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Más allá de la
devoción
Crepúsculo
Laura Victoria
Universidad Central, Bogotá, 1989
Los códigos éticos
aún más que los estéticos aspiran a la eternidad. Pero una
"verdad" tan "inobjetable" como "no hagas a otro lo que no
quieres que te hagan a ti" presenta sus bemoles cuando uno la sitúa en un contexto
freudiano o psicoanalítico, y uno se pregunta entonces silos principios morales de un
sujeto en plena vigilia corresponden ciento por ciento a sus deseos inconscientes. Incluso
aquella recomendación bíblica de amar al prójimo como a uno mismo ha sido la menos
practicada por sociedades
que no
cesan de reclamarse, con altivez, occidentales y cristianas. No en balde Jesús, que
conocía a su gente al dedillo, se atrevió a lanzar una propuesta más osada: "No
juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y etc.". Cada quien puede hacer uso de
la sentencia de la manera más inofensiva posible, pero cuando se trata del terreno
literario es preciso emitir un juicio, que no una condena.
Estas y otras reflexiones
me revoloteaban al leer la colección de poemas de Laura Victoria. Hay vocaciones que
nadie puede discutir, y en poesía nada es eterno, ni mucho menos. Sin embargo, vale la
pena destacar cómo el señor Gustavo Páez Escobar, autor del prólogo a Crepúsculo "Laura
Victoria, una alondra de los vientos", trata por diversos medios de insertar esta
poesía en una eternidad más modesta: la "predestinación para la poesía"
(pág. 9). Y luego, como si ello no fuera poco, enumera las "sorprendentes
similitudes que existen entre ella [la autora] y Gabriela Mistral" (págs. 12-13),
sin tocar para nada la textura de ambas obras, limitándose al uso de seudónimos, cargos
diplomáticos, parecidos desengaños sentimentales y hasta rasgos fucos.
Evidentemente, no ha sido
la mejor estrategia para presentarnos la poesía de Laura Victoria, aunque la intención
fuera encomiable. Y lo mismo sucede cuando, al referirse al libro ("en vía de
imprenta") Actualidad de las profecías bíblicas, nos señala que "las
indagaciones en la sabiduría de los Evangelios" (pág. 15) de Laura Victoria
cuentan con el aval de un parapsicólogo (el jesuita Oscar González Quevedo), por más
que sea una eminencia en los arcanos de lo suprasensible. Así, a la segunda parte de Crepúsculo,
titulada sobriamente "Poesía mística", le cae de carambola un aceite mediúmnico
que no le sienta. Porque, además, para el autor del prólogo la vía de la
purificación (¿poética?) pasa primero por la carne débil, como decía Saulo:
"Admirable este
viraje de quien salta, después de haber recorrido a plenitud los senderos del sensualismo
y el placer romántico, a las temperaturas del misticismo"
(pág. 15). En esas temperaturas procuraremos detenernos para demostrar que la carne del
lenguaje es más pesada que la del espíritu.
En toda vocación
poética hay un elemento trágico (y en esto no le falta razón al prologuista cuando
habla de predestinación), pero éste tiene que ver con la lucha del poeta con las
palabras en el campo de la heroicidad cotidiana. Laura Victoria mantiene un trato con la
lengua poética (formas estróficas y versos medidos, vocabulario de fácil acceso) que le
permite adjudicarse una primera victoria (hagámosle homenaje al apellido ficticio) basada
en un dominio técnico. Pero a la vez dicho trato es casi un pacto que consiste en
la plena confianza en el lenguaje como medio. Esta es una herencia modernista de la que
puede sentirse orgullosa la poeta, y en ello no veríamos un motivo de alarma. Pero
el problema se manifiesta por sí solo cuando notamos un cruce de tonos y actitudes.
Hablamos únicamente de la primera parte del libro, la más prolija. Es interesante, al
respecto, observar cómo los poemas insisten en una sensación de limite u orilla (págs.
