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Era que la realidad no te servía
¿Recuerdas, Juana?
Helena Iriarte
Carlos Valencia Editores, Bogotá,
1989, 93 págs.
Esta novela de Helena
Iriarte, escritora bogotana, es circular. Comienza y termina en el mismo punto: el
caserón frío de las monjas. Allí han llevado a la protagonista porque está loca. El
tema es la llegada de Juana a la locura. Duro como la realidad, tan común en las mujeres,
tal vez porque es más fácil el acceso a ella.
La novela tiene el tono
de un recuerdo de infancia. Es la novela que tantos otros narradores han escrito. Juana es
una niña que, como nos la presenta la voz que cuenta, es amada por su padre y desamada
por
su madre, y ella les corresponde
en igual medida. Es alelada y huraña para el mundo, mientras su realidad que transforma
bajo los disfraces y frente al espejo, ese espacio infinito, es la de la fantasía. Allí
la encuentra su madre para decirle que el padre ha muerto.
Asiste a la ceremonia del
funeral arrinconada en la escalera como un ángel invisible. Ve el frío cuerpo del padre
entre la caja, "vacío como una tinaja rota, rígido como los santos que te asustaban
en la iglesia". La muerte la presencia de la mano de Barbarita, la empleada, el
único ser que se acuerda de ella porque el padre está muerto. "Sin él nunca
sabrías dónde poner las manos y la risa y las palabras". La narradora se ocupa de
recordarle y de contarnos episodios duros y funestos, de la relación con el mundo de los
adultos y con su madre. Preguntas a ésta, "con su voz tímida casi no usada con
ella", sin respuesta. No obstante, su pregunta es repetida entre parientes y todos
ríen, y pregunta y risa se tornan eco en la casa vacía, porque la van a vender. Esa
crueldad del universo adulto la lleva, cada vez más, a refugiarse en su mundo
fantástico, al cual ha ingresado ahora su padre. Con él se encuentra en la soledad de su
cuarto, en la pensión que ha puesto su madre, donde ahora viven.
Allí vamos conociendo a
los personajes que la habitan: don Jesús, quien se acerca a ella con ternura, tal vez
para retrasar por un tiempo el límite del ingreso de Juana en su enajenación. También
vive Mateo, un
pintor que le permite
entrar en su cuarto y en ese reino fantástico, donde los personajes de sus cuadros
comienzan a formar parte del mundo imaginario de Juana y danzan con ella, y juegan los
juegos que no puede tener en el colegio. Pero a ella, "que ignoraba como sería
abrazar a la mamá", la crueldad la persigue. Su madre y Mateo se enamoran. Con el
amor, la madre florece y ríe y sus mejillas se encienden. Ella jamás la había visto
así y quizá el padre tampoco, y esto duele. Juana llora porque la aprieta una soledad
sin nombre. Una borrasca en el mar, descrita con intensidad, es la imagen, muy bella,
escogida para hablarnos del abandono. Aquí la narradora siente miedo "por esa
visión de tu ser indefenso extraviado en el laberinto sin salida, de tu alma suspendida
en alto y a punto de caer". Juana soporta en la cuerda floja este momento que la
lleva a entrar más de lleno en su realidad, donde no siente desamor pero que la convierte
cada vez más en una niña zonza y lela.
La última gota cae
cuando su madre encuentra y rompe el cuaderno donde Juana ha ido pegando con engrudo
láminas recortadas de revistas, recetas de cocina, plumas, perlas, tomadas a escondidas.
Objetos que desaparecen en la pensión, y también el rostro de un chico que se parece a
su padre. La débil mente de Juana no resiste la agresión de ese otro mundo, y enferma:
fiebre, vómitos, gritos, miedo, alucinaciones, frío. Ahora los sueños y la realidad son
pesadillas; entonces se desata la locura en crescendo y viene el abandonó, pero es
la misma prosa sobria, con ritmo lento, escrita con esmerada pulcritud, y que ocupa la
parte final de la novela.
El texto está dividido
en dos partes: "La mañana", que corresponde a la narración de los sucesos, y
"La tarde", que es el delirio. Es un viaje al interior de su memoria, donde
sólo ella tiene permitido el ingreso. Allí no caben ni don Jesús, ni Mateo, ni la
señorita Inés, ni otros personajes, por más que intenten acercarse a sus rincones. Ante
la necesidad y la angustia que la acosan, emprende el viaje, y la narradora va con ella.
Va también el padre que las acompaña. "Viajabamos para comprender el laberinto de
los pasos perdidos y las figuras de las nubes al pasar por el reflejo del agua, veríamos,
quizá, que el enigma era arena en los ojos y encontradas la muñeca y las flores, la
raíz de la angustia y de la desazón del alma" (pág. 71).
La novela está narrada
por una voz femenina, un ojo que lo ve y lo siente todo. Una voz que le habla a Juana
¿recuerdas, Juana?, y la acompaña durante el relato. Le va contando, como si
ella no lo supiera, lo que ha sido su vida desde que nació y su madre sintió vergüenza
por su piel oscura y sus ojos negros. Presencia de espejos donde ella siempre se asoma.
Esa forma narrativa es un recurso interesante, bonito, y está muy bien logrado en la
manera como la autora lo maneja, a su antojo. Nos lo recuerda con la pregunta ¿recuerdas,
Juana?, que repite, tal vez, donde se hace necesaria. Esa voz, que nos recuerda a la de Un
hombre de Oriana Fallaci, le da a la novela otra intensidad. Es esa voz la que nos
presenta a la madre. Una madre que más que ausencia es un velo oscuro que se hace
presencia permanente. Una madre que se nos escapa del estereotipo de madre. Una madre que
acalia su culpa buscando al culpable.
Esa voz que narra se lo
permite todo. Intervenir para actuar y ocultarle a ella los encuentros de la madre y el
pintor; y para hacérnoslo saber. Esa voz también es ella, Juana, y es otra persona,
porque lo que piensa tal vez lo pensó Juana. Es quizá en la voz que narra como recurso
donde está el secreto de la novela para que sea así, singular.
DORA
CECILIA RAMÍREZ