Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 23, Volumen XXVII, 1990
 

Más allá de la devoción


Crepúsculo
Laura Victoria
Universidad Central, Bogotá, 1989

Los códigos éticos —aún más que los estéticos— aspiran a la eternidad. Pero una "verdad" tan "inobjetable" como "no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti" presenta sus bemoles cuando uno la sitúa en un contexto freudiano o psicoanalítico, y uno se pregunta entonces silos principios morales de un sujeto en plena vigilia corresponden ciento por ciento a sus deseos inconscientes. Incluso aquella recomendación bíblica de amar al prójimo como a uno mismo ha sido la menos practicada por sociedades que no cesan de reclamarse, con altivez, occidentales y cristianas. No en balde Jesús, que conocía a su gente al dedillo, se atrevió a lanzar una propuesta más osada: "No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y etc.". Cada quien puede hacer uso de la sentencia de la manera más inofensiva posible, pero cuando se trata del terreno literario es preciso emitir un juicio, que no una condena.

Estas y otras reflexiones me revoloteaban al leer la colección de poemas de Laura Victoria. Hay vocaciones que nadie puede discutir, y en poesía nada es eterno, ni mucho menos. Sin embargo, vale la pena destacar cómo el señor Gustavo Páez Escobar, autor del prólogo a Crepúsculo —"Laura Victoria, una alondra de los vientos", trata por diversos medios de insertar esta poesía en una eternidad más modesta: la "predestinación para la poesía" (pág. 9). Y luego, como si ello no fuera poco, enumera las "sorprendentes similitudes que existen entre ella [la autora] y Gabriela Mistral" (págs. 12-13), sin tocar para nada la textura de ambas obras, limitándose al uso de seudónimos, cargos diplomáticos, parecidos desengaños sentimentales y hasta rasgos fucos.

Evidentemente, no ha sido la mejor estrategia para presentarnos la poesía de Laura Victoria, aunque la intención fuera encomiable. Y lo mismo sucede cuando, al referirse al libro ("en vía de imprenta") Actualidad de las profecías bíblicas, nos señala que "las indagaciones en la sabiduría de los Evangelios" (pág. 15) de Laura Victoria cuentan con el aval de un parapsicólogo (el jesuita Oscar González Quevedo), por más que sea una eminencia en los arcanos de lo suprasensible. Así, a la segunda parte de Crepúsculo, titulada sobriamente "Poesía mística", le cae de carambola un aceite mediúmnico que no le sienta. Porque, además, para el autor del prólogo la vía de la purificación (¿poética?) pasa primero por la carne débil, como decía Saulo:

"Admirable este viraje de quien salta, después de haber recorrido a plenitud los senderos del sensualismo y el placer romántico, a las temperaturas del misticismo"
(pág. 15). En esas temperaturas procuraremos detenernos para demostrar que la carne del lenguaje es más pesada que la del espíritu.

En toda vocación poética hay un elemento trágico (y en esto no le falta razón al prologuista cuando habla de predestinación), pero éste tiene que ver con la lucha del poeta con las palabras en el campo de la heroicidad cotidiana. Laura Victoria mantiene un trato con la lengua poética (formas estróficas y versos medidos, vocabulario de fácil acceso) que le permite adjudicarse una primera victoria (hagámosle homenaje al apellido ficticio) basada en un dominio técnico. Pero a la vez dicho trato es casi un pacto que consiste en la plena confianza en el lenguaje como medio. Esta es una herencia modernista de la que puede sentirse orgullosa la poeta, y en ello no veríamos un motivo de alarma. Pero el problema se manifiesta por sí solo cuando notamos un cruce de tonos y actitudes. Hablamos únicamente de la primera parte del libro, la más prolija. Es interesante, al respecto, observar cómo los poemas insisten en una sensación de limite u orilla (págs. 36, 39, 41, 42) que, al margen de hacer referencia a sus contextos específicos, bien puede dar cuenta de los peligros que se avecinan:

¿ Quién clavó mi albedrío en esta orilla estéril donde no crecen pájaros ni lluvias, donde tejen las horas su telaraña de fastidio y en la comarca de la brisa sopla viento iracundo?