36, 39, 41, 42) que, al margen de hacer referencia a sus contextos específicos, bien
puede dar cuenta de los peligros que se avecinan:
¿ Quién clavó mi albedrío en esta
orilla estéril donde no crecen pájaros ni lluvias, donde tejen las horas su telaraña de
fastidio y en la comarca de la brisa sopla viento iracundo?
[Elegía del regreso
imposible, pág. 39]
Así llegaste un día y así te ve mi
anhelo, suspendido en el limite de la angustia y el vuelo...
[Así llegaste un día, pág.
41]
Dentro de los límites
de esta primera parte, es factible detectar la garra de la tradición ("Yo no sé
cómo vivo! en esta helada sombra! donde sólo se escuchan! las lenguas de mis
muertos...", pág. 40) junto al deseo de superarla, remontarla o simplemente
desprenderse de una vez por todas: "Todo, todo me anuncia/ que el momento postrero se
aproxima,/ pero tengo el valor que da la fe/ y la certeza de la palabra eterna/ que
promete, que la carne mortal/con Cristo resucita" (La recta final, pág. 38).
Esta declaración de fe, amén de su esperanza religiosa, tiene que ver con la poesía
("carne mortal") que vehementemente la proclama. No es fácil, pues, desligarse
de los tics de una retórica, que es la entidad (no religiosa: expresiva)
que motiva esa mezcla, en la poesía de Laura Victoria, de aires de fray Luis de León o
san Juan de la Cruz (he dicho aires, nada más) con títulos de poemas que apuntan a la
zona boleril en que se transformó parte del legado modernista. Apuesta cruel (pág.
44), La carne (pág. 29) y recuerdo una película de Isabel Sarli, de título
semejante, cuyo presupuesto se limitaba, al margen del costo de la cinta de celuloide, a
un camión frigorífico y, claro está, a una cama dentro del camión, Desolación
(pág. 23), Hay almas que sufren (pág. 63), ¿no nos hacen pensar en los
surcos de algún "elepé" de Agustín Lara? Que conste que no estoy
hablando peyorativamente ni de Lara ni de los títulos de Laura Victoria. Pero sí debemos
ser conscientes de que salvo mejor opiniónel bolero y el devocionario nunca
hicieron buenas migas, ¿verdad?
Tampoco falta en esta
sección el canto cordial del terruño (Himno a Soatá,
págs. 60-61) que trueca en gloria la pena del tiempo ido:
Oh soatenses, corred
presurosos
al recinto de la Catedral,
que sus claras campanas
anuncian
alboradas de júbilo y paz.
¿Estamos ante otra
promesa de resurrección? Por supuesto. Del mismo modo que el paisaje patriótico (por
más adoptivo que éste sea, como en los sonetos a México págs. 47-49),
concluirá con ímpetu mesiánico: "para forjar al hombre de la raza futura" (Futuro,
pág. 49). En estos escenarios se libra otra batalla con el lenguaje, allí donde gana
siempre el corazoncito y queda mal parada la poesía. De ninguna manera, entonces,
nos debe sorprender que en un poema como Galerón (págs. 70-71), que tiene la
atmósfera y la ansiedad de La vorágine, irrumpa otra vez el anhelo de huida, de
transgresión del límite:
Cauchero, me voy
contigo,
no importa dónde me lleves,
que ni siquiera pregunto
si te quiero o tú me quieres.
Incluso el mestizaje
poético es tan decimonónico como el racial que recuerda un final de poema ("o
blanco aventurero o indio emperador") que su autor, José Santos Chocano, imaginaba
de ópera y que en verdad no pasaba de zarzuela:
Sangre
india y española
es la que en las venas llevo,
por eso es llama mi carne
y abismo mi pensamiento.
[Mi corazón viaja
solo, pág. 68]
Definitivamente no son éstas las
mañanitas que cantaba el rey David, sino los atardeceres de una retórica que obscurecen
el lado interesante de
esta poesía, un lado afín a la
artesanía del Siglo de Oro y, por ende, a una seguridad en la dicción:
Soñé viajar contigo,
qué quimera
soñar con lo imposible y lo lejano,
y querer retener entre la mano
el vuelo de una nube pasajera.
