Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 23, Volumen XXVII, 1990
 

Letras y glorias inmarcesibles


Aurelio Martínez Mutis, el poeta de las epopeyas
Antonio Cacua Prado
Editorial Keliy, Bogotá, 1988, 260 págs.

Belisario Pesa, poeta colombo-ecuatoriano
Roberto Tisnés, J.C.M.F.
Editorial ABC, Bogotá, 1989, 324 págs.

Vida y obra de Eutíqulo Leal
Carlos Orlando Pardo
Puso Editores, Bogotá, s.f., 142 págs.

Breve historia de José Eustasio Rivera
Isaías Perla Gutiérrez
Cooperativa Editorial del Magisterio, Bogotá,
1988, 64 págs.

Elisa Mújica en mus escrito.
Sonia Nadhezda Truque (?)
Fusader, Bucaramanga, 1988, 148 págs.

Raices históricas de La Vorágine
Vicente Pérez Silva
Ediciones "Príncipe Alpichaque" (?), impreso
en Buena Semilla, Bogotá, 1988, 84 págs.

¿A quién está dirigida esta reseña? ¿Quién es el sufrido o indigente lector a quien está destinada la lectura de cada uno de estos seis libros? Responderme este interrogante era llegar a la justificación o injustificación de este comentario y a su vez orientarlo críticamente. Porque si empiezo escribiendo aquel lugar común de que no hay crítica literaria en Colombia, entonces estoy reconociendo que dentro de nuestro ámbito social esta-media-docena-bibliográfica posee aún alguna utilidad —"informar de la existencia de"—, lo cual indica que quien se lanza audazmente a criticar los libros es un desfasado que formula la poética de la inutilidad. Por lo pronto, y porque he decidido escribir la reseña, arriesgaré conciliar la inutilidad de la crítica del desfasado con la inutilidad de la información recibida.

El suscrito no tiene nada contra las epopeyas; es más: de hecho me preocupa la causa de que ya no se produzcan y ello no me cohíbe siquiera para repetir de memoria de vez en cuando las dos primeras estrofas del "Himno nacional", Otro desliz del género, mal amado por Rafael Núñez. Bien, pero no estoy partiendo del supuesto de que los autores estudiados en estos libros son autores de epopeyas, como lo sugiere el titulo de alguno de ellos. De eso hablaremos más tarde. Empiezo por la afirmación de que toda una enorme tendencia de nuestra "crítica literaria" (entiéndase la expresión en el sentido amplio de estudios sobre letras y letrados), una fatigable tendencia, pretende seguir el principio de la epopeya y consigue, finalmente, disimular la carencia crítica con el tono (porque se trata del dominio de la mejor retórica) "epopeyero". No epopéyico, que es lo propio de la epopeya: "epopeyero", que es lo propio de la degeneración lírica —no viril— de la sana idealización de los héroes. El héroe escritor, por extensión del héroe poeta de Carlyle, merece ser idealizado (la pregunta sería: ¿en qué contexto?), pero sólo a través de su obra. Lo que realmente falta en los seis libros que he leído con paciencia es la presencia y la noción de la obra del autor estudiado. Ella es inseparable de la gloria del escritor y, por ende, no se le puede hacer justicia al uno sin aludir a la otra, y siempre sin perder de vista la totalidad, del hombre y de la obra. Lo curioso es que, pese a las diferencias de conformación de los seis libros todos buscan exaltar una obra, explicar su importancia. La verdad, mucha exaltación y poca obra.

El multifacético (¿cómo llamarlo?) Antonio Cacua Prada nos presenta otro titulo dentro de una larga lista de publicaciones: Aurelio Martínez Mutis, el poeta de las epopeyas. Si ustedes recuerdan, pero no exigiré demasiado en este aspecto, Martínez Mutis ha sido conocido entre las generaciones pasadas, especialmente por su Epopeya del cóndor; muchas otras composiciones del "vate" bumangués son "epopeyas", y en general toda su obra —que también incluye algunas piezas teatrales— tiene esa aspiración a lo épico, lo colectivo, lo universal. De manera, pues, que el título del libro de Cacua parece tener un antecedente. Sin embargo, de la lectura de este mamotreto que quiere ser épico hasta en su formato —y se divide en dos grandes partes: el "ensayo" y la antología—, no podemos deducir qué entiende Cacua por epopeya, ni siquiera qué entendía Martínez Mutis por epopeya. Sólo hay una referencia explícita y personal al género: el discurso ensayístico de Cacua. Es allí donde sabemos que, para Cacua, a un autor de epopeyas corresponde un ensayo "epopeyero", es decir, una exaltación (los ensayos no son exaltaciones) del poeta como un héroe nacional. Mi intención no es, todavía, definir el concepto ‘epopeya’, pero vayamos desfigurando su mala imagen: si algo caracteriza al género "epopeyero" es la idealización de la nacionalidad o la regionalidad. De este principio parten estos seis trabajos épicos, pesen o no sus diferencias.

