Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 23, Volumen XXVII, 1990
 

Devoto filósofo de Envigado


Fernando González, filósofo de la autenticidad
Javier Henao Hidrón
"Otraparte", Col. de ensayo, Editorial Universidad de 
Antioquia, Biblioteca Pública Piloto, Medellín, 1988, 252 págs.

El entusiasmo con el que el autor de esta monografía filosófica recuerda la impresión que le causaron los libros y el conocimiento personal de Fernando González lo seduce a esta afirmación: "Es, pues, un pensador de singulares características, no solamente en las letras colombianas sino también en las hispanoamericanas, en donde está llamado a ejercer una creciente influencia sobre las nuevas generaciones. Sobre todo, porque el conjunto de su obra contiene un admirable mensaje de autenticidad" (pág. 15). ¿De qué singularidad se trata? Al capitulo dedicado a F. González como "Historiador con método propio" antepone el autor esta cita: "En esto de biografías se han usado dos métodos hasta hoy: el narrativo y el filosófico. El primero saca su interés de los procedimientos del novelista; es muy exitoso: Ludwig. El segundo es más serio e intelectual: Zweig... Usaremos nuestro propio método, el emotivo: revivir la historia por el procedimiento de la autosugestión".

Es casual que Fernando González cite dos "biógrafos" como Emil Ludwig y Stefan Zweig, que se caracterizaron, especialmente Ludwig, por lo que Leo Loewenthal llamó "el triunfo de los ídolos de masas" (Literature, Popular Culture, and Society, col. Spectrum Book, Englewood Cliffs, 1961, págs. 109 y sigs.), es decir, ¿la "biografía popular" sin pretensión historiográfica y destinada a satisfacer sueños y expectaciones triviales de un amplio público manipulable y manipulado en los Estados Unidos por revistas de diversión? ¿O se debe al carácter heterodoxo de Fernando González? Si es casual la selección, entonces resulta por lo menos aventurero y aventurado que F. González asegure con tanta certidumbre que "en esto de biografías se han usado dos métodos hasta hoy", pues en realidad los dos métodos son uno, y no tenga en cuenta otros métodos, es decir, otros autores magistrales en "esto de biografías", como J. G. Droysen, por sólo citar un ejemplo.

Si la selección es conscientemente heterodoxa, ¿entonces por qué escoge a estos autores triviales para diferenciarse y practicar su método propio? Un historiador que proyecta o elabora un método propio se enfrenta, para diferenciarse, con historiadores que han cultivado la biografía, no con escritores que no son historiadores y utilizan el material histórico ya elaborado para componerlo de modo que satisfaga a un público de revistas de diversión. "En esto de biografías", Fernando González puso de presente que el nombre con el que bautizó su finca, esto es, "Otraparte", no era, como asegura el devoto del filósofo de Envigado y casi aficionado a la filosofía y a la historia, "una forma directa de expresar el vivo contraste entre los intereses de la sociedad y ‘el mundo’ de un viajero del espíritu", sino más exactamente el abismo que existe entre el "mundo del espíritu" y lo que Fernando González conoció de él. El devoto jurista no desarrolla con ejemplos y dilucidaciones el pensamiento expresado en la cita. Para explicar en qué consiste el "método emocional o emotivo" asegura que es "una técnica propia de interpretación de personajes" (pág. 79). ¿Pero en qué consiste precisa y detalladamente esa técnica? Su especificidad no se deduce del comentario que el autor dedica a
Mi Simón Bolívar.
"El posesivo —dice— es derivación por línea directa del método emocional" (pág. 85). Pero la cita de Fernando González que trae a cuento para explicar esa derivación del método emocional sólo comprueba que tanto el autor como su mentor desconocen completamente la discusión desatada por Max Weber en los años 10 sobre el "Sentido de la ‘exención valorativa’ en las ciencias sociales y económicas", esto es, el problema de la relación entre objetividad y subjetividad en esas ciencias y también en la historiografía y que concedió desde el principio el peso inevitable de la subjetividad. Lo que se llama "método emocional o emotivo" en Fernando González no es otra cosa que una manera desafiante de subrayar un aspecto propio de toda exposición histórica.

Con todo, esta preponderancia expresa de la subjetividad no constituye un método emotivo o emocional historiográfico: es una de las características esenciales del ensayo que se ocupa con la historia y que suele llamarse de modo general "estudio del carácter" con sus subdivisiones de "retrato, perfil, característica, figura, semblanza". Pero si los resultados de ese ensayo son: "... hacer ver que la América tropical e india debe poseer y estimular a sus historiadores y artistas, capaces de entender a los grandes hombres que ha producido, y no importar biografías y monumentos de Europa; no encargar esas obras a un Emil Ludwig, a un Iván Mestrovic, a un Muller. Es cuestión de dignidad. Y, ante todo, de auténtica conciencia americanista" (pág. 88) y que Bolívar "tuvo como ninguno la conciencia de la libertad para los pueblos y los hombres de América" (pág. 88), entonces el ensayo contiene demasiado poca sustancia. "Hacer ver que la América tropical es india" debe "estimular a sus historiadores y artistas" es una trivialidad. Para eso no es preciso escribir un libro. Pero para que no se importen "biografías y monumentos de Europa" es necesario que los historiadores de la "América tropical e india" no rehúyan, precisamente "por cuestión de dignidad" y "de auténtica conciencia americanista", la discusión crítica con los "monumentos de Europa". Pero si Fernando González y Henao Hidrón consideran que Emil Ludwig, Iván Mestrovic, Muller y Stefan Zweig son "monumentos de Europa", entonces sólo cabe suponer que la Europa de la que ellos quieren independizarse es un espejismo. La biografía es un género nacido y perfeccionado en Europa, y sus cumbres no son ni Ludwig ni Zweig, sino Plutarco y Droysen, entre muchos más. Y si Fernando González postuló un tipo de biografía engendrado en la "América tropical e india", no hay otro camino para ello que conocer a fondo los modelos del género que pretende cultivar, poner en tela de juicio sus presupuestos y fundamentar por qué la biografía que debe surgir en esa América debe diferenciarse del modelo y cómo se diferencia de él. El otro resultado, esto es, que ninguno como Bolívar tuvo conciencia de la libertad para América ("los pueblos y los hombres" dice Henao Hidrón tautológicamente: ¿hay pueblos sin hombres?, no es un resultado a lo que cabría llamar un resultado de la meditación emocional o emotiva de Fernando González. Es simplemente una comprobación: sin esa conciencia, Bolívar no hubiera libertado a "nuestra América".

