplir con el propósito que el gobierno se había fijado, la universidad habría de desempeñar un papel fundamental: sería la herramienta con la que el hombre conocería, investigaría y se haría capaz de acabar con la crisis de preparación técnica que sufría y que imposibilitaba cualquier paso al frente en términos de industrialización. Se pretendía que la universidad dejara de estar al margen del país y que se vinculara estrechamente al Estado. La tarea que quería llevarse a cabo debía tener muy en cuenta la relación con la universidad y con todo lo que a ella concernía; debería sufrir una transformación total, dejar de ser simplemente el lugar donde se forman profesionales, para constituirse en el medio donde, a la vez que se conocen los problemas que sufre el país en todos los niveles, se proponen soluciones efectivas por medio de la investigación y el estudio. Se crea la ciudad universitaria y se congregan las facultades en ese momento dispersas. Se busca una universidad cuya infraestructura sea la que en adelante provea las herramientas de cambio.

Este fue el diseño de las cubiertas desde octubre de 1944 hasta 1950. Ilustración utilizada en el articulo de Jaime Ibáñez publicado en el núm. 9 de 1947. Don Quijote velando las armas.

Todo comienza en 1934. La nueva universidad, en 1935. El primer número de la Revista de la Universidad Nacional, nueve años después de la recreación del recinto educativo. La función que la universidad debía cumplir había sido claramente definida y su revista surge como el medio a través del cual se daría cuenta de los trabajos realizados en aras de la preocupación nacional: crear las condiciones necesarias para la modernización del país.

La creación de la revista, así como la presencia de Gerardo Molina en la dirección, coinciden con el espíritu de cambio que imperaba. Más tarde coincidirán también la transformación radical del medio de difusión y la salida de Gerardo Molina con una etapa oscura y retardataria que habría de atravesar el país. En el primer número, aparecido en octubre de 1944, se define en su editorial la visión que caracterizaría esta primera etapa; la revista surge, entonces, como respuesta a la necesidad de "presentarle periódicamente a la opinión letrada una reseña de sus trabajos, un cuadro de las conclusiones a que van llegando sus investigadores y una síntesis del pensamiento de los hombres ilustres sobre las cuestiones colectivas" (núm. 1, octubre de 1944). Y más adelante enfatizaba: "En contraste con lo que ocurría en la Edad Media, cuando el ideal que avasallaba a los espíritus era el de crear una cultura sin raíces en la vida, una cultura segregada del mundo, la Edad Contemporánea comprende que las realizaciones de la inteligencia sólo tienen sentido y valor si se conjugan con la sociedad y con el pueblo, cuyos esfuerzos las hacen posibles. Y supera también la Universidad al seguir esa conducta, la postura humanística del Renacimiento, cuando se consideraba que los sectores populares no merecían participar de las conquistas mentales. Cultura en función de la sociedad y al servicio del pueblo [...]".

Cultura en función de la sociedad, porque era precisamente ésta la que fijaba el rumbo que debían tomar los esfuerzos de quienes se encontraban al frente de la universidad y de los trabajos que en ella se realizaban; cultura al servicio del pueblo, porque sería éste el primer beneficiario de los logros que allí se obtuvieran. Se trataba de una revista cultural pero en la medida en que el concepto ‘cultura’ implicaba no especialización sino apertura, mayor capacidad de comprensión y, aun cuando parezca paradójico, pragmatismo. Los problemas que sufría el país estaban ahí, y la revista debía dar a conocer todo aquello que directa o indirectamente apuntara a su comprensión y solución. Publicaba entonces, en primera instancia, los resultados y conclusiones a que llegaban quienes se dedicaban a la investigación y al estudio y, más específicamente, al estudio de los problemas que concernían al país. Era una revista práctica y en profunda interacción con su momento.

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1 Octavio Paz, Los hijos del limo. Bogotá, Oveja Negra, 1985, págs. 9-10. (regresar1)