Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 23, Volumen XXVII, 1990
 

Desigual e innecesariamente extenso


Santander y la Instrucción pública, 1819-1340
Alberto Echeverry S.
Foro Nacional por Colombia-Universidad de
Antioquia, Bogotá, 1989, 446 págs.

El libro del investigador antioqueño Alberto Echeverry que hoy comentamos forma parte del dilatado, tantas veces anunciado e interminable proyecto titulado "Hacia una historia de la práctica pedagógica en Colombia", que desde hace ya varios años viene promocionándose en revistas, encuentros, seminarios, foros y corrillos universitarios. Sobre el mencionado proyecto, hasta ahora se han publicado los libros de Olga Lucía Zuluaga y de Humberto Quiceno. Ahora, el libro de Alberto Echeverry es una ampliación de los resultados de ese inacabable proyecto investigativo.

Tal vez por la misma circunstancia de ser un proyecto conjunto, los investigadores de la práctica pedagógica han elevado, como no se había visto ni en los círculos más narcisos y esnobistas, el elogio y la mutua adulación a la categoría de presentación obligatoria en sus escritos. Así encontramos que en el libro considerado A. Echeverry devuelve los elogios y agradecimientos que antes le han hecho Olga Lucía Zuluaga, Humberto Quiceno y Alberto Martínez Boom. Autores que a su turno esperarán otra oportunidad para autoelogiar a su grupo. Por eso ya no es sorprendente que hasta en los más elementales artículos que escriba alguien de la práctica pedagógica sean de ley los consabidos elogios... De Martínez Boom a H. Quiceno a Olga L. Zuluaga y A. Echeverry. De O. L. Zuluaga a H. Quiceno y a Martínez Boom.., y así sucesivamente. En definitiva, es una "práctica" (en términos foucaultianos) de lo que el historiador cubano Manuel Moreno F. llamaba "elógiame que yo te elogio Los investigadores de la práctica pedagógica, además de los logros que puedan tener sus investigaciones, han establecido un verdadero "paradigma" y "poder" del elogio.

Al margen de las lisonjas, hay que decir que desde el principio el libro de Alberto Echeverry es bien atrayente. Para quienes alguna vez intentamos leer esa auténtica selva verbal, sobre todo en su primera parte, que es Historia y pedagogía de Olga Lucía Zuluaga, era de esperarse una introducción teórico-especulativa sobre los conceptos empleados; pero vaya sorpresa: por ningún lado se nota esa separación entre teoría e "historia real". No obstante, la precisión sobre lo que el autor entiende sobre Instrucción Pública (I. P.), noción fundamental de todo el análisis, no aparece clara, sobre todo para el lector que no conozca la obra de M. Foucault. Así, se dice "la herramienta conceptual más importante, diseñada durante este trabajo, fue la noción de Instrucción Pública. Su valor reside en el análisis, que nos posibilitó, (¿qué?) de la I. P. como acontecimiento bajo la modalidad de una práctica entre prácticas y, en su definición tanto como el territorio donde la práctica pedagógica se inscribe en la práctica política, como un grupo de estrategias mediante las cuales el poder buscó Construir un sistema de enseñanza pública que debía delimitar los fines de la Instrucción Pública a los fines de la sociedad" (pág. 10).

Más adelante se vuelve a redefinir la I. P., tomándola textualmente de Olga L. Zuluaga, en estos términos: "Ya no se trata del saber pedagógico, se trata del saber político, es una región del saber político que se comunica con el saber pedagógico a nivel de las estrategias que vinculan la práctica política con la práctica pedagógica en regiones especificas del discurso, del sujeto y las instituciones" (pág. 96). Para los ignorantes en terminología foucaultiana, esas definiciones aparecen como un galimatías, pues se usa un lenguaje que tiene origen geográfico (espacios, regiones) y militar (estrategias), que en lugar de clarificar confunde. Se podrían trabajar esos conceptos de una manera un poco más clara.