El historiador con método propio no es lo uno y carece de lo otro. Y el "filósofo de la autenticidad", que reconoce tener "ocho por ciento de filósofo" y que siente asco por la "filosofía conceptual", no se molesta, por tanto, en determinar lo que es filosofía: "Entiendo por filósofo el que se rebuja en las cosas de la vida, las resuelve, parece que vaya a tumbar el edificio del universo, y luego se para al pie de los árboles o en los rincones de la casa, como a escuchar, bregando por encontrar una sinergia entre él, el universo mundo y lo desconocido, que está por detrás o por dentro" (Cartas a Estanislao, citada en pág. 243). Con menos palabras, el filósofo es el que se sorprende y pregunta. Y la filosofía es sorpresa y pregunta. Pero esta determinación ya popular de la filosofía y del filósofo es sólo cl comienzo de la filosofía y, vista en esta generalidad, no es específica de la filosofía sino de toda teoría. ¿Pero basta esta manera de considerar las cosas para formular una teoría, sea de la "autenticidad" o de la "egoencia"? La pregunta que inicia el último capítulo, esto es, la de si Fernando González "fue un filósofo y no tan sólo un escritor o ensayista" es una pregunta hoy yana. Convertida en la pregunta preferida de las discusiones sobre Ortega y Gasset, ésta deja el campo abierto a toda clase de especulaciones. Es decir, que González "no fue un filósofo, porque no creó un sistema y menos una doctrina", como reza la cita de A. Saldarriaga (pág. 24), es tanto como asegurar que la filosofía es sistema y doctrina; ¿pero no es eso, en medida mayor, la teología? La pregunta está mal planteada y peor respondida. "Un sector predominante del pensamiento tradicional, ha creído que la filosofía es amiga de la razón y enemiga de la vida", afirma Henao Hidrón. Aparte de que el vocablo sector con el adjetivo predominante no corresponde a la compleja variedad de la historia del pensamiento filosófico, es necesario preguntar por los ejemplos más representativos de este "sector predominante". ¿Aristóteles quizá? ¿Hegel o Kant? Tras esta afirmación se percibe la simplificación de la historia de la filosofía con la que Ortega y Gasset pretendió justificar su pretendido "sistema" de la "metafísica de la razón vital". Henao Hidrón no cita en la Bibliografía a Ortega y Gasset ni a nadie en el que se apoya o a quien recurra para la determinación de estos y otros conceptos. Pero la sospecha de que tras estas frases asoma el simplificador Ortega es certidumbre, si se tiene en cuenta que nadie fuera de él ha cometido semejante esquematización. La pregunta de si Fernando González u Ortega y Gasset fueron filósofos o simplemente ensayistas no es una pregunta por si ellos dejaron un "sistema" o una "doctrina", sino por el rigor, la coherencia, la cualidad y la adecuada fundamentación crítica de su pensamiento. Nada de esto se encuentra en Fernando González.

Pero su antiintelectualismo expreso y su supuesta teoría de la "egoencia", su culto del Yo, requieren una investigación sobre sus fuentes, que el enemigo de leer para, en cambio, meditar no cita, aunque una de ellas fue muy difundida, especialmente en los círculos intelectuales del "sector" cafetero-industrial del país (el grecovasco-judeo-quimbaya: Antioquia y Caldas): Maurice Barras. La derecha manizalita, Silvio Villegas principalmente, era fervorosa admiradora de los autores de la llamada "Action francaise": Barrés, H. Massis, especialmente. Dos fueron los rasgos esenciales en la obra de Barrés: su antiintelectualismo y su culto al Yo (expuesto en su trilogía novelesca El culto del Yo, de 1892). Pero la mención de esta posible fuente o segura coincidencia no tiene interés primariamente histórico-literario, sino político. Antiintelectualismo y culto del Yo —en sus diversas versiones regionalistas— abonaron el terreno para la aceptación y nostalgia del Duce y del Führer. En este contexto histórico-ideológico ha de interpretarse el libro de Fernando González sobre Juan Vicente Gómez, Mi compadre (1934).

El devoto jurista cierra su desmelenado homenaje a su mentor con una cita de Ernesto Cardenal que "revela la opinión de su compatriota José Coronel Urtecho: González es tan importante en la literatura latinoamericana como Vallejo y Borges, ‘aunque más profundo que Borges"’ (pág. 248). Enemigo político de su compañero poético, ¿quiere con esto desacreditar Ernesto Cardenal a Coronel Urtecho? El comercio y el provincialismo pueden explicar muchas exageraciones, pero no logran fundamentar insensateces como la que se encuentra en la contrasolapa, es a saber la afirmación de que el semidiletante y ampulosamente desaliñado Fernando González es "uno de los más importantes pensadores de todos los tiempos". El libro devoto de Henao Hidrón demuestra lo contrario.

RAFAEL GUTIÉRREZ GIRARDOT