Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 23, Volumen XXVII, 1990
 

Juan, el milagrero


Ciudadano de la noche
Juan Manuel Roca
Fundación Guberek, Medellín, 1989

Ciudadano de la noche es un libro que trasmite un entusiasmo inigualable por los seres de un paisaje cotidiano y la palabra que los nombra con certeza. Poesía sobre personajes (los ciegos, los ladrones, un brujo, Penélope, Vallejo), de monólogos y canciones (de la gitana, la bailarina, el sastre, el afilador, el volatinero, el fabricante de espejos). Poesía de respeto por la imagen verbal (en la ruta de Jorge Teillier), con poemas de pequeñas estrofas numeradas (Sonata de la lluvia, en VII panes), que sueltan poco a poco sus cuentas "Como si alguien hubiera roto un collar de falsas perlas,/ A las puertas de la tarde se desata el granizo"
(1, pág. 32). Poesía de secretos y de finales que tuercen el sentido o avientan una moraleja sobre el arte de escribir:

"pero ningún ladrón es más hábil que el olvido" (Poema con ladrones, VI, pág. 21); "Pero ningún puñal de sombra tan hiriente! Como la larga ausencia de tu cuerpo" (Canción del afilador, pág. 35); "Así, escurridiza y evasiva es la palabra" (Aprendiz de cazador,
pág. 58).

Dos símbolos recorren de arriba abajo el libro. Los espejos sirven para distorsionar la imagen que cada uno se construye de sí mismo y del resto:

Y veo a los demás, que son mi 
espejo, 
Me asusto de saber que fui flor, 
Que fui cascada, que fui fuego.

 [Monólogo de la bailarina, pág. 39]

Mi madre narraba la leyenda negra
Del que huye del espejo

 [Hace más de muchos soles, pág. 23]

Y también, por cierto, el poema a la medida de las palabras, como el sastre que conoce la piel ajena— puede revelarse en la mirada del lector: "su cuerpo es espejismo" (Monólogo del sastre, pág. 40). Esta dirección es la que adoptarán los guiños entre poemas. Por ejemplo, Monólogo de la gitana (pág. 38) fue sugerido previamente por estos versos: "Y las gitanas han leído en los mapas de mis manos..." (Ciudadano de la noche, II, pág. 29). El tema de César Vallejo invita a una cena (págs. 10-12) tendrá ecos en un poema posterior:

Y otras lánguidas y tristes
Como si hubieran cenado con
Vallejo.
Aunque la terquedad del hombre
Es peor que la terquedad de las
polillas.

[Estrella de la memoria, pág. 43]

El otro símbolo es el sueño, ligado ala teatralización de los monólogos y canciones, por analogía sobre todo con la imposible frontera de los ciegos y los espejos. Así también se afila una poética que salta de lo abstracto a lo concreto 1 .

En un principio es el impulso que sopla en las palabras y tiene la consistencia de lo desconocido: "Una voz tocada por el vino lunar! Llega de viaje hasta la sombra" (Voces, señales pág. 17); "Que tantas cosas habiten una voz:/ Trenes. Humo. Una canción que barre el viento/ Y una mujer que espera a nadie en los andenes,! Es un milagro" (Oyendo a Louis Armstrong, pág. 54). Luego adquirirá un valor material: "Vengan al carnaval de los que hablan/ El lenguaje mudo de las telas..." (Monólogo del sastre,
pág. 40), para recalcar la necesidad de un lenguaje distinto:

Y bien, hablaremos un nuevo 
silabario
En el después de las heridas. 
Y después del después, luego del luego, 
Cuando el poema sea más que una emboscada.

[Después de la noche, págs. 52-53]

Lo sugestivo en la poética de J. M. Roca es que jamás omite el subsidio (de ahí lo nocturno en el libro) que hace posible los poemas: la siempre extraña conjunción de una sustancia lingüística con un tiempo indefinido que no se deja someter por nada, y menos por consigna de nadie. Esa es la función que cumplen —soberanamente, según mi entender— los ciegos y el agua en este libro:

Alguien, lector de lluvias, 
Se asoma a la ventana 
Y descifra los tenues ideogramas del agua.

[Sonata de la lluvia, V, pág. 33]

Escribo en el agua el nombre 
de amigos diluidos, 
Y un tambor, un embrujado tambor
Da voz a mi silencio, a mi ceguera.

[Casa de la música, pág. 56]

Sólo un poeta que sabe por experiencia que los dones de la palabra son obra del viento, es capaz de inquietamos con una descripción terrible y bella y, por eso mismo, humana:

Y en la silenciosa biblioteca 
Los pasos de la noche traen 
rumores de leyenda, 
Rumores que llegan hasta orillas 
del libro.
De regreso del asombro 
Aún vibran palabras en sus 
dedos memoriosos.

[Biblioteca de ciegos, pág. 15]

De ahí entonces que la voz poética comparta la siguiente oración a santa Cecilia:

Si la música es la luz de los ciegos, 
Pon un poco de ritmo a mis palabras, 
Que donde haya ruido suene un violín, una ocarina...

[Letanía del musicante, pág. 57]

El corolario de esta humilde sabiduría puede advertirse en la precisión con que hace su ingreso el pragmatismo del poema que sería el álter ego de aquel otro que da título al libro. Me refiero a Retrato de Johannes, el nocturno, cuya prédica no pertenece al reino de la oscuridad sino ala práctica diaria del lenguaje, a la ceremonia de amor y odio. En las palabras de este poema no hay atisbos de duda. Y sin embargo es la incertidumbre —otra vez la máscara de la noche— la que lo anima a expresar su milagrosa existencia. El poema recuerda —por su tono— Una carta rumbo a Gales, el más divulgado de J. M. Roca: "Me pregunta usted dulce señora/ Qué veo en estos días a este lado del mar./ Me habitan las calles de este país! Para usted desconocido,/ Estas calles donde pasear es hacer un/ Largo viaje por la llaga...". Pero el actual poema es más amargo todavía:

Me hice enemigo de un país sin amigos
Y en los bordes de la acera vi la 
flor de la miseria. 
Alguien me preguntaba por qué el sabor

De metal que hay en mis cantos. 
Yo respondía con el sabor a herrumbre

Que nos deja un país de oscuras rejas.

[Retrato de Johannes, el nocturno, págs. 50-51]

Esa existencia —diurna esta vez— será la de la poesía, llamarada que vuelve a quienes aprendieron en ella, en ese cuerpo, a creer en los milagros.

EDGAR O’HARA

 

1  Sobre los sueños, cf. págs. 24, 25, 26, 30, 35, 48, 50 y 54. (regresar1)