El libro de Cacua va precedido de una presentación de un representante del Instituto Colombiano del Petróleo, que se muestra como el editor de la obra; el tono "epopeyero" está dado desde allí: se trata de presentar a los colombianos uno de los poetas de más éxito, éste medido por las victorias en concursos de poesía; allí está el heroísmo del personaje, su hazaña; se trata de mantener vivos, al decir del Instituto Colombiano del Petróleo, "sus inmortales triunfos", "sus inmarcesibles glorias". Terminología que asume Cacua Prada de entrada, para exaltar la vida "Ejemplar, altiva, meritória y patriótica" (siempre patriótica) del "aeda santandereano", teniendo como deber "llevar a las nuevas generaciones los fastos de nuestra tierra", rememorar a "quien ya está en los cielos" para "beneficio de nuestra tierra nativa". Con lo cual, queda dicho todo. Esta debe ser la epopeya de Martínez Mutis, pero cantada por el aeda Cacua Prada, que en ello parece especializarse, a juzgar por la reciente epopeya de Germán Arciniegas. Así como Martínez Mutis es el poeta de las conmemoraciones y los festivos, Cacua Prada quiere hacer fiesta y conmemoración nacionales de la imagen del poeta. Pero hay que empezar por decir, volviendo a lo epopéyico, que la idealización del héroe no se logra mediante la exaltación (a qué exaltar -que es enfatizar, alardear— la imagen de lo que naturalmente es, de lo que naturalmente conmemora; si el pueblo colombiano se identifica con los poemas de Martínez Mutis, ¿a qué tratar de ponerlo en su sitio?); la idealización del héroe se muestra (no es que se logre) en el paladeo inteligente de su obra. Pero aquí lo que se ensaya es una biografía antecedente a una antología: la biografía no ilumina la antología ni viceversa, entre otras cosas porque la vida del poeta no resulta tan connatural a sus poemas. ¿No será que lo que le preocupa a Cacua es el olvido en que se tiene a Martínez Mutis? Nunca lo deja entrever, pero, ¿cómo no ínterrogaras ante ese abandono de las nuevas generaciones (y también de las anteriores, diría yo)? Es claro que a quien le interesa la epopeya no le interesa la disidencia, pero ya es sintomático que el autor no se haya detenido en las numerosas reacciones adversas que provocó el "epolirismo" de Martínez en vida, por ejemplo aquélla escrita en algún diario nacional, a propósito de un nuevo poema de Aurelio Martínez, titulada "La epopeya del ripio". No. La crítica no tiene cabida en este libro, y sólo se entabla diálogo con la disidencia desde el hecho irrefutable de que Martínez Mutis es un gran poeta, que ha ganado muchos concursos de poesía, que ha hecho suspirar a muchas audiencias, etc. Es decir, a partir de la figura autoengrandecida del mismo poeta, que se prestaba perfectamente para tal refutación. El es poeta coronado (!oh gloria inmarcesible de laurel!) y en intemporales lapsus petrarquescos se autocorona: "...hoy he mostrado en el mundial concierto/que es clásica mi pluma, y que no ha muerto ¡la Atenas de la América española!". "Sangre ilustre palpitaen mis blasones:/ luz la ciencia les dio, temple el acero,/ gloria cien veces grande mis canciones,/ nobleza el porte cívico y austero./ No sabe el caballero de abyecciones;/ por eso le han negado al caballero/ el agua, el pan y el fuego... ¡esos hampones! del círculo mediano y rastacuero!". Versos que me evocan de inmediato el por qué se malogró la epopeya lusitana de Camóes: es verdad que el rapsoda —el aeda— se glorifica con el canto, pero ello es tan natural, que sería un crímen lírico introducirse en la narración para ponerse a la altura o más alto que el héroe cantado. Como quien dice, y descendamos de las alturas al rastacuerismo del caricaturista: Colombia no valdría un comino si yo no la cantara. Palabras que bien pueden ser atribuidas a Martínez, si pensamos que una de sus venas clandestinas fue la mordacidad y la irreverencia, más cercana, ésta si, a su vida de bohemio (héroe), de vagante (héroe, como Barba, sobre quien Fernando Vallejo no ha escrito propiamente una epopeya), de outsider (héroe), de genio prematuramente envejecido (héroe). Aunque Cacua Prada no nos aclara de qué manera son virtudes o valores patrióticos la bohemia, la vagancia, el no trabajar para ninguna institución o el cultivo del propio ego.

Un caso gemelo del de la obra sobre el "poeta de las epopeyas" es el del libro del padre (?) Roberto Tisnés sobre el poeta (?) Belisario Peña, zipaquireño nacido en 1834 y que vivió la mayor parte de su vida y murió en Ecuador (aunque supongo que estos datos sumados todo el mundo los conoce). La justificación de la empresa biográfica propuesta por Tisnés está dada en estas líneas del prefacio: "Justo resulta que sea así, porque es Peña uno de los máximos exponentes de la cultura poética zipaquireflay colombiana, permanente amador de su patria chica y grande, lo propio que del Ecuador, su segunda y entrañable patria, donde laboró en la educación y fundó hogar nobilísimo que es honra y prez de la sociedad quiteña y ecuatoriana" (el subrayado es nuestro). Como se ve, nos encontramos aquí ante otro exponente del principio "epopeyero" regional y nacional. 

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