[Elegía del regreso imposible, pág. 39]

Así llegaste un día y así te ve mi anhelo, suspendido en el limite de la angustia y el vuelo...

[Así llegaste un día, pág. 41]

Dentro de los límites de esta primera parte, es factible detectar la garra de la tradición ("Yo no sé cómo vivo! en esta helada sombra! donde sólo se escuchan! las lenguas de mis muertos...", pág. 40) junto al deseo de superarla, remontarla o simplemente desprenderse de una vez por todas: "Todo, todo me anuncia/ que el momento postrero se aproxima,/ pero tengo el valor que da la fe/ y la certeza de la palabra eterna/ que promete, que la carne mortal/con Cristo resucita" (La recta final, pág. 38). Esta declaración de fe, amén de su esperanza religiosa, tiene que ver con la poesía ("carne mortal") que vehementemente la proclama. No es fácil, pues, desligarse de los tics de una retórica, que es la entidad (no religiosa: expresiva) que motiva esa mezcla, en la poesía de Laura Victoria, de aires de fray Luis de León o san Juan de la Cruz (he dicho aires, nada más) con títulos de poemas que apuntan a la zona boleril en que se transformó parte del legado modernista. Apuesta cruel (pág. 44), La carne (pág. 29) —y recuerdo una película de Isabel Sarli, de título semejante, cuyo presupuesto se limitaba, al margen del costo de la cinta de celuloide, a un camión frigorífico y, claro está, a una cama dentro del camión—, Desolación (pág. 23), Hay almas que sufren (pág. 63), ¿no nos hacen pensar en los surcos de algún "elepé" de Agustín Lara? Que conste que no estoy hablando peyorativamente ni de Lara ni de los títulos de Laura Victoria. Pero sí debemos ser conscientes de que —salvo mejor opinión—el bolero y el devocionario nunca hicieron buenas migas, ¿verdad?

Tampoco falta en esta sección el canto cordial del terruño (Himno a Soatá,
págs. 60-61) que trueca en gloria la pena del tiempo ido:

Oh soatenses, corred presurosos 
al recinto de la Catedral, 
que sus claras campanas 
anuncian
alboradas de júbilo y paz.

¿Estamos ante otra promesa de resurrección? Por supuesto. Del mismo modo que el paisaje patriótico (por más adoptivo que éste sea, como en los sonetos a México —págs. 47-49—), concluirá con ímpetu mesiánico: "para forjar al hombre de la raza futura" (Futuro, pág. 49). En estos escenarios se libra otra batalla con el lenguaje, allí donde gana siempre el corazoncito y queda mal parada la poesía. De ninguna manera, entonces, nos debe sorprender que en un poema como Galerón (págs. 70-71), que tiene la atmósfera y la ansiedad de La vorágine, irrumpa otra vez el anhelo de huida, de transgresión del límite:

Cauchero, me voy contigo, 
no importa dónde me lleves, 
que ni siquiera pregunto 
si te quiero o tú me quieres.

Incluso el mestizaje poético es tan decimonónico como el racial que recuerda un final de poema ("o blanco aventurero o indio emperador") que su autor, José Santos Chocano, imaginaba de ópera y que en verdad no pasaba de zarzuela:

Sangre india y española 
es la que en las venas llevo, 
por eso es llama mi carne 
y abismo mi pensamiento.

 [Mi corazón viaja solo, pág. 68]

Definitivamente no son éstas las mañanitas que cantaba el rey David, sino los atardeceres de una retórica que obscurecen el lado interesante de

esta poesía, un lado afín a la artesanía del Siglo de Oro y, por ende, a una seguridad en la dicción:

Soñé viajar contigo, qué quimera 
soñar con lo imposible y lo lejano, 
y querer retener entre la mano 
el vuelo de una nube pasajera.