Para elaborar el libro, el autor se basó en una amplísima documentación primaria y secundaria, y se destacan el uso de las memorias, informes, prensa poco conocida, manuscritos y los pocos libros escritos sobre el período. Así mismo, el autor se apoya en una amplia bibliografía teórica, entre la que sobresalen las obras de M. Foucault, A. Gramsci y en menor medida F. Braudel.

El libro está dividido en seis capítulos de desigual extensión. Los resultados de cada capítulo también son desiguales, como trataremos de mostrarlo en seguida. En el primer capítulo (La persecución de la intelectualidad patriota por cl pacificador Morillo), como tesis central se plantea que la independencia significó un paréntesis temporal en el dominio de la Iglesia en la historia colombiana del siglo XIX, debido, entre otras cosas, a que internamente se dividió entre el alto y bajo clero respecto a su apoyo o no a los ejércitos patriotas. El autor considera que desde la misma consumación de la independencia se vislumbra la contradicción fundamental entre santanderistas y bolivarianos, porque estos últimos quieren imponer una concepción del hombre estructurada en la moral católica y en la disciplina militar, mientras que los primeros pretenden una filosofía del hombre inspirada en la ley y la utilidad.

En el segundo capítulo (Dos estrategias para la organización de la Instrucción Pública entre ISIS y 1821) se desarrolla el argumento en torno a la necesidad que tenia el naciente Estado republicano de combinar la guerra con la política, de lo cual la expresión más clara es la Instrucción Pública. En la década de 182O se creía que la I. P. traerla civilización, progreso y seria el instrumento más idóneo para formar ciudadanos. En ese campo se debía realizar una ruptura radical que superara el legado de la educación colonial. Se consideraba, en ese sentido, que la I. P. debería unificar y no dividir; de ahí que se conciban dos tendencias: o que debe defender la moral, o que debe observar la ley. En esa dicotomía se va fraguando la contradicción entre el poder moral de la iglesia y el poder político del Estado.

El tercer capítulo (El desplazamiento de la intelectualidad tradicional y la organización de la 1. P.) parte del análisis del Congreso de Cúcuta de 1821, momento en el cual se empieza a hablar del filósofo inglés Jeremías Bentham, que está relacionado directamente con la 1. P. El autor afirma rotundamente que los grandes vencedores de Cúcuta fueron J. Bentham y la I. P. (pág. 53). En este capítulo se analiza detalladamente el comienzo del conflicto Iglesia-Estado, partiendo de la premisa de que ese enfrentamiento es asumido por el Estado desde una estrategia múltiple:  reducción del clero regular, conversión del clero secular en funcionarios del Estado, reducción de la Iglesia como capa de intelectuales autónomos, exclusión de la Iglesia del discurso político que intenta ser monopolizado por el Estado, se relega a la Iglesia al ámbito de lo privado quedando bajo la tutela del Estado, y se modifican las relaciones entre el Estado y la curia romana. El autor pone de relieve cómo en los intentos de "modernización" del Estado y de Construcción de la Sociedad Civil la I. P. desempeña un papel de primer orden.

El análisis de las relaciones Iglesia-Estado constituye uno de los mejores logros del libro. Se hace un pormenorizado análisis del inicio de ese conflicto, superando ampliamente a los trabajos conocidos sobre el tema (como las investigaciones de Jorge Villegas o de Fernán González). Se profundiza en aspectos poco conocidos, como el de los conventos menores, la reacción de las regiones ante la supresión de esos conventos, y la reducción del poder de la Iglesia como casta de intelectuales autónomos.