Soñé con
tu calor como si fuera
mi voz el surco y tu ternura el grano
que fecundara mi dolor humano
y de nuevo la fe me devolviera.
Pero el sueño fue sueño,
yana
espuma,
filo de estrella con sabor a bruma
y espejismo en la sed de mi
destino.
Ahora es soledad,
vacío inerte,
un viaje por el mapa de la muerte
y un adiós desde el llanto del camino.
[Quimera, pág. 84]
Pero estos logros se ven
amenazados por ese "cataclismo" con que se cierra un poema de significativo
título:
Nos estamos
quedando sin palabras (págs. 88-90), al que paradójicamente le sobran versos.
Y ahora pasemos ala
sección "Poesía mística". Si Laura Victoria se ha dedicado al estudio de las
profecías bíblicas, esto no tiene por qué ser tomado como una inclinación a la
mística y menos como poesía de tal "naturaleza". Esa confusión significaría
que un egiptólogo debe mostrarse sólo de perfil (como las representaciones de los
artistas del Nilo antiguo) y andar trepado en un camello.
El texto central de la
segunda parte de Crepúsculo se titula La encarnación (págs. 105-115). No
me atrevo a llamarlo poema y me apuro en decir que no va más allá de ser una
clase de catecismo compuesta en verso. Una cosa es la mística (que nunca jamás ha
sido definida con palabras, excepto con una que no es más que un acuerdo con el sonido
del silencioaquella canción de Paul Simon de la época de El graduado,
es decir, inefable) y otra cosa es la poesía. Para juntarlas hay que
conseguir, en primera instancia, un tipo especial de
poeta: aquel que, a su vez, es místico. Y en
segunda instancia hay que tenerle una desconfianza de la patada al lenguaje, o
considerarlo insuficiente. Cuando la persona poética exclama:
Potente
voz en mi silencio mora
y los sentidos en su ardor calcina;
voz que abismada de ansiedad domina
sin palabra, sin tiempo y sin aurora.
[Voz eterna, pág.
116]
queda confirmada nuestra
sospecha: esa "voz
eterna" es la de la tradición en que se inscribe el libro de Laura Victoria, que no
es la tradición de santa Teresa ni mucho menos de Miguel de Molinos (a quien la
Inquisición le hizo saborear el aceite de ricino de illo tempore) sino la del gran
Rubén y de José Asunción (y la de Efrén Rebolledo).
Por otro lado, y
retomando nuestra reflexión sobre ¡amoral o la ética, cabe indicar que la persona
poética que cree en esas "verdades permanentes" (pág. 109), que hemos de
asociar a la doctrina cristiana, nos desconcierta por completo cuando saca de la manga un
consejo del ojo por ojo y ese otro del que se duerme como tortolita y aparece después en
la olla de los tallarines:
Corazón,
sé valeroso,
nunca muestres tu tristeza
y si quieren destrozarte
paga en la misma moneda.
Cuando pretendan
dejarte
coge tú la delantera,
si te traicionan, traiciona,
si te quieren, recompensa.
[Coplas, II, pág. 92]
Estas estrofas, claro, se
hallan en la primera sección del libro, la que, según Gustavo Páez Escobar,
pertenecería a los "legajos de sus versos quemantes de otras épocas" (pág.
15).
¿En dónde quedaría la coherencia entre doctrina religiosa y puesta en
práctica? ¿En dónde ese propósito de enmienda que, según el misal, empieza cuando el
sacerdote imparte la bendición en el confesionario?
La devoción a la poesía
tiene su precio, por más que uno sienta que la inspiración sale del fondo de
nuestras convicciones. Y el valor de toda poesía será el de las palabras, que nunca
están a la venta, por más soplo divino que les caiga.
EDGAR OHARA