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Nostálgico halo
clasicista
Antantes y otros poemas
Jorge Gaitán Durán. Prólogo
de Darío Jaramillo
Agudelo, grabados de Juan Manuel
Lugo
El Ancora Editores, Bogotá, 1989
Si la muerte por
circunstancias violentas ha marcado de una forma definitiva e irreversible la historia de
Colombia, con la literatura no lo ha sido menos. Escritores como José Asunción Silva,
Carlos Obregón, Eduardo Cote Lamus, Gonzalo Arango, Jorge Gaitán Durán, nos lo
confirman perentoriamente. Se podría aumentar la lista de "los muertos antes de
tiempo", pero este no es el asunto de esta reseña.
Los críticos coinciden
en valorar estos dos libros que ahora se publican conjuntamente como lo más logrado de la
obra de Gaitán Durán. Podemos decir sin ninguna exageración que es una espléndida
ocasión para leer al poeta de Los amantes (1959) y de Si mañana despierto (1961);
37 poemas que congregan lo mejor de su obra, ya que sus anteriores libros Insistencia
en la tristeza (1946), Presencia del hombre (1947), Asombro (1951)pueden
ser considerados como preparatorios para sus dos grandes y densos y últimos libros de
poemas.
Sin menoscabo de los
grabados de Juan Manuel Lugo que se incluyen en este volumen, algunos de sus poemas nos
recuerda por su nostálgico halo clasicista a Puvis de Chavanne (1824-1898), sobre todo en
Verano, uvas, río, Por la sombra del valle y Sé que estoy vivo y al
Matisse de las Pastorales. También la descarga erótica de Amantes tienen un
paralelo con André Masson (1896-1987), el pintor francés que ilustró textos de
Bataille, el Martinica, encantadora de serpientes de Breton, además de realizar
entre muchas otras obras una serie de retratos sobre el Marqués de Sade. Quizás lo que
más le distinga de los otros poetas de su generación sea la profunda convicción con la
que escribió sus poemas. Gaitán hace de la poesía su experiencia más radical
encontrando en el límite del alba, en el mediodía, en el combate de los cuerpos, los
espacios preferidos de sus poemas.
Quienes le conocieron
hablan de su altanería; el lector, cuyo único testimonio son sus escritos, advierte que
esa energía sufre una transformación hacia la rudeza. La concisión de sus versos nos
recuerda aquella advertencia de Rilke: "era un poeta y odiaba lo impreciso". Sus
poemas son como golpear en la mesa con un guante de acero, indicando que cada uno de ellos
es una dura prueba, un acto de conocimiento.
Enfrascado como estaba en
la intensa experiencia con las cosas, el lugar que más claramente se le abre como
posibilidad para comprobarlo es el Instante. Si trazamos un mapa imaginario los cuatro
puntos cardinales de la poesía de Gaitán serían: el Instante, la Eternidad, el Cuerpo y
la Muerte. En este juego de tensiones su palabra irá llenando las experiencias de
sentido. La rebeldía que tuvo en vida le servirá para hallar en el Instante la
palpitación de la vida, y en el sexo, la intensidad de la muerte. La necesidad de
completarse y fundirse en otro cuerpo como manera de desentrañar la Eternidad parte de lo
que Bataille llamaba el "inacabamiento":
"Un hombre se sabe
inacabado, imagina de pronto el ser acabado, lo imagina verdadero. Dispone a partir de
entonces no solo de lo acabado, sino también, por contraposición, de lo inacabado. Lo
inacabado dependía hasta entonces de su impotencia, pero al disponer de lo acabado, el
exceso de su poder ¡ibera en él el deseo de lo inacabado".
Esa aguda y dolorosa
búsqueda por medio del instinto "quiere decir en palabras de Guillermo
Sucre presencia del ser y del mundo". Es en este punto donde su obra se
emparenta con la de Octavio Paz. Saúl Yurkievich señala en el escritor mexicano que el
poema es "consagración del instante privilegiado que escapa a la corriente
temporal... instante revelador de la otredad, salto a lo absoluto, epifania, presencia del
misterio cósmico, rescate de la unidad y de la plenitud primigenias, intermediario entre
la concietícia y el mundo verdadero".
No podemos dejar de
comparar algunos momentos de Amantes con el poema Piedra de sol del mexicano
donde en el acto del amor se vislumbra "nuestra unidad perdida, el desamparo
que es ser hombre, la gloria que es ser hombres
y compartir el pan, el sol, la muerte, el
olvidado asombro de estar vivos".
Asombro es sin duda la palabra más
profunda de Gaitán, y no en vano llamó a uno de sus libros de esa manera.
El poeta insiste en
varios poemas de "Si mañana despierto" en la canícula, esa otra hora extrema,
ese momento de suspensión solar que obliga a los habitantes de las ciudades y en
este caso de Cúcuta a resguardarse en los bares o en lo profundo de las casas para
encontrar un poco de frescura. Aplacados por la presencia del sol aparece la siesta como
el momento donde el cuerpo escapa, se abren los sentidos y captan el paso del tiempo en la
fuente que "habla como la infancia".
Hablar de Gaitán Durán
es también hablar de la muerte. El Vengan cumplidas moscas es según Alvaro Mutis
"el poema a su propio cadáver". La muerte de Gaitán como profecía es
indudable; lo interesante es observar cómo la había construido, cómo la había hecho
suya, tal como pide Rilke en sus Cuadernos de Malte Laurids Brigge. Y para hablar de la
muerte de Gaitán volvió a emplear la rebeldía para aprender con su presencia el
misterio del hombre y porque sabía que "la conciencia de la nada asigna una nueva
jerarquía al diario vivir" como afirma Andrés Holguín.
Poeta de límites, donde
todo tiene un destello más acusado, como lo aprendió de los románticos, Gaitán podría
compartir las palabras de
Blanchot:
"¿Porqué la
muerte? Por que es lo extremo. Quien dispone de ella dispone extremadamente de si, está
ligado a todo lo que puede, es integralmente poder".
Sin lugar a dudas la
figura de Gaitán ha despertado y sigue despertando gran interés. Los que lo recuerdan lo
hacen con una total entrega: Vicente Aleixandre, Jorge Guillén, José Angel Valente, Juan
Luis Panero, Eduardo Carranza, Carlos Martin, Fernando Charry Lara, etc.
Esperemos que algún día
se reúna y se publique toda su correspondencia. Podremos encontramos con textos de
Borges, Cernuda, Paz, entre tantos otros. Esperemos.
RAMÓN
COTE BARAIBAR