Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 23, Volumen XXVII, 1990
 
Era que la realidad no te servía

¿Recuerdas, Juana?
Helena Iriarte
Carlos Valencia Editores, Bogotá, 
1989, 93 págs.

Esta novela de Helena Iriarte, escritora bogotana, es circular. Comienza y termina en el mismo punto: el caserón frío de las monjas. Allí han llevado a la protagonista porque está loca. El tema es la llegada de Juana a la locura. Duro como la realidad, tan común en las mujeres, tal vez porque es más fácil el acceso a ella.

La novela tiene el tono de un recuerdo de infancia. Es la novela que tantos otros narradores han escrito. Juana es una niña que, como nos la presenta la voz que cuenta, es amada por su padre y desamada por su madre, y ella les corresponde en igual medida. Es alelada y huraña para el mundo, mientras su realidad que transforma bajo los disfraces y frente al espejo, ese espacio infinito, es la de la fantasía. Allí la encuentra su madre para decirle que el padre ha muerto.

Asiste a la ceremonia del funeral arrinconada en la escalera como un ángel invisible. Ve el frío cuerpo del padre entre la caja, "vacío como una tinaja rota, rígido como los santos que te asustaban en la iglesia". La muerte la presencia de la mano de Barbarita, la empleada, el único ser que se acuerda de ella porque el padre está muerto. "Sin él nunca sabrías dónde poner las manos y la risa y las palabras". La narradora se ocupa de recordarle y de contarnos episodios duros y funestos, de la relación con el mundo de los adultos y con su madre. Preguntas a ésta, "con su voz tímida casi no usada con ella", sin respuesta. No obstante, su pregunta es repetida entre parientes y todos ríen, y pregunta y risa se tornan eco en la casa vacía, porque la van a vender. Esa crueldad del universo adulto la lleva, cada vez más, a refugiarse en su mundo fantástico, al cual ha ingresado ahora su padre. Con él se encuentra en la soledad de su cuarto, en la pensión que ha puesto su madre, donde ahora viven.

Allí vamos conociendo a los personajes que la habitan: don Jesús, quien se acerca a ella con ternura, tal vez para retrasar por un tiempo el límite del ingreso de Juana en su enajenación. También vive Mateo, un pintor que le permite entrar en su cuarto y en ese reino fantástico, donde los personajes de sus cuadros comienzan a formar parte del mundo imaginario de Juana y danzan con ella, y juegan los juegos que no puede tener en el colegio. Pero a ella, "que ignoraba como sería abrazar a la mamá", la crueldad la persigue. Su madre y Mateo se enamoran. Con el amor, la madre florece y ríe y sus mejillas se encienden. Ella jamás la había visto así y quizá el padre tampoco, y esto duele. Juana llora porque la aprieta una soledad sin nombre. Una borrasca en el mar, descrita con intensidad, es la imagen, muy bella, escogida para hablarnos del abandono. Aquí la narradora siente miedo "por esa visión de tu ser indefenso extraviado en el laberinto sin salida, de tu alma suspendida en alto y a punto de caer". Juana soporta en la cuerda floja este momento que la lleva a entrar más de lleno en su realidad, donde no siente desamor pero que la convierte cada vez más en una niña zonza y lela.

La última gota cae cuando su madre encuentra y rompe el cuaderno donde Juana ha ido pegando con engrudo láminas recortadas de revistas, recetas de cocina, plumas, perlas, tomadas a escondidas. Objetos que desaparecen en la pensión, y también el rostro de un chico que se parece a su padre. La débil mente de Juana no resiste la agresión de ese otro mundo, y enferma: fiebre, vómitos, gritos, miedo, alucinaciones, frío. Ahora los sueños y la realidad son pesadillas; entonces se desata la locura en crescendo y viene el abandonó, pero es la misma prosa sobria, con ritmo lento, escrita con esmerada pulcritud, y que ocupa la parte final de la novela.

El texto está dividido en dos partes: "La mañana", que corresponde a la narración de los sucesos, y "La tarde", que es el delirio. Es un viaje al interior de su memoria, donde sólo ella tiene permitido el ingreso. Allí no caben ni don Jesús, ni Mateo, ni la señorita Inés, ni otros personajes, por más que intenten acercarse a sus rincones. Ante la necesidad y la angustia que la acosan, emprende el viaje, y la narradora va con ella. Va también el padre que las acompaña. "Viajabamos para comprender el laberinto de los pasos perdidos y las figuras de las nubes al pasar por el reflejo del agua, veríamos, quizá, que el enigma era arena en los ojos y encontradas la muñeca y las flores, la raíz de la angustia y de la desazón del alma" (pág. 71).

La novela está narrada por una voz femenina, un ojo que lo ve y lo siente todo. Una voz que le habla a Juana —¿recuerdas, Juana?—, y la acompaña durante el relato. Le va contando, como si ella no lo supiera, lo que ha sido su vida desde que nació y su madre sintió vergüenza por su piel oscura y sus ojos negros. Presencia de espejos donde ella siempre se asoma. Esa forma narrativa es un recurso interesante, bonito, y está muy bien logrado en la manera como la autora lo maneja, a su antojo. Nos lo recuerda con la pregunta ¿recuerdas, Juana?, que repite, tal vez, donde se hace necesaria. Esa voz, que nos recuerda a la de Un hombre de Oriana Fallaci, le da a la novela otra intensidad. Es esa voz la que nos presenta a la madre. Una madre que más que ausencia es un velo oscuro que se hace presencia permanente. Una madre que se nos escapa del estereotipo de madre. Una madre que acalia su culpa buscando al culpable.

Esa voz que narra se lo permite todo. Intervenir para actuar y ocultarle a ella los encuentros de la madre y el pintor; y para hacérnoslo saber. Esa voz también es ella, Juana, y es otra persona, porque lo que piensa tal vez lo pensó Juana. Es quizá en la voz que narra como recurso donde está el secreto de la novela para que sea así, singular.

DORA CECILIA RAMÍREZ