Soñé con tu calor como si fuera 
mi voz el surco y tu ternura el grano
que fecundara mi dolor humano 
y de nuevo la fe me devolviera.

Pero el sueño fue sueño, yana 
espuma, 
filo de estrella con sabor a bruma 
y espejismo en la sed de mi 
destino.

Ahora es soledad, vacío inerte, 
un viaje por el mapa de
la muerte 
y un adiós desde el llanto del camino.

 [Quimera, pág. 84]

Pero estos logros se ven amenazados por ese "cataclismo" con que se cierra un poema de significativo título:  Nos estamos quedando sin palabras (págs. 88-90), al que paradójicamente le sobran versos.

Y ahora pasemos ala sección "Poesía mística". Si Laura Victoria se ha dedicado al estudio de las profecías bíblicas, esto no tiene por qué ser tomado como una inclinación a la mística y menos como poesía de tal "naturaleza". Esa confusión significaría que un egiptólogo debe mostrarse sólo de perfil (como las representaciones de los artistas del Nilo antiguo) y andar trepado en un camello.

El texto central de la segunda parte de Crepúsculo se titula La encarnación (págs. 105-115). No me atrevo a llamarlo poema y me apuro en decir que no va más allá de ser una clase de catecismo compuesta en verso. Una cosa es la mística (que nunca jamás ha sido definida con palabras, excepto con una que no es más que un acuerdo con el sonido del silencio—aquella canción de Paul Simon de la época de El graduado—, es decir, inefable) y otra cosa es la poesía. Para juntarlas hay que conseguir, en primera instancia, un tipo especial de poeta: aquel que, a su vez, es místico. Y en segunda instancia hay que tenerle una desconfianza de la patada al lenguaje, o considerarlo insuficiente. Cuando la persona poética exclama:

Potente voz en mi silencio mora 
y los sentidos en su ardor calcina; 
voz que abismada de ansiedad domina
sin palabra, sin tiempo y sin aurora.

 [Voz eterna, pág. 116]

queda confirmada nuestra sospecha:  esa "voz eterna" es la de la tradición en que se inscribe el libro de Laura Victoria, que no es la tradición de santa Teresa ni mucho menos de Miguel de Molinos (a quien la Inquisición le hizo saborear el aceite de ricino de illo tempore) sino la del gran Rubén y de José Asunción (y la de Efrén Rebolledo).

Por otro lado, y retomando nuestra reflexión sobre ¡amoral o la ética, cabe indicar que la persona poética que cree en esas "verdades permanentes" (pág. 109), que hemos de asociar a la doctrina cristiana, nos desconcierta por completo cuando saca de la manga un consejo del ojo por ojo y ese otro del que se duerme como tortolita y aparece después en la olla de los tallarines:

Corazón, sé valeroso, 
nunca muestres tu tristeza 
y si quieren destrozarte 
paga en la misma moneda.

Cuando pretendan dejarte 
coge tú la delantera, 
si te traicionan, traiciona, 
si te quieren, recompensa.

[Coplas, II, pág. 92]

Estas estrofas, claro, se hallan en la primera sección del libro, la que, según Gustavo Páez Escobar, pertenecería a los "legajos de sus versos quemantes de otras épocas" (pág. 15). ¿En dónde quedaría la coherencia entre doctrina religiosa y puesta en práctica? ¿En dónde ese propósito de enmienda que, según el misal, empieza cuando el sacerdote imparte la bendición en el confesionario?

La devoción a la poesía tiene su precio, por más que uno sienta que la inspiración sale del fondo de nuestras convicciones. Y el valor de toda poesía será el de las palabras, que nunca están a la venta, por más soplo divino que les caiga.

EDGAR O’HARA