En este mismo capítulo se destacan las contradicciones inherentes al modelo del. P. impulsado por el naciente estado republicano: la empleomanía, la distancia que separa a la elite de la "plebe", el centralismo político de la capital. Elemento éste tan significativo que se puede concluir que el plan de estudios básico de la 1. P. estaba diseñado para hombres "blancos" de la capital (pág. 86). En realidad, el discurso de la 1. P. es construido desde arriba, sin la participación de esos sectores, aduciendo que no se puede amparar el "jacobinismo". De todo este amplio análisis el autor saca una conclusión central: el sistema de I. P. no beneficia a la población pobre.

El capítulo tercero está muy bien construido. No tiene artificios teóricos externos ni abusa de las citas textuales. Es muy equilibrado, en realidad es lo mejor de todo el libro.

En el capítulo cuarto (La 1. P. una estrategia múltiple. 1826-1834) se trabaja a partir de las nociones de ‘poder político’ y ‘poder moral’, como las dos estrategias básicas que se enfrentan desde la década de 1820. En una el control es del Estado, en la otra es de la Iglesia. El eje analítico del capitulo gira alrededor del código del. P. de 1834 —código que se discutió durante ocho años y nunca se aprobó. En ese código se define a la educación como un servicio público y un deber social. La 1. P. es diseñada por el Estado como fundamentadora del consenso y la unidad nacional. En el fondo, el poder político tiene tres estrategias básicas: homogeneizar, unificar, igualar. De las tres, la última, lo indica Echeverry con gran claridad, es la más ficticia, porque no puede haber igualdad real donde de entrada se sostienen como lógicas las desigualdades de oportunidad, talento, inclinación y destino.

El código genera resistencias, que aglutinan a clérigos, militares y poderes locales. Para desarrollar esta resistencia el autor trabaja con el principio de incertidumbre (¿el mismo de la física de Heisenberg?) cuya conceptualización y desarrollo no aparecen nada claros y antes, por el contrario, confunden al lector (véase pág. 121). Seguidamente se recalca cómo la Iglesia, en verdad, pese a estar "aminorada" por el Estado, nunca perdió su hegemonía, pues logró unificar una serie de aparatos e intelectuales que le facilitan su enfrentamiento con el poder político. Éste, a su vez, emplea diferentes métodos para contraatacar a la Iglesia: recurre a la familia como el espacio donde se configura la moral de los futuros hombres de la patria. Usando una terminología militarque se podría moderar, el autor concluye: "La estrategia del poder político presenta en el período descrito un desdoblamiento en dos tácticas: una ofensiva y de ataque que buscaba copar en un solo movimiento totalizante las posiciones de articulación de la verdad, la moral y el derecho, y otra que se con-figura como una maniobra de repliegue y distensión, repliegue hacia la sociedad civil y distensión con los poderes locales y la Iglesia. Esta segunda táctica es sólo una maniobra de movimiento, puesto que en su ejecución la estrategia del poder político (para la 1. P.) no hace entrega de ningún sujeto, institución o discurso que haya estado bajo su hegemonía" (pág. 147). El capitulo quinto (Focos de resistencia al plan Santander y al Código del 34) es bastante extenso (125 páginas). Se parte de la consideración de los focos de resistencia en las provincias, en las que se configura un bloque de fuerzas que desarticula la estrategia estatal de la I. P. Se muestran las contradicciones del plan Santander (págs. 180 y sigs.), que establece un control de lo real antes que exista lo real, porque se partía del supuesto de que "la ley lo puede todo". El plan fracasa por la escasez de fondos, el desconocimiento de la realidad nacional, la diversidad regional y la traslación mecánica de instituciones francesas al ámbito nacional. Estos elementos, aunque son mencionados por el autor, no son observados como obstáculos materiales al plan Santander. Sin considerarlos a fondo, entonces parece que el fracaso del plan se deba a la pura voluntad de Santander o a la fortaleza de la oposición. Esta es una gran debilidad analítica del autor, que no parece comprender que el estudio puramente discursivo es insuficiente para captar cualquier momento histórico.

