adornos convencionales, como pañoletas, buscar
marido entre los lagartijos jóvenes y casarse para tener bastantes hijos. Como una buena
lagartija, no debía ufanarse de las zapatillas ni del anillo, ni mucho menos de la
corbata, ya que es prenda exclusiva del rey. Tampoco conviene estar pensando que el sol
envidia su belleza y que le hablará (aunque de eso sólo se ocupan los sacerdotes) y la
hará reina. Pero la lagartija, Pequeña Luz, de Triunfo Arciniegas es rebelde y hace todo
lo que no debiera.
Efectuando la
transposición alegórica, Pequeña Luz encarna la rebeldía adolescente. Fácilmente se
entiende esto al ver que la lagartija no se adapta al mundo de sus padres ni de sus
congéneres y empieza a sentirse diferente e incomprendida.
Tiene un sueño que hace
creer a todos que está loca: que el sol le hablará y la hará reina gracias a su
belleza. Esta obsesión le da a la rebeldía adolescente otro matiz que, aparentemente, la
hace ver más interesante, puesto que se relaciona con el arte. En últimas, Pequeña Luz
emprende la difícil búsqueda de la belleza y de la luz del conocimiento.
Para esto debe apartarse
de la manada y emprender el camino hacia donde considera que está el reino del sol: el
desierto. A su paso va encontrando una serie de personajes, animales unos, humanos otros,
que van dándole al viaje un carácter pedagógico. Se pretende hacer, en esta parte, una
semblanza del mundo moderno y de cómo sobrellevan la existencia algunos de sus marginados
personajes.
La hostilidad de la
ciudad opulenta contrasta con la generosidad de un ciego que vive debajo de un puente. La
tortuga soporta con la alegría de su canto la persecución arbitraria de los gatos.
Después la lagartija escapa del niño de la corneta, que deseaba guardarla en un frasco,
y se topa con un murciélago asustadizo, coleccionista de monedas. El jardinero le deja
ver a Pequeña Luz la experiencia del deshonor. El trío que conforman el jaguar, el gato
y la paloma son el ejemplo de cómo fuerzas antagónicas pueden vivir en armonía si van
en busca de un ideal: la casa de cristal. El payaso tristón y amargado, un escritor
frustrado, y el niño de vidrio demuestran que la verdad de las cosas se halla detrás de
la apariencia. El caballo de la postal es consciente de pertenecer a un sueño ajeno, pero
no le teme a su muerte próxima, ya que ésta lo liberará de su prisión. Finalmente,
acosada por la serpiente, a punto de morir insolada, consigue lo que se había propuesto
y, casi que resucitada, la lagartija regresa convertida en una Pequeña Luz. Se supone que
es la luz conseguida a través de su experiencia.
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El sentido que toma la
actitud rebelde de la lagartija es demasiado ingenuo. Pretender fundar el desacuerdo ante
la sociedad valiéndose de elementos como la corbata, que representaría al poder
político y económico, y la confrontación simplista ante la religión y las tradiciones
de la comunidad, para enfrentarlas a la búsqueda de un ideal de belleza y conocimiento
emprendida por un personaje que empieza a verse como un loco un lugar común
demasiado común, es simplificar demasiado la realidad de las cosas. Establecer
dicotomías tan inmediatas y obvias es negar la multiplicidad de relaciones posibles del
mundo moderno que le brindan al conocimiento una verdadera riqueza. Al plantearse la
rebeldía en este libro con la consabida fórmula en donde los factores de la ecuación
son: mundo-pensamiento práctico-trabajo vs. un yo idealista luchador, lo que se está
proponiendo realmente es la continuación de una apocada y débil tradición.
Por este encasillamiento,
que es terreno poco propicio para que se desarrolle el espíritu lúdico, la fábula de
Triunfo Arciniegas La lagartija y el sol carece del humor satírico y de la ironía
que caracterizan a las fábulas, y permite el desarrollo de unas relaciones melosas entre
sus personajes. Esta melosería tiende a ser identificada con la fantasía que deben tener
los libros de la llamada "literatura infantil", lo cual es un error que hay que
empezar a corregir.
DIEGO
CERÓN