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Juan, el milagrero
Ciudadano de la noche
Juan Manuel Roca
Fundación Guberek, Medellín, 1989
Ciudadano de la noche es
un libro que trasmite un entusiasmo inigualable por los seres de un paisaje cotidiano y la
palabra que los nombra con certeza. Poesía sobre personajes (los ciegos, los ladrones, un
brujo, Penélope, Vallejo), de monólogos y canciones (de la gitana, la bailarina, el
sastre, el afilador, el volatinero, el fabricante de espejos). Poesía de respeto por la
imagen verbal (en la ruta de Jorge Teillier), con poemas de pequeñas estrofas numeradas (Sonata
de la lluvia, en VII panes), que sueltan poco a poco sus cuentas "Como si alguien
hubiera roto un collar de falsas perlas,/ A las puertas de la tarde se desata el
granizo"
(1, pág. 32). Poesía de secretos y de finales que tuercen el sentido o avientan una
moraleja sobre el arte de escribir:
"pero ningún
ladrón es más hábil que el olvido" (Poema con ladrones, VI, pág. 21);
"Pero ningún puñal de sombra tan hiriente! Como la larga ausencia de tu
cuerpo" (Canción del afilador, pág. 35); "Así, escurridiza y
evasiva es la palabra" (Aprendiz de cazador,
pág. 58).
Dos símbolos recorren de
arriba abajo el libro. Los espejos sirven para distorsionar la imagen que cada uno se
construye de sí mismo y del resto:
Y veo a
los demás, que son mi
espejo,
Me asusto de saber que fui flor,
Que fui cascada, que fui fuego.
[Monólogo de la
bailarina, pág. 39]
Mi madre narraba la
leyenda negra
Del que huye del espejo
[Hace más de muchos
soles, pág. 23]
Y también, por cierto,
el poema
a la medida de
las palabras, como el sastre que conoce la piel ajena puede revelarse en la mirada
del lector: "su cuerpo es espejismo" (Monólogo del sastre, pág. 40).
Esta dirección es la que adoptarán los guiños entre poemas. Por ejemplo, Monólogo
de la gitana (pág. 38) fue sugerido previamente por estos versos: "Y las gitanas
han leído en los mapas de mis manos..." (Ciudadano de la noche, II, pág.
29). El tema de César Vallejo invita a una cena (págs. 10-12) tendrá ecos en un
poema posterior:
Y
otras lánguidas y tristes
Como si hubieran cenado con
Vallejo.
Aunque la terquedad del hombre
Es peor que la terquedad de las
polillas.
[Estrella de la memoria, pág.
43]
El otro símbolo es el
sueño, ligado ala teatralización de los monólogos y canciones, por analogía sobre todo
con la imposible frontera de los ciegos y los espejos. Así también se afila
una poética que salta de lo abstracto
a lo concreto
1
.
En un principio es el
impulso que sopla en las palabras y tiene la consistencia de lo desconocido: "Una voz
tocada por el vino lunar! Llega de viaje hasta la sombra" (Voces, señales pág.
17); "Que tantas cosas habiten una voz:/ Trenes. Humo. Una canción que barre el
viento/ Y una mujer que espera a nadie en los andenes,! Es un milagro" (Oyendo a
Louis Armstrong, pág. 54). Luego adquirirá un valor material: "Vengan al
carnaval de los que hablan/ El lenguaje mudo de las telas..." (Monólogo del
sastre,
pág. 40), para recalcar la necesidad de un lenguaje distinto:
Y bien,
hablaremos un nuevo
silabario
En el después de las heridas.
Y después del después, luego del luego,
Cuando el poema sea más que una emboscada.
[Después de la
noche, págs. 52-53]
Lo sugestivo en la
poética de J. M. Roca es que jamás omite el subsidio (de ahí lo nocturno en el
libro) que hace posible los poemas: la siempre extraña conjunción de una sustancia
lingüística con un tiempo indefinido que no se deja someter por nada, y menos por
consigna de nadie. Esa es la función que cumplen soberanamente, según mi
entender los ciegos y el agua en este libro:
Alguien, lector de
lluvias,
Se asoma a la ventana
Y descifra los tenues ideogramas del agua.
[Sonata de la lluvia, V,
pág. 33]
Escribo en el agua el
nombre
de amigos diluidos,
Y un tambor, un embrujado tambor
Da voz a mi silencio, a mi ceguera.
[Casa de la música, pág.
56]
Sólo un poeta que sabe
por experiencia que los dones de la palabra son obra del viento, es capaz de inquietamos
con una descripción terrible y bella y, por eso mismo, humana:
Y
en la silenciosa biblioteca
Los pasos de la noche traen
rumores de leyenda,
Rumores que llegan hasta orillas
del libro.
De regreso del asombro
Aún vibran palabras en sus
dedos memoriosos.
[Biblioteca de ciegos, pág.
15]
De ahí entonces que la voz poética
comparta la siguiente oración a santa Cecilia:
Si la
música es la luz de los ciegos,
Pon un poco de ritmo a mis palabras,
Que donde haya ruido suene un violín, una ocarina...
[Letanía del musicante, pág.
57]
El corolario de esta
humilde sabiduría puede advertirse en la precisión con que hace su ingreso el
pragmatismo del poema que sería el álter ego de aquel otro que da título al libro. Me
refiero a Retrato de Johannes, el nocturno, cuya prédica no pertenece al reino de
la oscuridad sino ala práctica diaria del lenguaje, a la ceremonia de amor y odio. En las
palabras de este poema no hay atisbos de duda. Y sin embargo es la incertidumbre
otra vez la máscara de la noche la que lo anima a expresar su milagrosa
existencia. El poema recuerda por su tono Una carta rumbo a Gales, el
más divulgado de
J. M. Roca:
"Me pregunta usted dulce señora/ Qué veo en estos días a este lado del mar./ Me
habitan las calles de este país! Para usted desconocido,/ Estas calles donde pasear es
hacer un/ Largo viaje por la llaga...". Pero el actual poema es más amargo todavía:
Me hice
enemigo de un país sin amigos
Y en los bordes de la acera vi la
flor de la miseria.
Alguien me preguntaba por qué el sabor
De metal que hay en
mis cantos.
Yo respondía con el sabor a herrumbre
Que nos
deja un país de oscuras rejas.
[Retrato de Johannes, el
nocturno, págs. 50-51]
Esa existencia diurna esta
vez será la de la poesía, llamarada que vuelve a quienes aprendieron en ella, en
ese cuerpo, a creer en los milagros.
EDGAR OHARA
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1 Sobre los
sueños, cf. págs. 24, 25, 26, 30, 35, 48, 50 y 54.
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