A partir de este capítulo, en la obra se asiste a una constante: el autor se explaya innecesariamente, llenándola de citas textuales, extensas y repetitivas. La argumentación se habría podido abreviar y ser menos reiterativa. Las ideas centrales de este capitulo habrían podido reducirse a unas 25 ó 30 páginas. Tantas repeticiones y citas textuales hacen sumamente tediosa la lectura del texto, que hasta el capitulo cuarto era fluido y claro. Ya en los últimos capítulos no se nota el mismo nivel de elaboración de los anteriores, y el autor se limita a realizar unos cuantos análisis deductivos a partir de una copiosísima cantidad de citas textuales.

El capitulo sexto (El poder moral se opone a la enseñanza de Bentham) parte de considerar el excepcional caso de 3. Bentham, enemigo irreductible de la Iglesia. A Bentham se le erige como el protagonista de la lucha que emprende el poder moral contra el poder político, porque "rechazar a Bentham era bloquear al discurso mediante el cual Santander soñaba disciplinar a la nueva nación" (pág. 278). En este capítulo se desentrañan las funciones de los llamados "certámenes", que fueron "instrumentos de legitimación y distribución del pensamiento oficial del Estado entre la población, en especial entre los vecinos y padres de familia" (pág. 280). Esos certámenes fueron tribuna política, espectáculo civil y vitrina de las ciencias.

El autor destaca cómo se persiguen las doctrinas de Bentham, porque éstas supuestamente corrompen a la juventud, generan la irreligiosidad, la criminalidad y el concubinato. El ataque de la religión pretendía seguir controlando lo privado y lo público. El autor se detiene a examinar las desventuras de Bentham en la Gran Colombia. Describe cada uno de los aspectos centrales que implicaron el fin de la influencia de Bentham y la consolidación de lo que denomina la restauración, recuperación del poder de la Iglesia, del poder moral y de la intolerancia religiosa. Aunque este capítulo también es repetitivo, lo es menos que el anterior.

Finalmente en el capítulo séptimo (El ocaso de la enseñanza de Bentham y el plan Santander) se indica cómo después de 1835 se restableció el plan de 1826 y revivió efímeramente la influencia de Bentham. Ese influjo fue breve por: el desplazamiento de la instrucción de lo público a lo privado, lo cual significó que el Estado dejara de monopolizar la educación como empresa y que cesara el monopolio estatal sobre maestros, escuelas y catedráticos; la dispersión de la legislación escolar; y la no aprobación del Código de 1834.

Nuevamente la mayor parte de este capítulo (págs. 368-426) se detiene con excesiva minuciosidad a recoger los debates suscitados entre los partidos "liberal" y "conservador". Entre otras cosas, cl autor, sin ninguna aclaración explícita, se suscribe a las conocidas —y bien discutibles— tesis de F. Safford sobre el origen de los partidos en la década de 1830. Deese recuento concluye que la oposición regional al plan Santander y a Bentham fue generalizada, con la sola excepción de la región de Santander. Ya para terminar el libro, el autor, tal vez inconscientemente, comprendió que el trabajo se le habla ido de las manos, alargándose excesivamente, cuando dice: "desde el capítulo anterior se viene finalizando" (pág. 424). Parece ser que la inercia, el cansancio o cl afán llevaron al autor a continuar una obra que habría podido evitar ("economía del papel") cerca de 150 hojas al lector.

Desde el punto de vista formal, en general el trabajo está bien escrito, pese a que el texto está salpicado continuamente (16 veces para ser exactos) de la muletilla "al interior de" y en algunos momentos exista poca claridad, como cuando se habla de la "circularidad terminada" y "alto grado de fermentación y ebriedad" (¡parecen términos etílicos!) (pág. 178) o de "remate de espacios cerrados".

Para hacer menos fatigante la lectura de las citas textuales se habría podido actualizar la ortografía, pues, salvo unas pretensiones de erudición desmesuradas, no había por qué transcribir los documentos con la ortografía de la época.

RENAN VEGA C.